sábado, 3 de agosto de 2013

Un remolino del tiempo



Una luz brillante me encegueció y en ese momento supe que todo había terminado. Entonces, formé parte de la nada misma. Pero voy a comenzar por el principio, quizás de esa manera hasta yo pueda entender. Hace ya un tiempo, no sé cuánto en realidad, lo conocí. Desgraciadamente, las circunstancias de ese encuentro no fueron las mejores, aunque aún hoy y luego de cómo todo resultó, no me arrepiento de nada, sobre todo de sus ojos de su mirada cálida y llena de amor. Sé que en ese momento, entre nosotros hubo algo, una chispa, una conexión cósmica, tal vez algo de otro mundo.

Una tarde, como cada una de las tardes de mi vida, caminaba por una de las tantas calles de mi ciudad. Una en particular, la que desembocaba en una enorme plaza llena de árboles y juegos. Siempre la misma, nunca otra. Tomé esa dirección como muchas otras veces había hecho en una bella tarde de invierno. El sol estaba en su máximo esplendor entibiando el ambiente con su presencia, acariciando mi rostro y haciéndome sentir parte de algo, del mundo, de esta bella tierra. A pesar de eso, yo apuraba el paso ya que llegaba tarde a trabajar. En el preciso instante, en el minuto justo en que iba a cruzar la calle, él apareció de la nada y me miró. Brevemente me prestó esos maravillosos ojos donde me perdí profundamente. En ese segundo de mi vida, creo que en el cielo algo se estremeció porque el piso tembló bajo mis pies y no supe que hacer. Nos miramos un largo rato quizás durante miles de años luz que fueron milisegundos a la vez. Yo no esperaba verlo, ni siquiera encontrarlo. No esperaba conocerlo y quizás por ello mi parte racional desconfió calando en mi cerebro. Así que recelosa le pregunté: “¿Te conozco?”

Él me miró como jamás nadie lo hizo. Me miró directo a los ojos, como si con eso escrutara mi alma que en ese momento se abría como una flor. En esa, su mirada, pude vernos reflejados caminando por la orilla del mar, bajo la luz de la luna llena, sentados de la mano siendo ya viejitos, convertidos en polvo de estrellas y surcando el universo. Despabilé mis pensamientos de ese magnetismo extraño que me hacía mirarlo y como no dijera una palabra, volví a insistir: “Disculpame, ¿te puedo ayudar en algo?” A lo que él me respondió sin titubeos: “Si… ¿me darías tu teléfono?”. Yo me quedé pasmada. Jamás nadie había sido tan directo conmigo. “Y ¿para qué?”, le insistí. “Porque quiero volver a verte…”. Yo me reí porque pensé que me estaba haciendo una broma, que se burlaba de mí. “¿Me estás haciendo un chiste?”, pregunté. Pero él, seguro de sí mismo, me contestó: “En serio, me encantaste y quisiera volver a verte…si no te parece mal…”. Mi corazón palpitó como nunca, como si el cielo me hubiera tocado. A mí, una insignificante personita que día tras día hacía lo mismo. Que no se atrevía a cambiar de trayecto por miedo a que algo malo sucediese. Si, a mí me sucedía algo de otro mundo y fui feliz por un breve instante. Le sonreí y creo que me ruboricé. Pero en ese momento un hombre salido de la nada, se agachó y sacó un arma de su botamanga. Todo fue tan rápido que aún no lo puedo entender. Cuando le estoy diciendo a mi desconocido: “Vení, cruzá conmigo que te doy mi número”, ese hombre con su mano cargada por algún demonio, disparó. Un certero disparo, teledirigido como un mal designio, como una mala noticia, lo alcanzó y él cayó desplomado. Mi visión del futuro, el amor que aún no había comenzado, que aún no había nacido, estaba siendo destruido en ese breve momento desgraciado. Mientras me miraba en su agonía, pude ver como los ojos que minutos antes habían sido compañeros de mi vida por vivir, dejaban de ser y se transformaban en algo más, algo diferente y vacío. Él ya estaba en otro lugar.

Grité. Un alarido salió de lo profundo de mi garganta, desde mi alma. El terror se hizo presente en mi corazón y lo único que pude hacer fue correr. Correr sabiendo que mi vida dependía de eso. Sabiendo que dejaba tirado y muerto a mi amado anónimo. Detrás de mí alguien más corrió desesperado. Los dos corrimos en dirección a la plaza como si ese lugar fuera un sitio seguro, aunque muy dentro de mí sabía que no era así. Pero cuando estaba por llegar, a la vuelta de la esquina, nos encontramos casi de frente con el asesino que había rodeado la manzana y que no contento con haber matado a mi alma gemela, empezó a disparar. Me apuntaba a mí y a la persona que estaba detrás. Me agaché para esquivar las balas, aunque en cierto momento dudé, porque tal vez debía dejarme morir. No obstante, el instinto de preservación me tiró al suelo como si un imán hubiera traccionado de mi cuerpo.

Mientras el asesino seguía disparando a cuanta persona se moviera, el hombre que corría detrás de mí sacó su arma y comenzó a devolver los disparos, aunque sin atinarle al homicida. Entonces, sacando fuerzas de no sé dónde, le arranque el arma de las manos y disparé yo. Yo que jamás maté a nadie. Yo que siempre me había jactado de ser pacífica y moral. Yo disparé y maté al verdugo de mi futuro, de mi porvenir.

Esa noche llegué a casa con el alma vacía y lloré como si en esa trágica tarde de invierno yo hubiera perdido al amor de mi vida. Como si él hubiera formado parte de mi destino y éste se perdiese en la inmensidad del éter. Me dormí rogándole al cielo que nada de lo sucedido fuese real, que lo vivido ese día fuese sólo un mal sueño. Pero también rogué que si a pesar de todo, lo trágico había sucedido, quien sea que estuviera a cargo del destino, me diera la oportunidad de cambiarlo, de salvar la vida de ese desconocido por el que lloraba mi corazón. Esa noche soñé con algo divino, casi mágico. Esa noche se me concedió una petición, un deseo y en ese instante yo no podía parar de pensar en él.

A la mañana siguiente, me levanté como pude. El dolor se acrecentaba más y más en mi corazón, pero a pesar de todo, debí continuar con vida. A la misma hora del día anterior, caminé por el mismo lugar donde horas atrás había perdido a mi amado y aunque pensé en no regresar a ese sitio fatídico debía ser fuerte y confrontar mi realidad. Cuando llegué nada había cambiado. Todo estaba exactamente igual. La misma calle, los mismos autos, las mismas personas que hacían sus cosas como si nada hubiera pasado. El mundo seguía girando como si ninguna tragedia hubiera tenido lugar allí. Pero entonces, algo sucedió. En la misma esquina, en exactamente el mismo rincón del día anterior lo vi y mi corazón dio un vuelco. ¿Era posible o estaba alucinando? Tal vez la tristeza me estaba jugando una mala pasada. Y que irónico porque estaba triste por alguien que había conocido durante dos minutos. ¿Y si todo había sido finalmente un mal sueño? Para mi asombro y perplejidad, ahí estaba él y me miraba como el día anterior. Yo me acerque incrédula con lágrimas en los ojos. Le toqué el rostro para convencerme a mí misma de su presencia y si, era él. Le dije “¡Estas vivo!”, y él no supo que decir o en realidad no entendía mi asombro ni mi acercamiento. Yo era una desconocida para él. Aunque su mirada estaba llena de candor, de amor por llevar adelante, de futuro por planear. Pero entonces todo pasó otra vez. Ese hombre lo volvió a matar delante de mis ojos y yo volví a hacerle justicia, matando a su asesino. ¡Esto no podía ser verdad! Entonces maldecí mi desgracia ya que, si esa había sido mi oportunidad, mi deseo concedido, lo había desperdiciado terriblemente en no entender nada.

Esa noche lo soñé, vivo junto a mí. Estábamos sentados en un prado lleno de hermosas flores. El cielo se encontraba despejado y azul y nosotros nos tomábamos de las manos, disfrutando del tiempo y nada más. En el sueño me perdí en su mirar, en sus caricias, en su calor. Descansé en su pecho y escuché su corazón palpitar. Nos amamos y nos conocimos de siempre y por siempre. Allí supe que su nombre era Joaquín y agradecí poder darle un nombre a ese rostro sereno y bello. Me acuné en su corazón y desee fervientemente poder salvarlo…

Al día siguiente, desperté y esperé que el cielo me hubiese concedido una nueva oportunidad, y en ese anhelo fui temprano a buscar a mi Joaquín. Quería anticiparme a todo ese desastre, si es que eso era posible. Pero la realidad era que yo no sabía dónde encontrarlo. ¿Viviría allí? O tal vez, solo era un transeúnte como yo, que ocasionalmente pasaba por ahí. Tomé una bocanada de aire y esperé por él. Las horas desfilaron y Joaquín no aparecía. Sin embargo, seguí esperando. En el instante indicado apareció de la nada, como materializándose en ese allí y ese ahora, como si estuviera predestinado. Corrí hacia él y le dije “Tenés que irte ya de acá”, pero él solo me sonrió y contestó: “Estoy donde debo estar”, y todo sucedió otra vez.

¿Qué significaba eso? ¿Qué quería decir con estar en el lugar donde debía? Yo quería entender, pero no podía. Durante semanas enteras desperté e intenté salvar a Joaquín sin lograrlo. Cada día que pasaba conocía algo más de él, de su persona. Que sus ojos eran azules y honestos. Que su sonrisa era hermosa y blanca. Que sus manos eran perfectas. Pero nunca lograba evitar que el destino cambiase. Cada muerte de él hacía un hueco más y más grande en mi pecho. Una cruz que se estaba haciendo difícil de llevar.

Una mañana, cansada y aturdida, tomé una decisión drástica y fui al encuentro de mi destino. Esta vez no esperé ver a Joaquín. Esta vez esperé a su asesino. A la distancia lo vi, era un hombre desquiciado que me doblaba la edad y que al parecer, nada ni nadie le importaba. Su mirada era oscura y vacía. Era como un títere del destino, alguien manejado por una entidad superior. Maléfica, pero superior si es que eso existía. En cuanto lo divisé me abalancé a él sin decir una palabra y le arrebaté su arma. El dio batalla y en la lucha cuerpo a cuerpo, en la que mi persona tenía clara desventaja, el arma se disparó y yo caí al suelo. Entre tanto, escuché otro disparo que derribó al asesino, ahora mi asesino. Joaquín corrió y me abrazó llorando, como si yo fuese lo más preciado de su vida. Me acarició el rostro y me besó. Yo me alegré de verlo vivir y de sentir sus labios cálidos por primera vez en mí. Entonces todo se puso blanco y brillante.

Allá, en el otro lado del universo, alguien estaba esperándome. Era un bello lugar, muy iluminado y sereno, aunque no sabía bien donde me encontraba. Ese alguien me dijo con voz severa: “¿Por qué no seguiste tu camino la primera vez?”. Yo lo miré y aunque sólo podía ver sus ojos, le contesté: “Porque él es mi alma gemela, mi futuro y mi presente y sin él nada ya tiene sentido”. El me miró y me respondió “Pero…si no lo conocés”. Yo sonreí y le dije: “Con mirarlo a los ojos una vez fue suficiente para saber que nos pertenecemos”.

Nuevamente la luz se hizo intensa y me encegueció. Me sentí liviana como una pluma en el aire. Luego me deslicé a través de un túnel acolchonado y suave. Cuando terminé de caer abrí los ojos y para mi sorpresa estaba en una habitación. Tenía cables por todos lados y había un monitor junto a mí que hacia un ruido rítmico. Imaginé que era el ritmo de mi corazón por lo que deduje que estaba con vida. No entendía dónde estaba ni que había sucedido hasta que miré a mi alrededor y allí estaba él. Joaquín se encontraba sentado a mi lado sosteniéndome la mano. Una lágrima se deslizaba por su mejilla al ver que yo abría mis ojos y con una caricia se la sequé. El me abrazó y finalmente, luego de tanto tiempo, pudo decirme que me amaba. Después de ese día jamás dejó de hacerlo.

Ah…se preguntarán ¿porque pasó esto? Durante mucho tiempo pensé que todo había sido un mal sueño. Sin embargo, luego de vivir aquello que había visto en los ojos de Joaquín la primera vez que lo conocí, descarté esa posibilidad. La realidad es que no se muy bien que pasó y cómo. Sospecho que el haber puesto mi vida antes que la de él casi sin conocerlo ayudó. Además recuerdo que el hombre que vi en el más allá, como en un suspiro dijo antes de dejarme volver: “Él hizo lo mismo por vos antes…al parecer son el uno para el otro”. 



Autor: Miscelaneas de la oscuridad

sábado, 27 de julio de 2013

Leyenda de amor: luz y oscuridad




Cuenta la leyenda que hace mucho pero muchos años, quizás antes de que el día fuera día y la noche fuera noche, había un lugar maravilloso llamado Tierra. En ese entonces, la Tierra era un sitio acogedor y casi mágico que apenas se diferenciaba del cielo y el resto del universo. En la Tierra tal cual era entonces, convivían dos pequeñas aldeas y cada una de ellas se encontraba rodeada de espesa y hermosa vegetación.
En una de las aldeas, la del Sol, convivían un grupo de mujeres, que vivían en armonía y en paz. En la otra, llamada Oscuridad, vivía un grupo de hombres, que también convivían aunque resguardando ciertas cuestiones que en la aldea del Sol desconocían.
En esos tiempos remotos, las bellas mujeres de la aldea del Sol eran las portadoras de luz. Esa luz era dadora de vida y amor y donde ellas iban, iluminaban todo a su alrededor. Eran poseedoras de una luminosidad blanca y casi angelical que brotaba a través de los poros de su piel. El lugar donde moraban las mujeres era bastante pintoresco. Conformado por pequeñas y acogedoras casitas, de techos rojos y ventanas decoradas con cortinas llenas de flores. Cada una con un pequeño jardín al frente. Toda la aldea estaba cobijada por numerosos árboles, frondosos de un verde intenso y brillante. Siempre era primavera. El lugar estaba lleno de pájaros y pequeños animales que convivían plácidamente y por supuesto, todo se encontraba iluminado permanentemente. Había flores de miles de colores por doquier que ornaban la aldea, donde cientos de hamacas se convertían en el entretenimiento de las bellas doncellas que pasaban allí sus ratos libres. La intensidad de la luz de cada mujer delataba el estado de ánimo de ellas con sólo mirarlas, por ello cuanto más felices estaban, más intensamente brillaban.
Los hombres se encontraban a una gran distancia de allí. Es más, entre ellos y las mujeres de la aldea del Sol, no había contacto. Ni siquiera se conocían y como sus vidas no tenían ni principio ni fin, no había necesidad de interacción alguna. No había necesidad de nada entre ellos.
Los hombres eran los portadores de la oscuridad. Una oscuridad romántica y muy necesaria para abrigar lo secreto e íntimo del cosmos. Una oscuridad que daba refugio y protección al que lo necesitase. Más no a las portadoras de luz. La aldea donde ellos vivían era oscura aunque bella a su manera. Ellos eran ingeniosos, ya que la necesidad les había provocado buscar maneras de poder ver a su alrededor. Habían diseñado unos interesantes dispositivos que les brindaban luz utilizando a numerosas luciérnagas, también se las habían ingeniado para atrapar rayos en las tormentas y luego los utilizaban depositados en pequeños frascos para ver en las distintas casitas. Sin embargo, normalmente dejaban que la luna y las estrellas se encargaran de darles luz ya que les hacía valorar su propia e insignificante existencia respecto del infinito.  
Entre ellos y las mujeres de luz, había un enorme y mágico bosque que los separaba convenientemente. Era como si algo o alguien hubiera decidido que no tuvieran relación entre estas dos razas.
En la aldea del Sol, Ágata era la mujer de luz más hermosa y brillante. Ella era la soberana de allí y por ello se encargaba de llevar adelante la aldea. Cada jornada solucionaba los pequeños conflictos surgidos entre las doncellas, se encargaba de encontrar los alimentos más sanos para el resto de las mujeres de Luz y presidía el concilio que una vez por semana se reunía para tratar los temas de importancia para la aldea. Con todo, su vida estaba bastante ocupada.
Sin embargo, últimamente, se sentía bastante aburrida. Todo estaba muy en orden y le sobraba el tiempo para ella sin saber cómo utilizarlo. O en realidad, algo faltaba en su vida y no sabía que podría ser.
En este hastío que se acrecentaba cotidianamente, Ágata fue en busca de provisiones a un prado cercano que lindaba al bosque mágico, como siempre hacía. Allí podía encontrar deliciosas frutas, exquisitas verduras y agua cristalina para beber. En aquel momento el bosque se revelaba perfecto, estaba radiante, de un verde intenso, brillante y con una vitalidad extraordinaria. La realidad era que cuando ella se acercaba con su luz, todo a su alrededor se embellecía tomando un color distinto, una intensidad renovada. Todo con su luz era más hermoso, más exótico, más vivo. Ágata disfrutaba enormemente ver ese cambio de la naturaleza cada vez que ella iluminaba el lugar. Sin embargo, esta vez no era suficiente. Su luz no era tan intensa como de costumbre y su falta de “algo” la hacía opacarse más y más. Pero en el momento en que ella cuestionaba lo que sucedía con la intensidad de su luz, sintió una especie de presencia que le provocó mirar más allá de lo permitido, muy dentro del bosque. Allí había una intensa penumbra y Ágata lo notó inmediatamente. Una oscuridad a la que nunca se había expuesto. Primero se asustó, pues algo tan sombrío no podía ser bueno. La realidad era que nunca se había animado a ir más allá de los límites conocidos por su raza. Sabía que era peligroso avanzar y jamás se había atrevido a desafiar las leyes establecidas. Sin embargo, esa penumbra, esa presencia la invitaba a desafiar lo determinado. Y ella tenía la necesidad de aventuras.
Muy dentro del bosque se encontraba Caleb. Un joven proveniente de la aldea de la Oscuridad. Como cotidianamente hacía, había ido a buscar suministros para los habitantes de su aldea y se había adentrado demasiado en el bosque mágico. Él sabía que no debía estar allí, pero una luz intensa muy a lo lejos, había llamado su atención. Nunca había visto algo tan iluminado y perfecto en toda su existencia. Por lo que decidió quebrantar las leyes de su aldea para ir a investigar. “Tal vez esa fuente de luz nos sea útil”, pensó para autorizarse a romper las reglas. Y avanzó. Se internó más y más en el bosque atraído por la luz. Entonces la vio.
Caleb sintió que algo en su pecho golpeaba rápidamente, en forma alocada aunque con cierto ritmo. Nunca le había sucedido eso. Su vida había sido medida y controlada siempre, pero ahora su corazón estaba desbocado por la visión que tenía frente a él. Ese ser era una aparición, una deidad a la que jamás pensó encontrar. Ella era más bella que todas y cada una de las estrellas del firmamento. Era tan brillante como la luna plena en una noche cálida y despejada. Su rostro era perfecto. Su piel era pálida y casi translúcida como la porcelana, hermosa y delicada. Sus ojos verdes como las hojas de los árboles jóvenes, tenían una sinceridad y transparencia tanto que él supo cómo era su alma con tan sólo observarlos. Su cabello, dorado como los rayos de sol, caía enmarcando el rostro y resaltando sus preciosos rasgos. Sus manos eran delicadas a diferencia de la de él o sus compañeros de aldea. ¿Quién era ella? ¿De dónde había salido semejante aparición? Caleb se sintió mareado y confundido. ¿Cómo jamás había sabido de semejante criatura? Estaba absorto en estos pensamientos cuando Ágata lo vio.
Los ojos de Ágata y Caleb se cruzaron brevemente y el universo explotó en miles de millones de luces de colores. La Tierra tembló bajo sus pies y algo en la tela del espacio-tiempo, se fracturó. Tan intenso fue lo que sucedió en esos minutos, que ya nada en el universo sería igual. Ágata avanzó unos pasos sin poder creer lo que sus ojos veían. Un hombre, eso era una leyenda, un mito. Ella sabía que la existencia de hombres en su mundo era una historia inventada y contada por sus ancestros mucho tiempo atrás. Pero no, allí estaba él. Hermoso y alto. Pero oscuro como la negrura misma. Jamás había visto tanta oscuridad junta. Se acercaron lentamente uno al otro. Caleb extendió tímidamente su mano, como pidiendo permiso para tocarla y Ágata hizo lo mismo. Ella sintió su piel erizarse ante el contacto con él y su corazón galopó desbocado. Sus ojos brillaron haciéndose más verdes, más vivos; y su luz se hizo tan intensa que podría haber enceguecido a la mismísima madre naturaleza. Pero no a él. Caleb estaba deslumbrado por Ágata y la amó en ese instante.
-¿Cómo te llamás?- preguntó él ansiosamente.
-Ágata, vivo en la aldea del Sol ¿y vos?
-Caleb. Soy de la aldea de la Oscuridad… No sabía que existía otra aldea además de la nuestra…Si me permitís decirte, sos hermosa
-Gracias…vos también…- Ágata se sonrojó y brilló aún más – Pero… ¿cómo es que no nos conocíamos…?
Pero en ese momento Ágata se sintió desfallecer. Su luz empalideció bruscamente y comenzó a agonizar. Al ver semejante cuadro Caleb se desesperó. ¿Qué sucedía con ella? Intentó ayudarla pero cada vez que la tocaba ella se apagaba más. Entonces la dejó sentada en un claro y se apartó de ella unos metros para observar lo que sucedía, para pensar que hacer. Ágata se quedó callada, sumida en sus pensamientos. Sentía que su vitalidad se evaporaba, si es que eso era posible. Jamás en su larga historia, le había sucedido algo similar. Sin embargo, intentó controlarse y se quedó quieta, allí sentada un instante y así su luz comenzó a brillar nuevamente con intensidad. Ella lo miró con tristeza, con agonía en la mirada y ambos entendieron que jamás podrían estar juntos. No al menos como deseaban, cada instante, piel con piel. La realidad era angustia, era abatimiento. Esa realidad se llamaba distancia.
Entonces, luego de semejante descubrimiento, cada uno se fue a su aldea con un pesar en el corazón. Habían sentido por primera vez el amor y éste les era prohibido. La vida de Ágata corría serio riesgo si seguían adelante. Caleb se despidió de Ágata y en su mirada le dio su corazón: “Llevátelo, es tuyo de ahora en más. Cuidalo mucho, porque ya estoy muriendo sabiendo que jamás volveré a ver ni acariciar tu hermoso rostro”, y se fue. Ágata derramó una lágrima y así nació el rocío de la mañana.
Ambos continuaron con sus vidas en las aldeas. Cada día que pasaba, Caleb sentía un abismo en su pecho que crecía y con nada podía llenar. Era una angustia que el resto de los habitantes de la aldea de la Oscuridad no podían entender. Ágata, por otra parte, comenzó a perder paulatinamente su brillo natural. Sus ojos mostraban una tristeza inmensa y su alma se estaba marchitando como una flor en plena sequía. Las mujeres de la aldea del Sol no entendían que le ocurría a su soberana y aunque deseaban, no podían ayudarla. Entonces, una de ellas se sentó junto a Ágata y le pidió por favor que  le explicara que sucedía. Y así, ésta le contó su historia de amor y desesperación, aunque sin esperar que entendiese. Sin embargo, la joven entendió y organizó una búsqueda. Junto a otras mujeres se internó en el bosque mágico y luego de mucho andar encontró la aldea de la Oscuridad. Las mujeres se sorprendieron de lo extraño y a la vez lo similar de aquel lugar con su aldea. Era como si estuviesen viendo un sitio paralelo y aun así, totalmente opuesto a su realidad. Eso era extraño.
Ella les relató a los hombres que la miraban maravillados ante tanta belleza, lo que sucedía con su soberana y de entre todos los oyentes, uno dio un paso adelante:
-Ella y yo no podemos estar juntos… ¡Mi amor la mataría!
-¡Pero ella está muriendo igualmente!- le contestó la joven.
Un silencio sepulcral reinó en la aldea. ¿Qué hacer con semejante realidad? Pensaron durante varios minutos, incluso horas si es que existían en ese tiempo. Entonces, entre todos idearon una forma para que Ágata y Caleb estuviesen juntos y pudieran vivir con su amor, en paz y armonía.
Las mujeres volvieron a su aldea y sin mediar demasiadas palabras, llevaron a Ágata al borde del bosque. Construyeron una pequeña cabaña allí para que pudiera refugiarse si lo necesitaba y del otro lado hicieron lo mismo para Caleb. Cuando ella vio a su amor, comenzó a brillar como nunca. Su brillo era amor puro. Sus compañeras la sentaron en un claro donde el césped estaba de un verde intenso y allí la dejaron observando a Caleb. Mientras tanto Caleb, a unos metros de distancia, también se sentó y la observó. Ambos crearon una burbuja que el resto no llegaba a comprender del todo, pero que a ellos dos los conectaba de una manera cósmica. Cuando Ágata se sintió lo suficientemente fuerte se levantó y se acercó a él, lo tocó y lo besó con ardiente deseo. Él la amó con pasión y fueron felices durante un instante. Pero luego de ese momento, él notó que la luz de Ágata comenzaba a declinar. Entonces la apartó suavemente y se sentaron otra vez a distancia. Mientras se recuperaba, ella le contó a Caleb historias de su vida en la aldea, de sus anhelos, de sus deseos. Cuando su luz se recuperó y su vitalidad estaba al máximo, se acercaron nuevamente y se amaron hasta que la luz comenzó a declinar. Entonces, esta vez, en el descanso fue él quien le contó cómo era la vida en el lado oscuro del mundo, sus ideales y sus más íntimos deseos.
Así pudieron vivir. Cuando ella se recuperaba, podían estar juntos, cuando su luz se agotaba, conversaban y se contaban miles de historias, prometiéndose la tierra y el cielo. Habían logrado un equilibrio y en la eternidad de su conocimiento y amor mutuo nació lo que conocemos como el atardecer y el amanecer.
La leyenda dice que el nombre de ellos fue cambiando con los siglos, que ella finalmente se llamó Día y él Noche. Día y Noche jamás podrán estar juntos ya que el Día muere cuando la Noche aparece. Sin embargo, hay pequeños instantes en donde el Día y la Noche parecen fusionarse. Es en esos breves minutos cuando se producen destellos con miles de colores: naranja, rojo, amarillo y el cielo muestra su máximo esplendor. Es en esos momentos cuando sus almas hacen contacto por un instante. De esa manera, el mundo obtuvo el Día y Noche. En el día la luz del sol alumbra la vida, embelleciéndola. Durante la noche, el firmamento aparece en su plenitud con miles de estrellas y la luna como faro, con la oscuridad como refugio. Y entre ellos, dos breves momentos para vivir lo intenso y lo mágico, el amor puro y eterno, el Amanecer y el Atardecer.



Autor: Miscelaneas de la oscuridad

miércoles, 17 de julio de 2013

Una vida en paralelo



Eran alrededor de las 7 de la mañana y el día prometía ser hermoso. Un perfecto y bello amanecer de octubre. El cielo estaba de un azul impactante, sin una nube que estropeara la perfección del firmamento. Los pájaros cantaban de manera desenfrenada anunciando un apacible día primaveral.
Un tenue rayo de sol, tímidamente se filtró por la ventana y acarició el rostro cálido de Claudia. Ella abrió sus ojos y se levantó de la cama tratando de no hacer ruido para que su hijito no se despertase. Lo miró descansando, bello, algo parecido a ella y hasta sintió cierta envidia de esa apacibilidad con la que Zequielito, así se llamaba su bebé, dormía. Con esa inocencia que le permitía dormir de esa manera; una inocencia de quien no entiende que en el mundo pudiera existir maldad o personas que perjudiquen a otras intencionalmente. Al mirarlo allí dormido sintió que la entristecía el tener conciencia de ese mundo desesperante y agotador, ese mundo egoísta y poco solidario en el que había crecido ella y en el que lamentablemente, también crecería él. Si bien quería ser como una niña y estar en paz, se daba cuenta de que la adultez era eso: ser consiente de todo pero a la vez intentar cambiar lo que estuviera a su alcance. Ese sería su lado optimista.  
Trató de despejar su mente de pensamientos negativos para no arruinar ese momento matinal, ya que ese horario de la mañana era “su” momento.

Ese momento, significaba tranquilidad, silencio y sobre todo paz, ese tipo de paz que se siente previa a la tormenta motivada por la presencia de un niño de un año de vida. Una vez que éste se despertara, la vorágine del día se la comería entera y cuando se diera cuenta, ya el día habría finalizado como así también las semanas y los meses. Cuando un niño llega a tu vida, esta cambia no sólo en calidad, porque se hace más intensa, rica en emociones y agotadora sino que, también el tiempo tiende a ser extrañamente acelerado. Y Claudia ya había experimentado esta sensación de paso rápido del tiempo, así que sus momentos eran sagrados. Eran momentos de “desaceleración” de su vida.
Como era domingo no tenía motivos para apurarse. Su semana laboral terminaba los viernes y siempre intentaba disfrutar al máximo el fin de semana junto a su familia. Se puso la pava para tomar unos mates, fue al baño a asearse y mientras tanto, el agua se ponía en el punto ideal para sus ricos mates. Se cebó unos cuantos y los saboreó extensamente. Caminó mientras tomaba los mates, descalza, sintiendo el frío del piso en las plantas de sus pies. Esto era relajante y la conectaba consigo misma. Esa era una costumbre que llevaba años en su vida. Le encantaba caminar descalza y sobre todo en esa época del año que el calor era moderado, pero lo suficientemente intenso como para requerir la acción de sacarse los zapatos. Esto la conectaba también con la madre tierra, o eso creía ella e intentaba de alguna manera que esta acción diera, entre otras cosas, sentido a su vida.  Una vida plena pero que, en más de una ocasión, ella definiría no vacía pero si incompleta.
Si le preguntaban porque era incompleta, ella no podía entender o definir desde donde provenía esa extraña sensación, ya que según la propia Claudia, tenía todo: una profesión que llevaba adelante con orgullo y dedicación, un marido amoroso que daría la vida por ella, un hijito que era la luz de su vida y la música de su alma, y además un buen pasar que acompañado de buena salud cerraban un círculo perfecto. Pero la sensación estaba allí, presente como así el interrogante de porqué sentía eso. A pesar de todo, en este “su” momento, se sentía plena y con el corazón alegre.

Ella creía que nada podía arruinar un día que comenzaba de esa manera. Hasta en un instante pensó en llamar a su amigo Guillermo para terminar con la discusión, una de las tantas que siempre tenían, y a la que varias veces había tenido intención de llamarlo para saldar la diferencia. Esta cuestión que los distanciaba llevaba varias semanas, aunque ya ni recordaba porque. Sin embargo por alguna misteriosa razón, postergaba la situación. Lo que sentía por él era extraño y no quería averiguar más acerca de ese sentimiento. Ella sabía que si no lo quisiera tanto, ya hubiera terminado con esa relación que en algunos momentos era peor que un matrimonio venido a menos.
Se conocían prácticamente de toda la vida, tanto que Claudia no podría precisar cuándo fue que comenzaron a relacionarse. Ella no recuerda un momento en el que él no hubiera estado presente. Y se lo agradecía. Era tan positivo lo que transmitían en el pasado que, todos los allegados a ambos, pensaron que en algún momento, terminarían juntos. Pero las idas y venidas de la vida habían decidido que no fuera así y ella continuó con su vida. Aunque él no. Y aunque Claudia disfrutaba mucho estar con él, aun cuando se llevaban mal, lo pensó nuevamente y decidió que luego por la noche lo llamaría. Ahora necesitaba seguir disfrutándose a sí misma.
Con todo, en pocos minutos se daría cuenta que hasta los días más negros podían empezar apaciblemente.

A unas veinte cuadras, Guillermo, su amigo y confidente, estaba en su departamento recapitulando acerca de cómo estaba su vida. Y su conclusión fue que no le estaba yendo muy bien. Pensaba en como la vida lo había dejado en el lugar en el que estaba hoy. Solo, sin hijos, sin la compañía de una mujer, ya que la mujer que él amaba, estaba en brazos de otro. Y para colmo de todo, el sentía que su hora había pasado y que una discusión más lo alejaba de ella. ¿Cómo podía pretender que Claudia lo perdonara? ¿Cómo, si ni siquiera pudo brindarle una escucha, un hombro para llorar cuando ella lo necesitó?

Un apoyo emocional, un marido supuestamente infiel, un perdón que Guillermo no dejó pasar. Él había perdido una vez más y esta realidad lo abrumaba. Lo sumía en una tristeza infinita. Claramente había dejado pasar su momento con ella. Había sido su gran amor y él la había perdido.
Se sentó en la cama. En la misma cama donde había imaginado tantas veces estar con ella, acariciando su piel, sintiéndola respirar cerca de su cara, prometiéndole el cielo y las estrellas. Esa cama donde la soñó como la madre de sus hijos, como la compañera de su vida, como la mujer que lo completaría. Ese lugar donde alguna vez la suplantó por tantas otras sin nombre, queriendo apagar el dolor del rechazo. El dolor de la soledad. Allí mismo, en esa cama, como una ironía del destino, estaba su final. Una calibre 22.

La había adquirido unas semanas atrás viendo como su porvenir se cerraba. En el momento en que la tuvo en sus manos, su pecho se cerró y selló así un final predicho. No quiso hablar con nadie. No quiso dar explicaciones de nada. Solo se la llevo a su casa, como si fuera una prostituta a la cual se oculta por vergüenza al qué dirán, y la ocultó en la mesita de luz de su habitación. Esperando al momento necesario para dejarla actuar.
Y ese día había llegado.
Sus lágrimas caían por ambas mejillas. El dolor era muy grande e inmanejable. Su corazón tenía una angustia profunda que no le dejaba ver luz en el camino. Pensó en Claudia y su corazón se aceleró. ¿Y si hablara con ella?...No. Se sacó terminantemente el pensamiento de la cabeza. Su obrar ya había sido suficiente como para que fuera llorando igual que un niño, a su regazo. Debía ser hombre y comportarse como tal. Sin embargo, quería ser nuevamente un niño, volver a su infancia cargada de afecto, de sus seres más queridos. Deseó nunca haber crecido, nunca haber salido de su pueblo. Deseó haberse detenido en el tiempo, haberse quedado congelado, jugando incansablemente, trepándose a cuanto árbol encontrase. Pero tuvo que crecer…
Lucha una vez más para no agarrar el teléfono y llamarla, entonces abrió su notebook y le escribió un mail al amor de su vida:

 Querida Claudia, amor eternamente mío, te pido que busques en tu corazón una gota de amor, si es que alguna vez la hubo, y con esa pequeña gota me perdones, por todo el mal que pude haberte causado con mis acciones…yo por mi parte siempre te voy a amar. Guillermo

Miró el arma, como tratando de amigarse con ella. Como tratando de hacer las pases con la que sellaría su destino. La tomó. No recordaba que fuera tan pesada, pero así le pareció en ese momento. Tal vez lo que pesaba, era el destino reservado para ambos. La levanto hacia su corazón, ese que estaba roto en mil pedazos. Intentó jalar del gatillo una vez, pero sus manos temblaban tanto que no pudo. Se intentó serenar y convencerse  de que eso era lo único que quedaba por hacer y esta vez lo hizo, terminó con su vida.
Claudia sintió un sobresalto en el corazón mientras tomaba su desayuno. Corrió a ver a su hijo, pero este descansaba plácidamente junto a su papá. Se preguntó que sería esa sensación. Puso sus labios en la frente del niño para ver si tenía fiebre. No. Estaba tibio y sonrosado. Se fue a la cocina para no despertarlo.

Tomó unos mates más tratando de pensar en otra cosa, pero la angustia no se le iba. Era como un presentimiento, esos que te dicen que algo anda mal. Pero no podía definir de dónde provenía tan extraña sensación. Decidió mirar los correos para entretenerse un rato. Y fue en ese momento cuando se dio cuenta de que es lo que le pasaba, de que se trataba la sensación de angustia en su pecho. Allí vio el mensaje de Guillermo y supo. Supo que el sobresalto era por él.
Salió corriendo de su casa. Él vivía a unas cuadras de allí, en los departamentos que daban a la calle principal. Si bien eran confidentes, ese algo no resuelto siempre había sobrevolado entre ellos y en más de una ocasión había pasado por ahí luchando para no subir por las escaleras y decirle lo tonto que había sido por dejarla ir. Pero nunca lo hizo. Ni siquiera cuando se enteró de sus tantas amantes. Ni siquiera para pedir explicaciones o gritarle por ello y hacerle entrar en razón de que la vida se les estaba yendo a ambos.
Tomo su bicicleta y fue a toda marcha en esa dirección. Su corazón se aceleraba con cada cuadra. Cada pedalear era un incremento en su angustia y una imagen de los momentos vividos con él, como si miles de fotos estuvieran pasando rápidamente. Unos metros avanzados, una imagen que se evaporaba en el éter. Pasó varios autos y varios semáforos en rojo poniendo en riesgo su vida. No importaba. Quería llegar y frenarlo. Evitar el desenlace fatal. Claudia sabía de la fragilidad de Guillermo. Que esa fragilidad lo llevaría en algún momento, a cometer una estupidez. Ella tenía que evitar que cometiera esa estupidez a como diera lugar.
Pero para cuando llegó era tarde. Al dar vuelta a la esquina vio un patrullero, una ambulancia y varios vecinos merodeando en la puerta del edificio. Se acercó desesperada, pero no la dejaban pasar a través de la barrera hecha por los oficiales de policía. Sin embargo, en un arranque de odio hacia estos, los apartó violentamente y pasó. Corrió los metros que la llevaban a la escalera y las subió aceleradamente. Llegó a la puerta del departamento y vio como sacaban el cuerpo sin vida de Guillermo en una camilla.
Gritó desde lo más profundo del alma, llorando. Le tomó la mano inerte y le dijo:
-Te perdono…por supuesto que te perdono…yo también siempre te amé y te voy a amar…- y le besó la frente.
En ese momento, los oficiales la sacaron y la llevaron afuera. Claudia veía como todo se hacía borroso y lejano. Un dolor lacerante se hizo presente en su pecho. No pudo mantenerse más en pie y cayó desvanecida.

-¡Hola amor!- le dice él.
Guillermo la mira con esos ojos bondadosos, llenos de ternura. Claudia le devuelve la mirada y se siente perdida en él. Tiene esa sensación de paz y de entendimiento, ese sentir de que “estoy en lo correcto, esto es lo que tiene que pasar en mi vida. Así tiene que ser”. Un sentir como nunca antes lo había hecho. Lo abraza fuertemente, como temiendo que se le fuera a escapar otra vez. Como si se hubiera ido muchas veces y en cada vez lo encontrara en otra vida, haciéndola despertar de un letargo profundo. Como si esa sensación de vacío y agonía permanente, por un momento se hubiera llenado con solo mirarse y reconocerse en los ojos el otro. Ella le sonríe, pero no emite sonido. El silencio es el compañero perfecto de ambos. Se besan largamente, dulcemente. Se aman una y otra vez y se sienten completos, uno junto al otro, sin necesidad de decir nada. El tiempo parece detenido y extrañamente acelerado a la vez. Como si no existiera en realidad. Una luz tenue e intensa al mismo tiempo, los rodea como en una bruma. La paz es lo que reina entre ellos. Pasan minutos, horas y años en ese mirar mutuo. Se tocan sin tocarse. Se hablan sin palabras. El amor infinito es su vocabulario y sólo ellos dos conocen el idioma.
Sin embargo, ella siente ese presentimiento feo en el pecho otra vez ¿Qué sucede ahora? Si todo está perfecto, ¿qué puede arruinar esta perfección?
Claudia siente que la sacuden, y ve como todo se desvanece a su alrededor, como todo se desdibuja. Ve como Guillermo empieza a volatilizarse, llevándose esa sonrisa apacible con él…siente el llanto de un niño pequeño, su hijito. A la distancia, como en una bruma ve el momento que tuvo a su niño por primera vez en brazos. La primera vez que sintió su olor y se da cuenta de que la angustia es la lucha entre dos universos. Pero ¿cuál elegir? Cierra fuerte los ojos y su corazón se acelera, se deja caer y se da cuenta de que ya decidió…

Cuando se despertó miró a su alrededor y notó que estaba en una clínica. David, su marido y padre de su hijito, estaba a su lado dormido. Ella sintió que había dormido una semana entera. Intentó incorporarse y notó que unos cables estaban adosados a su pecho. Un pip rítmico se sentía provenir desde unos monitores que se encontraban a su lado. Él se despertó, la miró con amor infinito, le tomó la mano y le dijo:
-Por un minuto te me fuiste y pensé que te perdía para siempre
 Ella lo miró intentando entender lo sucedido
-Estuviste muerta por un minuto…- le dijo David con los ojos llenos de lágrimas.
Claudia le acarició el rostro y él que no sabía si debía continuar le terminó diciendo
-Lo siento mucho Claudia, sé que eran amigos
En ese instante, ella cayó en la realidad y en cual había sido la elección de “su” realidad. Hubiese querido que todo fuera un mal sueño, pero no. Su amor se había ido, pero ella ya no sentía ese vacío. No entendía porque, pero se sentía completa…
Nueve meses después nacería su segundo hijo, al que llamaría Guillermo. 



Autor: Miscelaneas de la oscuridad (Soledad Fernandez)