martes, 13 de enero de 2015

El inicio.






Hacía largo rato que observaba su brazo. Tenía una mancha azul oscuro que había aparecido de la nada, como si hubiese sido diseñada o tatuada durante su período de reposo; aunque era imposible, porque hacía rato que no descansaba. Si, era extraño. La capa biológica que recubría su esqueleto de alta densidad, tenía la capacidad de padecer contusiones como cualquier ente biológico, pero era su cerebro cuántico, ese que registraba cada una de sus acciones cotidianas, el que no tenía registro del momento en que eso se había producido. 

No, no había registro del momento y eso era lo más extraño, de verdad. Entonces, decidió revisar sus grabaciones. Su memoria era prácticamente infinita por lo que le llevaría un tiempo considerable. “Lo haré por la noche”, se dijo y salió camino a su trabajo. Una vez en la calle, la vorágine de seres errantes, prácticamente lo devoró. Los grandes edificios, de cientos de pisos, cuidadosamente diseñados por algún otro de su clase, se erigían diseñando un paisaje que, si se detenía demasiado a pensarlo, era tétrico y opaco. “Tétrico y opaco”, se repitió sorprendido por semejante pensamiento. No era que estuviese prohibido pensar, pero si era un pensamiento fuera de lugar. Se sintió invadido por una carga de sentimientos y casi con una cuota de rencor, impropio e infrecuente en un cerebro como el de él que, en última instancia, estaba formado de circuitos. Pero atribuyó todo a un día extraño. Tal vez a la humedad.

Intentó apurar el paso. Con tanto divague se había atrasado y la sociedad estaba diseñada de manera tal, que nadie debía llegar a destiempo. Ni antes, ni después. En punto y a tiempo, era el lema actual. Una rúbrica implícita bajo la que cotidianamente vivían. Pero como todo, en ese extraño día, no le salió como debía ser. Sintió sus piernas pesadas y notó que le faltaba agilidad e incluso gracia. A diferencia de sus semejantes, con los que se cruzaba y que pasaban a su lado a velocidad considerable, notó que no podía igualarlos. Ni siquiera podía acercarse a una cadencia rítmica, sino que más bien cada paso le suponía un esfuerzo enorme. “¿Estaré averiado?”, se preguntó. Aquella posibilidad era extraña, aunque no infrecuente. El esqueleto de metal liviano con el que estaba diseñado, al igual que el resto de sus semejantes, era de alto impacto y de durabilidad eterna. Sin embargo, últimamente había sucedido que numerosos ejemplares habían comenzado a fallar. ¿Sería ese su caso? Era posible. Tomó su teléfono y avisó a la oficina que pasaría por el taller de refacciones. Quizás solo fuese la batería…con suerte. Algo abogaba por esa posibilidad: ciertas cuestiones estaban borrosas, incluso lo del hematoma. Todavía no podía recordad como o cuando se lo había hecho. Tampoco podía asegurar que había sucedido en las últimas horas…. Sí, todo se encontraba en esa enorme nube. Así que quizás tuviese suerte y sólo se tratase de la energía vital.

Cambió drásticamente el rumbo y se dirigió al taller del Doctor Equis. Era tonto el nombre de ese ente, pero nadie podía negar que fuera inolvidable. Ni hablar de la cantidad de clientes que tenía y la magia que hacía con sus manos. Nadie lo igualaba. Todo eso pensaba en su marcha hacia el consultorio, cuando notó que, cruzando la calle en la vereda de enfrente, una joven entidad biocerbenética lo observaba fijamente. Y lo extraño no era solo eso. Lo raro de la situación fue que él mismo se frenó en la marcha y se quedó mirándola. No con intenciones de observar sus acciones o de entender que necesitaba de él. La observaba, absorto, atraído por su belleza. Ella era de una belleza realmente maravillosa, exótica. Su hermosura solo podía remedar a una raza inexistente: la de los Creadores. Era tan bella como contaban las historias acerca de aquellos seres míticos y casi novelescos. Aunque ¿inexistentes?

Mientras la observaba, recordó las míticas leyendas, miles de historias esparcidas y relatadas entre ellos, por doquier. Entonces, como en toda sociedad organizada, estaban quienes creían en su existencia y hasta defendían con puño y espada su legado, explicando y proclamando que los seres actuales, las entidades biomecánicas con todos sus avances, eran parte del llamado Gran Diseño de aquellos. De ese diseño divino, perfecto y preparado, habían nacido ellos, los actuales y por ello le debían respeto y devoción eterna. Luego estaba el resto, la mayoría, que entendía y proclamaba la autodeterminación y por sobre todas las cosas, la autocreación. Él estaba en ese grupo. Al menos hasta ese momento en donde la visión que tenía frente de si le hacía dudar de todas sus convicciones. ¿Cómo el resto no la notaba? ¿Cómo no se daban cuenta de que ella estaba allí observándolo?

Dudó. Tal vez, todo era producto de su desperfecto. Miró la mancha azul que ahora era más grande, redondeada y sobre-elevada. Y que le provocaba algo. Cuando la tocaba le hacía sentir algo desagradable, extraño, nunca sentido antes. Miró la mancha, miró a la joven. Ella seguía allí y él se asustó. Porque en todo caso, el problema era si él la veía y el resto no. Comenzó a andar. Se convenció de que aquello era parte de su ruptura cuántica, de su avería y que, en todo caso, estaba empeorando con el correr de las horas. “Tengo que ver al Doctor Equis, urgente”, pensó. Pero de tanto en tanto, echaba la mirada hacia atrás y veía como ella, ese ente celestial y casi de otro mundo, lo seguía.

Caminó kilómetros. Sintió que sus piernas y todo su cuerpo no respondían. Que algo en el pecho le provocaba parar mientras retumbaba rítmica pero también aceleradamente. Puso su mano en el tórax. Si, allí estaba esa sensación. Ese baile frenético que se ralentizaba en cuanto él se quedaba parado. Además, y también sorprendiéndolo hasta la maceta, el aire penetraba por su boca de a ráfagas frías y dolorosas, situación que nunca antes había sucedido. “¿Qué me pasa?”, se dijo nuevamente mientras algo húmedo brotaba de sus ojos y una presión se apoderaba de su cuello.

Miró hacia atrás. Buscándola. Necesitándola. Entonces, ella se acercó lentamente y le tomó la mano.
—Vamos —le dijo y él la siguió.

Entraron a un edificio que se le hizo conocido, aunque también lo catalogó como “recuerdo en nube borrosa”. Subieron por un ascensor que le provocó cosas raras, ahora en su abdomen, que nunca antes había sentido. Mientras, de tanto en tanto, él observaba a su acompañante que parecía más bella y delicada con el correr de las horas y, a pesar de estar parado y quieto, sintió que su tórax retumbaba acelerado, otra vez. Hasta sintió que necesitaba besarla, así sin más. Se serenó y cuando el ascensor se detuvo, sus pensamientos volvieron a sus desperfectos.

Salieron del ascensor y caminaron por un pasillo demasiado iluminado que también lucía familiar. Quizás había estado allí alguna vez, aunque no estaba seguro de cuándo o porqué. En la puerta de vigesimocuarto piso decía: Doctor Equis, Doctor. Él la miró con asombro, sin entender aquella coincidencia, pero ella ni se inmutó. Entraron:
—Te estaba esperando, Adán
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Eso no importa… ¿sabés que te sucede?
—Mi cuerpo… no reacciona, está diferente… estoy diferente… mi cerebro cuántico está averiado.
—Y ¿esas lágrimas?
—No sé qué me pasa… ¿de qué se trata todo esto?

El doctor Equis observó a la joven y supo que si bien Adán era el correcto, iba a costar convencerlo de que ya no era un cyborg.
—Adán, vení que te explico. Eva ¿nos acompañás?

Y los humanos que formaban parte de la resistencia del planeta, se reunieron para refundar la humanidad.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2015

martes, 6 de enero de 2015

La revelación







Fue en abril cuando la Parca se tomó una licencia y para ello no tuvo mejor idea que dejar de reemplazo al Ángel de la Guarda.

Una vez que aquél respondió afirmativamente a su pedido, hizo sus valijas y desapareció. Si, literalmente desapareció y ya nadie supo dónde ubicarla. Lo cual fue un problema interesante como verán.

Ya al minuto casi de estar activo, el ángel de la guarda-muerte fue convocado: un accidente de tránsito en cadena dejaría libres a varias almas que él debería recolectar. Hasta allí se dirigió aunque un problema surgió de inmediato, ya que su sensor de protección se activó por esas mismas almas. Conclusión: al llegar al lugar, el angelito tuvo un brote psicótico y también desapareció, y el caos se hizo rey y mandante de ese lugar.

Así fue que con la Muerte de vacaciones y su reemplazo prácticamente en coma mental, las cosas se pusieron patas arriba. Lo primero que se intentó hacer fue hallar al ángel traumatizado. A su encuentro fue un grupo de ángeles misericordiosos y lo hallaron varias horas después: estaba junto a una nube, sentado, hablando solo y meciéndose para adelante y para atrás. Si, ya no podría con su encargo.

El resto de los ángeles, alarmados, al ver lo que estaba sucediendo, quiso hacer algo para ayudar; porque mientras esto ocurría en el cielo, en la Tierra cosas extrañas comenzaron a suceder.

Manolo era un hombre de mediana edad, algo escuálido y con un trabajo que no le producía más que dolores de cabeza. Esa mañana se había quedado dormido y por ello lo habían despedido. Además y para colmo de males, su mujer lo había abandonado por su jefe, todo en el mismo día. Como consecuencia, el pobre ser humano tomó la peor decisión de su existencia: terminaría con su vida.
Tomó una cuerda, la anudó como decía en una de esas páginas de internet y se la colocó alrededor de su cuello después de haberla atado por el otro extremo a un tirante de madera. Luego de ello, se subió a la mesa y desde allí se arrojó al vacío.

Lo primero que sintió fue un crack en su cuello y un hormigueo en sus miembros. Y luego esperó. Esperó por un rato largo a que la muerte llegase, pero por supuesto, ésta no estaba en los lugares que solía frecuentar. Y lo peor de todo fue que al bajarse, su cabeza pendía para uno de los costados, provocándole más amargura de la que ya tenía en su alma.

Lo mismo le sucedió a Harris, un timador al que la mafia local había desenmascarado. Llevaba resistiendo varias horas de tortura, por lo que el capo mafia consideró que el final debía llegar. Entonces se acercó con un revólver y liberó el cargador entero en el pecho de Harris. La sangre salió brotando de todos los hoyos y hasta de la boca, pero luego de aquello y a pesar del dolor, el hombre continuó respirando. Los mafiosos se miraron entre sí, sin entender qué sucedía y decidieron que Harris debía morir de otra manera. Entonces clavaron un puñal en su estómago. Y para asombro de todos, incluido el propio Harris, nada sucedió en absoluto.

Un silencio no-mortal se hizo presente entre los hombres. Todos se miraron desconcertados y el terror los inundó. Entonces Harris comenzó a reír a carcajadas. Eran risotadas burbujeantes de sangre que se convirtieron en un cuadro más que grotesco: del inframundo, o de esa manera lo creyeron los atacantes.

Así fue que los mafiosos pálidos y desorientados huyeron del lugar, dejando a Harris atado en la silla, riendo y muy vivito.

Entre tanto en el hospital local, las camas se abarrotaban de personas moribundas que no morían y los médicos y enfermeras no sabían qué hacer. Porque si ya nadie moría: ¿para qué estaban ellos? Entonces hubo miles de profesionales con crisis de identidad mientras que varios abandonaron la ciudad creyendo que una maldición había caído en aquel lugar. Aunque prontamente notaron que en otras partes del planeta sucedía lo mismo.

Mientras esto sucedía abajo, arriba los ángeles no se atrevían a molestar a su Señor por una banalidad como esa, aunque la realidad era que no sabían qué hacer. Bajaron a la tierra para tener una idea representativa de lo que estaba sucediendo y pronto notaron el caos en el que el mundo se había convertido. Tanto que, espantados, algunos de ellos quisieron hablar con el mismísimo Dios. Y el debate se armó.
-Esperen, no perdamos la perspectiva… en algún momento la Parca volverá.
-Si… pero ¿cuándo? Ni siquiera sabemos dónde está… y ¿si renunció?
-¡No puede renunciar…! ¿O sí?
-Tendremos que hablar con el Ángel de la Guarda…
-Pero él está…
-No importa… algo deberá decirnos.

Acto seguido, mientras que la gente enloquecida desafiaba su propia mortalidad saltando desde las alturas o estrellando sus autos contra los árboles, incluso disparándose armas antiguas en duelos sin sentido, los ángeles fueron hasta donde el Ángel de la Guarda se encontraba. Allí, el pobre estaba pálido y desencajado.
-¿Sabés donde fue la Parca?
-Es terrible… su trabajo es terrible. ¿Cómo puede…?
-¡Enfocate por favor! Esto es importante… la gente no se muere y si Dios se entera…
-No sé cómo lo hace… ¡no sé a dónde se fue…! solo dijo que pronto volvería…

Estaban perdidos. Esas palabras del ángel se convirtieron en una sentencia para todos, tanto que enmudecieron ante la posibilidad.
Lo peor de todo fue que no sólo ellos estaban preocupados por los eventos recientes. El Infierno se encontraba agitado porque ya no bajaban condenados con los que alimentarse. Pero a diferencia del Cielo, en este caso, el Diablo estuvo al tanto de inmediato. Y por ello abandonó su cálido hogar para hacerle una visita al que un día fuese su amigo.
-Ellos creen que no lo sé… me causa gracia… y vos te viniste hasta acá…
-Bueno… es una excusa para saludarte y preguntarte como está todo por aquí arriba.
-No tan cálido como en tu hogar, si eso es lo que preguntás –dijo Dios con sorna a lo que el Diablo sólo hizo una sonrisa -Está todo demasiado perfecto, ahora que lo mencionás…
-Ah, ya veo. ¿No estarás pareciéndote a mí, no?
Ahora el que reía era Dios.
-Jamás. Pero me he dado cuenta de que mi personal está muy acostumbrado a que las cosas estén acomodadas, perfectas… ya ves, ante la primera crisis en milenios nadie sabe qué hacer. Y lo peor de todo es que nadie acudió a mí.
-¿Por qué será eso…?
-No me vengas con tus enrosques, amigo. No voy a caer en tu juego, pero sí es algo para pensar. No sé si me temen o qué. Pero lo cierto es que yo sé dónde está la Parca y nadie me vino a preguntar. Entre tanto, me divertí observándolos. Ver cómo ellos intentaron sobrellevar lo imposible, es gracioso.
-Bueno como verás, yo no tuve inconvenientes en venir de inmediato… al menos te lo debo.

El Diablo le guiño el ojo y retornó al inframundo. Mientras tanto, los ángeles que estaban en la tierra, ya no sabían que hacer. Consolaban a los suicidas, prometiéndoles que la muerte pronto les llegaría, a los moribundos que el descanso eterno estaba a la vuelta de la esquina, pero la verdad era que ni ellos estaban convencidos de sus palabras.

Entonces, Dios llamó a una reunión urgente y los ángeles asustados concurrieron de inmediato. El silencio que se instaló en aquel lugar fue tremendo. Peor que en un velorio. A decir verdad, más de un ángel deseó estar en un velatorio, porque eso significaría que la Parca había vuelto. Pero ese silencio tenía un significado que el Señor entendió: miedo. Lo que les provocaba no era respeto sino temor. Y esa no era para nada la idea.

Dios tomó la palabra. Aunque más que la palabra, el acto. Apareció junto a la Parca que fue enviada de inmediato a la Tierra, mientras que los Ángeles, aterrados, no sabían dónde esconderse.

-Espero que esta prueba les sirva para algo… cada uno sabrá para que… lo que a mí me enseñó es que al parecer infundo temor… y lo más revelador de todo fue que aquel que creía mi enemigo, fue el único que se acercó a decirme la verdad…
Todos se miraron, más de uno suspiró, pero todos entendieron que esa fue la gran revelación.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2015

jueves, 1 de enero de 2015

El evento







¿Qué es la realidad?, preguntó. ¿Qué somos? “Polvo de estrellas…” Hay quienes opinan que uno decide de qué manera vivir e incluso morir. Un sabio dijo una vez: las cosas se ven cuando estamos preparados para verlas. Creo que durante mucho tiempo fui incapaz de muchas cosas, sobre todo de creer. Hoy, luego de aquello, pienso diferente. Hoy creo que elegimos cada una de las cosas que vivimos. Conscientes o no, la verdad es que vivimos la vida que deseamos.

Hace tiempo ya, no recuerdo cuánto, sucedió lo que denominé: “el evento”. Si, lo llamé así porque desde entonces, no he podido encontrar otra forma de nombrarlo sin que suene, como mínimo, bizarro. No hay frase o palabra que globalice la catarata de sentimientos que provocó en mí aquel episodio y de lo que aún hoy produce en mis pensamientos.  

Yo me encontraba sola, como siempre, rodeada de las flores de mi jardín. Era un espléndido jardín y prácticamente se mantenía solo. Esa cuestión era magnífica: mi labor allí era superflua, casi inexistente y sin embargo aquel lugar me daba lo máximo de sí.

Cuando todo ocurrió, en ese mismísimo segundo, recuerdo que el sol iluminaba cada planta, cada flor, dándoles un extraño aunque agradable fulgor anaranjado; sentí, por un breve segundo que ese jardín magnífico y único se transformaba en mi edén personal y todo por esos rayos. Sí, estaba hermoso y colorido, y junto al aire tibio que me envolvía, me hacía sentir segura. En casa. Era primavera… siempre lo era y se sentía bien. Los días más largos, las tardes calmas y sosegadas. Sosiego, sí.  

“Que rosas tan bellas tenés en este parque tuyo”

Salté del susto. ¿Quién se atrevía a irrumpir de esa manera mi meditación y lo peor, mi jardín? Miré a todos lados buscando respuesta a ese interrogante que se diluía en una realidad contundente: no había ni un alma. 

“Tal vez pensé demasiado alto”, me dije. Si, quizás eso había sucedido. Era más fácil pensar eso que la alternativa: me estaba volviendo loca. Y era posible, ya que con los años, la soledad y la reclusión pueden dañar a cualquiera.

Me acerqué a una azalea de color bordó y me concentré en la vista. Aislé mis sensaciones, enfoqué mi mente en solo ese detalle: el color que era exquisito. El sol ya estaba desapareciendo en el horizonte y lanzaba sus últimos rayos. Sentí de golpe que me pedía que lo esperase al día siguiente y en secreto se lo juré.

“¡Qué maravilloso atardecer!”

Y ahí estaba otra vez ese suspiro, esa brisa parlante que nunca antes había aparecido. Intenté mantenerme equilibrada y no desesperar. Por un segundo me olvidé del atardecer, del jardín, de mis días e intenté saber de qué se trataba todo eso que estaba ocurriendo. No deseaba espantarlo así que suspiré, me serené y con aire ausente contesté: “Si, es espectacular…”

Pero no hubo respuesta, por supuesto.
Me reí de la situación, porque de alguna forma, era hilarante. De repente, me encontré hablando y riendo sola, todo lo cual reforzaba la teoría de la locura.

-No estás loca -me dijo, entonces me di vuelta y lo noté.

Entrecerré mis ojos para ver mejor, aunque apenas si noté alguna diferencia.
-¿Quién está ahí? -dije haciéndome la valiente y forzando aún más mi vista para divisar el origen de la voz.
-Solo yo -respondió aquel susurro y en la penumbra del atardecer me pareció distinguir una forma, quizás humana.
-¿Qué querés de mí? -le pregunté para confirmar las intenciones de aquella presencia.
-Compañía. ¿Charlar un rato, tal vez?
-Ya estamos charlando, así que conseguiste ya lo que querías…
-Parece que sí… -y noté un titubeo en su voz. -¿cómo estás?

Lo miré. Estaba sentado aunque no podía divisar la silla con claridad. A su alrededor parecía haber algo así como un jardín, pero a diferencia del mío, estaba marchito, descuidado. Pero lo que me dejó pensando fue la pregunta. Intenté responder con sinceridad, aunque…
-Como siempre… calmo, sin demasiadas exaltaciones. ¿Y vos?
-Triste. Extraño… -comenzó, pero se interrumpió de inmediato como si se hubiese arrepentido al instante de aquello que me iba a decir.
-¿Que extrañás?
-Mi jardín…
-Ah…
-Si… yo tenía un jardín hermoso… como ese que tenés vos…
-Si… es magnífico… ¿y qué pasó con tu jardín?

El miró hacia el suelo, que al parecer no era el mismo que yo pisaba, y supe que no era lo único que extrañaba.
-Tengo la sensación de que tu pena es más profunda que un simple jardín… ¿qué más extrañás?
-A mi compañera de vida. Ella era la que cuidaba nuestro jardín, nuestra vida… se fue, decidió que era lo mejor.
-¿Y fue así?
-Estoy tratando de averiguarlo… -suspiró aunque no estaba completamente segura de si eso era un suspiro y lo extraño fue que la tristeza me invadió. Su tristeza, su melancolía se coló en mis huesos. Pero nada podía hacer. O no sabía qué hacer.
-Te hago una pregunta ¿puedo? -continué como si nada.
-Si, por supuesto
-¿Por qué yo?
-Porque sos la única a la que he buscado y respondiste

La única que he buscado… eso era extraño, en verdad. No me dijo que era la única que estaba allí o porque le di lástima, no. Él me había buscado y yo le había respondido. La respuesta me intrigó más, pero cuando quise indagar acerca de ello, ya no lo vi.

Esa noche le di vueltas al asunto. Pensé en mi vida, en el tiempo en que llevaba así, de la misma forma. No me pesaba, ya no. Hubo una época en que sí, pero sin recordar cómo, dejó de ser un problema. Era raro. Sin embargo, no pude seguir pensando en ello y finalmente, me dormí. Fue entonces cuando tuve un sueño de lo más insólito. Yo estaba en el  jardín marchito del joven aparecido, triste. La soledad se había instalado en mi corazón. Algo había pasado pero no recordaba qué. Solo sentí la angustia de la pérdida y un desamparo tremendo, como si se tratase de un hoyo enorme del que me sentía jalada. En medio de semejante padecer, me dejé llevar por esa oscuridad y finalmente decidí renunciar a la vida.

Sentí que alguien me llamaba y desperté con la angustia de quien decide la salida fácil.
-Perdón por dejarte ayer -dijo la voz.

Ahora podía verlo con mayor nitidez. Era un joven muy atractivo, de profundos ojos claros y rostro bondadoso, aunque agobiado. El jardín que lo rodeaba seguía marchito, pero ahora divisaba un árbol detrás de él, que tenía un columpio colgando de una de sus ramas. Me trajo una sensación de calidez que desconocía -o no entendía- mezclado con cierta añoranza. Lo miré de nuevo. Me hacía una sonrisa pero sus ojos estaban llenos de lágrimas.

-Está bien. Estoy acostumbrada a la soledad -le dije sin dejar de observarlo.

Era muy bello y de una forma loca, me trajo recuerdos difusos: sonrisas, tardes de verano el columpio que iba y venía. Pero costaba poner las emociones en orden. Y aunque mirarlo me daba la sensación de algo familiar y bueno, intentar recordar era agotador y me provocaba una sensación extraña, amarga tal vez y ya no quise esforzarme. En todo caso, él me diría lo que mis neuronas se empeñaban en ocultarme.

-¿No me recordás? -dijo rápido y noté que le tembló la voz.
-Tal vez, está borroso, mezclado. Me hace doler la cabeza -le dije y él me sonrió con cierto asombro en su mirada.
-No sabía que podías sentir eso –contestó y nuevamente desapareció.

Me dejaba otra vez con la palabra en la boca. “No sabía que podías sentir eso” Aquella frase retumbó en mis oídos una y otra vez. “Me estoy volviendo loca”, me dije confirmando la sospecha que me carcomía desde el día anterior. Porque al fin de cuentas estaba hablando con una aparición. ¿Cómo era eso de no poder sentir algo? ¿En qué mundo vivía? ¿Quién era él para cuestionar mis sentimientos? Y lo peor ¿cómo se aparecía así y se iba sin más? No era normal, no.
Otra noche llegó con sueños revoltosos. La pérdida, el joven de ojos claros que me miraba triste, el llanto de un niño pequeño, que se sentía angustiante y yo que desaparecía en la oscuridad. Un nuevo día llegó y esperé por que apareciese.

A pesar de todo lo que me generaba, había decidido ayudarlo. Si, sentí que debía ayudarlo a buscar su camino. Tal vez solo necesitaba mi amistad y mi egoísmo había puesto mis dudas por sobre sus necesidades. Le diría que se podía quedar conmigo cuanto necesitase.

Otra vez sentí el llamado y apareció en mi jardín, rodeado de sus flores marchitas y césped amarillo. Esta vez su rostro era triste. Había llorado, se notaba.
-¿Qué te sucede? -le pregunté.
-Este será nuestro último encuentro… -respondió.
-¿Por qué?
-Es lo acordado…
-¿Lo acordado? –pregunté sin entender.
-Solo esto podía tener… pero es muy doloroso decirte adiós. Aunque esta vez puedo hacerlo, al menos.

Lo observé y su tristeza era genuina y se hizo mía. La oscuridad volvía y no entendía el motivo. Sentí que yo desaparecería con él y le rogué que se quedase. Le prometí que cuidaría su jardín y el lloró con esa propuesta.
-No puedo continuar -le dijo a alguien más. A alguien a quien yo no veía, por supuesto. -Sólo quiero que sepas que siempre te amé y así seguirá siendo –me dijo y su mirada me atravesó por completo.
-Pero… -solo atiné a responder y él me abandonó para siempre.

En los días que siguieron, incluso durante semanas, esperé a que él regresase. Quizás hasta lo extrañaba. Dicen por ahí que existen distintos planos de la realidad. No sé. Lo único que hoy sé es que a pesar de que mis días continuaron uno tras otro de la misma forma, mi jardín ya no es el mismo y algunas flores comenzaron a marchitarse. 

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015