martes, 27 de agosto de 2013

El peso de su destino




Ella lo miró. Bello en su tranquilidad, hermoso en su blancura. Sus labios, que minutos antes vociferaban calamidades, ahora estaban en reposo, casi sin una mueca. Excepto por una minúscula desviación de su comisura, que ella sabía muy bien se debía al dolor. Estaban levemente azulados, pero con un resto de candor rosado. Sus párpados dejaban entrever esos ojos azules intensos, que años luz atrás la habían hipnotizado haciéndola creer en el amor a primera vista pero que tiempo después emanaron odio seco, sin lágrimas. Es más, ella no recordaba una lágrima proveniente de esos hermosos ojos. Al menos no por ella. Pequeñas arrugas se podían observar, ella veía ahora que él tenía arrugas. Nunca antes lo había notado y parecía tonto ya que llevaban décadas juntos.

Recuerdos…Celia lo había conocido en sus años de adolescente. En ese tiempo ella creía en el amor para siempre, que él era su príncipe azul. Aunque fundamentalmente, él había sido su escape del hogar. De un hogar donde la palabra no era la moneda más común, más si los gritos y hasta los golpes. En aquella etapa de su vida, Celia cuestionaba las decisiones que su madre había tomado en la vida. Le recriminaba lo mal que no una, sino varias veces había elegido. Entonces en ese momento, viendo el cuerpo caído de su hombre azul, se vio a si misma siguiendo idénticos designios. Eso le dolió, no sólo por ella.
Los primeros meses junto a él habían sido el paraíso. Una luna de miel eterna donde ella no notaba, en su embelesamiento y en su enamoramiento adolescente, la forma en que él la aislaba poco a poco del resto del mundo, de su vida anterior. Sí, todo era por él. Pero como en el resto del mundo estaba su familia y su dolor, ese aislamiento no le molestaba demasiado. En cierta forma, lo sentía como una protección contra aquellos que querían dañarla. Luego, muchos años después, se dio cuenta del significado “estar sola”, pero ya era tarde.

Más recuerdos le pagaban a Celia doliéndole en el corazón. Un dolor que en parte estaba provocado por ver ese hombre allí tendido. Pero el dolor que por primera vez que Celia sintió debido a él, había sucedido mucho tiempo atrás, luego de salir del trabajo. Unos meses antes de esa trágica tarde, ella había logrado ser la secretaria en una oficina y era feliz por sentirse útil y ocupada. “Me aceptaron”, le contó ella a él con satisfacción en la mirada. Cada día Celia trabajaba con dedicación y con eficiencia. Eso le traía enormes elogios de sus jefes que ella contaba con orgullo a su marido. Entonces un día, de improviso, él llegó a su trabajo. En ese momento Celia lo vio como un gesto dulce y despreocupado, aunque más tarde, en la casa ella pagó caro su independencia. Él la llamó prostituta barata y la acusó de rebajarse por unos cuantos pesos. “¡Seguro que sos la trola de tu jefe y sus amigos!”, le había dicho. Ese día comenzó el menosprecio tanto hacia ella como a su actividad. A Celia le dolió en lo más hondo de su dignidad, aunque poco le quedaba. Pero lo dejó pasar como tantas otras cosas. Eventualmente renunció, sobre todo para evitar malos entendidos y discusiones vacías con el ahora su esposo.

Celia levantó la mirada y observó su alrededor. Todo estaba calmo. El seguía allí tendido. Sus ojos continuaban entrecerrados aunque más opacos que antes. Era como si la ira y el enojo fueran el motor de su brillantez. Que irónico. Lo que ella más amaba de él solo tenía su mayor plenitud con el odio.
Ella recordó que luego de un tiempo de dejar su trabajo empezó a sentirse vacía y sola. También recordaba que en esa soledad acompañada (y aunque era joven y hermosa) comenzó a esconderse tras quilos de depresión. Y un día decidió ir al gimnasio. Consejo de una de las pocas amigas que le quedaban. Entonces, una vez decidido y consultado a medias con su “media” naranja comenzó a ir tres veces por semana a un gimnasio y con ello logró moldear su cuerpo y su felicidad. El problema estaba en que ahora era deseable. Y una Celia deseable era perjudicial para el mundo de su esposo.
Una tarde, en la que volvía contenta del gimnasio, él la esperó sentado en la oscuridad. Ella primero se alegró ya que él había salido temprano del trabajo, pero lo que le esperó en realidad fue un cachetazo del destino. Y de su esposo. Esa fue la primera vez que él le levantó la mano por el simple hecho de tener algo que hacer con su vida y sobre todo, que ese hacer le hiciera bien y se le notara. Durante más de una semana no salió de su casa. La marca en su rostro, que era menor que la de su corazón, la obligaba a dar explicaciones al entorno. Explicaciones que ella no quería dar. Ni siquiera podía dárselas a ella misma. Porque no había la más mínima explicación de lo que había ocurrido.

Su universo se oscureció y el encierro fue su respuesta. Su vida, angustiada y solitaria pasó a ser la de exclusiva ama de casa sin intereses. Horas y horas de telenovelas y suspiros la hacían anhelar una vida irreal y dorada que según ella, le estaba prohibida por ser ella.
Un ruido la despertó de sus recuerdos. Una lágrima, un suspiro. Escuchó atentamente y nada. Nada se escuchaba. Él seguía donde estaba, ella a su lado y silencio como hacía mucho que no se sentía allí. Más recuerdos…Una tarde, mientras limpiaba el baño y tras olvidarse el tapón de la bañera puesto, vio como ésta se llenaba de deseos de morir. Sacó su ropa lentamente, prenda por prenda y se sumergió en un futuro oscuro pero liberador. Ella había encontrado la solución a sus problemas: la muerte que como un suspiro pronto legaría a su cuerpo. Sin embargo, el destino no la dejó descansar en paz y la mano de su esposo la sacó de un tirón del agua y la llevó a un hospital. Allí, donde podría haber sido su oportunidad de salvataje, se encontró ante la ceguera de los médicos. Luego de unas cuantas horas y estudios le dieron el alta anoticiándola de su hijo por nacer.

Una vez en su casa, primero lloró y maldijo su vida. Pasó semanas enteras de lágrimas que prácticamente la inundaban y la hacían repensar en su plan de fallecer. Sin embargo su marido alertado, aunque no preocupado por su salud y si por el que dirán, la tenía vigilada para impedir nuevos atentados contra su integridad. Una mañana Celia sintió burbujas en su bajo vientre. Eran como pequeños pececitos intentando demostrar su presencia. Ese día algo en ella cambió drásticamente.
Con el correr de los días, además de hincharse su cuerpo, lo hizo así también su dignidad y sus ganas de vivir. El vientre que poco a poco pujaba por brotar la fortalecía y la hacía sentir necesitada. No por su pareja que veía su desplazamiento con bronca y preocupación, sino por ese niño que crecía lenta pero determinadamente gracias a ella.
Mientras el vientre de Celia crecía, así lo hacía también el resentimiento y los celos de su esposo. Cada acción de ella era seguida de una reprimenda y una amenaza por parte de él. Pero ella seguía adelante con su frente en alta y su cuerpo exhausto.  Una mañana su bolsa se rompió y fue el anuncio de una nueva esperanza. Un bello niño llegó a su mundo y llenó con llantos y risas los rincones de su alma. Sin embargo, su marido acechaba como un halcón embravecido, demandando lo que por derecho era suyo, aunque la vida de Celia no tuviera dueño.

Pasaron los meses. Entonces, una mañana Celia había estado amamantado a su bebe entre llantos del niño y su cansancio a cuestas. Él se levantó protestando por la noche mal dormida, vociferando que ese niño era hijo del infierno y que más le valía a ella comenzar a rectificarlo desde pequeño. Mientras ella intentaba explicarle que los niños eran así, que lloraban y demandaban atención continua, él sin siquiera escucharla exigió su desayuno. Celia estaba realmente exhausta y precisaba descanso. El bebé por un instante se había calmado y ella necesitaba darse un baño y acostarse. Él le volvió a insistir levantando el tono, a lo que ella le rogó que hablara más bajo y así no despertase al niño. Pero el no cedió y ella por primera vez en su vida dijo “NO”. Una palabra que le había llevado años construir y expresar. Él, sorprendido por semejante respuesta levantó la mano para adoctrinarla. Levantó esa mano que tan pocas veces había usado para acariciarla. Levantó esa mano que era el peso de su cruz y el destino de Celia. Ella cerró los ojos esperando el dolor pero nada sucedió. Sin embargo, ocurrió lo inevitable. Él dirigió sus rencores a lo indefenso del niño y su madre como una leona lo protegió aún de su propio padre. Cómo no viniera el cachetazo ella abrió sus ojos y miró entonces a su alrededor temiendo lo peor y vio con pánico que su esposo había tomado una almohada y pretendía asfixiar a su pequeño. Él quería matar a la única razón de vivir de Celia. Eso equivalía a matarla por dentro, a asesinar su alma maltratada. Ella desesperada y con el corazón desbocado, corrió hacia él tomando lo primero que encontró sobre la mesa para defender lo suyo, lo inocente, lo angelical. Hizo lo que su madre no tuvo el coraje de hacer tantas veces.

“Jamás te atrevas a tocarlo”, le dijo ella mientras que la tijera que encontró sobre la mesa, se incrustó en uno de sus costados. Esa arma afilada penetró su carne casi sin que le opusiera resistencia. Allí mismo, su esposo cayó desplomado retorciéndose de dolor. Ella lo miró parada, desde su altura de madre y mujer. Él de a poco se fue quedando quieto, casi inerte. 
Celia siguió observándolo. Lo vio allí indefenso y frágil, casi efímero como era, como siempre había sido. Por un instante ella pensó que él estaba muerto ya que repentinamente su cuerpo se quedó inmóvil. Sin embargo, un respiro brusco y con dificultad, apareció de golpe asustándola. Ella se agachó y se quedó a su lado mientras él emanaba sangre por la herida como un animal abatido. Lo podría haber dejado desangrarse allí, sin ningún remordimiento, pero en cambio, tomó un repasador e hizo presión en la herida. Lo miró nuevamente, y vio cómo su alma pugnaba por seguir en ese cuerpo que tanto mal le había hecho. Que tanto dolor había provocado en su vida. Miró sus manos, esas que una vez la habían marcado a fuego, las notó huesudas y ásperas. Entonces, de esa manera el hechizo que la mantuvo atada a él, se rompió repentinamente. El abrió sus ojos triunfalmente y en esa mirada helada desafió el temple de ella. Pero Celia, que supo de lo que era capaz por el amor a su hijo, le devolvió la mirada llena de firmeza, convicción y dignidad, y le dijo: “Nunca más te atrevas a acercarte a nosotros, nunca jamás”, y se fue de allí con su pequeño en brazos. Ese día Celia comenzó a construir su futuro.


Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados

lunes, 19 de agosto de 2013

Eleonor



Él abrió el baúl de su auto y encontró un cuerpo sin vida allí. Estaba prolijamente envuelto en plástico. Tanto que ni siquiera podría saberse si era hombre o mujer. Tal vez se presumiría que era una mujer por la delgadez y hasta por algún contorno que asomaba, pero todo era una suposición. Solo lo confirmaba la pequeña tarjetita. Esa que recibía cada semana. Se quedó un instante observando y preguntándose qué habría hecho esa persona para terminar así. Él sólo se encargaba de eliminar la evidencia. Sólo eso. Para esa tarea le pagaban. Nada de preguntas. Solo recibía tres datos para completar su labor: una dirección, un nombre y un cadáver. Pero estaba cansado de ese trabajo. Deseaba dejarlo, tal vez formar una familia. Acallar su alma inquieta de tanta muerte. Se encogió de hombros y cerró el baúl sin más. Lo roció con gasolina, lo prendió fuego y luego de observar como todo se consumía en las violentas llamas, reduciendo todo a cenizas, echó a andar.

Eleonor…

El despertó de un sueño agitado, completamente empapado en sudor y con la boca seca de desesperación. Por un minuto había creído tener a su Eleonor entre sus brazos, que sus manos pudieran acariciar la piel suave y el rostro dulce de ella. Por un instante, su sueño fue más vívido que nunca. Eleonor era el motivo por el que sus noches eran soportables. Era la mujer que desde hacía un tiempo soñaba y hasta amaba en silencio. Una mujer que no conocía, pero que deseaba desde el rincón más profundo de su alma, si es que aún poseía una.
Cuando la vio por primera vez en un sueño intranquilo, quedó perdido por su belleza gótica y casi tétrica. En ese sueño ella lo salvaba de un mundo horroroso y hostil, de su infierno. Lo salvaba de su inquietante destino. Ella era hermosa. Su piel, de un color blanco casi transparente, estaba acompañada de una larga cabellera: brillante como el azabache, negra como una noche sin luna. Desde esa primera vez, nunca más la dejó de soñar.
Durante la noche, la observaba, la amaba, la llenaba de pasión. En el día pasaba horas buscándola en una ciudad llena de gente anónima e ingrata. Y no la hallaba jamás.
Su temor más profundo era que ella sólo fuese un invento de su mente que día a día enfermaba debido a la naturaleza de su trabajo. Trabajo heredado por su padre y que odiaba profundamente. Sin embargo, y por más que ya había intentado dejarlo, no podía. Le costaría la vida. Y no sólo a él. Mucha gente inocente estaba involucrada y él no quería ser responsable de sus muertes.
Pero Eleonor no aparecía y eso confirmaba su sospecha.

Cada semana él desaparecía un cadáver, esa era su tarea desde hacía muchos años, tantos que ya no recordaba cuantos, y le pesaban en el corazón. Sabía que el infierno era su destino final, pero no podía evitarlo. Jamás podría.
Luego de ese acto, en los días subsiguientes, él encontraba consuelo visitando el cementerio. Ese cementerio, cuna de miles de almas perdidas y de familias encontradas, era el lugar donde encontraba cierta paz. Imaginaba que muchas de las personas que estaban allí enterrando a sus muertos, lo hacían con cajones vacíos. Porque él los había desaparecido. Él no dejaba rastros, no dejaba qué enterrar. Pero también, él se apiadaba de esas familias y cada semana mandaba una corona de flores a ese grupo de personas a las que había quebrado violentamente y para siempre. Lo hacía para que al menos, tuvieran la certeza de que ya no era necesario seguir buscando fantasmas.

Una tarde de otoño en la que él recorría el cementerio, de la misma forma que en uno de sus sueños vio una cabellera negra como el azabache. Larga y lacia y bella. Apuró el paso abriéndose camino entre lápidas viejas y cruces torcidas. La imagen del rostro de Eleonor se esfumaba en el éter y él quería tocarla y decirle que la conocía de siempre, que la había amado cientos de veces, que su carne estaba desesperada por ella. Extremó la marcha. Allá a lo lejos, detrás del álamo que hacía sombra a un mausoleo enorme, allá estaba su Eleonor.
El corazón de él estaba desbocado. Sí, era ella. ¿Quién más podría ser? Tropezó violentamente con una cruz y casi la arrancó de cuajo. No le importó. Quedaban unos pocos metros para alcanzarla, no quería perderla, no otra vez. Ella se movía. Su cabellera se agitaba con el viento. Su cuerpo esbelto y poco más que escultural, cubierto con un hermoso vestido negro, se desplazaba casi como flotando, como si sus pies no tocasen el suelo. Era una aparición casi angelical. Ella dio vuelta suavemente, como buscando algo o a alguien. Sus ojos, negros y profundos, recorrieron el lugar y se cruzaron con los de él. Pero como era de esperarse, no lo reconoció. Sin embargo él confirmó que ella era su Eleonor. Y se estaba marchando de allí…

Caminó más rápido. Una y otra se lápida se sucedían a ambos lados de su camino. A cada paso muerte por doquier. Sin embargo, nada importaba, debía alcanzarla. En este frenético paseo, él no vio que se dirigía derecho a una tumba abierta. Sólo cuando prácticamente estaba por caer en ella, la notó y se frenó en seco. Dos metros de nada se extendía ante él. Una nada como la que habitualmente lo perseguía en sus sueños y en la vida. Una nada llena de muerte y destrucción. Tomó una bocanada de aire y miró hacia el mausoleo. Una enorme construcción de más de tres metros de alto y unos cuantos de ancho. Con ángeles tallados en mármol en su puerta y el álamo gigantesco a su lado. Tan enorme, que parecía tomar la fuerza de los muertos de allí para erigirse. Y nadie más... Su Eleonor se había esfumado en el aire.

Su corazón se contrajo. Se hizo pequeño y quiso morir allí mismo. Sintió que esa tumba abierta y vacía estaba hecha a su medida. Que la serie de eventos en lo que su vida se había convertido lo habían llevado a que muriera en ese momento y lugar. Pensando en su Eleonor. ¿Qué otra cosa le quedaría por hacer? Obviamente aquello había sido una alucinación de su mente loca y enferma.
Trató de serenarse, de pensar con claridad. Alguien allí había estado, alguien al menos muy parecido a la mujer de sus sueños. Una mujer real que lo había contemplado aun sin conocerlo y a pesar de eso, él pudo sentir el peso de su mirada en el corazón ¿Y si era ella de verdad? ¿Si existía su Eleonor?

Luego de darle vueltas al asunto, concluyó que era más que posible que ella fuese Eleonor. Sí, sus ojos no lo engañarían de esa manera. Entonces, caminó hasta el mausoleo y miró a quien pertenecía. Familia Rosales, decía una chapa metálica y desgastada, colocada a un costado de la puerta de roble. Tal vez ella sería pariente de esa familia o quizás una amiga. Se contentó porque ahora al menos, sabía algo de ella. Un dato. Un apellido, tal vez.
La tarde ya había caído y estaba dándole paso a una noche oscura y fría, preámbulo del invierno que se acercaba. Luego de sentir un estremecimiento en su cuerpo, se fue a su casa. Decidió que volvería al día siguiente a esperarla. Decidió que iría cada día de su vida si era necesario, a esperar a su Eleonor.

Esa noche por primera vez en mucho tiempo, no la soñó. A cambio, el infierno con sus lenguas de llama envolventes y demonios que se disputaban por su alma, fue lo que reemplazó a la calmada y hermosa Eleonor. Y peor aún, ella no estaba allí para salvarlo de su destino. Él sabía que su suerte estaba echada, que la providencia no estaba de su lado, sino que era su enemiga. Sabía que esas llamas estaban inquietas por él. Clamaban por su carne desesperada. Una carne desesperada por el cuerpo de Eleonor.

A la mañana siguiente, se dirigió al cementerio sin siquiera desayunar. Debía encontrarla, necesitaba encontrarla. Fue directamente al mausoleo y allí, al pie del álamo gigante la esperó. Los minutos y las horas se sucedían una tras otra sin que ella apareciese. Miró el cielo y vio que las nubes se hacían cada vez más negras. Entonces, un fuerte vendaval se desató y él buscó refugio en el mausoleo. Abrió la enorme y pesada puerta con fuerza. El aire allí adentro estaba viciado. Al parecer, la familia Rosales no recibía visitas desde hacía un largo tiempo. Entonces, ¿a quién visitaba Eleonor? Miró al interior de la estructura de granito y mármol y notó que era de una inquietante y tétrica belleza. Un espacio amplio se abría con una tumba de mármol. Su dueño era un hombre entrado en años. En una pequeña chapita se podía leer “Facundo Rosales, amado esposo y padre. QPD. 1879-1917”
“¡Qué joven murió!”, pensó él y se sintió reflejado en esos despojos abandonados. Más allá había otro, una mujer nacida en 1950 que había muerto no hacía muchos años. Se llamaba Ernestina Rosales.
Muy hacia el fondo casi a oscuras, había una especie de mesada con un cartel donde se leía: “Aquí debería yacer Eleonor Rosales, más el destino hizo que su carne se evaporase en el éter…”.
Un grito quiso salir, pero él lo ahogó inmediatamente. ¡No podía ser! ¿Ella estaba muerta? Imposible, él la había visto. El día anterior ella estaba allí.
Salió corriendo del lugar. El cementerio estaba casi desierto debido a la lluvia torrencial que se había desatado minutos antes. El viento golpeaba su cara pero él ya no lo sentía. No sentía nada. Debía encontrar a Eleonor Rosales a como diera lugar.

Entró desesperado a su apartamento. Se dirigió atontadamente a su habitación. Mientras recorría el lugar, mojaba todo cuanto tocaba. Estaba empapado y sin embargo no le importaba. La pulcritud que tanto había atesorado y cuidado en todos estos años, la que le permitía no dejar rastros en su trabajo, se había interrumpido. Pero eso ya no era esencial. Una preocupación lo había asaltado y necesitaba confirmar. Necesitaba saber si ella se encontraba en su lista. Su lista, la carga mortal y angustiante que llevaba. Su cruz. El interminable registro de nombres, de almas desaparecidas entre sus manos.
Metió la mano en el cajoncito de la mesa de luz. Revolvió entre la cantidad innumerable de objetos que había allí dentro. Cuanto más revolvía, más nervioso se sentía. Su corazón quería explotar. No podría ser ella. No debería estar en su lista. Lo recordaría. Un nombre como ese estaría guardado en su memoria. ¿Y eso era lo que estaba realmente sucediendo? ¿Y si su memoria le estaba jugando una mala pasada? Solo estaría soñando con uno de sus pecados. Una y otra vez sin darse cuenta…
¡Allí estaba! Encontró una libreta negra con aspecto de insignificante, aunque con poderosa información. Se sentó en la cama sin importarle su estado y comenzó a leer uno por uno los nombres. Había cientos y cientos de ellos. Cada nombre que leía era un golpe a su corazón y a su alma casi muerta por tanto pecado.
Leyó la primera página. No estaba su nombre. Torres, Giménez, Hernández. Muchos hombres y algunas mujeres. Continuó leyendo. Llegó a la página 10 y aun nada. Melo, Dupuy, Carrizo. Un recuerdo se le cae junto a una lágrima. Una familia con niños pequeños llorando por su papá desaparecido. Contreras, Pérez, Molinari. Se sucedían las hojas y aún nada. Su corazón estaba perturbado, debatiéndose entre la exaltación de no encontrar a su Eleonor y el peso de tantos muertos. Un anciano. Recordó que una de las personas muertas era un anciano decrépito. Tal vez se lo merecía. Que podría saber él. Las páginas se sucedían una detrás de otra. Nombres y más nombres. Mujeres, hombres, familias destrozadas. Llegó a la última página, al último nombre. No estaba allí. Suspiró aliviado.
Un sopor se apoderó de él. Un mareo y unas ganas terribles de desaparecer del mundo. Repentinamente cayó al suelo y yació allí durante horas y horas.

Despertó de su sueño atormentado. Recordó que no había encontrado el nombre de su amor en la libreta. Se sintió revivir. El mundo volvía a tener sentido para él. Ese día sería grandioso y lo disfrutaría. Intentaría encontrarla pero sabiendo que no estaba en su lista.
Se bañó, desayunó y cuando estaba por salir, un sobre debajo de la puerta fue deslizado. Recordó que era día de trabajo. Intentó serenarse y se juró que ese sería su último trabajo. No le importarían ya las consecuencias. Ese sería el último a como diera lugar.
Abrió el sobre y vio con horror la sentencia que jamás quiso encontrar: Eleonor Rosales, calle Rivadavia al 1000. Sin embargo, nunca terminó de leerlo. Murió en el acto. Su corazón se destrozó en mil pedazos por la pena.

Una blanca y delicada mano acarició su rostro. Una luz, una imagen…Eleonor, su salvadora, estaba allí para él. Desde ahora y para siempre.



Autor: Miscelaneas de la oscuridad

sábado, 10 de agosto de 2013

El asesino interior


Él se dirigió a ese lugar sin saber que le esperaba allí. Una frase le rondaba en su mente: “Hay un asesino viviendo dentro tuyo y necesito que aflore”. Eso le asombró bastante. “¡Un asesino!”, se repetía Gabriel, una y otra vez. Un asesino, algo con poca lógica en él que se regodeaba con saber que nunca había matado ni siquiera a una simple mosca. Pero ese hombre desconocido y hasta sombrío, había observado algo en él que le provocó decirle eso. Esa afirmación lo había puesto de un humor que no podía definir. Podría decirse que era un mal humor, pero no. Era una rara sensación, casi confusa que le hacía repetirse una y otra vez “¿Yo, un asesino?” Al parecer esa idea era la cosa más ridícula que había escuchado y sin embargo, le daba curiosidad toda la cuestión.

Comenzó su recorrido para llegar a donde, según ese hombre, él hallaría todas sus respuestas.
-¿Respuestas a qué?- Gabriel había preguntado ante semejante afirmación.
-Cuando llegues al lugar, lo sabrás- fue la sentenciosa respuesta dada por el desconocido mientras le deslizaba un papelito con unos números garabateados en él.

Hizo unas cuantas cuadras a pie en el medio de la noche. Mientras caminaba, en más de una oportunidad se cuestionó lo que estaba haciendo. ¿A dónde iba? ¿A qué iba a ese lugar?
“Ya sé, ¡a convertirme en asesino, ja!”, se dijo a sí mismo en voz alta. Parecía un loco interrumpiendo el silencio con esa frase. Nada se escuchaba allí, ni siquiera el canto de algún pájaro. Incluso los insectos nocturnos parecían haber renunciado a expresar sus cadencias.
Avanzó unos metros más y se encontró con un sitio que sólo una mente retorcida y trastocada hubiera sido capaz de inventar. Era el vivo reflejo de un mal sueño, de una pesadilla de esas que te dejan con el corazón latiendo vertiginosamente y que, aun despierto, éste tarda en volver a su lento galope. Primero pensó que le estaban haciendo una broma de mal gusto. Pero no había nadie allí como para que ese pensamiento tuviera un correlato real.

Cruzó la calle y se dirigió a una construcción que si bien se levantaba en medio de la urbe, al parecer nadie se percataba de ella. Se erigía impoluta en una manzana entera, de tal forma que daba la impresión de absorber toda la oscuridad de la mismísima ciudad. Era un edificio centenario, con ladrillos sin revestir, amplio y lleno de humedad. El follaje que lo rodeaba parecía acompañar lo macabro del entorno, donde raquíticos árboles, con sus ramas retorcidas y despojadas de hojas ornaban los laterales de la puerta. En conjunto parecía una vieja pérgola venida a menos. Una parpadeante luz se encontraba solitaria alumbrando la entrada y esa era toda la iluminación reinante en el lugar. Se acercó y tocó al antiguo llamador de aquella puerta herrumbrosa. El sonido que emanó de allí denotaba la inmovilidad padecida durante décadas. Esperó pacientemente, o eso quería hacer sin lograrlo, pero nadie respondió. Es más, la oscuridad y silencios reinantes lo invitaban a que se fuese cuanto antes de allí. Sin embargo, una fuerza poderosa lo hacía permanecer en ese lugar que al menos podría definirse como lóbrego. “Una vez más y me voy”, se dijo y en ese preciso instante la puerta se abrió como si una fuerza oscura la estuviese manipulando. Y peor aún, como si fuese puesto a prueba por el lugar…

Gabriel meditó unos segundos preguntándose si seguiría o no. Pero la curiosidad en su interior se había disparado y estaba en la expresión máxima. Por el contrario, una pequeña voz, la de autoprotección, le gritaba que debía abandonar ese lugar si no quería confirmar la sentencia dada por aquel hombre o peor, que alguien se transformase en su verdugo.
Desoyó todas las señales de alerta de su cerebro y dio un paso hacia el interior del edificio. Su corazón pugnaba por salirse del pecho y eso le provocó una excitación desmesurada. Otro paso, ya estaba dentro de aquel lugar y seguía con vida. Eso era importante. Se relajó un instante tomado una bocanada de aire y en ese momento, la puerta se cerró bruscamente tras de sí y la oscuridad se hizo dueña de aquel lugar. El pánico se apoderó brevemente de él y quiso abrir la puerta. Pero ésta ya se encontraba trabada. Intentó no perder la calma y se asombró de ese poder suyo y recientemente descubierto para no desesperar. Entonces se dio cuenta de que ya era tarde. Ya formaba parte de aquel juego desconocido y horroroso. ¿A dónde iría ahora? Esperó unos instantes a que sus ojos se acostumbrasen a la falta de luz y cuando pudo divisar bultos en la penumbra, avanzó a lo que le pareció un resplandor a lo lejos.

Caminó a lo largo de un pasillo ancho. El olor a humedad se hizo intenso y casi asfixiante. Una enorme telaraña que colgaba del techo se enredó en su rostro haciéndolo desesperar. Con ambas manos trató de quitárselas de su cara, haciéndolo a medias. Se frenó y se llamó a la serenidad una vez más. Meditó y se dio cuenta del significado de esas telarañas allí colgando. Eso le mostraba algo preocupante: nadie había caminado por allí en mucho tiempo. Y sin embargo, la puerta se había abierto. Semejante cuestión lo descolocaba y lo excitaba aún más. Siguió caminando y notó que el resplandor observado metros atrás, se había expandido y provenía de un hueco por debajo de una gran puerta. Él apuró el paso y la traspasó. Allí se encontró con un cuadro que no hubiera imaginado jamás: en un amplio salón tenuemente iluminado, una bella mujer se encontraba maniatada y amordazada. Ella estaba vestida íntegramente de blanco y podía verse cómo las lágrimas rodaban por su hermoso rostro. Frente a ella se encontraba el hombre que horas antes le había increpado llamándolo asesino. Ese hombre, que ahora se percató entrado en años y de una palidez extraordinaria, le estaba apuntando a la joven con un arma. Cuando Gabriel se hizo visible, el hombre que estaba sentado tranquilamente, lo miró con un gesto de triunfo. Ese ser amenazante sabía que el asesino dentro de Gabriel había sido despertado y pugnaba por salir. Se lo podía ver en el rostro, en sus ojos, en su respiración entrecortada y vacilante. Todo en su cuerpo era una metamorfosis: un simple joven que escondía algo más. Y él lo había visto. El sería su creador. Sólo se necesitaba una frase para activar toda la maquinaria que llevaría a la sucesión de eventos previstos por ese hombre.

Gabriel observó como la joven se sacudía en su inmovilidad y se desesperó por liberarla. Quería ser su héroe. De una extraña forma se adelantaba a los hechos imaginándola en sus brazos agradecida. Sin embargo, el arma de aquel hombre lo intimidaba. ¿Cómo hacer para liberarla?

-Agarrá el arma que está frente a vos- le dijo el hombre y Gabriel se asombró con semejante pedido.
-¡No!- le contestó -¡Hay otras formas de arreglar esto!- mintió Gabriel.
-No me decepciones amigo mío, tengo toda la fe en vos.
Gabriel se debatía entre irse de aquel juego macabro o tomar el arma y dispararle. Él se dio cuenta de que, muy adentro de su corazón, deseaba tomar aquel revólver y disparar. Sabía que la sensación de poder que conllevaría tal acción sería el propio éxtasis, sería puro placer. Él quería sentir eso, quería sentir placer y éxtasis y lujuria. Aunque no sabía de dónde provenía todo ese deseo, él se debatía entre dejarse llevar o seguir siendo ese hombre común y corriente que había sido hasta ese momento. Ese ser de perfil bajo que no atraía a nadie, que no se arriesgaba por nada. Un hombre chato y mediocre del que muchas veces se arrepentía ser.
-Vamos amigo, mi mano se está acalambrando. Es ella o yo.
El hombre insistía para que Gabriel tomase el arma. Lo desafiaba a liberar al monstruo que moraba dentro de él. La chica se agitaba cada vez más y el hombre, que por un minuto se estaba arrepintiendo de su elección, cambió de objetivo y le apuntó a Gabriel. Redoblando la apuesta.
-Muy bien, entonces. Primero te mato a vos y luego a ella.
Entonces Gabriel tomó el arma y le apuntó al desconocido. Un río de adrenalina se esparció por todo su cuerpo. Adrenalina en cada rincón de su ser. Miles de sensaciones se dispararon en cada milímetro de su piel. Era algo mejor inclusive, que el pobre sexo que ocasionalmente tenía.
El arma en su mano se sentía bien. El poder se iba incrementando así como la determinación de su destino. Él era eso, muy en un rincón de su persona, muy escondido en su alma achicharrada, él se estaba convirtiendo en el asesino que ese hombre necesitaba. Miró a aquel que lo seguía desafiando. A ese que lo tentaba en su orgullo de hombre renegado con el mundo y con la vida. Gabriel lo contemplo un rato. Vio una palanca a su lado y asumió que así le había abierto la puerta. Miró que en realidad ese ser era frágil y estaba exhausto. Observó que movía sus labios, que algo le decía.
-Lo vas a hacer o….

Pero ya no lo escuchó. El asesino ya se había apoderado de él a pesar de entender lo que estaba sucediendo. Un disparo. El hombre cayó desplomado en el piso sucio, con un tiro en el pecho. Gabriel corrió hacia él para comprobar lo que había dispuesto su mano. Su Dios y hacedor, agonizante sobre un charco de su propia sangre lo miró y le dijo “Gracias…por un momento dudé de vos, pero no…me…defraudaste”, y murió.

Gabriel fue a desatar a la joven que seguía con los ojos hinchados de tanto llorar y había observado aterrorizada toda la escena. Pero cuando él la desató, ella lo empujó y lo insultó mientras corría hacia el muerto. Entonces, él se quedó perplejo, sin entender nada de lo sucedido.
-¡Asesino!- le gritó ella en un llanto de dolor -¡Mataste a mi padre! ¿Cómo pudiste aceptar esa apuesta? ¡Él jamás me hubiera hecho daño! Sólo estaba enfermo…
Entonces Gabriel terminó de entender.
Ella lloraba desconsolada mientras abrazaba el cadáver de su padre.
-Pero…yo no sabía… ¿apuesta?- dijo Gabriel haciéndose ahora el sorprendido y el enojado, aunque alejándose lentamente del cuadro. Sin embargo, ella se levantó con los ojos desorbitados por el dolor y la ira, sosteniendo el arma de su padre y apuntándole a Gabriel sin dudarlo ni un minuto.

Otro disparo.

“Hay un asesino dentro mío, él tenía razón”
Gabriel salió por la misma puerta que minutos atrás su creador había entrado. Si bien había sido preso del artilugio mental de un viejo loco y enfermo, le estaba profundamente agradecido. Eso lo había liberado de su prisión mental. De su miedo a enfrentar el destino, su destino. Miró el horizonte y el sol se asomaba tímida pero inexorablemente. Un nuevo día estaba naciendo y una nueva persona había sido parida…el Asesino de su interior.



Autor: Miscelaneas de la oscuridad

El asesino interior | Miscelaneas

El asesino interior | Miscelaneas

sábado, 3 de agosto de 2013

Un remolino del tiempo



Una luz brillante me encegueció y en ese momento supe que todo había terminado. Entonces, formé parte de la nada misma. Pero voy a comenzar por el principio, quizás de esa manera hasta yo pueda entender. Hace ya un tiempo, no sé cuánto en realidad, lo conocí. Desgraciadamente, las circunstancias de ese encuentro no fueron las mejores, aunque aún hoy y luego de cómo todo resultó, no me arrepiento de nada, sobre todo de sus ojos de su mirada cálida y llena de amor. Sé que en ese momento, entre nosotros hubo algo, una chispa, una conexión cósmica, tal vez algo de otro mundo.

Una tarde, como cada una de las tardes de mi vida, caminaba por una de las tantas calles de mi ciudad. Una en particular, la que desembocaba en una enorme plaza llena de árboles y juegos. Siempre la misma, nunca otra. Tomé esa dirección como muchas otras veces había hecho en una bella tarde de invierno. El sol estaba en su máximo esplendor entibiando el ambiente con su presencia, acariciando mi rostro y haciéndome sentir parte de algo, del mundo, de esta bella tierra. A pesar de eso, yo apuraba el paso ya que llegaba tarde a trabajar. En el preciso instante, en el minuto justo en que iba a cruzar la calle, él apareció de la nada y me miró. Brevemente me prestó esos maravillosos ojos donde me perdí profundamente. En ese segundo de mi vida, creo que en el cielo algo se estremeció porque el piso tembló bajo mis pies y no supe que hacer. Nos miramos un largo rato quizás durante miles de años luz que fueron milisegundos a la vez. Yo no esperaba verlo, ni siquiera encontrarlo. No esperaba conocerlo y quizás por ello mi parte racional desconfió calando en mi cerebro. Así que recelosa le pregunté: “¿Te conozco?”

Él me miró como jamás nadie lo hizo. Me miró directo a los ojos, como si con eso escrutara mi alma que en ese momento se abría como una flor. En esa, su mirada, pude vernos reflejados caminando por la orilla del mar, bajo la luz de la luna llena, sentados de la mano siendo ya viejitos, convertidos en polvo de estrellas y surcando el universo. Despabilé mis pensamientos de ese magnetismo extraño que me hacía mirarlo y como no dijera una palabra, volví a insistir: “Disculpame, ¿te puedo ayudar en algo?” A lo que él me respondió sin titubeos: “Si… ¿me darías tu teléfono?”. Yo me quedé pasmada. Jamás nadie había sido tan directo conmigo. “Y ¿para qué?”, le insistí. “Porque quiero volver a verte…”. Yo me reí porque pensé que me estaba haciendo una broma, que se burlaba de mí. “¿Me estás haciendo un chiste?”, pregunté. Pero él, seguro de sí mismo, me contestó: “En serio, me encantaste y quisiera volver a verte…si no te parece mal…”. Mi corazón palpitó como nunca, como si el cielo me hubiera tocado. A mí, una insignificante personita que día tras día hacía lo mismo. Que no se atrevía a cambiar de trayecto por miedo a que algo malo sucediese. Si, a mí me sucedía algo de otro mundo y fui feliz por un breve instante. Le sonreí y creo que me ruboricé. Pero en ese momento un hombre salido de la nada, se agachó y sacó un arma de su botamanga. Todo fue tan rápido que aún no lo puedo entender. Cuando le estoy diciendo a mi desconocido: “Vení, cruzá conmigo que te doy mi número”, ese hombre con su mano cargada por algún demonio, disparó. Un certero disparo, teledirigido como un mal designio, como una mala noticia, lo alcanzó y él cayó desplomado. Mi visión del futuro, el amor que aún no había comenzado, que aún no había nacido, estaba siendo destruido en ese breve momento desgraciado. Mientras me miraba en su agonía, pude ver como los ojos que minutos antes habían sido compañeros de mi vida por vivir, dejaban de ser y se transformaban en algo más, algo diferente y vacío. Él ya estaba en otro lugar.

Grité. Un alarido salió de lo profundo de mi garganta, desde mi alma. El terror se hizo presente en mi corazón y lo único que pude hacer fue correr. Correr sabiendo que mi vida dependía de eso. Sabiendo que dejaba tirado y muerto a mi amado anónimo. Detrás de mí alguien más corrió desesperado. Los dos corrimos en dirección a la plaza como si ese lugar fuera un sitio seguro, aunque muy dentro de mí sabía que no era así. Pero cuando estaba por llegar, a la vuelta de la esquina, nos encontramos casi de frente con el asesino que había rodeado la manzana y que no contento con haber matado a mi alma gemela, empezó a disparar. Me apuntaba a mí y a la persona que estaba detrás. Me agaché para esquivar las balas, aunque en cierto momento dudé, porque tal vez debía dejarme morir. No obstante, el instinto de preservación me tiró al suelo como si un imán hubiera traccionado de mi cuerpo.

Mientras el asesino seguía disparando a cuanta persona se moviera, el hombre que corría detrás de mí sacó su arma y comenzó a devolver los disparos, aunque sin atinarle al homicida. Entonces, sacando fuerzas de no sé dónde, le arranque el arma de las manos y disparé yo. Yo que jamás maté a nadie. Yo que siempre me había jactado de ser pacífica y moral. Yo disparé y maté al verdugo de mi futuro, de mi porvenir.

Esa noche llegué a casa con el alma vacía y lloré como si en esa trágica tarde de invierno yo hubiera perdido al amor de mi vida. Como si él hubiera formado parte de mi destino y éste se perdiese en la inmensidad del éter. Me dormí rogándole al cielo que nada de lo sucedido fuese real, que lo vivido ese día fuese sólo un mal sueño. Pero también rogué que si a pesar de todo, lo trágico había sucedido, quien sea que estuviera a cargo del destino, me diera la oportunidad de cambiarlo, de salvar la vida de ese desconocido por el que lloraba mi corazón. Esa noche soñé con algo divino, casi mágico. Esa noche se me concedió una petición, un deseo y en ese instante yo no podía parar de pensar en él.

A la mañana siguiente, me levanté como pude. El dolor se acrecentaba más y más en mi corazón, pero a pesar de todo, debí continuar con vida. A la misma hora del día anterior, caminé por el mismo lugar donde horas atrás había perdido a mi amado y aunque pensé en no regresar a ese sitio fatídico debía ser fuerte y confrontar mi realidad. Cuando llegué nada había cambiado. Todo estaba exactamente igual. La misma calle, los mismos autos, las mismas personas que hacían sus cosas como si nada hubiera pasado. El mundo seguía girando como si ninguna tragedia hubiera tenido lugar allí. Pero entonces, algo sucedió. En la misma esquina, en exactamente el mismo rincón del día anterior lo vi y mi corazón dio un vuelco. ¿Era posible o estaba alucinando? Tal vez la tristeza me estaba jugando una mala pasada. Y que irónico porque estaba triste por alguien que había conocido durante dos minutos. ¿Y si todo había sido finalmente un mal sueño? Para mi asombro y perplejidad, ahí estaba él y me miraba como el día anterior. Yo me acerque incrédula con lágrimas en los ojos. Le toqué el rostro para convencerme a mí misma de su presencia y si, era él. Le dije “¡Estas vivo!”, y él no supo que decir o en realidad no entendía mi asombro ni mi acercamiento. Yo era una desconocida para él. Aunque su mirada estaba llena de candor, de amor por llevar adelante, de futuro por planear. Pero entonces todo pasó otra vez. Ese hombre lo volvió a matar delante de mis ojos y yo volví a hacerle justicia, matando a su asesino. ¡Esto no podía ser verdad! Entonces maldecí mi desgracia ya que, si esa había sido mi oportunidad, mi deseo concedido, lo había desperdiciado terriblemente en no entender nada.

Esa noche lo soñé, vivo junto a mí. Estábamos sentados en un prado lleno de hermosas flores. El cielo se encontraba despejado y azul y nosotros nos tomábamos de las manos, disfrutando del tiempo y nada más. En el sueño me perdí en su mirar, en sus caricias, en su calor. Descansé en su pecho y escuché su corazón palpitar. Nos amamos y nos conocimos de siempre y por siempre. Allí supe que su nombre era Joaquín y agradecí poder darle un nombre a ese rostro sereno y bello. Me acuné en su corazón y desee fervientemente poder salvarlo…

Al día siguiente, desperté y esperé que el cielo me hubiese concedido una nueva oportunidad, y en ese anhelo fui temprano a buscar a mi Joaquín. Quería anticiparme a todo ese desastre, si es que eso era posible. Pero la realidad era que yo no sabía dónde encontrarlo. ¿Viviría allí? O tal vez, solo era un transeúnte como yo, que ocasionalmente pasaba por ahí. Tomé una bocanada de aire y esperé por él. Las horas desfilaron y Joaquín no aparecía. Sin embargo, seguí esperando. En el instante indicado apareció de la nada, como materializándose en ese allí y ese ahora, como si estuviera predestinado. Corrí hacia él y le dije “Tenés que irte ya de acá”, pero él solo me sonrió y contestó: “Estoy donde debo estar”, y todo sucedió otra vez.

¿Qué significaba eso? ¿Qué quería decir con estar en el lugar donde debía? Yo quería entender, pero no podía. Durante semanas enteras desperté e intenté salvar a Joaquín sin lograrlo. Cada día que pasaba conocía algo más de él, de su persona. Que sus ojos eran azules y honestos. Que su sonrisa era hermosa y blanca. Que sus manos eran perfectas. Pero nunca lograba evitar que el destino cambiase. Cada muerte de él hacía un hueco más y más grande en mi pecho. Una cruz que se estaba haciendo difícil de llevar.

Una mañana, cansada y aturdida, tomé una decisión drástica y fui al encuentro de mi destino. Esta vez no esperé ver a Joaquín. Esta vez esperé a su asesino. A la distancia lo vi, era un hombre desquiciado que me doblaba la edad y que al parecer, nada ni nadie le importaba. Su mirada era oscura y vacía. Era como un títere del destino, alguien manejado por una entidad superior. Maléfica, pero superior si es que eso existía. En cuanto lo divisé me abalancé a él sin decir una palabra y le arrebaté su arma. El dio batalla y en la lucha cuerpo a cuerpo, en la que mi persona tenía clara desventaja, el arma se disparó y yo caí al suelo. Entre tanto, escuché otro disparo que derribó al asesino, ahora mi asesino. Joaquín corrió y me abrazó llorando, como si yo fuese lo más preciado de su vida. Me acarició el rostro y me besó. Yo me alegré de verlo vivir y de sentir sus labios cálidos por primera vez en mí. Entonces todo se puso blanco y brillante.

Allá, en el otro lado del universo, alguien estaba esperándome. Era un bello lugar, muy iluminado y sereno, aunque no sabía bien donde me encontraba. Ese alguien me dijo con voz severa: “¿Por qué no seguiste tu camino la primera vez?”. Yo lo miré y aunque sólo podía ver sus ojos, le contesté: “Porque él es mi alma gemela, mi futuro y mi presente y sin él nada ya tiene sentido”. El me miró y me respondió “Pero…si no lo conocés”. Yo sonreí y le dije: “Con mirarlo a los ojos una vez fue suficiente para saber que nos pertenecemos”.

Nuevamente la luz se hizo intensa y me encegueció. Me sentí liviana como una pluma en el aire. Luego me deslicé a través de un túnel acolchonado y suave. Cuando terminé de caer abrí los ojos y para mi sorpresa estaba en una habitación. Tenía cables por todos lados y había un monitor junto a mí que hacia un ruido rítmico. Imaginé que era el ritmo de mi corazón por lo que deduje que estaba con vida. No entendía dónde estaba ni que había sucedido hasta que miré a mi alrededor y allí estaba él. Joaquín se encontraba sentado a mi lado sosteniéndome la mano. Una lágrima se deslizaba por su mejilla al ver que yo abría mis ojos y con una caricia se la sequé. El me abrazó y finalmente, luego de tanto tiempo, pudo decirme que me amaba. Después de ese día jamás dejó de hacerlo.

Ah…se preguntarán ¿porque pasó esto? Durante mucho tiempo pensé que todo había sido un mal sueño. Sin embargo, luego de vivir aquello que había visto en los ojos de Joaquín la primera vez que lo conocí, descarté esa posibilidad. La realidad es que no se muy bien que pasó y cómo. Sospecho que el haber puesto mi vida antes que la de él casi sin conocerlo ayudó. Además recuerdo que el hombre que vi en el más allá, como en un suspiro dijo antes de dejarme volver: “Él hizo lo mismo por vos antes…al parecer son el uno para el otro”. 



Autor: Miscelaneas de la oscuridad