Medica, Madre, Escritora. Autora de El cuerpo habitado (Malisia), Un perro en la puerta de la casa velatoria (Paisanita) y La máquina de diagnosticar (Malisia)
sábado, 10 de agosto de 2013
sábado, 3 de agosto de 2013
Un remolino del tiempo
Una luz
brillante me encegueció y en ese momento supe que todo había terminado.
Entonces, formé parte de la nada misma. Pero voy a comenzar por el principio,
quizás de esa manera hasta yo pueda entender. Hace ya un tiempo, no sé cuánto en
realidad, lo conocí. Desgraciadamente, las circunstancias de ese encuentro no
fueron las mejores, aunque aún hoy y luego de cómo todo resultó, no me
arrepiento de nada, sobre todo de sus ojos de su mirada cálida y llena de amor.
Sé que en ese momento, entre nosotros hubo algo, una chispa, una conexión
cósmica, tal vez algo de otro mundo.
Una tarde, como
cada una de las tardes de mi vida, caminaba por una de las tantas calles de mi
ciudad. Una en particular, la que desembocaba en una enorme plaza llena de
árboles y juegos. Siempre la misma, nunca otra. Tomé esa dirección como muchas
otras veces había hecho en una bella tarde de invierno. El sol estaba en su
máximo esplendor entibiando el ambiente con su presencia, acariciando mi rostro
y haciéndome sentir parte de algo, del mundo, de esta bella tierra. A pesar de
eso, yo apuraba el paso ya que llegaba tarde a trabajar. En el preciso
instante, en el minuto justo en que iba a cruzar la calle, él apareció de la
nada y me miró. Brevemente me prestó esos maravillosos ojos donde me perdí
profundamente. En ese segundo de mi vida, creo que en el cielo algo se
estremeció porque el piso tembló bajo mis pies y no supe que hacer. Nos miramos
un largo rato quizás durante miles de años luz que fueron milisegundos a la vez.
Yo no esperaba verlo, ni siquiera encontrarlo. No esperaba conocerlo y quizás
por ello mi parte racional desconfió calando en mi cerebro. Así que recelosa le
pregunté: “¿Te conozco?”
Él me miró como
jamás nadie lo hizo. Me miró directo a los ojos, como si con eso escrutara mi
alma que en ese momento se abría como una flor. En esa, su mirada, pude vernos
reflejados caminando por la orilla del mar, bajo la luz de la luna llena,
sentados de la mano siendo ya viejitos, convertidos en polvo de estrellas y surcando
el universo. Despabilé mis pensamientos de ese magnetismo extraño que me hacía
mirarlo y como no dijera una palabra, volví a insistir: “Disculpame, ¿te puedo
ayudar en algo?” A lo que él me respondió sin titubeos: “Si… ¿me darías tu
teléfono?”. Yo me quedé pasmada. Jamás nadie había sido tan directo conmigo. “Y
¿para qué?”, le insistí. “Porque quiero volver a verte…”. Yo me reí porque
pensé que me estaba haciendo una broma, que se burlaba de mí. “¿Me estás
haciendo un chiste?”, pregunté. Pero él, seguro de sí mismo, me contestó: “En
serio, me encantaste y quisiera volver a verte…si no te parece mal…”. Mi
corazón palpitó como nunca, como si el cielo me hubiera tocado. A mí, una
insignificante personita que día tras día hacía lo mismo. Que no se atrevía a
cambiar de trayecto por miedo a que algo malo sucediese. Si, a mí me sucedía
algo de otro mundo y fui feliz por un breve instante. Le sonreí y creo que me
ruboricé. Pero en ese momento un hombre salido de la nada, se agachó y sacó un
arma de su botamanga. Todo fue tan rápido que aún no lo puedo entender. Cuando
le estoy diciendo a mi desconocido: “Vení, cruzá conmigo que te doy mi número”,
ese hombre con su mano cargada por algún demonio, disparó. Un certero disparo,
teledirigido como un mal designio, como una mala noticia, lo alcanzó y él cayó
desplomado. Mi visión del futuro, el amor que aún no había comenzado, que aún
no había nacido, estaba siendo destruido en ese breve momento desgraciado.
Mientras me miraba en su agonía, pude ver como los ojos que minutos antes
habían sido compañeros de mi vida por vivir, dejaban de ser y se transformaban
en algo más, algo diferente y vacío. Él ya estaba en otro lugar.
Grité. Un
alarido salió de lo profundo de mi garganta, desde mi alma. El terror se hizo
presente en mi corazón y lo único que pude hacer fue correr. Correr sabiendo
que mi vida dependía de eso. Sabiendo que dejaba tirado y muerto a mi amado
anónimo. Detrás de mí alguien más corrió desesperado. Los dos corrimos en
dirección a la plaza como si ese lugar fuera un sitio seguro, aunque muy dentro
de mí sabía que no era así. Pero cuando estaba por llegar, a la vuelta de la
esquina, nos encontramos casi de frente con el asesino que había rodeado la
manzana y que no contento con haber matado a mi alma gemela, empezó a disparar.
Me apuntaba a mí y a la persona que estaba detrás. Me agaché para esquivar las
balas, aunque en cierto momento dudé, porque tal vez debía dejarme morir. No
obstante, el instinto de preservación me tiró al suelo como si un imán hubiera
traccionado de mi cuerpo.
Mientras el
asesino seguía disparando a cuanta persona se moviera, el hombre que corría
detrás de mí sacó su arma y comenzó a devolver los disparos, aunque sin
atinarle al homicida. Entonces, sacando fuerzas de no sé dónde, le arranque el
arma de las manos y disparé yo. Yo que jamás maté a nadie. Yo que siempre me
había jactado de ser pacífica y moral. Yo disparé y maté al verdugo de mi futuro,
de mi porvenir.
Esa noche llegué
a casa con el alma vacía y lloré como si en esa trágica tarde de invierno yo
hubiera perdido al amor de mi vida. Como si él hubiera formado parte de mi
destino y éste se perdiese en la inmensidad del éter. Me dormí rogándole al
cielo que nada de lo sucedido fuese real, que lo vivido ese día fuese sólo un
mal sueño. Pero también rogué que si a pesar de todo, lo trágico había
sucedido, quien sea que estuviera a cargo del destino, me diera la oportunidad
de cambiarlo, de salvar la vida de ese desconocido por el que lloraba mi
corazón. Esa noche soñé con algo divino, casi mágico. Esa noche se me concedió
una petición, un deseo y en ese instante yo no podía parar de pensar en él.
A la mañana
siguiente, me levanté como pude. El dolor se acrecentaba más y más en mi
corazón, pero a pesar de todo, debí continuar con vida. A la misma hora del día
anterior, caminé por el mismo lugar donde horas atrás había perdido a mi amado
y aunque pensé en no regresar a ese sitio fatídico debía ser fuerte y
confrontar mi realidad. Cuando llegué nada había cambiado. Todo estaba
exactamente igual. La misma calle, los mismos autos, las mismas personas que
hacían sus cosas como si nada hubiera pasado. El mundo seguía girando como si
ninguna tragedia hubiera tenido lugar allí. Pero entonces, algo sucedió. En la
misma esquina, en exactamente el mismo rincón del día anterior lo vi y mi
corazón dio un vuelco. ¿Era posible o estaba alucinando? Tal vez la tristeza me
estaba jugando una mala pasada. Y que irónico porque estaba triste por alguien
que había conocido durante dos minutos. ¿Y si todo había sido finalmente un mal
sueño? Para mi asombro y perplejidad, ahí estaba él y me miraba como el día
anterior. Yo me acerque incrédula con lágrimas en los ojos. Le toqué el rostro
para convencerme a mí misma de su presencia y si, era él. Le dije “¡Estas
vivo!”, y él no supo que decir o en realidad no entendía mi asombro ni mi
acercamiento. Yo era una desconocida para él. Aunque su mirada estaba llena de
candor, de amor por llevar adelante, de futuro por planear. Pero entonces todo
pasó otra vez. Ese hombre lo volvió a matar delante de mis ojos y yo volví a
hacerle justicia, matando a su asesino. ¡Esto no podía ser verdad! Entonces
maldecí mi desgracia ya que, si esa había sido mi oportunidad, mi deseo
concedido, lo había desperdiciado terriblemente en no entender nada.
Esa noche lo
soñé, vivo junto a mí. Estábamos sentados en un prado lleno de hermosas flores.
El cielo se encontraba despejado y azul y nosotros nos tomábamos de las manos,
disfrutando del tiempo y nada más. En el sueño me perdí en su mirar, en sus
caricias, en su calor. Descansé en su pecho y escuché su corazón palpitar. Nos
amamos y nos conocimos de siempre y por siempre. Allí supe que su nombre era
Joaquín y agradecí poder darle un nombre a ese rostro sereno y bello. Me acuné
en su corazón y desee fervientemente poder salvarlo…
Al día
siguiente, desperté y esperé que el cielo me hubiese concedido una nueva
oportunidad, y en ese anhelo fui temprano a buscar a mi Joaquín. Quería
anticiparme a todo ese desastre, si es que eso era posible. Pero la realidad
era que yo no sabía dónde encontrarlo. ¿Viviría allí? O tal vez, solo era un
transeúnte como yo, que ocasionalmente pasaba por ahí. Tomé una bocanada de
aire y esperé por él. Las horas desfilaron y Joaquín no aparecía. Sin embargo,
seguí esperando. En el instante indicado apareció de la nada, como
materializándose en ese allí y ese ahora, como si estuviera predestinado. Corrí
hacia él y le dije “Tenés que irte ya de acá”, pero él solo me sonrió y
contestó: “Estoy donde debo estar”, y todo sucedió otra vez.
¿Qué significaba
eso? ¿Qué quería decir con estar en el lugar donde debía? Yo quería entender,
pero no podía. Durante semanas enteras desperté e intenté salvar a Joaquín sin
lograrlo. Cada día que pasaba conocía algo más de él, de su persona. Que sus
ojos eran azules y honestos. Que su sonrisa era hermosa y blanca. Que sus manos
eran perfectas. Pero nunca lograba evitar que el destino cambiase. Cada muerte
de él hacía un hueco más y más grande en mi pecho. Una cruz que se estaba
haciendo difícil de llevar.
Una mañana,
cansada y aturdida, tomé una decisión drástica y fui al encuentro de mi
destino. Esta vez no esperé ver a Joaquín. Esta vez esperé a su asesino. A la
distancia lo vi, era un hombre desquiciado que me doblaba la edad y que al
parecer, nada ni nadie le importaba. Su mirada era oscura y vacía. Era como un
títere del destino, alguien manejado por una entidad superior. Maléfica, pero
superior si es que eso existía. En cuanto lo divisé me abalancé a él sin decir
una palabra y le arrebaté su arma. El dio batalla y en la lucha cuerpo a
cuerpo, en la que mi persona tenía clara desventaja, el arma se disparó y yo
caí al suelo. Entre tanto, escuché otro disparo que derribó al asesino, ahora
mi asesino. Joaquín corrió y me abrazó llorando, como si yo fuese lo más
preciado de su vida. Me acarició el rostro y me besó. Yo me alegré de verlo
vivir y de sentir sus labios cálidos por primera vez en mí. Entonces todo se
puso blanco y brillante.
Allá, en el otro
lado del universo, alguien estaba esperándome. Era un bello lugar, muy
iluminado y sereno, aunque no sabía bien donde me encontraba. Ese alguien me
dijo con voz severa: “¿Por qué no seguiste tu camino la primera vez?”. Yo lo
miré y aunque sólo podía ver sus ojos, le contesté: “Porque él es mi alma
gemela, mi futuro y mi presente y sin él nada ya tiene sentido”. El me miró y
me respondió “Pero…si no lo conocés”. Yo sonreí y le dije: “Con mirarlo a los
ojos una vez fue suficiente para saber que nos pertenecemos”.
Nuevamente la
luz se hizo intensa y me encegueció. Me sentí liviana como una pluma en el
aire. Luego me deslicé a través de un túnel acolchonado y suave. Cuando terminé
de caer abrí los ojos y para mi sorpresa estaba en una habitación. Tenía cables
por todos lados y había un monitor junto a mí que hacia un ruido rítmico.
Imaginé que era el ritmo de mi corazón por lo que deduje que estaba con vida.
No entendía dónde estaba ni que había sucedido hasta que miré a mi alrededor y
allí estaba él. Joaquín se encontraba sentado a mi lado sosteniéndome la mano.
Una lágrima se deslizaba por su mejilla al ver que yo abría mis ojos y con una
caricia se la sequé. El me abrazó y finalmente, luego de tanto tiempo, pudo
decirme que me amaba. Después de ese día jamás dejó de hacerlo.
Ah…se
preguntarán ¿porque pasó esto? Durante mucho tiempo pensé que todo había sido
un mal sueño. Sin embargo, luego de vivir aquello que había visto en los ojos
de Joaquín la primera vez que lo conocí, descarté esa posibilidad. La realidad
es que no se muy bien que pasó y cómo. Sospecho que el haber puesto mi vida
antes que la de él casi sin conocerlo ayudó. Además recuerdo que el hombre que
vi en el más allá, como en un suspiro dijo antes de dejarme volver: “Él hizo lo
mismo por vos antes…al parecer son el uno para el otro”.
Autor:
Miscelaneas de la oscuridad
sábado, 27 de julio de 2013
Leyenda de amor: luz y oscuridad
Cuenta la
leyenda que hace mucho pero muchos años, quizás antes de que el día fuera día y
la noche fuera noche, había un lugar maravilloso llamado Tierra. En ese
entonces, la Tierra era un sitio acogedor y casi mágico que apenas se
diferenciaba del cielo y el resto del universo. En la Tierra tal cual era
entonces, convivían dos pequeñas aldeas y cada una de ellas se encontraba
rodeada de espesa y hermosa vegetación.
En una de las
aldeas, la del Sol, convivían un grupo de mujeres, que vivían en armonía y en
paz. En la otra, llamada Oscuridad, vivía un grupo de hombres, que también
convivían aunque resguardando ciertas cuestiones que en la aldea del Sol
desconocían.
En esos tiempos
remotos, las bellas mujeres de la aldea del Sol eran las portadoras de luz. Esa
luz era dadora de vida y amor y donde ellas iban, iluminaban todo a su
alrededor. Eran poseedoras de una luminosidad blanca y casi angelical que
brotaba a través de los poros de su piel. El lugar donde moraban las mujeres era
bastante pintoresco. Conformado por pequeñas y acogedoras casitas, de techos
rojos y ventanas decoradas con cortinas llenas de flores. Cada una con un
pequeño jardín al frente. Toda la aldea estaba cobijada por numerosos árboles,
frondosos de un verde intenso y brillante. Siempre era primavera. El lugar
estaba lleno de pájaros y pequeños animales que convivían plácidamente y por
supuesto, todo se encontraba iluminado permanentemente. Había flores de miles
de colores por doquier que ornaban la aldea, donde cientos de hamacas se
convertían en el entretenimiento de las bellas doncellas que pasaban allí sus
ratos libres. La intensidad de la luz de cada mujer delataba el estado de ánimo
de ellas con sólo mirarlas, por ello cuanto más felices estaban, más
intensamente brillaban.
Los hombres se
encontraban a una gran distancia de allí. Es más, entre ellos y las mujeres de
la aldea del Sol, no había contacto. Ni siquiera se conocían y como sus vidas no
tenían ni principio ni fin, no había necesidad de interacción alguna. No había
necesidad de nada entre ellos.
Los hombres eran
los portadores de la oscuridad. Una oscuridad romántica y muy necesaria para
abrigar lo secreto e íntimo del cosmos. Una oscuridad que daba refugio y
protección al que lo necesitase. Más no a las portadoras de luz. La aldea donde
ellos vivían era oscura aunque bella a su manera. Ellos eran ingeniosos, ya que
la necesidad les había provocado buscar maneras de poder ver a su alrededor. Habían
diseñado unos interesantes dispositivos que les brindaban luz utilizando a
numerosas luciérnagas, también se las habían ingeniado para atrapar rayos en
las tormentas y luego los utilizaban depositados en pequeños frascos para ver
en las distintas casitas. Sin embargo, normalmente dejaban que la luna y las
estrellas se encargaran de darles luz ya que les hacía valorar su propia e
insignificante existencia respecto del infinito.
Entre ellos y
las mujeres de luz, había un enorme y mágico bosque que los separaba convenientemente.
Era como si algo o alguien hubiera decidido que no tuvieran relación entre
estas dos razas.
En la aldea del
Sol, Ágata era la mujer de luz más hermosa y brillante. Ella era la soberana de
allí y por ello se encargaba de llevar adelante la aldea. Cada jornada
solucionaba los pequeños conflictos surgidos entre las doncellas, se encargaba de
encontrar los alimentos más sanos para el resto de las mujeres de Luz y presidía
el concilio que una vez por semana se reunía para tratar los temas de
importancia para la aldea. Con todo, su vida estaba bastante ocupada.
Sin embargo,
últimamente, se sentía bastante aburrida. Todo estaba muy en orden y le sobraba
el tiempo para ella sin saber cómo utilizarlo. O en realidad, algo faltaba en
su vida y no sabía que podría ser.
En este hastío
que se acrecentaba cotidianamente, Ágata fue en busca de provisiones a un prado
cercano que lindaba al bosque mágico, como siempre hacía. Allí podía encontrar deliciosas
frutas, exquisitas verduras y agua cristalina para beber. En aquel momento el
bosque se revelaba perfecto, estaba radiante, de un verde intenso, brillante y con
una vitalidad extraordinaria. La realidad era que cuando ella se acercaba con
su luz, todo a su alrededor se embellecía tomando un color distinto, una
intensidad renovada. Todo con su luz era más hermoso, más exótico, más vivo.
Ágata disfrutaba enormemente ver ese cambio de la naturaleza cada vez que ella
iluminaba el lugar. Sin embargo, esta vez no era suficiente. Su luz no era tan
intensa como de costumbre y su falta de “algo” la hacía opacarse más y más.
Pero en el momento en que ella cuestionaba lo que sucedía con la intensidad de
su luz, sintió una especie de presencia que le provocó mirar más allá de lo
permitido, muy dentro del bosque. Allí había una intensa penumbra y Ágata lo
notó inmediatamente. Una oscuridad a la que nunca se había expuesto. Primero se
asustó, pues algo tan sombrío no podía ser bueno. La realidad era que nunca se
había animado a ir más allá de los límites conocidos por su raza. Sabía que era
peligroso avanzar y jamás se había atrevido a desafiar las leyes establecidas.
Sin embargo, esa penumbra, esa presencia la invitaba a desafiar lo determinado.
Y ella tenía la necesidad de aventuras.
Muy dentro del
bosque se encontraba Caleb. Un joven proveniente de la aldea de la Oscuridad. Como
cotidianamente hacía, había ido a buscar suministros para los habitantes de su
aldea y se había adentrado demasiado en el bosque mágico. Él sabía que no debía
estar allí, pero una luz intensa muy a lo lejos, había llamado su atención.
Nunca había visto algo tan iluminado y perfecto en toda su existencia. Por lo
que decidió quebrantar las leyes de su aldea para ir a investigar. “Tal vez esa
fuente de luz nos sea útil”, pensó para autorizarse a romper las reglas. Y
avanzó. Se internó más y más en el bosque atraído por la luz. Entonces la vio.
Caleb sintió que
algo en su pecho golpeaba rápidamente, en forma alocada aunque con cierto
ritmo. Nunca le había sucedido eso. Su vida había sido medida y controlada
siempre, pero ahora su corazón estaba desbocado por la visión que tenía frente
a él. Ese ser era una aparición, una deidad a la que jamás pensó encontrar.
Ella era más bella que todas y cada una de las estrellas del firmamento. Era
tan brillante como la luna plena en una noche cálida y despejada. Su rostro era
perfecto. Su piel era pálida y casi translúcida como la porcelana, hermosa y
delicada. Sus ojos verdes como las hojas de los árboles jóvenes, tenían una
sinceridad y transparencia tanto que él supo cómo era su alma con tan sólo
observarlos. Su cabello, dorado como los rayos de sol, caía enmarcando el
rostro y resaltando sus preciosos rasgos. Sus manos eran delicadas a diferencia
de la de él o sus compañeros de aldea. ¿Quién era ella? ¿De dónde había salido
semejante aparición? Caleb se sintió mareado y confundido. ¿Cómo jamás había
sabido de semejante criatura? Estaba absorto en estos pensamientos cuando Ágata
lo vio.
Los ojos de Ágata
y Caleb se cruzaron brevemente y el universo explotó en miles de millones de
luces de colores. La Tierra tembló bajo sus pies y algo en la tela del
espacio-tiempo, se fracturó. Tan intenso fue lo que sucedió en esos minutos,
que ya nada en el universo sería igual. Ágata avanzó unos pasos sin poder creer
lo que sus ojos veían. Un hombre, eso era una leyenda, un mito. Ella sabía que
la existencia de hombres en su mundo era una historia inventada y contada por
sus ancestros mucho tiempo atrás. Pero no, allí estaba él. Hermoso y alto. Pero
oscuro como la negrura misma. Jamás había visto tanta oscuridad junta. Se
acercaron lentamente uno al otro. Caleb extendió tímidamente su mano, como
pidiendo permiso para tocarla y Ágata hizo lo mismo. Ella sintió su piel
erizarse ante el contacto con él y su corazón galopó desbocado. Sus ojos
brillaron haciéndose más verdes, más vivos; y su luz se hizo tan intensa que
podría haber enceguecido a la mismísima madre naturaleza. Pero no a él. Caleb
estaba deslumbrado por Ágata y la amó en ese instante.
-¿Cómo te llamás?-
preguntó él ansiosamente.
-Ágata, vivo en
la aldea del Sol ¿y vos?
-Caleb. Soy de
la aldea de la Oscuridad… No sabía que existía otra aldea además de la nuestra…Si
me permitís decirte, sos hermosa
-Gracias…vos
también…- Ágata se sonrojó y brilló aún más – Pero… ¿cómo es que no nos
conocíamos…?
Pero en ese
momento Ágata se sintió desfallecer. Su luz empalideció bruscamente y comenzó a
agonizar. Al ver semejante cuadro Caleb se desesperó. ¿Qué sucedía con ella?
Intentó ayudarla pero cada vez que la tocaba ella se apagaba más. Entonces la
dejó sentada en un claro y se apartó de ella unos metros para observar lo que
sucedía, para pensar que hacer. Ágata se quedó callada, sumida en sus
pensamientos. Sentía que su vitalidad se evaporaba, si es que eso era posible. Jamás
en su larga historia, le había sucedido algo similar. Sin embargo, intentó
controlarse y se quedó quieta, allí sentada un instante y así su luz comenzó a
brillar nuevamente con intensidad. Ella lo miró con tristeza, con agonía en la
mirada y ambos entendieron que jamás podrían estar juntos. No al menos como deseaban,
cada instante, piel con piel. La realidad era angustia, era abatimiento. Esa
realidad se llamaba distancia.
Entonces, luego
de semejante descubrimiento, cada uno se fue a su aldea con un pesar en el
corazón. Habían sentido por primera vez el amor y éste les era prohibido. La
vida de Ágata corría serio riesgo si seguían adelante. Caleb se despidió de
Ágata y en su mirada le dio su corazón: “Llevátelo, es tuyo de ahora en más. Cuidalo
mucho, porque ya estoy muriendo sabiendo que jamás volveré a ver ni acariciar
tu hermoso rostro”, y se fue. Ágata derramó una lágrima y así nació el rocío de
la mañana.
Ambos continuaron
con sus vidas en las aldeas. Cada día que pasaba, Caleb sentía un abismo en su
pecho que crecía y con nada podía llenar. Era una angustia que el resto de los
habitantes de la aldea de la Oscuridad no podían entender. Ágata, por otra
parte, comenzó a perder paulatinamente su brillo natural. Sus ojos mostraban
una tristeza inmensa y su alma se estaba marchitando como una flor en plena
sequía. Las mujeres de la aldea del Sol no entendían que le ocurría a su
soberana y aunque deseaban, no podían ayudarla. Entonces, una de ellas se sentó
junto a Ágata y le pidió por favor que
le explicara que sucedía. Y así, ésta le contó su historia de amor y
desesperación, aunque sin esperar que entendiese. Sin embargo, la joven
entendió y organizó una búsqueda. Junto a otras mujeres se internó en el bosque
mágico y luego de mucho andar encontró la aldea de la Oscuridad. Las mujeres se
sorprendieron de lo extraño y a la vez lo similar de aquel lugar con su aldea.
Era como si estuviesen viendo un sitio paralelo y aun así, totalmente opuesto a
su realidad. Eso era extraño.
Ella les relató
a los hombres que la miraban maravillados ante tanta belleza, lo que sucedía
con su soberana y de entre todos los oyentes, uno dio un paso adelante:
-Ella y yo no
podemos estar juntos… ¡Mi amor la mataría!
-¡Pero ella está
muriendo igualmente!- le contestó la joven.
Un silencio
sepulcral reinó en la aldea. ¿Qué hacer con semejante realidad? Pensaron
durante varios minutos, incluso horas si es que existían en ese tiempo. Entonces,
entre todos idearon una forma para que Ágata y Caleb estuviesen juntos y
pudieran vivir con su amor, en paz y armonía.
Las mujeres
volvieron a su aldea y sin mediar demasiadas palabras, llevaron a Ágata al
borde del bosque. Construyeron una pequeña cabaña allí para que pudiera
refugiarse si lo necesitaba y del otro lado hicieron lo mismo para Caleb. Cuando
ella vio a su amor, comenzó a brillar como nunca. Su brillo era amor puro. Sus
compañeras la sentaron en un claro donde el césped estaba de un verde intenso y
allí la dejaron observando a Caleb. Mientras tanto Caleb, a unos metros de
distancia, también se sentó y la observó. Ambos crearon una burbuja que el
resto no llegaba a comprender del todo, pero que a ellos dos los conectaba de
una manera cósmica. Cuando Ágata se sintió lo suficientemente fuerte se levantó
y se acercó a él, lo tocó y lo besó con ardiente deseo. Él la amó con pasión y
fueron felices durante un instante. Pero luego de ese momento, él notó que la
luz de Ágata comenzaba a declinar. Entonces la apartó suavemente y se sentaron otra
vez a distancia. Mientras se recuperaba, ella le contó a Caleb historias de su
vida en la aldea, de sus anhelos, de sus deseos. Cuando su luz se recuperó y su
vitalidad estaba al máximo, se acercaron nuevamente y se amaron hasta que la
luz comenzó a declinar. Entonces, esta vez, en el descanso fue él quien le
contó cómo era la vida en el lado oscuro del mundo, sus ideales y sus más
íntimos deseos.
Así pudieron
vivir. Cuando ella se recuperaba, podían estar juntos, cuando su luz se
agotaba, conversaban y se contaban miles de historias, prometiéndose la tierra
y el cielo. Habían logrado un equilibrio y en la eternidad de su conocimiento y
amor mutuo nació lo que conocemos como el atardecer y el amanecer.
La leyenda dice
que el nombre de ellos fue cambiando con los siglos, que ella finalmente se
llamó Día y él Noche. Día y Noche jamás podrán estar juntos ya que el Día muere
cuando la Noche aparece. Sin embargo, hay pequeños instantes en donde el Día y
la Noche parecen fusionarse. Es en esos breves minutos cuando se producen
destellos con miles de colores: naranja, rojo, amarillo y el cielo muestra su
máximo esplendor. Es en esos momentos cuando sus almas hacen contacto por un
instante. De esa manera, el mundo obtuvo el Día y Noche. En el día la luz del
sol alumbra la vida, embelleciéndola. Durante la noche, el firmamento aparece
en su plenitud con miles de estrellas y la luna como faro, con la oscuridad
como refugio. Y entre ellos, dos breves momentos para vivir lo intenso y lo
mágico, el amor puro y eterno, el Amanecer y el Atardecer.
Autor:
Miscelaneas de la oscuridad
miércoles, 17 de julio de 2013
Una vida en paralelo
Eran alrededor de las 7 de la mañana y el día prometía
ser hermoso. Un perfecto y bello amanecer de octubre. El cielo estaba de un
azul impactante, sin una nube que estropeara la perfección del firmamento. Los
pájaros cantaban de manera desenfrenada anunciando un apacible día primaveral.
Un tenue rayo de sol, tímidamente se filtró por
la ventana y acarició el rostro cálido de Claudia. Ella abrió sus ojos y se
levantó de la cama tratando de no hacer ruido para que su hijito no se
despertase. Lo miró descansando, bello, algo parecido a ella y hasta sintió
cierta envidia de esa apacibilidad con la que Zequielito, así se llamaba su
bebé, dormía. Con esa inocencia que le permitía dormir de esa manera; una
inocencia de quien no entiende que en el mundo pudiera existir maldad o
personas que perjudiquen a otras intencionalmente. Al mirarlo allí dormido
sintió que la entristecía el tener conciencia de ese mundo desesperante y
agotador, ese mundo egoísta y poco solidario en el que había crecido ella y en
el que lamentablemente, también crecería él. Si bien quería ser como una niña y
estar en paz, se daba cuenta de que la adultez era eso: ser consiente de todo
pero a la vez intentar cambiar lo que estuviera a su alcance. Ese sería su lado
optimista.
Trató de despejar su mente de pensamientos
negativos para no arruinar ese momento matinal, ya que ese horario de la mañana
era “su” momento.
Ese momento, significaba tranquilidad, silencio
y sobre todo paz, ese tipo de paz que se siente previa a la tormenta motivada
por la presencia de un niño de un año de vida. Una vez que éste se despertara,
la vorágine del día se la comería entera y cuando se diera cuenta, ya el día
habría finalizado como así también las semanas y los meses. Cuando un niño
llega a tu vida, esta cambia no sólo en calidad, porque se hace más intensa,
rica en emociones y agotadora sino que, también el tiempo tiende a ser
extrañamente acelerado. Y Claudia ya había experimentado esta sensación de paso
rápido del tiempo, así que sus momentos eran sagrados. Eran momentos de
“desaceleración” de su vida.
Como era domingo no tenía motivos para apurarse.
Su semana laboral terminaba los viernes y siempre intentaba disfrutar al máximo
el fin de semana junto a su familia. Se puso la pava para tomar unos mates, fue
al baño a asearse y mientras tanto, el agua se ponía en el punto ideal para sus
ricos mates. Se cebó unos cuantos y los saboreó extensamente. Caminó mientras
tomaba los mates, descalza, sintiendo el frío del piso en las plantas de sus
pies. Esto era relajante y la conectaba consigo misma. Esa era una costumbre
que llevaba años en su vida. Le encantaba caminar descalza y sobre todo en esa
época del año que el calor era moderado, pero lo suficientemente intenso como
para requerir la acción de sacarse los zapatos. Esto la conectaba también con
la madre tierra, o eso creía ella e intentaba de alguna manera que esta acción
diera, entre otras cosas, sentido a su vida.
Una vida plena pero que, en más de una ocasión, ella definiría no vacía
pero si incompleta.
Si le preguntaban porque era incompleta, ella
no podía entender o definir desde donde provenía esa extraña sensación, ya que
según la propia Claudia, tenía todo: una profesión que llevaba adelante con
orgullo y dedicación, un marido amoroso que daría la vida por ella, un hijito
que era la luz de su vida y la música de su alma, y además un buen pasar que
acompañado de buena salud cerraban un círculo perfecto. Pero la sensación
estaba allí, presente como así el interrogante de porqué sentía eso. A pesar de
todo, en este “su” momento, se sentía plena y con el corazón alegre.
Ella creía que nada podía arruinar un día que
comenzaba de esa manera. Hasta en un instante pensó en llamar a su amigo
Guillermo para terminar con la discusión, una de las tantas que siempre tenían,
y a la que varias veces había tenido intención de llamarlo para saldar la
diferencia. Esta cuestión que los distanciaba llevaba varias semanas, aunque ya
ni recordaba porque. Sin embargo por alguna misteriosa razón, postergaba la
situación. Lo que sentía por él era extraño y no quería averiguar más acerca de
ese sentimiento. Ella sabía que si no lo quisiera tanto, ya hubiera terminado
con esa relación que en algunos momentos era peor que un matrimonio venido a
menos.
Se conocían prácticamente de toda la vida,
tanto que Claudia no podría precisar cuándo fue que comenzaron a relacionarse.
Ella no recuerda un momento en el que él no hubiera estado presente. Y se lo
agradecía. Era tan positivo lo que transmitían en el pasado que, todos los
allegados a ambos, pensaron que en algún momento, terminarían juntos. Pero las idas
y venidas de la vida habían decidido que no fuera así y ella continuó con su
vida. Aunque él no. Y aunque Claudia disfrutaba mucho estar con él, aun cuando
se llevaban mal, lo pensó nuevamente y decidió que luego por la noche lo
llamaría. Ahora necesitaba seguir disfrutándose a sí misma.
Con todo, en pocos minutos se daría cuenta que
hasta los días más negros podían empezar apaciblemente.
A unas veinte cuadras, Guillermo, su amigo y
confidente, estaba en su departamento recapitulando acerca de cómo estaba su
vida. Y su conclusión fue que no le estaba yendo muy bien. Pensaba en como la
vida lo había dejado en el lugar en el que estaba hoy. Solo, sin hijos, sin la
compañía de una mujer, ya que la mujer que él amaba, estaba en brazos de otro.
Y para colmo de todo, el sentía que su hora había pasado y que una discusión
más lo alejaba de ella. ¿Cómo podía pretender que Claudia lo perdonara? ¿Cómo,
si ni siquiera pudo brindarle una escucha, un hombro para llorar cuando ella lo
necesitó?
Un apoyo emocional, un marido supuestamente
infiel, un perdón que Guillermo no dejó pasar. Él había perdido una vez más y
esta realidad lo abrumaba. Lo sumía en una tristeza infinita. Claramente había
dejado pasar su momento con ella. Había sido su gran amor y él la había
perdido.
Se sentó en la cama. En la misma cama donde
había imaginado tantas veces estar con ella, acariciando su piel, sintiéndola
respirar cerca de su cara, prometiéndole el cielo y las estrellas. Esa cama
donde la soñó como la madre de sus hijos, como la compañera de su vida, como la
mujer que lo completaría. Ese lugar donde alguna vez la suplantó por tantas
otras sin nombre, queriendo apagar el dolor del rechazo. El dolor de la
soledad. Allí mismo, en esa cama, como una ironía del destino, estaba su final.
Una calibre 22.
La había adquirido unas semanas atrás viendo
como su porvenir se cerraba. En el momento en que la tuvo en sus manos, su
pecho se cerró y selló así un final predicho. No quiso hablar con nadie. No
quiso dar explicaciones de nada. Solo se la llevo a su casa, como si fuera una
prostituta a la cual se oculta por vergüenza al qué dirán, y la ocultó en la
mesita de luz de su habitación. Esperando al momento necesario para dejarla
actuar.
Y ese día había llegado.
Sus lágrimas caían por ambas mejillas. El dolor
era muy grande e inmanejable. Su corazón tenía una angustia profunda que no le
dejaba ver luz en el camino. Pensó en Claudia y su corazón se aceleró. ¿Y si
hablara con ella?...No. Se sacó terminantemente el pensamiento de la cabeza. Su
obrar ya había sido suficiente como para que fuera llorando igual que un niño,
a su regazo. Debía ser hombre y comportarse como tal. Sin embargo, quería ser
nuevamente un niño, volver a su infancia cargada de afecto, de sus seres más
queridos. Deseó nunca haber crecido, nunca haber salido de su pueblo. Deseó
haberse detenido en el tiempo, haberse quedado congelado, jugando incansablemente,
trepándose a cuanto árbol encontrase. Pero tuvo que crecer…
Lucha una vez más para no agarrar el teléfono y
llamarla, entonces abrió su notebook y le escribió un mail al amor de su vida:
“Querida Claudia, amor eternamente mío, te
pido que busques en tu corazón una gota de amor, si es que alguna vez la hubo,
y con esa pequeña gota me perdones, por todo el mal que pude haberte causado
con mis acciones…yo por mi parte siempre te voy a amar. Guillermo”
Miró el arma, como tratando de amigarse con ella.
Como tratando de hacer las pases con la que sellaría su destino. La tomó. No
recordaba que fuera tan pesada, pero así le pareció en ese momento. Tal vez lo
que pesaba, era el destino reservado para ambos. La levanto hacia su corazón,
ese que estaba roto en mil pedazos. Intentó jalar del gatillo una vez, pero sus
manos temblaban tanto que no pudo. Se intentó serenar y convencerse de que eso era lo único que quedaba por hacer
y esta vez lo hizo, terminó con su vida.
Claudia sintió un sobresalto en el corazón
mientras tomaba su desayuno. Corrió a ver a su hijo, pero este descansaba
plácidamente junto a su papá. Se preguntó que sería esa sensación. Puso sus
labios en la frente del niño para ver si tenía fiebre. No. Estaba tibio y
sonrosado. Se fue a la cocina para no despertarlo.
Tomó unos mates más tratando de pensar en otra
cosa, pero la angustia no se le iba. Era como un presentimiento, esos que te
dicen que algo anda mal. Pero no podía definir de dónde provenía tan extraña
sensación. Decidió mirar los correos para entretenerse un rato. Y fue en ese
momento cuando se dio cuenta de que es lo que le pasaba, de que se trataba la
sensación de angustia en su pecho. Allí vio el mensaje de Guillermo y supo.
Supo que el sobresalto era por él.
Salió corriendo de su casa. Él vivía a unas
cuadras de allí, en los departamentos que daban a la calle principal. Si bien
eran confidentes, ese algo no resuelto siempre había sobrevolado entre ellos y
en más de una ocasión había pasado por ahí luchando para no subir por las escaleras
y decirle lo tonto que había sido por dejarla ir. Pero nunca lo hizo. Ni
siquiera cuando se enteró de sus tantas amantes. Ni siquiera para pedir
explicaciones o gritarle por ello y hacerle entrar en razón de que la vida se
les estaba yendo a ambos.
Tomo su bicicleta y fue a toda marcha en esa
dirección. Su corazón se aceleraba con cada cuadra. Cada pedalear era un
incremento en su angustia y una imagen de los momentos vividos con él, como si
miles de fotos estuvieran pasando rápidamente. Unos metros avanzados, una
imagen que se evaporaba en el éter. Pasó varios autos y varios semáforos en
rojo poniendo en riesgo su vida. No importaba. Quería llegar y frenarlo. Evitar
el desenlace fatal. Claudia sabía de la fragilidad de Guillermo. Que esa
fragilidad lo llevaría en algún momento, a cometer una estupidez. Ella tenía
que evitar que cometiera esa estupidez a como diera lugar.
Pero para cuando llegó era tarde. Al dar vuelta
a la esquina vio un patrullero, una ambulancia y varios vecinos merodeando en
la puerta del edificio. Se acercó desesperada, pero no la dejaban pasar a
través de la barrera hecha por los oficiales de policía. Sin embargo, en un
arranque de odio hacia estos, los apartó violentamente y pasó. Corrió los
metros que la llevaban a la escalera y las subió aceleradamente. Llegó a la
puerta del departamento y vio como sacaban el cuerpo sin vida de Guillermo en
una camilla.
Gritó desde lo más profundo del alma, llorando.
Le tomó la mano inerte y le dijo:
-Te perdono…por supuesto que te perdono…yo
también siempre te amé y te voy a amar…- y le besó la frente.
En ese momento, los oficiales la sacaron y la
llevaron afuera. Claudia veía como todo se hacía borroso y lejano. Un dolor
lacerante se hizo presente en su pecho. No pudo mantenerse más en pie y cayó
desvanecida.
-¡Hola amor!- le dice él.
Guillermo la mira con esos ojos bondadosos,
llenos de ternura. Claudia le devuelve la mirada y se siente perdida en él.
Tiene esa sensación de paz y de entendimiento, ese sentir de que “estoy en lo
correcto, esto es lo que tiene que pasar en mi vida. Así tiene que ser”. Un
sentir como nunca antes lo había hecho. Lo abraza fuertemente, como temiendo
que se le fuera a escapar otra vez. Como si se hubiera ido muchas veces y en
cada vez lo encontrara en otra vida, haciéndola despertar de un letargo profundo.
Como si esa sensación de vacío y agonía permanente, por un momento se hubiera
llenado con solo mirarse y reconocerse en los ojos el otro. Ella le sonríe,
pero no emite sonido. El silencio es el compañero perfecto de ambos. Se besan
largamente, dulcemente. Se aman una y otra vez y se sienten completos, uno
junto al otro, sin necesidad de decir nada. El tiempo parece detenido y
extrañamente acelerado a la vez. Como si no existiera en realidad. Una luz
tenue e intensa al mismo tiempo, los rodea como en una bruma. La paz es lo que
reina entre ellos. Pasan minutos, horas y años en ese mirar mutuo. Se tocan sin
tocarse. Se hablan sin palabras. El amor infinito es su vocabulario y sólo ellos
dos conocen el idioma.
Sin embargo, ella siente ese presentimiento feo
en el pecho otra vez ¿Qué sucede ahora? Si todo está perfecto, ¿qué puede
arruinar esta perfección?
Claudia siente que la sacuden, y ve como todo
se desvanece a su alrededor, como todo se desdibuja. Ve como Guillermo empieza
a volatilizarse, llevándose esa sonrisa apacible con él…siente el llanto de un
niño pequeño, su hijito. A la distancia, como en una bruma ve el momento que
tuvo a su niño por primera vez en brazos. La primera vez que sintió su olor y
se da cuenta de que la angustia es la lucha entre dos universos. Pero ¿cuál
elegir? Cierra fuerte los ojos y su corazón se acelera, se deja caer y se da
cuenta de que ya decidió…
Cuando se despertó miró a su alrededor y notó
que estaba en una clínica. David, su marido y padre de su hijito, estaba a su
lado dormido. Ella sintió que había dormido una semana entera. Intentó
incorporarse y notó que unos cables estaban adosados a su pecho. Un pip rítmico
se sentía provenir desde unos monitores que se encontraban a su lado. Él se
despertó, la miró con amor infinito, le tomó la mano y le dijo:
-Por un minuto te me fuiste y pensé que te
perdía para siempre
Ella lo
miró intentando entender lo sucedido
-Estuviste muerta por un minuto…- le dijo David
con los ojos llenos de lágrimas.
Claudia le acarició el rostro y él que no sabía
si debía continuar le terminó diciendo
-Lo siento mucho Claudia, sé que eran amigos
En ese instante, ella cayó en la realidad y en
cual había sido la elección de “su” realidad. Hubiese querido que todo fuera un
mal sueño, pero no. Su amor se había ido, pero ella ya no sentía ese vacío. No
entendía porque, pero se sentía completa…
Nueve meses después nacería su segundo hijo, al
que llamaría Guillermo.
Autor: Miscelaneas de la oscuridad (Soledad Fernandez)
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