domingo, 24 de septiembre de 2017

Monstruos en la oscuridad





—Me gustan esas flores. Las flores blancas son puras. Y ese pequeño helecho en el ramo es delicado. ¿Vos creés que le guste así, Roberto?

Ella habla y mira para adelante. Parece petrificada, perdida. Sin embargo, su mente está ubicada en un solo lugar: donde debe estar, allá adelante. Dónde el hombre habla sin parar, aunque ella no lo escuche. 

Sus manos juntas descansan en la falda limpia, estrenada hoy. La planchó muy temprano porque era algo especial. Como su cabello tirante que termina en un rodete, perfecto. Ella nunca usa rodete, pero le parece pertinente hacerlo hoy. “Es lo mejor”, se dijo al peinarse aquella mañana. Cuando el peine atravesó su cabello lacio que se dejó dominar como si supiera que era necesario. Justo hoy. A Carmen no le importó que se le vieran las canas sin teñir. O que su frente pareciera más arrugada. O que las ojeras resaltaran caprichosas con semejante peinado. Ya no.
—No sé. No puedo saberlo, Carmen.

Él la observa. Siente un gran temor por ella. Por cómo pudiera reaccionar después. Teme porque la ama demasiado, quizás más que a él. Al pequeño. Desde la primera vez que la vio sintió amor. Aunque no le pertenecía, aunque debía ser de otro, la amó. Y tal vez ese fue el error de ambos. Amarse. Seguir adelante con ese sentimiento. Imaginar que el mundo podía ser un lugar diferente para ellos.

Roberto siente el dolor de la realidad en su pecho. A diferencia de ella, está despeinado y ya se fumó cinco cigarrillos a pesar de que dejó de fumar hace unos meses. Sabe que recaerá. Que ya no tendrá fuerzas para abandonar el vicio. Sabe que quizás muera de cáncer de pulmón o quizás de enfisema. Pero no importa ya.
—Está bien. —dice ella —Yo sé que le va a gustar. Lo único es…
—¿Es qué?
—Luz… no le gusta la oscuridad. Viste como se ponía a la noche cuando apagábamos la luz por error… los gritos. Esa desesperación. A veces me asustaba que gritara de esa forma y vos no hacías nada para ayudar. No es normal…
—Carmen… —ella continúa observando hacia adelante y Roberto se da por vencido, como siempre —No creo que le afecte —dice finalmente para no empeorar las cosas.
—Sí. Hay que ver que el lugar esté iluminado. Eso es importante. No quiero que se asuste —continúa ella sin siquiera prestar atención a las respuestas de su marido.

Él toma su mano, pero ella lo aparta de inmediato. Siente que su piel quema, como el infierno. No quiere que él sea condescendiente. Quiere que se vaya, que la deje sola. Recuerda por qué está ahí. Piensa: “No estoy loca”, se convence, “Necesita mucha luz, todo el tiempo”. Casi se le escapan esas palabras, en voz alta, pero prefiere callar.

Una paloma revolotea contra el vidrio esmerilado. Se golpea varias veces, insistiendo en salir. “Pobre tonta”, piensa Roberto e instintivamente observa a su mujer. Quizás debería reunirse a su locura, a su desquicio. A la negación del mundo que la rodea. Tal vez así sería más fácil. Quizás el dolor sea menor. Vuelve a mirar la paloma y piensa que quizás se trate de una señal. Una de Dios. Observa de nuevo a Carmen. Ve sus facciones rígidas, imperturbables. El pelo recogido, la falda planchada con almidón. Y cree que es mejor llorar cuando se deba, cuando corresponda.

Con un suspiro descarta la idea de la señal porque, en última instancia, no cree en esas cosas. Ya no. Sabe que la vida de los dos se convertirá en una tragedia desde ahora. Lo sabe. Como también sabe que no saldrán ilesos, indemnes. ¿Qué hacer entonces? Seguir. Sólo seguir. Porque hay que hacerlo. Porque es lo que queda… Piensa en la luz, en qué contestarle. Mejor es vivir en la realidad… se dice.
—Carmen…
—¡Es un nene chiquito, Roberto! —dice ella adivinando las palabras de su esposo.

Esta vez mira a su marido. Lo observa directo a los ojos, con una frialdad que a él le llega al corazón. Como una flecha mortífera, virulenta.
—Está bien…—ahora él mira al frente. En silencio, pensativo. Reconsidera la señal, la vida, la muerte. El futuro.

Carmen continúa sumergida en sus pensamientos. Ella sabe que sólo eso la salvará. Quizás a él también lo salve aunque ya no le importa. No le importa Roberto. Ya no. Continúa…
—Además está la cuestión de los juguetes. Hay que dejar algunos por ahí… el autito rojo de madera. Y el oso de peluche que tanto le gusta. Con el que duerme…
—¿Para qué, Carmen?
—Para que juegue, Roberto. No preguntes estupideces.

Roberto cierra los puños y desea no haber nacido. Así quizás las cosas para ella hubieran sido diferentes. Tal vez Carmen se hubiera casado con el otro, y un hijo diferente hubiera nacido. No uno débil y enfermizo como el que tuvieron. Quizás uno sin temor a la oscuridad y a sus monstruos, con un corazón más fuerte para soportar los miedos imaginarios. Tal vez.

El cura finaliza el sermón. El silencio invade cada rincón de la iglesia. El único momento en que se interrumpe es cuando la gente se levanta. Los ruidos de zapatos haciendo eco, las ropas rozando los cuerpos. La paloma que sigue insistiendo con salir. “Por qué nadie le abre”, suspira Roberto. Piensa que quizás es él, el alma del niño que quiere volar. Piensa que Carmen no lo suelta. La culpa a ella. Nunca lo soltó. Jamás.

Alguien se acerca a ellos. “Cuánto lo siento”, murmura esa persona. Roberto agradece, pero Carmen no mira. Solo permanece sentada en aquel banco de madera, rígida, observando el pequeño cajón blanco. “Sí”, se dice, “a mi bebé no le gustaba para nada la oscuridad. Y los monstruos... Pero no te preocupes mi amor, mamá te va a cuidar y pronto te acompañará. Muy pronto, mi cielo.”

Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

domingo, 17 de septiembre de 2017

Silenciosa e inmaterial.






Dicen que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen. ¿Será verdad?, me pregunto. ¿Será posible que esté aquí mismo, junto a mí? un escalofrío me recorre. En mi nuca. Miro a mí alrededor. Está lleno de gente, curiosos en su mayoría. Ansiosos de sangre, de violencia. Violentos reprimidos que son inconformes con su existencia mediocre. 

Dicen que ellos siempre vuelven, que no importa cómo sea de violenta la muerte, ellos estarán ahí para ver el resultado. Para deleitarse con su obra maquiavélica o simplemente para sentirse omnipotentes.  Solo de pensar que esté acá me da miedo, asco, impotencia.

Observo los personajes, evalúo cada rostro. Estoy acá igual que ellos. ¿Seré culpable de algo, también? Sin embargo, no hay tiempo de pensar porque el circo se arma y cada personaje comienza a actuar. Cada uno con su rol, como si fueran importantes, destacados.  Miro a los que investigan. Se les nota en la cara que no tienen pistas. Están nerviosos. Gesticulan demasiado. La lluvia está a punto de caer y puede arruinar toda la evidencia. Mi pecho se contrae de sólo pensar en esa posibilidad. ¿Sabrán quién fue el asesino? ¿Por qué esta y no otra mujer? Aunque pienso que siempre es una mujer. 

El cielo es ajeno a todo. A él no le importa lo que puede provocar. Entonces las primeras gotas comienzan a caer y la policía se acelera aún más. Alista todo tipo de información lo más rápido posible para que nada quede en el limbo donde los juicios se pierden y los asesinos salen libres. Cubren el cuerpo con una enorme bolsa. Quizás ella pueda preservarse y contar qué le pasó.

Todo me recuerda a las películas de crímenes donde todo sale bien, todo se resuelve. Me transformo en el investigador de alto rango que observa el cuerpo. Me creo inteligente aunque recibo órdenes todo el tiempo. Mi vida es miserable porque mi mujer me dejó por estar siempre trabajando, por no prestarle atención. Las noches son duras, ahora que ella no está. Demasiado solitarias y llenas de olor a cigarrillo y ron. La resaca me persigue hoy como cada mañana. Ese es mi único escape de la realidad, aunque no funciona casi nunca. Camino, observando todo a mí alrededor. No se me puede escapar nada. Estoy atento, aunque la cabeza me explota de dolor. Miro la evidencia y deduzco que el crimen fue en otro lugar. Hay poca sangre y sin embargo la piel de la víctima está tan blanca como una nube. A dónde habrá quedado toda esa sangre, me pregunto. Los dedos están destrozados así que dio lucha, me digo. Hasta el final se defendió. 

Pero ¿por qué la gente no se mueve? Hay que sacarlos a todos, digo. Un rayo ilumina el cielo, un trueno desgarra ese murmullo constante. Y todos se quedan. Nadie se mueve ni un milímetro. Quizás si no mirasen todo se evaporaría y el crimen dejaría de existir. ¿Será eso? Pienso que en realidad los curiosos tienen guardados en su placares muchos muertos y por eso no se mueven. Temen que les hayan robado el suyo y ahora esté expuesto ante la mirada de todos. Necesitan constatar que no es su muerto sino el de otro. 

Observo la multitud y pienso que todos han querido matar a alguien; que todos han diseñado un asesinato perfecto. Imagino que todos saben donde podrían desechar un cuerpo y en qué momento, en que época del año, es mejor liberarlo. Saben que hasta llamar a la policía pidiendo ayuda es algo inteligente, que despistaría. Recuerdo que una vez yo tuve la idea de un asesinato perfecto. Me acuerdo que pensé que debía ser mujer, que debía tirarla en un callejón como este y que debía estar a punto de llover para que la evidencia se borrara con el agua. ¿El asesino habrá leído mis pensamientos alguna vez? ¿Seré cómplice si fue así? Mi mujer me había engañado con el vecino. Quería matarla, pero no pude. Sin embargo todo esto es tan parecido que me estremezco. Tal vez mis pensamientos fueron demasiado ruidosos y alguien más los escuchó. Me convenzo de eso y me siento culpable. 

Dejo al investigador. Vuelo. Imagino a esta joven mujer acechada.  La mirada del asesino sobre su espalda, sobre su nunca. Imagino cómo la observó cuidadosamente antes de decidir avanzar. Puedo imaginar su ansiedad. La sangre hirviéndole en las venas, sus pensamientos morbosos. La necesidad incontrolable de clavar ese puñal en su garganta. De ver la sangre brotar y escurrir.  Puedo sentir su locura acelerada en mis venas. Su morbo en mis neuronas. Puedo imaginar como la controló a la distancia, como midió sus acciones, como se enteró de sus actividades cotidianas.

Lo imagino. Lo siento. Soy él. La mato. La observo. La desecho. Jamás podría, me digo. Aunque… dicen que todo depende de las circunstancias. Que si todo se conjuga, es inevitable matar. Quiero dudar de eso, aunque es difícil de escapar de semejante probabilidad.

Entonces mi piel es otra. Es la de ella. Siento el asfalto debajo de mi cuerpo. Estoy helada porque ya no tengo pulso. Me acuerdo de esos ojos vacíos, amenazantes. Recuerdo su excitación al verme tendida. Al sentir mi cuerpo debajo de él. Su olor. Jamás podré olvidar eso. Recuerdo el metal recorriendo mi garganta. La desesperación. El dolor. El ahogo en mi propia sangre. La angustia de saberme en el último instante de mi vida. No hay túneles ni luces, solo el rojo de mi sangre y la nada misma. Quiero irme y me siento atrapada en su cuerpo. Quiero desgarrarla por dentro, salir. Grito. ¡Qué me saquen de acá! Nadie escucha. Nadie me ve. La observan a ella, a ese saco de carne y huesos, pero no la ven. Miran y no ven. No me ven. Lloro por eso. Me doy por vencida. Y salgo de ella. De mí. Floto. Y soy testigo de mi propio asesinato.

Silenciosa e inmaterial observo la lluvia. Los policías corriendo. La gente murmurando. Y me resigno a vagar en este limbo hasta que alguien me deje descansar en paz.  

Autora: Soledad Fernandez (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

VOS SABÉS QUIÉN SOY.

    Usted tiene: un mensaje nuevo: “Mataste a mi viejo y la vas a pagar”. El café de la mañana se me sube hasta la b...