sábado, 1 de febrero de 2014

Letargo



Finalmente, una mañana de abril, perecí. Y no sabía cómo ni porqué, al menos no en ese momento. Lo último que recuerdo es rojo, demasiado rojo y luego oscuridad. Mucho tiempo atrás, alguien me preguntó una vez si creía en el más allá y por supuesto yo le dije que no, pero hoy por hoy, ya no estoy tan seguro de esa respuesta.
No se entiende nada…mejor cuento las cosas como las fui viviendo. Y digo así porque hay cosas que están en una nube.

Luego de la oscuridad y de creerme absolutamente muerto, sentí un movimiento en todo mi cuerpo. Como si un rayo me partiese varias veces en dos. Y no paraba. No hubo dolor. Involuntaria y casi rítmicamente me arqueaba en una contracción que dominaba cada una de mis fibras musculares. Entonces, en ese instante vi cómo se dibujaba en ese mar de nada, un pequeño y denso punto blanco. Minúsculo, casi imperceptible pero presente y luminoso como una estrella concentrada en sí misma y a punto de estallar. Creo que si no me hubiera concentrado en el punto, aún me encontraría perdido en esa oscuridad total. Mientras las descargas me seguían azotando, yo miraba el puntito que, con cada impulso convulsionado de mi cuerpo, se hacía más y más grande y brillante. Pero luego, bruscamente el punto desapareció y otra vez oscuridad.
Luego de un breve instante de nada, una nube oscura y densa, cual bocanada de humo negro y asfixiante, apareció y me comenzó a rodear; me sentí flotar en esa especie de tiniebla macabra, y volé ligeramente en ese océano. Bruscamente algo me frenó como por arte de magia y allí mismo, cientos de ojos rojos me observaron con ansiedad y deseos de atacar. Esto no parecía en absoluto lo que podría decirse “el cielo”, aunque tampoco se parecía a un infierno. “¿Sería acaso el limbo?”, pensé. “¿Me habría suicidado?”. Quién sabe.

Comencé a sentir mi cuerpo entumecido y noté que me encontraba suspendido en el aire, cual crucificado sin cruz. Los ojos rojos acechantes, acompañados de horrorosos rostros y dueños de enormes y afiladas garras, me olían con desconfianza. Era evidente que no pertenecía a ese lugar terrible, yo lo sabía y ellos también. Sin embargo, uno de ellos se animó a más. Mientras se acercaba sentí un aroma a cenizas entremezclado con un desagradable olor a perro mojado y en descomposición. Me asqueó y quise vomitar aunque no pude. Ese ser diabólico y dueño de semejante hedor, lenta pero decididamente se acercó a mi piel y la lamió probándola con lengua áspera y ardiente. Inmediatamente después de ello, como si todos esos seres compartiesen un único cerebro, al unísono se echaron sobre mí y comenzaron a devorarme. Sentí cada diente clavarse y desgarrar mi carne. Sentí el dolor lacerante de las mandíbulas rasgando mis huesos mientras el olor a sangre, mi sangre, invadía cada uno de mis receptores olfatorios y se mezclaba con el hedor pestilente de esos seres espeluznantes.
Cuando sentí que nuevamente moría, si es que eso era posible, una sensación de fuego recorrió cada rincón de mi cuerpo maltrecho. Entonces, el punto blanco que me había abandonado unos minutos antes, ahora se hacía enorme y luminoso borrando las tinieblas e incinerando a cada una de esas deformes y horrorosas criaturas.

Entonces, abrí mis ojos. Pero allí mismo vi con horror que un hombre enorme, vestido íntegramente de negro estaba parado sobre mí mientras yo yacía en el suelo con el terror instalado en mi corazón. Quise zafarme pero nuevamente estaba inmóvil. Lo miré con súplica y aunque no podía ver su semblante, porque la luz lastimaba mis pupilas y todo estaba borroso, supe a las claras que a pesar de lo que yo hiciese, intentaría matarme. Poseía un formidable bate de béisbol en sus manos amenazantes y por desgracia se hallaba a medio camino de encontrarse con mi cabeza. Cerré mis ojos en el preciso instante en que ese elemento iba a impactarme, y esperé lo peor, esperé el dolor. Sin embargo, miles de imágenes sobrevolaron mi conciencia maltrecha invadiéndola con otro tipo de dolor, uno que no era físico: unos ojos claros como el agua, una hermosa cabellera negra, ondulada y larga. Una joven y hermosa mujer llorando desesperada, observándome en una habitación que se presentaba borrosa y mal definida, y todo rojo a mí alrededor. Dolor.

Mi corazón se disparó de repente. La espera por el dolor físico que nunca llegaba y el rostro de esa hermosa y triste mujer hicieron que mi cuerpo pidiese auxilio a gritos aun con mis labios sellados. Mientras mis ojos continuaban cerrados y esperando el desenlace fatal en cualquier segundo, escuché una alarma chirriar desenfrenadamente, tanto que perforó mis tímpanos con su agudeza e intensidad. Esperé a que se terminase, pero seguía en su pitido frenético que me agitaba más y más. Me quise mover y salir de allí pero fue imposible. Me rodeaba una especie de amarras o algo parecido, aunque era extraño porque solo la oscuridad estaba a mí alrededor. Hice un esfuerzo sobrehumano y abrí mis ojos, y para sorpresa de mi marchita y dañada conciencia, estaba en una habitación. Sobre mi cuerpo sobrevolaban numerosos cables que se comunicaban con varios monitores ubicados sistemáticamente a mí alrededor. Me desesperé más pero alguien, vestido íntegramente de blanco y con el rostro cubierto con una tela blanca, se acercó lentamente y balbuceó algo que no pude entender a pesar de mi esfuerzo por escuchar ese murmullo. Nuevamente sentí un fuego en las venas que se expandió por cada rincón. Pero esta vez, en lugar de sacarme de la oscuridad, me sumergió en una densa niebla.
Nadé una y otra vez en esa espesura interminable buscando una salida que jamás se presentaba. La extraña niebla se metía en cada poro de mi piel, en las fosas nasales y hasta en mi boca. Era del color y olor del azufre y me acunaba provocativamente, aunque yo, desesperado, quería salir de allí porque sabía que si me quedaba... Cuestioné mis ganas de escapar ¿Y si sólo me dejaba llevar por esa nube de azufre? Pero entonces, mi piel comenzó a achicharrarse con el contacto de esa inexplicable bruma y se ampolló en cada milímetro de mí ser. Y esas ampollas explotaban y debajo de esas ampollas aparecían otras miles que volvían a explotar para dejar la carne al rojo vivo. Un dolor penetrante apareció en cada porción de mi cuerpo. Quería gritar, pedir auxilio pero mi garganta estaba cerrada, como si se encontrase trabada por algo. Lo cual me desesperaba aún más. Y bruscamente, silencio. Oscuridad.

No sé cuánto tiempo pasó, pero de repente sentí que mis ojos podían abrirse otra vez hacia ese lugar extraño y luminoso. Tal vez intentaría pedir auxilio otra vez. Tal vez intentaría quitarme eso de la garganta que impedía mi comunicación con el mundo blanco al cual quería llegar. Quería llegar allí per por otro lado me daba desconfianza. Sin embargo, ese sitio era mejor que la tiniebla de momentos antes. Hice un esfuerzo enorme, ya que los párpados me pesaban y un rayo de luz hirió mis ojos llenos de oscuridad. Los cerré nuevamente y parpadeé para acostumbrarme. Ahora sólo veía un techo blanco. Quise hablar pero eso atrancado en mi garganta persistía. Levanté mi mano. Pesaba una tonelada. Temblorosamente le eleve hasta la altura de mis ojos y la vi. Tenía una manguerita clavada en el dorso de mi mano con algo rojo entrando o saliendo de ella, quien podría saberlo. ¿Y si era presa de un experimento y estaban vaciando mis venas y mi cuerpo de sus elementos vitales? No sería raro. Esa cuestión siempre me había perseguido. El temor a morir injustamente, el temor a la traición de alguien cercano que me hiciera terminar así. Intenté no desesperar una vez más. Control. Autocontrol. Continué en la exploración de mi estado, de mi situación actual. Me toqué el rostro. Unas telas me lo tapaban. No pude sacarlas y no sabía que podría ser. Continué tanteando mi cara en busca de algo de piel pero nada aparecía y eso me provocaba dolor. Entonces lo toqué. Toqué algo de plástico saliendo de mi boca.

Mi corazón se aceleró, pero recordé que la última vez que eso había sucedido me habían sumergido a la oscuridad. No quería volver a ese terrible lugar. Ya no. Quería aferrarme a esa luz, a ese techo blanco y a mis vendas. Intenté respirar hondo aunque no pude. Me di cuenta de que algo me provocaba elevar y bajar mi tórax rítmicamente. “¿Qué es esto?”, me pregunté. Entonces supe que debía sacarme eso plástico de la garganta a como diera lugar.

Debía apresurarme y evitar que esa persona de blanco me enviase nuevamente en las tinieblas. Tomé con fuerza ese tubo. Con la mayor fuerza que mi frágil cuerpo pudo darme, tiré como si mi vida y la realidad de mi conciencia dependieran de ello. Un fuego incinerante se apoderó de mi garganta. Mi corazón se disparó nuevamente y mi mano temblorosa me mostró lo que tardíamente entendí que eso era: ese tubo plástico era lo único que me permitía seguir respirando en esa terapia intensiva. Lentamente el oxígeno se fue acabando y mi mente deprivada de su flujo elemental recordó: mí amada Leonora con alguien más. Sangre mucha sangre. Fuego y demasiado dolor.
Entonces volví a la oscuridad a ese letargo eterno donde los ojos rojos me esperaban con ansiedad. Sin embargo, esta vez supe que jamás volvería a despertar.




Autor: Miscelaneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

martes, 21 de enero de 2014

La partida de Ramón



 No podía creer que eso me estuviese sucediendo. A mí, que lo único coherente en mi vida, lo único por lo que sentía pasión, era mi trabajo. Que me dedicaba a él como una madre se dedica a sus hijos.

-¿Qué hiciste? ¡Andate de acá!- me dijo él con la ira pintada en los ojos. Y me fui a casa con un peso en el alma y en la conciencia.



Aunque realmente no era eso lo que había tocado a mi corazón. No me importaba su enojo o el enojo de cualquiera. Lo que realmente me dolía era que, por mi culpa, alguien había dejado de existir, de ser quien era. Yo me sentía responsable. Y ese sentimiento me seguiría hasta el último segundo de mi vida.



Salí lentamente del hospital. El cemento estaba empapado luego de tanta lluvia que la ciudad había recibido. Fue una tormenta enorme que alivió, y bastante, a una ciudad que, tan solo horas antes, se había convertido en un infierno de cemento y concreto. Mis ojos estaban tan mojados como esa calle por la que comencé a caminar. Mi ambo azul aún se encontraba manchado de sangre y vómito. Pero no importaba. Tantas otras veces había sucedido eso. Tantos heridos habían pasado por mis manos. Tantos muertos que traje nuevamente a este mundo y salieron adelante. Pero ya no más. Esta mancha de sangre sería la última a como diera lugar.



Horas atrás, mientras yo transitaba los últimos e interminables instantes de una guardia que se había prolongado demasiado, Ramón entró descompuesto. Ya había pasado casi dos días desde mi entrada a esa endemoniada guardia y aún continuaba allí. Por supuesto que amaba mi profesión. Pero ya deseaba terriblemente irme a casa a dormir. Unos minutos antes de que Ramón llegase a mí, las manos habían comenzado a temblarme de cansancio. Apenas podía sostenerme. Mis pies estaban hinchados y mi cabeza punzaba al son del ritmo cardíaco ¿Qué si le dije a mi jefe? Por supuesto que no. ¿Qué tipo de médico sería si me rindiese tan fácilmente? Me tomé un analgésico y continué con mi tarea. Como siempre hice, como nunca ya haré.



Ramón era un adicto a todo y no era la primera vez que terminaba en la guardia de mi hospital. Sí, mi hospital. Ya había dejado allí demasiadas horas de mi vida como para no considerarlo de esa manera. El hospital era mi hogar. Lo veía como tal y cada día le encontraba lugares de extraña belleza y momentos de prolongada paz que me hacían disfrutarlo. Me gustaba sobre todo de noche. Cuando todos aquellos que transitaban los pasillos como hormigas durante el día, se iban a descansar. Esos momentos inundaban mi corazón de tranquilidad y hasta recargaban mi energía que ocasionalmente mermaba por tanto trabajo. Yo observaba las luces a medio encender y los pacientes descansando en sus camas y me sentía casi un Ángel de la guarda. Sobrevolaba las camas de las salas cuidando a cada uno de los enfermos, trayendo calma a quien necesitase, brindando lo mejor de mí misma para que ellos estuvieran a salvo. Al menos durante esa noche.



Pero esa noche la tranquilidad se había interrumpido. Al parecer el calor en la ciudad volvía a todos un tanto locos, y se traducía en una guardia más que agitada. Primero vi a un adolescente apuñalado por su mejor amigo tras pelear por una mujer que se fue finalmente con otro. Afortunadamente pasó por mis manos y luego de estabilizarlo, finalizó en el quirófano. Luego, un joven trajo a su abuelita que se negaba a tomar agua. La había encontrado tirada en su casa y deshidratada. Afortunadamente revivió de inmediato luego de hidratarla con un suero. Pero Ramón…



Ramón entró hablando pavadas como siempre hacía. Al principio creí que sólo quería pasar la noche allí. No sería la primera vez ya que, al vivir en la calle, muchas veces si el clima no acompañaba como esa noche, él se hacía el descompuesto y dormía plácidamente unas horas en la guardia con el aire acondicionado o con la calefacción central cuando era invierno. Yo lo dejaba. No creaba mayores inconvenientes y él estaba tranquilo e hidratado. A veces le llevaba una bandejita con comida para que ese estómago dañado por el alcohol, tuviese algo más que ácido. Y esa noche Ramón me dijo que le dolía la panza. “¡De hambre!”, pensé yo e inmediatamente fui al bufet.



Caminé por el pasillo del segundo piso de mi hospital en busca de comida para Ramón. Pero esa caminata, tuvo una particularidad: el caos. Había cierta intranquilidad generalizada. Lo podía observar en los rostros exhaustos y atemorizados de los pacientes que estaban en el pasillo merodeando sin poder dormir. Decenas de caminantes con sus batas celeste entreabiertas por detrás pululaban fuera de sus habitaciones como presagiando lo malo. Detrás de ellos, las enfermeras intentaban poner cierto orden que jamás llegaba. Entonces, miré a una de ellas, la jefa de enfermeras del segundo piso, y vi desesperación en su rostro. No lo dudé, comencé organizar la situación para que todo se calmase. Acosté a más de uno, medique con ansiolíticos a unos cuantos y escuché pacientemente los temores de varios que estaban llegando al final de su camino.



Cuando miré mi reloj ya habían pasado un par de horas. Entonces recordé a Ramón. Corrí al bufet y le compré un sándwich de jamón y queso. Me lo envolvieron y con paquete en mano volví a la guardia.



Sin embargo, al pisar la guardia noté que se había convertido en una guerra campal. Nuevamente, las enfermeras iban y venía presas de la enajenación. En una de las camillas, tres de las más enormes enfermeras del hospital, luchaban con un hombre de unos dos metros de alto que gritaba que los extraterrestres venían por él. En otra, se encontraba una mujer de edad avanzada que se tomaba el pecho y sus ojos me decían claramente que se estaba infartando y Ramón en una tercera camilla agarrándose el estómago. Dejé el paquete en la mesada, me cargué unos guantes y comencé esa extraña danza que es mi trabajo. Le inyecté un somnífero en el glúteo al psicótico, por lo que en segundos comenzó a dormir. Le hice un electrocardiograma a la mujer mientras la enfermera le tomaba una muestra de sangre y le daba oxígeno. Corrí al laboratorio con la muestra sanguínea y al volver y ver su trazado cardíaco, la subí urgentemente a cardiología y la dejé en manos del cardiólogo.



Luego de un instante, al volver a la guardia y como el psicótico estuviese despertando, llame al psiquiatra de guardia para que se lo llevase y lo dejase en una sala aislado.

La paz retornaba lentamente. Miré la tercera camilla: Ramón…me acerqué a él lentamente. Estaba quieto y de costado. Con sus brazos rodeando el estómago. “¿Estas bien?”, le pregunté. Él no contestó, pero se dio vuelta y lo noté demasiado blanco y con el rostro empapado en sudor. Sus ojos me miraban desorbitados, como si quisieran hablar por sí mismos. “Ramón… ¿Qué sucede?”, insistí pero entonces, él se arqueó y en una bocanada violenta eliminó más de un litro de sangre en mi ambo azul. Y no paró.



Pedí ayuda desesperada. Ramón se moría en mis brazos y nada podía hacer. Las enfermeras hábilmente le colocaron una vía dentro de una de sus venas y con ello bombearon líquido a su interior. Mientras, le administré una droga para calmar los vómitos y así poder colocarle una sonda en su estómago para drenar la sangre, pero fue imposible. Los vómitos continuaban a pesar de las drogas, y en cuestión de segundos su corazón se detuvo.

En ese instante, mi jefe entró corriendo tras mi pedido de auxilio. Me miró con severidad y rápidamente se tiró sobre el tórax de Ramón y comenzó a masajearlo. El tórax de Ramón se sacudía ante la electricidad shockeante del desfibrilador. Una y otra vez, incansablemente. Pero ya era tarde, no había nada que bombear.



Me aparté horrorizada y luego de los gritos de mi jefe, me fui de allí.



Y llegué a lo que me quedaba. A lo único que de ahora en más podría llamar hogar. Un cuarto oscuro lleno de libros y claramente desordenado con apenas una cocinita y un baño. Porque mi verdadero hogar estaba allá, con Ramón y las enfermeras.



Me senté en el borde de la cama con el rostro cubierto de lágrimas deseando morir en ese instante. Ya nada me quedaba. Ya no podía seguir. El cansancio y la culpa eran dos mochilas muy pesadas. Miré el cajón de mi mesita de luz. Yo sabía que allí estaba mi solución. Allí se encontraba la respuesta a mi drama, la puerta de escape.

Abrí el cajoncito y apareció. Reluciente y pequeña, pero poderosa y determinante. La tomé en mis manos y la llevé a mi cabeza. Allí debía alojarse, allí debía quedar y eliminar a la persona que era. Coloqué el dedo tembloroso en el gatillo. Las manos me sudaban como si estuviese por rendir un examen. Ese sería mi último examen y no podía reprobar. Cerré los ojos. Afuera sólo se escuchaba el ruido de algún que otro auto pasar por las esquina. Pero nada más. ¿Sería así morir? ¿Sería silencio y oscuridad? No me importaba. Ya no. Entonces jalé el gatillo.

Silencio. La nada misma.

Entonces un ruido brusco llegó a mis tímpanos haciéndome sobresaltar del susto. Era mi celular. En ese segundo me di cuenta de que aún estaba allí sentada y más que viva. Miré el arma de mi abuelo y noté que estaba descargada. “Menuda suerte la mía”; pensé.



“¿Hola?”

Era mi jefe.

“Si señor”, le contesté. Él hablo un rato, me dijo cosas. “Mañana a las ocho como siempre, señor”, dije con cierta alegría en la voz y él volvió a hablar. Lo hacía acelerada y nerviosamente. “No tiene por qué disculparse, señor. Buenas noches”, le contesté y colgó.

Suspiré con alivio. Ramón, había dejado una nota en uno de los bolsillos de su pantalón. Allí contaba que no deseaba sufrir más, que por ello se quitaba la vida. Había ingerido una cantidad extrema de veneno para ratas y jamás podría haberlo salvado. Jamás.

En la nota me agradecía por las veces que lo había acompañado cuando nadie más lo había hecho.



Esa noche lloré. Pero me fui a dormir con satisfacción y paz en mi corazón. Ramón había decidido y yo al día siguiente, tendría a donde ir.





Autor: Miscelaneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

domingo, 5 de enero de 2014

Gloria, Amor y Muerte



Gloria no podía respirar. Sentía que su vitalidad se escapaba, se iba más allá aunque luchase y patalease para evitarlo. Ese brazo alrededor de su cuello era muy fuerte, mucho más que sus posibilidades y hasta sus ganas de vivir. Momentos de su existencia pasaron por su mente deprivada de oxígeno. Como si fueran flashes de una película, una intensa película vivida a medias y con dolor. Su madre acariciándole el cabello el día de su comunión, el minuto en que supo que su hijita venía en camino, la oscuridad. Siempre la oscuridad.

Tan solo unas semanas atrás Gloria pasaba sus días carentes de sentido y apesadumbrados. Se levantaba cada mañana con pocas ganas, desayunaba unos mates y alguna que otra tostada. Luego de ello, miraba la foto de su hija unos instantes. La miraba intensa y angustiosamente. Desde que la había dejado, desde que Luz había abandonado este mundo, Gloria sentía que su corazón se había transformado en tan sólo un órgano que llevaba recuerdos a todo su cuerpo. Los bombeaba a pesar de ella, a pesar de que quería olvidar.

Se acercaba el aniversario de la partida de Luz y como cada año, el agujero de su pecho se hacía más y más grande. Tendría que hacer algo. Inventar una distracción para evitar desear estar con ella, en el cielo o donde fuese que se encontrase. Sin embargo, sabía que llegado el momento, solo haría lo de siempre: iría al cementerio a leer poemas en la tumba de su hija, sabiendo que ella ya no los escuchaba. No como cuando era pequeña y en lugar de cuentos de princesas, quería que su mamá le leyese poemas de amor.
Luego de observar la foto, tomó las llaves del auto y se fue a trabajar. Gloria era secretaria en una empresa muy importante de Buenos Aires. Gracias a este trabajo y a la obligatoriedad de presentar una sonrisa y buena presencia, ella no había desaparecido de tristeza. En esas ocho horas y muchas veces más, ella no pensaba. Se convertía en una máquina que llevaba adelante tareas en forma óptima y sin errores. Sin sentimientos.
Pero esa mañana, Gloria tuvo un presentimiento y se estremeció en cada uno de los rincones de su cuerpo. El corazón le dijo que algo cambiaría en su vida y eso era extraño ya que, generalmente, su hija Luz era la que deliraba con esas cuestiones. “¡Estás loca!”, le decía Gloria cuando la adolescente le decía: “Tengo el presentimiento de que hoy vas a conocer al hombre de tu vida”, y le brindaba una sonrisa amplia que iluminaba su existencia. Se detuvo en lo que estaba haciendo, porque el sentimiento era fuerte y mucho más para ella que había estado anestesiada todos estos años. “¿Porque no habrás tenido el presentimiento de que esa noche…?”, pensó. Lloró cuando supo que su pequeña ya no volvería nunca más. Y ahora lo tenía ella, un augurio de algo por venir. Una imagen se hizo presente en su mente acongojada. Un joven muchacho. Un practicante de medicina que demasiado tiempo atrás la había invitado a salir. “¡Que gallina que fui!”, pensó en ese instante de pasado.   

Veinticinco años atrás, un accidente y una fractura en su tobillo la habían llevado al hospital y allí lo conoció. A él le faltaban pocos meses para recibirse. Era bello, alto e inteligente. Luego del encuentro médico, él deslumbrado por la belleza de Gloria, la había invitado a salir. En ese momento, ella se asustó. Estaba de novia, o al menos discursivamente ya que en breve planeaba dejarlo y le dijo: no. Simplemente no. Un monosílabo que cambió el rumbo de su historia, quizás la de ambos. Nunca más se volvieron a ver.
Pero en ese momento, ella se acordó de él. De lo que no había sido. Aunque no se arrepintió porque luego de esa negativa, su hija vino a llenar todos los rincones de su vida. Sin embargo, luego la dejó vacía otra vez.
Los días se sucedían. Se dirigían irremediablemente al abismo del aniversario y por más que Gloria intentase aferrarse a las horas y los minutos, estos transcurrían uno atrás del otro indefectiblemente como las gotas de una canilla mal cerrada. Entonces, un llamado telefónico la llevó a fluir.
-¿Hola?
-Gloria, soy Mariano, ¿te acuerdas de mí?
-¿Mariano…?
-…tu tobillo quebrado, ¿hace 25 años?
Y a Gloria se le hizo un nudo en el estómago. No podía ser verdad. Tan solo un par de días atrás lo había pensado. ¿Y si lo del sexto sentido era verdad? Lo volvió a sentir. Algo iba a suceder, ¿pero qué? La charla telefónica se tornó tan agradable que ambos quedaron en verse para seguir conversando. Sin embargo, algo aún daba vueltas en el estómago de Gloria. ¿Sería que se acercaba el aniversario? Así quiso creer ella.

Esa tarde de cita con Mariano, Gloria se arregló un poco más que de costumbre. Un poco porque el aniversario la opacaba y aun así quería estar diferente a cómo cada día se veía en la oficina. Se puso un vestido de flores rojas y se admiró frente al espejo. Su cabello negro caía sobre los hombros dándole un aspecto juvenil. Le recordó a su hija que era muy parecida a ella. Le recordó la noche en la que desapareció, cuando no volvió nunca más. También se había vestido de rojo y su cabello oscuro le remarcaba en extremo la palidez. “¿Y si me quedo?”, pensó. Pero instantáneamente se obligó a tomar la cartera y las llaves para salir de su casa.
Ya en el camino, Gloria se sintió mejor. Se animó y puso algo de música. Habían acordado encontrarse en un bar del centro. Ella iría con un vestido de flores y él con una rosa roja. En el instante en que llegó lo divisó a la distancia. Realmente los años lo habían tratado bien. Casi tan bien como a ella. Su cabello, que estaba todo íntegro en su cabeza, mostraba algunas canas en las sienes, resaltando sus ojos claros como el agua. No estaba excedido en peso y vestía muy bien. Gloria se alegró y hasta se animó a pensar en algo más que un café. Sin embargo, en el momento en que estaba por estacionar, una luz intensa aparecida de la nada la encegueció haciéndola perder el control de su auto. Un breve momento de nada, de tiempo paralizado y de una luz hermosa e intensa como nunca había visto antes se materializaron, haciéndola partícipe de una burbuja en el universo. Y de repente, todo se aceleró otra vez. Gloria terminó estacionando en la vereda con el corazón agitado del susto y con un gran griterío de la gente que paseaba por allí.
Luego de semejante acto de aparición, ella se quedó petrificada al volante sin poder moverse y con el corazón acelerado. Temió lo peor. A medida que fue reaccionando, comenzó a mirar a todos lados en busca de heridos o culpables. Todo estaba en orden. La gente continuó caminando como si nada hubiese sucedido, por lo que inhaló aire profundamente y estacionó lentamente junto al cordón de la vereda. Por fortuna, el galán que la esperaba ya estaba dentro del bar y se había perdido todo ese espectáculo, lo que la tranquilizó y le dio coraje para bajar.

Al bajar de su auto, Gloria miró a todos lados. ¿Qué había sido esa hermosa y extraña luz? Nada en aquel lugar podría haber sido fuente de tal aparición y el sol estaba aún demasiado alto como para atribuirle la culpa de su desatino. “Seguro fue algún reflejo”, se convenció mientras revisaba que todo estuviese en su lugar.
Una vez dentro del bar, las horas pasaron volando entre miradas y recuerdos, entre suspiros y silencios. Gloria sintió que su corazón latía con algo más que dolor y se animó a tener esperanzas. Luego del café y el charloteo, ella esperó que él dijese algo. Sin embargo, de forma más que caballerosa le dio un beso en la mejilla y se despidió con la promesa de llamarla. Y así lo hizo. Dos días después la estaba invitando al cine. Y Gloria de a poco fue pensando menos en el aniversario fatal y un poco más en su porvenir. Tal vez este año tendría después de todo, un entretenimiento para no pensar.
A la salida del cine, ya era oscuro y Mariano se estaba por despedir. Sin embargo, Gloria tomó coraje y lo invitó a tomar algo. Él la miró, mientras el corazón de ella palpitaba con la incógnita de su respuesta. Pero entonces, en el momento en que él abrió la boca para contestar, un rayo cayó del cielo y se impactó en un árbol que estaba junto a ellos. Gloria no pudo más que gritar del susto y Mariano, que se puso pálido, se despidió rápidamente de ella prometiéndole una vez más llamarla. Nuevamente Gloria se quedó boquiabierta, sin poder explicar el fenómeno vivido, sobre todo en una noche despejada como esa. Y de esa manera, simplemente volvió a su casa con más interrogantes que certezas.
“¿Y si es un aviso?”, pensó. Pero rápidamente recordó que ella no creía en esas cosas. Que su hijita del alma era la de los presentimientos y que a pesar de eso, nunca había vuelto luego de esa noche en la que se encontraría con Marciano. “¿Marciano? O ¿Mariano?”, no estaba segura. Pero daba lo mismo. Su mente jamás recordaba el nombre de los pretendientes de su hija. Además, esa vez no hubo premoniciones ni sextos sentidos.

Se fue a su casa. Abrumada de recuerdos y apabullada por los acontecimientos. Se maldecía a si misma por tanta mala suerte. Estaba casi segura de que Mariano no la volvería a llamar. Sobre todo por la cara de susto luego del rayo. “¡Parece que él si cree en los malos augurios!”, se dijo riendo. Y entró a la casa. Pero allí, sintió un escalofrío. Todo estaba a oscuras y silencioso.
Quiso encender las luces pero no había electricidad. Entonces, fue en busca de velas pero en el camino vio un resplandor proveniente del living. “¿Qué será?”, se preguntó Gloria con el corazón agitado. Y lentamente se acercó. El resplandor se fue transformando en una luz intensa y bella a medida que se acercaba. Hasta que estuvo frente a frente con lo que fuese eso y se dio cuenta que esa aparición era demasiado bella para ser maligna. Entonces, se serenó y escuchó una voz: la luz le habló con una melodía angelical que le llegó directamente al corazón. Le dijo que estaba en peligro y que debía salir de allí. Pero como Gloria estaba embelesada por tanta hermosura, la luz tomó la forma de alguien conocido por ella, alguien que extrañaba horrores. “Hijita…”, dijo y comenzó a llorar. Pero cuando la luz transformada en su hija quiso volver a hablar, un brazo salido de la nada tomó el cuello de Gloria impidiendo que respirase.
La lucha fue en vano. Entonces, ella cerró sus ojos y se dejó ir.

La luz se hizo más brillante e intensa, tomando la fuerza de miles de tormentas, y el tiempo se detuvo en ese breve instante. Luz vio el cuadro congelado en la que su más profundo sentimiento, su segunda alma, volvía a morir. Allí estaba su madre, con los ojos cerrados en el último segundo de su existencia. La veía porque el alma pugnaba por salir de su cuerpo moribundo como una luz rosada y triste. Y Mariano, ese monstruo que quería finalizar lo que había comenzado años atrás, era el responsable una vez más. Ella lo había conocido por unos amigos en común. Desde el primer momento sintió su corazón resentido. Y para cuando descubrió que ese resentimiento tenía un origen conocido fue tarde. Él se deshizo de ella y esperó pacientemente para reaparecer y terminar su camino de rencor: su madre.
“No intervengas”, le había dicho la fuerza superior. Pero, ¿cómo dejarla así? ¿Cómo no intervenir si era la vida de su mamá, la persona más importante de su existencia, la que estaba en juego? Intentó advertirle en varias oportunidades, pero fue en vano. Su madre no creía en esas cosas.
Sin embargo, en ese momento algo debía hacer. El tiempo no podría mantenerse congelado por siempre.
Entonces, una idea vino a su mente y la iluminó. Vio un adorno en la pared del living: una lanza que ambas habían comprado en un viaje al África. Recordó lo felices que estaban las dos el día que la compraron en ese puesto callejero de artesanías. Era como un presagio…Unos milímetros más allá…
El tiempo se descongeló. La luz se hizo increíblemente intensa dañándole los ojos a Mariano y obligándolo a retroceder. Tropezó con sus propios pies horrorizado por lo que sus ojos veían, hasta finalizar impactado en la lanza. En ese momento liberó el brazo y Gloria cayó al suelo.
Mariano murió en el acto y algo negro que su cuerpo emanó, fue inmediatamente atrapado por demonios del infierno que se lo devoraron mientras gritaba. La luz se acercó a Gloria y acarició su rostro. Ella abrió los ojos y vio a su hija, su Luz. Una lágrima corrió por su mejilla y Luz la tomó y la atesoró por siempre. Entonces, desapareció en el éter.

El aniversario llegó, pero esta vez Gloria no buscó escusas para ir al cementerio a leerle poemas, porque esta vez, estaba segura de que su hija la escuchaba con atención.






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