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Miscelaneas
Medica, Madre, Escritora. Autora de El cuerpo habitado (Malisia), Un perro en la puerta de la casa velatoria (Paisanita) y La máquina de diagnosticar (Malisia)
miércoles, 10 de julio de 2013
El retrato
La brisa cálida de primavera
se filtró a través de uno de los enormes ventanales de la antigua casona. El
sol que luchaba por traspasar las nubes, ocasionalmente lo lograba, dándole una
tenue y cálida iluminación al lugar. En uno de sus triunfos, el astro rey iluminó
aquel pasillo y cuando eso sucedió, el efecto provocado era casi de otro mundo.
Los rincones, así clareados, parecían estar desiertos y se podían divisar
cientos de pequeñas lianas que alguna araña se había tomado el tiempo de tejer.
En la pared, frente a la ventana de mayor tamaño, se veía un cuadro con el
rostro de una bella mujer. Su cabello oscuro, contrastaba con lo pálido del
rostro y hasta una mirada triste se dejaba entre ver. Por el ángulo en que el
retrato se hallaba ubicado podía observarse el reflejo del jardín que estaba
justo frente a él. Y de esa manera, una extraña sensación de superposición de
imágenes se formaba casi sin querer. Era como si la composición artística
hubiera sido tenida en cuenta en su conjunto a la casa y más precisamente, a la
galería con las moribundas plantas del parque; formando un todo que llegaba a
ser casi surrealista.
Ese cuadro había capturado la
atención de Ana quien se sintió cautivada no sólo por la imagen sino también
por el juego del entorno. Luego de haberla visitado la primera vez, soñó ese
retrato por más de una semana y en su corazón se instaló la idea de que esa
mujer necesitaba compañía y hasta ayuda. Más precisamente la suya. Entonces, se
decidió a adquirir la propiedad e inmediatamente llevó sus cosas al lugar. La
mudanza en solitario, había durado hasta entrada la noche, por lo que luego de
semejante tarea y con mucho por terminar, se recostó y cayó en un sueño
profundo, donde la mujer del cuadro, de rostro triste, pugnaba por decirle
algo.
“Ana”. Un suspiro en el aire
parecía escucharse.
Ella despertó bruscamente. No
estaba muy segura de cuánto tiempo llevaba durmiendo; allí estaba todo oscuro. La
habitación que había elegido para dormir daba al parque principal. Unas pesadas
cortinas blancas y claramente antiguas, le daban cierta intimidad al entorno de
la habitación ya que sólo el vidrio se interponía con el exterior. Ella se
asomó y desde allí pudo ver la galería cruzando el jardín. Aquel espacio,
otrora lleno de vida y color, estaba rodeado por la propia casa. Aún se podía
apreciar alguna que otra planta que los años habían castigado volviéndolas
ramas de extrañas y retorcidas formas. La aridez reinante hizo además, que en
el lugar del césped, creciera una opaca vegetación que desafiaría a Ana en el
arte de la jardinería. Ese jardín era como el corazón de la casa, agonizante
pero con una belleza casi tétrica. La luna emitía en ese momento, una luz que caía
como derramada en el parque y se posaba caprichosamente sobre el cuadro. A
pesar de la distancia entre la habitación y la galería, Ana podía apreciar con
una nitidez increíble, hasta intimidante, la imagen en su totalidad. Ella se
sintió hipnotizada.
“Ana”, escuchó a lo lejos y
su piel se erizó por completo. Miró con detenimiento el cuadro y le pareció que
la mujer se movía, que extendía sus brazos fuera del marco pidiendo por ella. Una
sensación de doblegamiento y dependencia se apoderaron de ella, tanto que tuvo
que luchar por desprender la mirada de esa mujer suplicante y salir de allí.
Cuando finalmente venció la inmovilidad, se alejó de la ventana con el corazón
palpitando a demasiada velocidad. Creyó volverse loca y corrió hacia la puerta de
la habitación. Prendió las luces y volvió a mirar por la ventana. Pero para su
sorpresa, todo estaba en su lugar: las cortinas del pasillo se encontraban
cerradas y la oscuridad reinaba en aquel sitio. Ni siquiera la luna estaba
alumbrando.
“Estoy alucinando”, pensó y decidió
prepararse un café para despertarse. Salió de la habitación y pasó por el
comedor. Allí sintió una presencia extraña, como si algo más invisible pero
poderoso, la estuviese siguiendo. Era como un presentimiento de algo, algo que
no podía precisar o definir con exactitud, aunque muy contundente. Prendió las
luces y sin embargo todo estaba tal cual ella lo había dejado horas antes: cajas
apiladas en varios rincones que le recordaron que su tarea aún no había
finalizado, algunos muebles aún cubiertos por sábanas y maletas que debían
organizarse. Nada extraño y menos aún, ningún ente indefinido por allí. Llegó
al otro extremo del comedor y notó que debía atravesar aquel pasillo para
llegar a la cocina. Intentó prender las luces de la galería pero estas no
quisieron encenderse. “No pasa nada”, se dijo para tomar coraje y empezó a
caminar con cierto sigilo. Las cortinas se elevaron suavemente. Comenzaron a
volar como si el viento las acariciase. Sin embargo, afuera, la noche estaba
calma, sin viento. Ni siquiera la más mínima brisa. La luna salió y comenzó a
alumbrar nuevamente, tanto que parecía un reflector apuntando al retrato.
“Ana”, nuevamente se escuchó como en un
suspiro y del cuadro pareció salir una mano de mujer. Ana se paró en seco por
el terror que le provocaba una posibilidad. La posibilidad de estar
enloqueciendo. Despabiló su cabeza y decididamente avanzó. La galería era
enorme. Bella, de una extraña y oscura manera. Antigua y simplemente adornada
con ese maravilloso retrato. Ana pasó a su lado y por más que hizo un esfuerzo
descomunal por no observarlo, su cabeza giró como poseída por una fuerza mayor
y desconocida, y lo miró. Para su sorpresa nadie había allí dentro. El lienzo,
que minutos atrás mostraba a una joven hermosa y triste, estaba vacío.
“¡No puede ser!”, pensó Ana y
se acercó más. Un paso hacia adelante le permitió ver que lo que ella creía
vacío, muy hacía el fondo mostraba un árbol sin hojas, con las ramas
retorcidas. Muy similar al árbol de su nuevo parque. Se acercó un paso más y
pudo ver que antes del árbol había unas cortinas largas y enormes que ornaban
unos ventanales gigantes. Dio otro paso
más y observó que una mujer se acercaba tímidamente, como investigándola a
ella, a Ana. “¿Quién será?”, pensó y se acercó aún más. Estaba casi tocando el
cuadro con su rostro cuando logró divisar con horror que alguien más estaba con
esa mujer curiosa; alguien se acercaba por detrás con un cuchillo en la mano. “¡No!”,
salió el grito de sus entrañas intentando prevenir a aquella mujer de lo que
inevitablemente iba a suceder. Entonces Ana estiró su mano y atravesó el vidrio
del cuadro como si éste no existiese, intentando advertir del peligro a la
mujer. Pero mientras Ana se desesperaba por lo que estaba observando, una
fuerza poderosa e invisible la empujó haciéndola caer sin más remedio dentro de
ese submundo, dentro del cuadro dejándola atrapada.
Ana miró a través del vidrio
del cuadro y vio que al otro lado del ventanal, a través del jardín muerto, había
una luz en “su” habitación. Desde allí, una mujer joven miraba, la observaba
con asombro y terror. La luz de la luna, mientras tanto, iluminaba a la mujer atrapada
en el retrato que con el rostro triste, le pedía auxilio a esa desconocida que
ahora habitaba su hogar.
Autor: Miscelaneas de la
oscuridad
domingo, 7 de julio de 2013
Entre dos mundos
Ella sabía que en breve el
tiempo se terminaría, pero aún así intentó disfrutar del
espectáculo que le brindaba la naturaleza. El cielo estaba de un
azul claro impactante. La brisa cálida de primavera, le acariciaba
el rostro y ella se sintió en armonía con el universo. Aspiró una
bocanada de aire fresco y quedó intoxicada por el oxigeno puro del
lugar. Miró el reloj. Amaba ese reloj. Estaba decorado con diminutas
mariposas en lugar de números y eso la hacía sentirse menos
apurada, más relajada. Diez minutos más. El paisaje comenzó a
borrarse. “Aun faltan diez minutos”, se reprochó. El árbol que
tenía frente a ella desapareció en un parpadear de ojos. El sol se
oscureció y dio paso a un cielo gris, monótono, descolorido y sin
gracia. “No quiero que se termine”, se dijo aún sabiendo cómo
sería el final. El banco donde estaba sentada se fue
desmaterializando lentamente y en ese preciso instante una sombra
nueva y diferente apareció. Sólo un segundo, brusca y rápidamente:
ella vio su rostro. Alguien nuevo en su paisaje habitual. Los ojos de
él hicieron contacto con los de ella y hubo un segundo de impacto
mutuo. Ella sabía que se terminaba el tiempo. Se quería aferrar a
esa sensación de bienestar. A la mirada nueva y a ese rostro bello
que por primera vez, en miles de horas que llevaba allí, apareció
para romper con la armonía construida tan delicadamente. Y de la que
ella formaba parte. Memorizó la cara de él…
La alarma del despertador sonó
dos veces. Una más que de costumbre. Alma se levantó con un rostro
en su memoria. Debía afrontar un día más de su vida sombría. Pero
esta vez con unos bellos y serenos ojos que habían sido clavados en
su corazón.
Se levantó con esfuerzo. Desde
aquel accidente, unos cuantos años atrás, cada día que pasaba se
le dificultaba más y más el poder andar sola. Cada paso era un
dolor inmenso y los analgésicos, ya no surtían efecto. “No tiene
nada”, le había dicho su médico y ella se sintió tratada como a
una loca. Una desquiciada a la que intentaban convencer de que su
mundo era color de rosa cuando en realidad, era todo lo opuesto.
Luego de ello, de ese mal episodio con la medicina, decidió tener
una vida alternativa. Ya que su vida se había vuelto un infierno
decidió que su paraíso estaría en el mundo de los sueños.
Cada noche ella soñaba lo
mismo: un hermoso lugar. En ese sitio, ella estaba con su cuerpo de
otrora, bello y esbelto, como había sido antes del accidente. Joven.
El paso del tiempo no la afectaba en aquel rincón inventado por
ella. La epifanía comenzaba siempre de la misma manera: sentada en
un banco de plaza, frente a ella, un lago cristalino, donde los patos
paseaban. Era primavera, siempre primavera y el cielo estaba
despejado. Nunca llovió en aquel refugio mágico y nunca se ocultó
el sol. Un árbol frondoso le brindaba sombra y ella leía o tomaba
café, o sólo miraba el horizonte, disfrutando de la belleza de la
vida y la naturaleza. Una belleza que su vida real y cotidiana, había
perdido.
Muchas veces caminaba descalza
a la orilla del lago con sus pies sanos y fuertes. Podía así sentir
el agua cristalina y tibia en su piel. Otras veces paseaba en
bicicleta. Allí encontró la perfección y era feliz.
“¿Quién será?”, se
preguntó mientras preparaba los mates de la mañana. “Yo no pedí
a nadie en mi mundo”. Estaba extrañada. Alguien en su sueño se
había aparecido y no era su esposo. Ex mejor dicho. Hombre bueno y
amable pero nunca fuerte y decidido como ella necesitó en el momento
más duro de su vida. Ella le reprochó solo una cosa: que la dejó
vivir. “Se feliz con alguien más” le había dicho sabiendo que
él estaba esperando esa libertad. Luego del accidente Alma había
estado en coma demasiado tiempo y cuando despertó, él había hecho
un duelo que se trasladó a la cotidianeidad. Entonces, una vez que
ella se pudo valer por si misma le agradeció el tiempo que la había
esperado y lo dejó volar. Y se quedó sola. Mucho tiempo sola, sin
articular palabra. No lo necesitaba. Trabajaba en una pequeña
oficina armando expedientes. Le dejaban en la mañana las copias
antes de que ella llegase y las retiraban luego de que ella se
hubiera marchado. Ninguna interacción. Ningún amigo. Pero no se
quejaba, “no lo necesito”, se decía a si misma para convencerse
de que su vida era como la del resto.
“Pero si yo no pedí… ¿y
si vuelve?” Alma se asustó con la idea. Se asustó porque tal vez,
ella quería que él volviese. Entonces, si esto era de esa manera,
la verdadera y molesta pregunta sería, ¿Por qué no volvió? Esos
ojos habían sido muy intensos y no podía borrarlos de su mente.
Tomó el colectivo de siempre para llegar a su trabajo y durante las
horas que transcurrieron allí Alma siguió pensando en esa
aparición, en su significado. Armó expedientes, como cada día, con
paciencia y dedicación, aunque con dolor. Un dolor que no sólo se
alojaba en su cuerpo sino que además se había instalado en su
corazón. Solo paró un instante para almorzar, sola como siempre.
Luego y sin demasiado ánimo, volvió a su casa. Allí y para
pasar el resto de horas que quedaban para la noche, arregló unas
plantitas, miró un poco de televisión (aunque nada le interesaba) y
sólo de esa forma, las horas se pasaron. Entonces, la noche llegó.
En ese momento, ella se puso de mejor humor. Sabía que al menos
durante 8 horas sería nuevamente la mujer de antes. Aquella joven,
sin problemas, sin dificultades. Se animó a tararear una canción.
“¿Estarás allí?”, pensó
y cerró los ojos. Entonces, nada. La puerta a su mundo paralelo y
personal estaba cerrada. No podía dormirse. La molestaba la
posibilidad de ya no estar sola en su rincón privado o tal vez, lo
que realmente la perturbaba era la posibilidad de estar sola para
siempre. “¡Qué tonta soy! ¡Es mi lugar! ¡Yo pongo las reglas!”,
se dijo. Tomó una píldora para dormir y cerró los ojos. Un libro.
El lago con cisnes blancos de cuello largo. El árbol que le brindaba
protección. Miró al cielo y notó que era un perfecto atardecer.
“Qué raro”, pensó. Ella había diseñado un cielo azul con el
sol inmaculado…y nunca, pero nunca se había alterado ese diseño.
Pero ese día su diseño era
otro muy diferente. El sol estaba siendo devorado por el propio
horizonte, entre dos cerros de picos nevados y a pesar de todo a Alma
le encantó esa vista. En la lucha por no desaparecer, el astro
destellaba miles de tonos naranjas que se mezclaban con rojo,
amarillo y rosa. Belleza pura. La brisa le tocó el rostro y de esa
manera despejó sus malos pensamientos. No era su diseño, pero ya no
le preocupaba demasiado: era feliz y se encontraba relajada otra vez.
Se levantó del banco y caminó hacia el lago. Se quitó los zapatos
y tocó el agua con sus pies. Frescura infinita.
-¡Hola!
Alma se asustó. Dio vuelta
sobre sus talones y allí estaba él, otra vez. Alto, bello,
sonriente. Parecía desafiarla con su mera presencia. Sus ojos eran
claros como el agua del lago al cual ella analizaba tirarse si esto
se ponía feo.
-¿Quien sos?- le preguntó
Alma sin siquiera saludarlo apropiadamente.
-Vos sabes quien soy
-No, no se quién sos. Si
supiera no te lo hubiera preguntado…
-Creo que sabés…pero bueno,
tal vez sea muy pronto. Yo sí te conozco. Te he observado todo este
tiempo.
-¿Sos un acosador, acaso?
-No, para nada –le contestó
el con una carcajada.
Al parecer a él le divertía
toda esta situación, aunque a Alma la ponía de un humor extraño y
contradictorio.
-Si querés me podés llamar
Leandro.
-Leandro…y ¿cómo se supone
que te conozco?
-No tiene importancia…ya no
hay tiempo para discutir. En diez minutos…
-…me voy…
Alma se quedó pasmada. Miró
su reloj de mariposas y notó que ya era la hora. El tiempo se había
pasado rápidamente. No quería irse. Más allá de la invasión,
necesitaba imperiosamente hablar con este hombre que súbitamente se
había aparecido en su mundo.
-Necesito explicaciones…
-¡Hasta mañana, bella mujer!
Miró el cielo. El sol
desapareció definitivamente detrás del horizonte. Irremediablemente
el tiempo se acababa y ella no quería irse. Lo miró y se empapó de
su rostro, de sus ojos, de su sonrisa.
-Hasta mañana…
Abrió los ojos. Su mundo gris
y tedioso comenzaba otra vez.
Ese día ni siquiera intentó
cambiarse de ropa. Apenas si se levantó y desayunó. Sólo se quedó
mirando el reloj, esperando que éste avanzara. Pero al parecer, el
tiempo era tirano y ella se había transformado en su esclava.
Deseaba dormir y en la medida de lo posible, eternamente, junto a él,
a su nuevo conocido. Intentó recordarlo. Hacer que la sensación
descubierta al estar junto a Leandro, se instalara y se hiciera
perpetua. Pero no lo logró. Lo intentó una vez más: sus ojos eran
bellos, de un verde que le rememoraba la primavera, esa de sus
sueños. Esos ojos eran sinceros, una ventana al alma de Leandro. Le
parecían, ahora que lo meditaba, vagamente conocidos, familiares
quizás. Su cabello, entrecano, le daba un aspecto de hombre
experimentado, de alguien que conocía el mundo. Y sus manos, firmes,
pero suaves… ¿Suaves? Cómo lo sabía. Estaba segura de que eran
suaves, pero ¿cómo?
Era inquietante saber algo de
un total desconocido. Y sin embargo, Alma estaba segura de la
suavidad de sus manos. ¿La habría acariciado alguna vez?,
“Imposible”, se dijo. Pero a pesar de ello, si lo intentaba,
podía describir la sensación producida por las manos de Leandro en
su piel…
El reloj marcó las 10 de la
noche. Tomó un té caliente y se fue a dormir…
Abrió sus ojos y nadie había
allí. El paisaje era el habitual. Sol, árbol, laguna, primavera. Su
corazón se sintió desfallecer. ¿Por qué él le haría eso?
Aparecer y ser alguien, para marcharse después. Sintió un peso en
el corazón, una sensación que ya había tenido aunque no podía
recordar cual había sido el motivo. Una lágrima cristalina rodó
por su mejilla. Entonces, una mano conocida se la secó y le acarició
el rostro.
-¿Llorás por mi?
-¿Dónde estabas? – le
reprochó ella
-¿Aún no me recordás?
-¿De dónde? Recuerdo esa
caricia…
Él la besó intensa y
prolongadamente. Entonces, su cuerpo estalló en un éxtasis como el
que no disfrutaba desde mucho tiempo atrás, quizás demasiado. Lo
conocía. Conocía esos labios, esas manos, esa piel. Pero ¿de
dónde? Sin embargo, en ese precioso momento de pasión, no le
interesaba. Sólo deseaba a ese hombre. Deseaba que no parase de
besarla nunca y por sobre todas las cosas, deseaba no despertar
jamás.
-Ya te tenés que ir…
-No me quiero ir… ¿Te
volveré a ver?
-Si lo deseas, así será.
Estoy aquí para vos.
Leandro le tocó los labios con
el pulpejo de sus dedos y ella despertó. Miró el otro lado de la
cama, vacía y helada. Tal cual era su vida. Sin embargo, algo en
ella había cambiado. Ese día Alma se levantó con alegría. Porque
esa noche, ella tenía una cita con el amor, una cita con Leandro.
Las horas que transcurrieron
entre la mañana y la hora de dormir no fueron tan descoloridas como
habían sido hasta ese día. En su trabajo se animó a charlar con
una persona que trabajaba junto a su oficina y le pareció bien.
Volvió a su hogar, y en el viaje admiró el cielo y el sol del
invierno que se posaba cálido, sobre su rostro. Admiró sus plantas,
comió algo y se fue a dormir. Pero en el instante en que cerró los
ojos un recuerdo la golpeó con una fuerza inmensa: recordó a
Leandro, recordó cómo y donde lo había conocido.
Esa noche el no apareció y por
primera vez en su sueño, llovió con intensidad.
Las siguientes noches fueron
inquietas para ella. Un pensamiento le rondaba en su mente. “Quiero
que estés conmigo por siempre”, le había dicho Leandro la primera
vez que ella lo abandonó. Ese abandono, había sido la decisión más
difícil que Alma había tomado en su vida. Pero lo hacía por su
esposo. Debió resolver eso antes de intentar ser libre. Muchos
recuerdos se hicieron presentes y ella no entendía cómo los había
ahogado. ¿Como había sido posible que se hubiera olvidado de
Leandro, de lo que había significado su amor? Un amor que se había
aparecido de la nada, en el momento de mayor oscuridad de su vida, en
el tiempo en que ella supo estar perdida.
Esa semana, no consiguió
dormir. A pesar de las píldoras, a pesar de concentrarse. Estaba
dividida entre dos mundos y debía elegir. A estas instancias, así
debía ser. Leandro la esperaba desde hacía años y ella lo sabía:
tendría quedarse con su vida monótona, solitaria y gris o decidirse
por un mundo bello y placentero, junto a él.
Y al parecer, el simple hecho
de no poder descansar le estaba señalando la triste realidad. Su
corazón ya había decidido y su mente debía acatar esa decisión.
Esa noche Alma se vistió de
blanco. Un hermoso vestido de gasa, largo hasta los talones que
llevaba guardado en su placard durante demasiado tiempo. Se peinó su
larga cabellera negra, se maquilló y se sentó en la cama. Echó un
vistazo a su alrededor. Su casa, nunca allí había escuchado el
llanto o la sonrisa de un niño, jamás. Esa era su tarea pendiente.
Y quedaría así. Notó que el ambiente era oscuro, casi depresivo y
se dio cuenta de que había estado sumergida en tinieblas durante
mucho tiempo. Ese lugar era la antinomia de su otro mundo. Hasta se
animó a creer que ese mundo tal vez era su pesadilla cotidiana. Se
aferró a su lugar feliz para tomar coraje.
Miró su mesita de luz y contó
las pastillas. Estaban todas las que necesitaba junto a un gran vaso
lleno de agua. Respiró hondo, algo nerviosa ya que extrañaba el
rostro y las manos de Leandro. Una a una se tomó las treinta
píldoras para dormir y se recostó. Su cuerpo comenzó a temblar y
su garganta se cerró. Oscuridad.
Miró desesperada hacia uno y
otro lado y sólo veía tinieblas, oscuridad por doquier. Sintió que
su corazón flaqueaba y que su respiración se hacía lenta y
dificultosa. “Es mi fin”, pensó y se dejó caer en la nada.
Una mano la agarró y la sacó
de ese mar negro en el que estaba luchando. Ella se aferró a
Leandro, sintió su cuerpo cálido y lo besó con intensidad. Ansiaba
sus labios, los extrañaba horrores. Mientras lo besaba se juró
nunca más abandonarlo. Entonces, se amaron miles de veces en
minutos.
-Te acordaste de mí- dijo
Leandro entre lágrimas.
-Si, vos fuiste mi faro cuando
estuve perdida, en coma. Te amé en ese tiempo, te amo hoy y te amaré
por siempre.
-Eternamente juntos, mi bello
amor, eternamente juntos…
Alma había despertado de un mundo agonizante y sin color. Una nueva vida, junto a Leandro comenzaba y de ahora en más, ya nunca se volverían
a separar…
Autor: Miscelaneas de la
oscuridad
jueves, 4 de julio de 2013
El don maldito
Cuando levanté la cabeza pensando que lo peor había
pasado, vi cómo la segunda bomba derribó el último edificio que seguía en pie. De
repente, todo lo conocido por mí hasta ese momento se volvió escombros, fuego y
humo. El cielo, que minutos atrás era de un celeste intenso y despejado, se
tiñó de negro como acompañando al sentimiento generalizado. Entonces, oscuridad.
Tan sólo unas horas antes había admirado mi ciudad. Yo
amaba aquel lugar y en parte era porque mis mejores años estaban allí, donde había
crecido, con alegrías y desilusiones, entre muñecas y guirnaldas. Esa ciudad
era mi lugar y al parecer la tristeza que invadía mi corazón, hacía que la
viera aún más bella y más mía que nunca. Sin embargo, desde hacía ya unos días,
un extraño y casi grotesco rumor se había propagado por mi amado barrio. ¡Unas
naves alienígenas vendrían y nos atacarían! Y ese sería el fin de la humanidad.
- ¡Los extraterrestres no existen!- le dije al perro con
el que hacía unos minutos estaba charlando –Nada nos va a pasar…
Hice silencio. Un silencio cargado de cosas por
decir. Como cada vez que esto ocurría, sentí que las palabras brotaban sin
filtro por mi boca. Sin tiempo a cuestionar, sin reflexión. No era la primera
vez que pasaba, aunque tal vez si la última. Una sensación bien conocida por mí
se materializó en forma de sentencia: “Hija, hay que reflexionar antes de
hablar”. Mi madre. Mujer dulce y sabia a la vez. Estuvo a mi lado brevemente
aunque dejó en mí una huella, una impronta de su personalidad que aún estaba
conmigo. Pensar antes de hablar. Básico. Y ¿Por qué no lo hacía? Yo no lo sé. En
cada ocasión donde una frase trascendental era articulada por mí, aparecía de
forma inmediata algo: arrepentimiento. Mi vida transcurría en una constante batalla
entre el decir y una feroz obligación, pensar y callar. Y aunque esto último
era lo lógico, mi vida no se regía por ese principio elemental. Al parecer,
desgraciadamente, no aprendí mucho. Algo poderoso se transformaba cada vez que
una idea se creaba en mi mente. Llegué a pensar que tal vez yo era una especie
de ente transmisor de algo más divino, de algo más omnipotente aún que el mundo
mismo y aunque intentase evitarlo, el resultado sería siempre igual: tragedia.
Y mi bocota no podía mantenerse cerrada, ni siquiera 15 minutos. Cerrada al
menos hasta que el rumor esparcido entre la gente se terminara.
Miré al cielo y ya era tarde. La primera bomba cayó
justo sobre mi casa y con ella se llevó gran parte de las casas y edificios que
estaban allí. Un vacío llenó mi alma. En un segundo, todo lo seguro y conocido
por mí, el lugar donde aprendí, donde amé, sufrí y crecí, ya no existía más.
Ese preciado lugar donde atesoraba recuerdos de mi infancia, había sido
reducido a la nada misma. Entonces me convertí en una homeless como le dicen en inglés. Una desposeída, una mujer que
viviría en la calle.
El perro me miró y me dijo seriamente, casi retándome:
“Si sabías que esto iba a pasar, ¿por que no te callaste?”. El perro sonó muy
convincente y hasta informado de mi realidad, lo cual me sorprendió bastante. O
tal vez era mi conciencia hecha perro que me retaba a mí misma. Otro estruendo.
Unos días atrás estaba contemplando mi vida. Era
curioso que, a pesar de todo lo que me pasaba, de la pérdida de quien me
contenía y hasta de mi condición, yo creía que era feliz. El sol brillaba y me
sonreía. A mí, a esta pequeña e insignificante persona que era. Me sonreía y
hacía de mi existencia algo soportable, inclusive bella. Si, en el análisis
quizás corto y poco acabado de mi totalidad, yo creía ser feliz. Tenía un novio
perfecto. Bello, inteligente y sensual. Era perfecto para mí, para la pequeña
persona que yo constituía en este mundo. Y dentro de esta burbuja de amor y
felicidad en la que vivía sumergida, intentaba no cuestionar ni pensar nada. Yo
deseaba profundamente seguir así. Que en mi vida nada cambiara. Y creo que ese
fue mi error porque la vida es como un río, en permanente movimiento y cambio.
Y lamentablemente tenía miles de preguntas. Preguntas que mi corazón y mucho menos,
mi razón querían escuchar, ya que, con cierta tristeza, yo sabía cual sería el
final, el fondo de toda esta necesidad de entender. Y un día casi sin querer pensé
“Me ama tanto que jamás me va a dejar”. Desgraciadamente, ese día quise
corroborar mi sentir y con un infortunio tremendo le pregunté: “Vas a estar
conmigo por siempre… ¿No?” Y el me respondió: “No”, pero para cuando escuché
esa sentencia de muerte yo era tarde. En mi interior más profundo, esa
respuesta hacia tiempo que emanaba como sangre de una herida profunda y obvia. Entonces,
él se fue sin dar más explicaciones. Por supuesto que a esas alturas, yo no las
necesitaba. No luego de la confesión del día anterior.
A pesar de todo, a pesar de saber, mi alma se
oscureció. Un recuerdo me golpeó con fuerza: la pérdida de mi hermano. La
tristeza se hizo doblemente intensa. ¿Nunca aprendería de todo esto para dejar
de sufrir? Él era tan pequeño y bello. Y yo tan…yo. Una mañana gris de enero, la
fiebre lo atacó. Una fiebre desconocida y peligrosa. “Te vas a curar pronto,
hermanito mío” dije desde lo más profundo de mi deseo y lo sentencié a muerte.
No hablé por más de un mes luego de ese episodio. Debería de haber quedado muda
para siempre. Debería haber cercenado mis malditas cuerdas vocales de una vez. Pero
no, seguí en este mundo sin él y soporté el dolor y la oscuridad. Y la verdad
era que no necesitaba maldecirme, yo ya estaba maldita.
Entonces, mi perfecto novio me había abandonado. Tal
vez eso lo resguardó de un futuro incierto y peligroso. No como Amelia… O
quizás nos perdimos el más dulce de los finales. La realidad era, a fin de
cuentas, que una lanza había atravesado mi pequeño corazón, que luego de tanta
pérdida, apenas podía seguir latiendo. ¿Que necesidad tenía de despertar de ese
sueño maravilloso? Yo era eso: la respuesta a una pregunta que jamás debió ser
verbalizada. Era una lágrima derramada por los ojos de un ciego que nunca quiso
ver la realidad. Una realidad que cada vez me golpeaba con más intensidad: la
felicidad no estaba diseñada para mí. Y sobre todo, luego de lo sufrido por
Amelia, que era demasiado reciente.
El día previo a mi drama de amor, el teléfono sonó
insistentemente en casa. Atendí y una voz conocida y llorosa en el otro lado de
la línea, me daba una terrible noticia. Era la mamá de mi adorada amiga contándome
que mi Amelia se había quitado la vida. Fui corriendo al baño a vomitar. “Yo
provoqué todo esto”, pensé entre las arcadas y sacudidas violentas de mi
cuerpo. El dolor me invadió. Mi alma serena y alegre se tiñó de luto y lo
merecía. Yo era una asesina.
Amelia había sido la persona más dulce y comprensiva del
mundo. Era quién siempre había estado a mi lado y me había brindado en todo
momento una sonrisa, una palabra de aliento, su propia compañía cuando yo
estaba destrozada debido a mi don…y estaba conmigo aún sin explicaciones de mi parte. Era incondicional.
“Necesito hablar con él”, me dije. Pero ¿y si todo
salía peor de lo que ya estaba sucediendo? Me senté unos instantes a pensar y
la realidad me golpeó en el rostro: ya nada podía ser peor. La necesidad le
ganó a la conciencia como tantas veces ya había pasado. Como cuando me
cuestioné miles de cosas y aun así, cosas terribles sucedían. Me saqué eso de
la cabeza y entonces, llamé a mi novio para contarle todo. Creo que en ese
momento entre lágrimas y gimoteos, dije demasiado. “No va a creerme”, pensé. Y
en ese preciso instante, dejé de creer en aquella frase que me había mantenido
a salvo tanto tiempo. Había vuelto esa maldita cruz que llevaba desde joven. O
quizás nunca se había ido del todo. Tal vez sólo se había aligerado un poco.
Entonces, tenté al destino. Era lo único que me quedaba por hacer. Puse a
prueba mi don. Dije con convicción, con la verdad y la obviedad en la palma de
la mano: “los perros no hablan”, y esperé.
Unos días antes de esta tragedia me encontré con mi
mejor amiga Amelia en el parque del pueblo. El día era glorioso. La primavera
estaba en su esplendor y parecía un día diseñado para mí. Si, para mí. El sol
tibio me acariciaba el rostro y yo le daba la bienvenida a quedarse en mi
corazón. Sin embargo para Amelia era todo lo opuesto. Su sentir era el de un
día gris de otoño. Lluvioso y helado. Ella era realmente infeliz en ese momento
y me estaba contando sus infortunios y desamores. La escuché atentamente y
lloré con su llanto. Por supuesto quise de todo corazón consolarla. Yo que vivía
en mi propio mundo feliz y chiquito, me compadecí de ella. Pero sin embargo,
luché para no decir nada. No quise hablar de aquellos que la dañaban por temor
a hacer un mal mayor. En mi lucha interna estaba y ella me observaba atenta
hasta que dijo “¿Qué pensás de todo esto? Yo sólo confío en vos querida amiga”
y sin entender cómo, me encontré deseándole una felicidad como la mía y dando
una sentencia: “Tu vida va a ser mejor de ahora en más”. Una sentencia de
muerte a estas alturas. Y en el instante en que finalicé la frase, una
sensación rara se me apareció en el estómago. Como cuando uno se pone nervioso
por rendir un examen. Tuve miedo de lo que había dicho, pero me llamé a la
calma. Hacía tiempo que nada de eso pasaba. No desde la visita a aquel lugar
mágico aunque misterioso. El encuentro con esa mujer me dejó impávida. Recuerdo
que salí convencida de que todo iba a mejorar, aunque muy guardado en un pequeño
rincón de mi mente una frase pujaba por salir: “…dejes de creer, volverá”. Y
ese día la frase me golpeó con una contundencia tremenda. Todo había sido un
artilugio mental. Me había estado engañando a mí misma tanto tiempo…y ahora ¿se
caería todo lo construido por mí?
Muchas veces esperé morir porque todo lo imaginable
como lo inverosímil en este mundo podía ocurrir. Por supuesto cosas buenas
también habían sucedido, pero no tantas como las malas…
Un día, cansada de ser motivo de tragedias, fui a una
hechicera. Ella me escuchó atentamente y la verdad es que yo me despaché
bastante. Le conté todo aun con el temor de que me creyera loca. Luego de
escuchar, se quedó callada durante varios minutos y dijo: “Sólo tenés que creer
que tenés un don. El don de lo opuesto. Pero cuando…” Sin embargo no la escuché
más. La primera parte de la frase de esa mujer mágica fue suficiente. Una vez
que creí que tenía un don todo comenzó a mejorar y durante mucho tiempo
funcionó.
Hace unos años, cuando entré a la adolescencia, conocí
al amor de mi vida quien finalmente y luego de mucho esperar, me invitó a dar
un paseo. Esa noche me besó intensamente y me preguntó si quería ser algo más
que su amiga. Quiso que fuera su novia y compañera de vida. Ese día, en ese
preciso instante, un rayo iluminó el cielo y la oscuridad se hizo presente
brevemente. Luego de semejante espectáculo miré al muchacho que tenía frente a mí
y tomando los eventos como si fuesen una señal, le dije que sí, pero no sin
cierta preocupación por el futuro que me esperaba. Él, al observar mi rostro
compungido me dijo: “No te preocupes, siempre voy a estar con vos” y yo le
contesté “tranquilo amor…el mundo no se va a terminar si te vas…”
Autor: Miscelaneas de la oscuridad
martes, 2 de julio de 2013
Una terrible historia de Amor - Parte I
Parte I
¿Por qué estoy acá? ¿Estás seguro de que querés
saber eso? Bueno, te voy a contar una historia. Una (terrible) historia de
amor. Te aseguro que nunca has escuchado algo similar. Al menos no como yo te
la voy a contar y sobre todo, como yo la viví.
Hace muchos, demasiados años, cuando aún la juventud
me sonreía y mi rostro era el reflejo de la flor de la vida, yo me enamoré. Te
contaré que vengo de una familia muy acomodada, donde nada faltaba y tal vez
era mucho lo que abundaba. Al ser el primogénito y hombre, heredaría, además
del negocio familiar, las mejores propiedades por lo que desde mi cuna, tuve
asegurado mi futuro. Pero ya ves. Acá estoy, sin presente ni futuro posible. Con
la soledad como compañera y junto a mis hijas: tristeza y decepción.
Pero no me quiero adelantar. Una de las tantas
tardes en la que paseaba en mi caballo, la vi. Blanca, pálida, con el porte y
la elegancia de un ángel. Su mirada, intensa e inteligente, provocaba la locura
y elevaba el espíritu hacia otro nivel, hacia otro plano. Sus manos, ¡Quién
hubiera sido merecedor de sus caricias! Con hermosos y delgados dedos, tan
largos y delicados que seguramente serían la envidia de más de un pianista. El
solo pensar que ella podría tocarme, acariciarme, con esas manos, provocó que
mi mente estallase en miles de pequeños pedazos.
“Tiene que ser mía” pensé en ese entonces. Como si
ella fuese un trofeo que debía conseguir y llevar a casa para colocarlo en un
estante. Como si sus sentimientos estuviesen en un segundo plano y sólo mis
deseos fueran los que se deberían saciar. Me acerqué a ella y luego de una
reverencia casi torpe, debido a la impactante belleza de su rostro, me presenté
con un escueto y nervioso:
-Señorita…
Ella levantó la mirada lentamente, con el decoro que
se le exigía en esos tiempos a una dama y respondió:
-Señora…Fátima…
-Disculpe…no sabía…
Mi corazón dio un vuelco. Había conocido al amor de
mi vida y ella le pertenecía a otro. ¿Cómo era posible que el destino me
castigase de esa forma? La vida se reía de mí en ese preciso momento. ¿Cómo no
la había conocido antes?
-No hay porque disculparse, usted no lo sabía.
Me dijo tranquilamente cruzando sus manos en actitud
de amorosa reverencia. Esa frase me sacó de mi lamento interno.
-¿Usted…vive por aquí cerca?
No sabía como preguntarle. Repentinamente me había
olvidado de cómo ser un caballero. Me sentí torpe e insignificante a su lado.
Pero era bello sentirme así frente a ella. Si me ponía una correa y me paseaba,
hubiera sido feliz siendo su perro faldero. No obstante, necesitaba
imperiosamente saber todo de ella y aunque había reglas que seguir…tiempos que
esperar… yo no quería, no estaba dispuesto a hacerlo. Y no me importaba si me
costaba no volver a verla nunca más. Quería saber sus anhelos, sus esperanzas,
que esperaba del futuro, ¿me amaría alguna vez? Ante tanta desesperación, me
llamé al silencio y al decoro que imponía mi posición y mi rango. Debía calmarme…aguantar,
como si eso me asegurase algo…como si con esperar mis sentimientos fueran a
apaciguarse o a ser diferentes de alguna forma…No, no por ella, no por ese
ángel de amor que tenía frente a mi. Desde ese momento, mi amor por ella sería
eterno.
Mientras ella me contestaba, yo la imaginaba desnuda
entre mis brazos. Le diré mi amigo, que a pesar de mis jóvenes años, yo conocía
las delicias del cuerpo femenino. En esos años, se estilaba visitar alguna de
esas tantas casas de mujeres que se ofrecían por dinero. Generalmente el padre
de uno o algún tío solterón te llevaba para “iniciarte”, así le decían ellos. Y
yo me hice afín a una de esas mujeres que te amaban a cambio del vil metal.
Greta. La verdad que cuando visitaba a Greta me sentía enamorado y afortunado.
Pero cuando conocí a Fátima…Aún no había visto ni siquiera su cuello de cisne,
largo y blanco, en forma completa y aún así, a la distancia y sin tocarla,
superaba cada minuto que había estado con Greta. Podría vivir sólo
observándola.
-Soy prima de Beatriz, estoy de visita en su
estancia…
-¿Beatriz Pérez Torres?
-Si… ¿La conoce?
Mi corazón comenzó a latir enérgicamente. Eso era
esperanza. ¡Ella se hospedaba en la casa de mi mejor amigo! Eso tendría que
significar algo, era alguna clase de señal. Ella sería mía. Tarde o temprano,
si la paciencia se transformaba en mi amigo y consorte, ella me pertenecería.
-¡Por supuesto! ¡Soy gran amigo de su hermano Juan!
¡Qué alegría! ¿Y se quedará mucho tiempo allí?
-Unas 2 semanas…tal vez. Bueno, un gusto señor…
-¡Perdón! Mis modales…Federico, llámeme Federico.
Espero verla pronto, si no le molesta.
Ella hizo una pequeña sonrisa que iluminó mi vida y
se fue lentamente como si en lugar de dar pasos, flotara en el aire. Ay querido
amigo, yo estaba poseído por esos ojos oscuros. Quería descansar en su pecho,
en su busto desnudo. Quería que ella fuese mi tumba. Mi eterno descanso y mi
infierno también. Pero estaba casada ¿Enamorada? Tal vez si, tal vez no. Pero
casada ante Dios, nuestro Señor. Eso era terrible y desalentador.
Me fui a casa con una dualidad de la que me sentía
preso. ¿Qué hacer entonces? Tenía que verla nuevamente. Era un deseo imperioso
que surgía de muy adentro. Pero no era correcto, ella estaba casada y en ese
momento tendría que haber sido suficiente para que yo me alejara de ese ser
divino e inalcanzable. Pero a medida que me acercaba a la casa, recuerdos de mi
infancia fueron apareciendo. Extrañé a mi madre que estaba hacía tiempo ya, con
el Señor en el cielo. Y la extrañé porque ella hubiera sabido cómo aconsejarme
en este embrollo. Ella me hubiera dicho que hacer con el corazón en la mano
porque yo siempre supe que mi querida madre había sido casada a la fuerza y que
amaba en secreto a alguien más. Nunca supe a quien, pero la tristeza la
consumió y se la llevó en su juventud. Yo no quería eso para mí. Ni hablar si
me enteraba de que Fátima no era feliz con su esposo…no sé…yo intervendría de
alguna manera. Un pensamiento me asaltó en ese entonces ¿Qué estaría dispuesto
a hacer si Fátima se enamoraba de mí? Me fui a descansar con esa pregunta en la
cabeza. Esa noche y el resto de las noches de mi vida, la soñé en mis brazos.
La soñé amándola una y otra vez. La soñé mía y de nadie más.
Al día siguiente mi corazón había tomado una
decisión. Y digo que mi corazón, porque la razón hubiera hecho todo lo
contrario. Fui a visitar a mi amigo. Necesitaba verla. Cuando llegué a la
estancia, mi querido amigo Juan me recibió con agrado y algo de asombro en su
mirar. Aunque estoy casi seguro de que en ese momento leyó mis pensamientos.
-¡Querido amigo! ¡Que sorpresa!
-Hace tiempo… ¿verdad?
-¿Que te trae por estos lares?
-Nada…Charlar un momento con mi mejor amigo…Conocí a
tu prima…
¿Que le iba a decir? No se mentir…y menos a mi
amigo. En cuanto dije esa frase al parecer sus sospechas se terminaron de
confirmar. Me tomó del brazo y me llevó al parque.
-¿En que estas pensando Federico? ¡Ella es casada!
-Lo se…pero no puedo evitarlo….desde que la vi ayer…
¿como decirte? No duermo, no como, ¡solo pienso en ella! ¡Amigo! ¡Me tenés que
ayudar!
-Y ¿Qué querés que haga? Ella le pertenece a un hombre
muy poderoso. Don Ocampo es dueño de casi una ciudad entera. Si se entera de
que la mirás siquiera, ¡te va a matar!
-¿Ella lo ama?
-Federico…
-¡¿Ella lo ama?! Por amor de Dios ¡contestame!
-Calmate…te voy a contar su historia, pero esto
tendrá que quedar entre nosotros. ¿Escuchaste? Vení que tomamos un café así te
tranquilizas y escuchas lo que tengo para decirte.
Fuimos a un saloncito, y luego de que la criada nos
sirviera el café y cerrara la puerta detrás de ella, Juan comenzó a contarme la
historia de Fátima.
-Fátima es una dulce mujer. Nació humilde y fue
ayudada por nuestra familia en más de una oportunidad ya que sus recursos eran
limitados. Dentro de la ayuda brindada por mi padre, fue la de acordar con los
tutores de Fátima, el casamiento con Don Ocampo. Así ella tendría su futuro
asegurado y nada ya le faltaría a su familia.
-¿Ella lo ama?
-La realidad es que ella se negó rotundamente a ese
matrimonio. Era muy joven, tenía 17 años nada más. Su opinión no fue tomada en
cuenta.
-Entonces…no es feliz en ese matrimonio…
Esa frase que dije con cierta prudencia, me dio una
alegría enorme. Ella no amaba a su esposo. ¡Yo tenía una oportunidad!
-No se si lo ama o no. Lo que si se es que no pueden
tener hijos. Me han contado que eso molestó a Don Ocampo porque su fortuna no
tiene descendientes. El intentó tener herederos. Se involucró con cuanta mujer
poderosa se le ha presentado. Ni hablar de mujerzuelas, pero el jamás
reconocería un hijo bastardo de una prostituta. Dicen las malas lenguas de que
tiene al menos 2 hijos con mujeres de la vida. Una de ellas se llama Greta o
algo parecido.
Autor: Miscelaneas de la oscuridad
Una terrible historia de amor - Parte II
Parte II
El hijo de Greta ¿era de ese hombre? Muy conveniente
o peligroso. En el estado en el que me encontraba no podía distinguir que sería
bueno para mi relación futura con Fátima. Necesitaba hacer algo y pronto. Antes
de que esa mujer bella y dulce se marchitara junto a ese cerdo que tenía como
esposo.
-Es suficiente información- le dije a mi amigo.
En ese momento, creo que Juan supo que ya nada podía
hacer para disuadirme de mi amor y mi pasión por Fátima… y creo que en realidad,
a final de cuentas esa nunca había sido su intención. Y se lo agradecí desde mi
corazón en ese momento. Nos levantamos y fuimos con las mujeres de la casa.
Cuando entramos al salón allí estaba ella. El sol la iluminaba tenuemente y su
belleza estaba exaltada. Podría jurar que en cuanto me vio, sus mejillas se
llenaron de color.
Esa tarde no le quité los ojos de encima a Fátima y
Juan, en varias oportunidades, me lo hizo notar aunque en un momento parecía
divertirse con la situación. Entonces, disimuladamente, yo le preguntaba alguna
tontería a ella para seguirla observando. Pero mi mente se encontraba a
kilómetros de allí. Estaba tramando la liberación del amor de mi vida de manos
del monstruo que era su esposo. ¡Tonto de mí! En ningún momento le pregunté a
ella que deseaba. Pero si lo hacía y me decía que yo estaba loco o que no la
molestara… ¿Qué haría entonces? Debía actuar solo y calladamente. Algo muy
dentro de mí me decía que ella correspondía este amor prohibido.
Al día siguiente me dirigí al prostíbulo donde Greta
trabajaba. Sin ganas y pensando en Fátima le hice el amor, si es que aún podía
seguir llamando a tal suceso de esa manera. Lo hice varias veces ya que no
debía levantar sospechas. Una vez finalizado el acto que fue bastante
desagradable y dificultoso he de decir, prendí un cigarro y comencé una charla
trivial. Ella dijo que extrañaba mi cuerpo, pero no me interesó. Fátima estaba
en todos los rincones de mi pensamiento y yo necesitaba saber si el hijo de
Greta era de Don Ocampo.
-Greta, escuché por ahí que tenés un hijo… ¿es
verdad?
No iba a dar demasiados rodeos con eso, así que fui
al grano. Ella dejó caer una lágrima y me contó una historia por cierto triste.
Unos años atrás Greta había tenido un cliente muy acomodado. Ese hombre al
parecer, se sentía frustrado con su mujer ya que no podían concebir un hijo. El
creía que tenía algo malo, que era estéril. Al tiempo de sus visitas
constataron que el problema no era de él. Pero cuando Greta le sugirió poner el
apellido Ocampo a su niño, sólo recibió un golpe en el rostro y miles de
insultos. Entonces, el niño fue dado en adopción ya que ella no podía cuidarlo.
Me partió el corazón. El tipo era peor de lo que yo me había imaginado. Por lo
que me reafirmó en mi decisión. Debía matarlo y desposar a su viuda.
Me fui de allí luego de pagarle a Greta por el
servicio prestado. Tenía una rara sensación en el estómago así que fui directo
a bañarme. Esa sería la última vez que visitaría a Greta, me lo prometí a mi
mismo. La única mujer que tocaría sería Fátima. No habría otro ser en mi vida
que no fuese ella. Cuando salí del lugar me pareció ver a alguien
conocido…Juan. Me sorprendió ya que en más de una vez había criticado mi
práctica. “Bien por él” me dije. Tal vez había dejado de ser mojigato de una
buena vez. El no me vio salir de allí. Se dirigió directamente a Greta. Al
parecer ella tenía una gran capacidad de convocatoria…
Mientras me dirigía a casa una pregunta rondaba por
mi mente: “¿Cómo mataría a ese hombre si ni siquiera lo conocía?” Debía
acercarme a él de alguna forma. Y en ese momento supe que necesitaría ayuda. Debía
acudir nuevamente a Juan. Y por obvias razones, iría al día siguiente. Esa
noche, amé a Fátima otra vez en mis sueños.
Al día siguiente, cuando entré a la sala de la
mansión de mi amigo, para sorpresa de mis neuronas desesperadas, me recibió
Fátima. El resto de la familia se había retirado a realizar diferentes
diligencias, por lo que ella estaba sola. La devoré con la mirada mientras ella
me explicaba los motivos de su soledad momentánea. La desnudé con mi vista y mi
pensamiento la recorrió nuevamente una y otra vez. Eso me ayudó a quitar de mi
mente a Greta. Le pregunte acerca de su esposo, así como al pasar. A que se
dedicaba y donde vivía con él. Me sorprendió gratamente la cantidad de datos
que me brindó. Me dio la sensación de que ella podía leer mis pensamientos y
que el aporte de sus detalles era dado a sabiendas de mi plan siniestro. Sentí
que ella me rogaba por su libertad y por mí. Por mi cuerpo que debía fusionarse
al de ella lo más pronto posible. En ese momento estuve seguro de mis
decisiones.
Tomamos el té y ella me contó que su esposo la
vendría a buscar en una semana. De pronto me encontré invitándola a ella y a su
consorte a cenar a mi residencia. Tenía una semana para planificar todo. En una
semana ella sería mía para siempre…
Me despedí de Fátima con beso en su mano. Me llené
de su aroma a mujer y me fui a casa a finalizar los detalles del plan.
La semana pasó como en cuentagotas. Cada día se me
antojaba eterno y caprichosamente solitario. Sin embargo, el día fatal estaba a
la vuelta de la esquina. El momento en que tomaría las riendas de mi destino ya
estaba allí.
Cuando la hora llegó sólo estábamos mi hermana menor
y yo. Ella siempre fue mi compañera de desventuras y la que conocía mis más
oscuros pensamientos y deseos. También era ella quien me aconsejaba sabiamente
a pesar de sus cortos años. Yo le había contado a medias mi plan. Y digo a medias
porque omití la parte del final. Lo único que le dije fue que lo confrontaría.
Que necesitaba de ella solo el entretenimiento a Fátima. Y accedió.
Las cocineras prepararon un exquisito banquete del que
yo no pude probar ni una pizca por los nervios. Estaba alterado por el simple
hecho de estar con ella en mi casa y con ese hombre al que pronto eliminaría.
Era simple. En un rato lo llevaría con alguna excusa a la biblioteca y allí le
dispararía en el corazón. Luego me largaría de allí con Fátima…
Cuando el momento propicio llegó, me levante de la
mesa e invité a Don Ocampo que poco había dicho en toda la velada, a mi
biblioteca. Le dije que quería mostrarle una nueva adquisición y el hombre
increíblemente me siguió. Fátima se quedó con mi querida hermana. El plan
marchaba a la perfección.
Don Ocampo se acercó a mis libros depositados en los
numerosos estantes. La verdad, mi biblioteca era realmente de admirar. Cuando
me dio la espalda, tomé el revolver que mi padre me había regalado unos años
atrás. Un arma hermosamente decorada en plata. La saqué del cajón de mi
escritorio, silenciosamente y le apunté. En ese momento tuve un instante de
duda. Las fuerzas del bien y del mal se jugaron una batalla en mí y
desgraciadamente el mal ganó. En ese momento, el hombre se dio vuelta y me miró
con asombro.
-Esto es por Fátima…y por Greta…y por tu hijo no
reconocido
Y disparé sin piedad.
Te preguntarás entonces, que pasó. Don Ocampo cayó
desplomado en un charco de sangre. La muerte sobrevino casi inmediatamente. Me
quedé quieto. El plan se había llevado adelante. El hombre estaba muerto.
Entonces, tras escuchar el disparo llegaron mi hermana y Fátima.
Al entrar mi querida hermana gritó horrorizada.
Nunca se había encontrado con un cuadro semejante. Ni siquiera en sus sueños.
Pero Fátima…Fátima se acercó a mí, me miró con tristeza en el rostro y en el
instante en que yo creí que lloraría o me diría algo, nada. Solo me arrebató el
arma y se disparó.
¿Y que pasó después? ¿Además de que Juan heredó todo
y se fugó con Greta? Fátima se convirtió en mi compañera, mi eterna pesadilla y
mi perdición. Pero la verdad, no importa…ya no importa que pasó después.
Autor: Miscelaneas de la oscuridad
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