martes, 21 de enero de 2014

La partida de Ramón



 No podía creer que eso me estuviese sucediendo. A mí, que lo único coherente en mi vida, lo único por lo que sentía pasión, era mi trabajo. Que me dedicaba a él como una madre se dedica a sus hijos.

-¿Qué hiciste? ¡Andate de acá!- me dijo él con la ira pintada en los ojos. Y me fui a casa con un peso en el alma y en la conciencia.



Aunque realmente no era eso lo que había tocado a mi corazón. No me importaba su enojo o el enojo de cualquiera. Lo que realmente me dolía era que, por mi culpa, alguien había dejado de existir, de ser quien era. Yo me sentía responsable. Y ese sentimiento me seguiría hasta el último segundo de mi vida.



Salí lentamente del hospital. El cemento estaba empapado luego de tanta lluvia que la ciudad había recibido. Fue una tormenta enorme que alivió, y bastante, a una ciudad que, tan solo horas antes, se había convertido en un infierno de cemento y concreto. Mis ojos estaban tan mojados como esa calle por la que comencé a caminar. Mi ambo azul aún se encontraba manchado de sangre y vómito. Pero no importaba. Tantas otras veces había sucedido eso. Tantos heridos habían pasado por mis manos. Tantos muertos que traje nuevamente a este mundo y salieron adelante. Pero ya no más. Esta mancha de sangre sería la última a como diera lugar.



Horas atrás, mientras yo transitaba los últimos e interminables instantes de una guardia que se había prolongado demasiado, Ramón entró descompuesto. Ya había pasado casi dos días desde mi entrada a esa endemoniada guardia y aún continuaba allí. Por supuesto que amaba mi profesión. Pero ya deseaba terriblemente irme a casa a dormir. Unos minutos antes de que Ramón llegase a mí, las manos habían comenzado a temblarme de cansancio. Apenas podía sostenerme. Mis pies estaban hinchados y mi cabeza punzaba al son del ritmo cardíaco ¿Qué si le dije a mi jefe? Por supuesto que no. ¿Qué tipo de médico sería si me rindiese tan fácilmente? Me tomé un analgésico y continué con mi tarea. Como siempre hice, como nunca ya haré.



Ramón era un adicto a todo y no era la primera vez que terminaba en la guardia de mi hospital. Sí, mi hospital. Ya había dejado allí demasiadas horas de mi vida como para no considerarlo de esa manera. El hospital era mi hogar. Lo veía como tal y cada día le encontraba lugares de extraña belleza y momentos de prolongada paz que me hacían disfrutarlo. Me gustaba sobre todo de noche. Cuando todos aquellos que transitaban los pasillos como hormigas durante el día, se iban a descansar. Esos momentos inundaban mi corazón de tranquilidad y hasta recargaban mi energía que ocasionalmente mermaba por tanto trabajo. Yo observaba las luces a medio encender y los pacientes descansando en sus camas y me sentía casi un Ángel de la guarda. Sobrevolaba las camas de las salas cuidando a cada uno de los enfermos, trayendo calma a quien necesitase, brindando lo mejor de mí misma para que ellos estuvieran a salvo. Al menos durante esa noche.



Pero esa noche la tranquilidad se había interrumpido. Al parecer el calor en la ciudad volvía a todos un tanto locos, y se traducía en una guardia más que agitada. Primero vi a un adolescente apuñalado por su mejor amigo tras pelear por una mujer que se fue finalmente con otro. Afortunadamente pasó por mis manos y luego de estabilizarlo, finalizó en el quirófano. Luego, un joven trajo a su abuelita que se negaba a tomar agua. La había encontrado tirada en su casa y deshidratada. Afortunadamente revivió de inmediato luego de hidratarla con un suero. Pero Ramón…



Ramón entró hablando pavadas como siempre hacía. Al principio creí que sólo quería pasar la noche allí. No sería la primera vez ya que, al vivir en la calle, muchas veces si el clima no acompañaba como esa noche, él se hacía el descompuesto y dormía plácidamente unas horas en la guardia con el aire acondicionado o con la calefacción central cuando era invierno. Yo lo dejaba. No creaba mayores inconvenientes y él estaba tranquilo e hidratado. A veces le llevaba una bandejita con comida para que ese estómago dañado por el alcohol, tuviese algo más que ácido. Y esa noche Ramón me dijo que le dolía la panza. “¡De hambre!”, pensé yo e inmediatamente fui al bufet.



Caminé por el pasillo del segundo piso de mi hospital en busca de comida para Ramón. Pero esa caminata, tuvo una particularidad: el caos. Había cierta intranquilidad generalizada. Lo podía observar en los rostros exhaustos y atemorizados de los pacientes que estaban en el pasillo merodeando sin poder dormir. Decenas de caminantes con sus batas celeste entreabiertas por detrás pululaban fuera de sus habitaciones como presagiando lo malo. Detrás de ellos, las enfermeras intentaban poner cierto orden que jamás llegaba. Entonces, miré a una de ellas, la jefa de enfermeras del segundo piso, y vi desesperación en su rostro. No lo dudé, comencé organizar la situación para que todo se calmase. Acosté a más de uno, medique con ansiolíticos a unos cuantos y escuché pacientemente los temores de varios que estaban llegando al final de su camino.



Cuando miré mi reloj ya habían pasado un par de horas. Entonces recordé a Ramón. Corrí al bufet y le compré un sándwich de jamón y queso. Me lo envolvieron y con paquete en mano volví a la guardia.



Sin embargo, al pisar la guardia noté que se había convertido en una guerra campal. Nuevamente, las enfermeras iban y venía presas de la enajenación. En una de las camillas, tres de las más enormes enfermeras del hospital, luchaban con un hombre de unos dos metros de alto que gritaba que los extraterrestres venían por él. En otra, se encontraba una mujer de edad avanzada que se tomaba el pecho y sus ojos me decían claramente que se estaba infartando y Ramón en una tercera camilla agarrándose el estómago. Dejé el paquete en la mesada, me cargué unos guantes y comencé esa extraña danza que es mi trabajo. Le inyecté un somnífero en el glúteo al psicótico, por lo que en segundos comenzó a dormir. Le hice un electrocardiograma a la mujer mientras la enfermera le tomaba una muestra de sangre y le daba oxígeno. Corrí al laboratorio con la muestra sanguínea y al volver y ver su trazado cardíaco, la subí urgentemente a cardiología y la dejé en manos del cardiólogo.



Luego de un instante, al volver a la guardia y como el psicótico estuviese despertando, llame al psiquiatra de guardia para que se lo llevase y lo dejase en una sala aislado.

La paz retornaba lentamente. Miré la tercera camilla: Ramón…me acerqué a él lentamente. Estaba quieto y de costado. Con sus brazos rodeando el estómago. “¿Estas bien?”, le pregunté. Él no contestó, pero se dio vuelta y lo noté demasiado blanco y con el rostro empapado en sudor. Sus ojos me miraban desorbitados, como si quisieran hablar por sí mismos. “Ramón… ¿Qué sucede?”, insistí pero entonces, él se arqueó y en una bocanada violenta eliminó más de un litro de sangre en mi ambo azul. Y no paró.



Pedí ayuda desesperada. Ramón se moría en mis brazos y nada podía hacer. Las enfermeras hábilmente le colocaron una vía dentro de una de sus venas y con ello bombearon líquido a su interior. Mientras, le administré una droga para calmar los vómitos y así poder colocarle una sonda en su estómago para drenar la sangre, pero fue imposible. Los vómitos continuaban a pesar de las drogas, y en cuestión de segundos su corazón se detuvo.

En ese instante, mi jefe entró corriendo tras mi pedido de auxilio. Me miró con severidad y rápidamente se tiró sobre el tórax de Ramón y comenzó a masajearlo. El tórax de Ramón se sacudía ante la electricidad shockeante del desfibrilador. Una y otra vez, incansablemente. Pero ya era tarde, no había nada que bombear.



Me aparté horrorizada y luego de los gritos de mi jefe, me fui de allí.



Y llegué a lo que me quedaba. A lo único que de ahora en más podría llamar hogar. Un cuarto oscuro lleno de libros y claramente desordenado con apenas una cocinita y un baño. Porque mi verdadero hogar estaba allá, con Ramón y las enfermeras.



Me senté en el borde de la cama con el rostro cubierto de lágrimas deseando morir en ese instante. Ya nada me quedaba. Ya no podía seguir. El cansancio y la culpa eran dos mochilas muy pesadas. Miré el cajón de mi mesita de luz. Yo sabía que allí estaba mi solución. Allí se encontraba la respuesta a mi drama, la puerta de escape.

Abrí el cajoncito y apareció. Reluciente y pequeña, pero poderosa y determinante. La tomé en mis manos y la llevé a mi cabeza. Allí debía alojarse, allí debía quedar y eliminar a la persona que era. Coloqué el dedo tembloroso en el gatillo. Las manos me sudaban como si estuviese por rendir un examen. Ese sería mi último examen y no podía reprobar. Cerré los ojos. Afuera sólo se escuchaba el ruido de algún que otro auto pasar por las esquina. Pero nada más. ¿Sería así morir? ¿Sería silencio y oscuridad? No me importaba. Ya no. Entonces jalé el gatillo.

Silencio. La nada misma.

Entonces un ruido brusco llegó a mis tímpanos haciéndome sobresaltar del susto. Era mi celular. En ese segundo me di cuenta de que aún estaba allí sentada y más que viva. Miré el arma de mi abuelo y noté que estaba descargada. “Menuda suerte la mía”; pensé.



“¿Hola?”

Era mi jefe.

“Si señor”, le contesté. Él hablo un rato, me dijo cosas. “Mañana a las ocho como siempre, señor”, dije con cierta alegría en la voz y él volvió a hablar. Lo hacía acelerada y nerviosamente. “No tiene por qué disculparse, señor. Buenas noches”, le contesté y colgó.

Suspiré con alivio. Ramón, había dejado una nota en uno de los bolsillos de su pantalón. Allí contaba que no deseaba sufrir más, que por ello se quitaba la vida. Había ingerido una cantidad extrema de veneno para ratas y jamás podría haberlo salvado. Jamás.

En la nota me agradecía por las veces que lo había acompañado cuando nadie más lo había hecho.



Esa noche lloré. Pero me fui a dormir con satisfacción y paz en mi corazón. Ramón había decidido y yo al día siguiente, tendría a donde ir.





Autor: Miscelaneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

domingo, 5 de enero de 2014

Gloria, Amor y Muerte



Gloria no podía respirar. Sentía que su vitalidad se escapaba, se iba más allá aunque luchase y patalease para evitarlo. Ese brazo alrededor de su cuello era muy fuerte, mucho más que sus posibilidades y hasta sus ganas de vivir. Momentos de su existencia pasaron por su mente deprivada de oxígeno. Como si fueran flashes de una película, una intensa película vivida a medias y con dolor. Su madre acariciándole el cabello el día de su comunión, el minuto en que supo que su hijita venía en camino, la oscuridad. Siempre la oscuridad.

Tan solo unas semanas atrás Gloria pasaba sus días carentes de sentido y apesadumbrados. Se levantaba cada mañana con pocas ganas, desayunaba unos mates y alguna que otra tostada. Luego de ello, miraba la foto de su hija unos instantes. La miraba intensa y angustiosamente. Desde que la había dejado, desde que Luz había abandonado este mundo, Gloria sentía que su corazón se había transformado en tan sólo un órgano que llevaba recuerdos a todo su cuerpo. Los bombeaba a pesar de ella, a pesar de que quería olvidar.

Se acercaba el aniversario de la partida de Luz y como cada año, el agujero de su pecho se hacía más y más grande. Tendría que hacer algo. Inventar una distracción para evitar desear estar con ella, en el cielo o donde fuese que se encontrase. Sin embargo, sabía que llegado el momento, solo haría lo de siempre: iría al cementerio a leer poemas en la tumba de su hija, sabiendo que ella ya no los escuchaba. No como cuando era pequeña y en lugar de cuentos de princesas, quería que su mamá le leyese poemas de amor.
Luego de observar la foto, tomó las llaves del auto y se fue a trabajar. Gloria era secretaria en una empresa muy importante de Buenos Aires. Gracias a este trabajo y a la obligatoriedad de presentar una sonrisa y buena presencia, ella no había desaparecido de tristeza. En esas ocho horas y muchas veces más, ella no pensaba. Se convertía en una máquina que llevaba adelante tareas en forma óptima y sin errores. Sin sentimientos.
Pero esa mañana, Gloria tuvo un presentimiento y se estremeció en cada uno de los rincones de su cuerpo. El corazón le dijo que algo cambiaría en su vida y eso era extraño ya que, generalmente, su hija Luz era la que deliraba con esas cuestiones. “¡Estás loca!”, le decía Gloria cuando la adolescente le decía: “Tengo el presentimiento de que hoy vas a conocer al hombre de tu vida”, y le brindaba una sonrisa amplia que iluminaba su existencia. Se detuvo en lo que estaba haciendo, porque el sentimiento era fuerte y mucho más para ella que había estado anestesiada todos estos años. “¿Porque no habrás tenido el presentimiento de que esa noche…?”, pensó. Lloró cuando supo que su pequeña ya no volvería nunca más. Y ahora lo tenía ella, un augurio de algo por venir. Una imagen se hizo presente en su mente acongojada. Un joven muchacho. Un practicante de medicina que demasiado tiempo atrás la había invitado a salir. “¡Que gallina que fui!”, pensó en ese instante de pasado.   

Veinticinco años atrás, un accidente y una fractura en su tobillo la habían llevado al hospital y allí lo conoció. A él le faltaban pocos meses para recibirse. Era bello, alto e inteligente. Luego del encuentro médico, él deslumbrado por la belleza de Gloria, la había invitado a salir. En ese momento, ella se asustó. Estaba de novia, o al menos discursivamente ya que en breve planeaba dejarlo y le dijo: no. Simplemente no. Un monosílabo que cambió el rumbo de su historia, quizás la de ambos. Nunca más se volvieron a ver.
Pero en ese momento, ella se acordó de él. De lo que no había sido. Aunque no se arrepintió porque luego de esa negativa, su hija vino a llenar todos los rincones de su vida. Sin embargo, luego la dejó vacía otra vez.
Los días se sucedían. Se dirigían irremediablemente al abismo del aniversario y por más que Gloria intentase aferrarse a las horas y los minutos, estos transcurrían uno atrás del otro indefectiblemente como las gotas de una canilla mal cerrada. Entonces, un llamado telefónico la llevó a fluir.
-¿Hola?
-Gloria, soy Mariano, ¿te acuerdas de mí?
-¿Mariano…?
-…tu tobillo quebrado, ¿hace 25 años?
Y a Gloria se le hizo un nudo en el estómago. No podía ser verdad. Tan solo un par de días atrás lo había pensado. ¿Y si lo del sexto sentido era verdad? Lo volvió a sentir. Algo iba a suceder, ¿pero qué? La charla telefónica se tornó tan agradable que ambos quedaron en verse para seguir conversando. Sin embargo, algo aún daba vueltas en el estómago de Gloria. ¿Sería que se acercaba el aniversario? Así quiso creer ella.

Esa tarde de cita con Mariano, Gloria se arregló un poco más que de costumbre. Un poco porque el aniversario la opacaba y aun así quería estar diferente a cómo cada día se veía en la oficina. Se puso un vestido de flores rojas y se admiró frente al espejo. Su cabello negro caía sobre los hombros dándole un aspecto juvenil. Le recordó a su hija que era muy parecida a ella. Le recordó la noche en la que desapareció, cuando no volvió nunca más. También se había vestido de rojo y su cabello oscuro le remarcaba en extremo la palidez. “¿Y si me quedo?”, pensó. Pero instantáneamente se obligó a tomar la cartera y las llaves para salir de su casa.
Ya en el camino, Gloria se sintió mejor. Se animó y puso algo de música. Habían acordado encontrarse en un bar del centro. Ella iría con un vestido de flores y él con una rosa roja. En el instante en que llegó lo divisó a la distancia. Realmente los años lo habían tratado bien. Casi tan bien como a ella. Su cabello, que estaba todo íntegro en su cabeza, mostraba algunas canas en las sienes, resaltando sus ojos claros como el agua. No estaba excedido en peso y vestía muy bien. Gloria se alegró y hasta se animó a pensar en algo más que un café. Sin embargo, en el momento en que estaba por estacionar, una luz intensa aparecida de la nada la encegueció haciéndola perder el control de su auto. Un breve momento de nada, de tiempo paralizado y de una luz hermosa e intensa como nunca había visto antes se materializaron, haciéndola partícipe de una burbuja en el universo. Y de repente, todo se aceleró otra vez. Gloria terminó estacionando en la vereda con el corazón agitado del susto y con un gran griterío de la gente que paseaba por allí.
Luego de semejante acto de aparición, ella se quedó petrificada al volante sin poder moverse y con el corazón acelerado. Temió lo peor. A medida que fue reaccionando, comenzó a mirar a todos lados en busca de heridos o culpables. Todo estaba en orden. La gente continuó caminando como si nada hubiese sucedido, por lo que inhaló aire profundamente y estacionó lentamente junto al cordón de la vereda. Por fortuna, el galán que la esperaba ya estaba dentro del bar y se había perdido todo ese espectáculo, lo que la tranquilizó y le dio coraje para bajar.

Al bajar de su auto, Gloria miró a todos lados. ¿Qué había sido esa hermosa y extraña luz? Nada en aquel lugar podría haber sido fuente de tal aparición y el sol estaba aún demasiado alto como para atribuirle la culpa de su desatino. “Seguro fue algún reflejo”, se convenció mientras revisaba que todo estuviese en su lugar.
Una vez dentro del bar, las horas pasaron volando entre miradas y recuerdos, entre suspiros y silencios. Gloria sintió que su corazón latía con algo más que dolor y se animó a tener esperanzas. Luego del café y el charloteo, ella esperó que él dijese algo. Sin embargo, de forma más que caballerosa le dio un beso en la mejilla y se despidió con la promesa de llamarla. Y así lo hizo. Dos días después la estaba invitando al cine. Y Gloria de a poco fue pensando menos en el aniversario fatal y un poco más en su porvenir. Tal vez este año tendría después de todo, un entretenimiento para no pensar.
A la salida del cine, ya era oscuro y Mariano se estaba por despedir. Sin embargo, Gloria tomó coraje y lo invitó a tomar algo. Él la miró, mientras el corazón de ella palpitaba con la incógnita de su respuesta. Pero entonces, en el momento en que él abrió la boca para contestar, un rayo cayó del cielo y se impactó en un árbol que estaba junto a ellos. Gloria no pudo más que gritar del susto y Mariano, que se puso pálido, se despidió rápidamente de ella prometiéndole una vez más llamarla. Nuevamente Gloria se quedó boquiabierta, sin poder explicar el fenómeno vivido, sobre todo en una noche despejada como esa. Y de esa manera, simplemente volvió a su casa con más interrogantes que certezas.
“¿Y si es un aviso?”, pensó. Pero rápidamente recordó que ella no creía en esas cosas. Que su hijita del alma era la de los presentimientos y que a pesar de eso, nunca había vuelto luego de esa noche en la que se encontraría con Marciano. “¿Marciano? O ¿Mariano?”, no estaba segura. Pero daba lo mismo. Su mente jamás recordaba el nombre de los pretendientes de su hija. Además, esa vez no hubo premoniciones ni sextos sentidos.

Se fue a su casa. Abrumada de recuerdos y apabullada por los acontecimientos. Se maldecía a si misma por tanta mala suerte. Estaba casi segura de que Mariano no la volvería a llamar. Sobre todo por la cara de susto luego del rayo. “¡Parece que él si cree en los malos augurios!”, se dijo riendo. Y entró a la casa. Pero allí, sintió un escalofrío. Todo estaba a oscuras y silencioso.
Quiso encender las luces pero no había electricidad. Entonces, fue en busca de velas pero en el camino vio un resplandor proveniente del living. “¿Qué será?”, se preguntó Gloria con el corazón agitado. Y lentamente se acercó. El resplandor se fue transformando en una luz intensa y bella a medida que se acercaba. Hasta que estuvo frente a frente con lo que fuese eso y se dio cuenta que esa aparición era demasiado bella para ser maligna. Entonces, se serenó y escuchó una voz: la luz le habló con una melodía angelical que le llegó directamente al corazón. Le dijo que estaba en peligro y que debía salir de allí. Pero como Gloria estaba embelesada por tanta hermosura, la luz tomó la forma de alguien conocido por ella, alguien que extrañaba horrores. “Hijita…”, dijo y comenzó a llorar. Pero cuando la luz transformada en su hija quiso volver a hablar, un brazo salido de la nada tomó el cuello de Gloria impidiendo que respirase.
La lucha fue en vano. Entonces, ella cerró sus ojos y se dejó ir.

La luz se hizo más brillante e intensa, tomando la fuerza de miles de tormentas, y el tiempo se detuvo en ese breve instante. Luz vio el cuadro congelado en la que su más profundo sentimiento, su segunda alma, volvía a morir. Allí estaba su madre, con los ojos cerrados en el último segundo de su existencia. La veía porque el alma pugnaba por salir de su cuerpo moribundo como una luz rosada y triste. Y Mariano, ese monstruo que quería finalizar lo que había comenzado años atrás, era el responsable una vez más. Ella lo había conocido por unos amigos en común. Desde el primer momento sintió su corazón resentido. Y para cuando descubrió que ese resentimiento tenía un origen conocido fue tarde. Él se deshizo de ella y esperó pacientemente para reaparecer y terminar su camino de rencor: su madre.
“No intervengas”, le había dicho la fuerza superior. Pero, ¿cómo dejarla así? ¿Cómo no intervenir si era la vida de su mamá, la persona más importante de su existencia, la que estaba en juego? Intentó advertirle en varias oportunidades, pero fue en vano. Su madre no creía en esas cosas.
Sin embargo, en ese momento algo debía hacer. El tiempo no podría mantenerse congelado por siempre.
Entonces, una idea vino a su mente y la iluminó. Vio un adorno en la pared del living: una lanza que ambas habían comprado en un viaje al África. Recordó lo felices que estaban las dos el día que la compraron en ese puesto callejero de artesanías. Era como un presagio…Unos milímetros más allá…
El tiempo se descongeló. La luz se hizo increíblemente intensa dañándole los ojos a Mariano y obligándolo a retroceder. Tropezó con sus propios pies horrorizado por lo que sus ojos veían, hasta finalizar impactado en la lanza. En ese momento liberó el brazo y Gloria cayó al suelo.
Mariano murió en el acto y algo negro que su cuerpo emanó, fue inmediatamente atrapado por demonios del infierno que se lo devoraron mientras gritaba. La luz se acercó a Gloria y acarició su rostro. Ella abrió los ojos y vio a su hija, su Luz. Una lágrima corrió por su mejilla y Luz la tomó y la atesoró por siempre. Entonces, desapareció en el éter.

El aniversario llegó, pero esta vez Gloria no buscó escusas para ir al cementerio a leerle poemas, porque esta vez, estaba segura de que su hija la escuchaba con atención.






Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados


sábado, 30 de noviembre de 2013

Corazón de demonio



Mi intención, al escribir este relato, no es precisamente la de ser leído, sino la de evitar la caída de una próxima víctima. Quizás mi desdicha les sirva de algo. Sé que mi caso es inapelable y estoy casi resignado a afrontarlo…
Pero no confundan mi resignación con entrega. Por el contrario, en estas líneas estoy decidido a despabilar la razón de más de uno y a exponer la trágica  y demasiado precoz desaparición de mi amigo.

Hace unos cuantos meses atrás, recibí noticias de un viejo camarada que hacía años, largos años que no veía. Cuando vi su firma en el sobre que envolvía la misiva, sobrevino a mí como en un suspiro un nombre: Rosalía. Y unos ojos verdes como el agua del mar con viento del sur. Ella fue la que se me escapó. El amor trunco, ese que no se dio, porque mi cobardía no dejó que así sea. Rosalía fue la oportunidad perdida de ser feliz.
Abrí la carta y leí atentamente las líneas escritas por mi amigo. No eran muchas. Con una letra apurada y desprolija, raro en él, relataba allí en forma escueta y dejándome con miles de interrogantes, que se encontraba prácticamente agonizando. Sus días, según su relato, llegarían pronto a un fin irremediable y trágico. Sin embargo, clamaba por mí. Me necesitaba a su lado porque temía por su hermana, Rosalía.
Esa última frase me impactó. No porque la enfermedad de mi amigo no fuese lo suficientemente grave, sino porque mi corazón era frágil. Mi carne era débil y esa debilidad llevaba el nombre de Rosalía. Y si ella corría algún peligro, yo debía protegerla a como diera lugar.

No necesité más. Hice mis maletas y tomé el primer tren hacia Valdez, un pueblito pequeño que se encontraba a unos cuatrocientos kilómetros de mi actual hogar. El viaje duraría largas horas, por lo que llevé varios libros y mi cuaderno de anotaciones. Ese que hacía las veces de diario de viaje. Sin embargo, una vez que estuve dentro del tren, mi mente voló hacia ella, hacía Rosalía. ¿Qué hubiera sido de mi vida si hoy estuviera junto a ella? En mi ensoñación sólo veía su hermosa sonrisa y sus ojos claros. Aun así, tomé mi libro de anotaciones y comencé a escribir preguntas que la carta no respondían: ¿Desde cuándo mi amigo estaba así?, ¿Qué dijo el doctor al respecto?, ¿Alguien lo querría muer…? no me atrevía a finalizar esa pregunta aunque rondaba mi mente. Sobre todo si él temía por su hermana. Ellos eran los únicos herederos de una familia muy acomodada de Valdez. Y la desaparición física de mi amigo Juan implicaba una enorme herencia en juego y un rápido matrimonio de Rosalía con quien aprovechase la situación. Eso era un peligro claramente.

Lentamente, y aunque mi cabeza no paraba de pensar, me volví a dormir. Un sonido agudo me trajo a la realidad: ya estaba en mi destino, aunque para mí sólo habían transcurridos algunas horas. Cerré mi cuadernillo. Me había dormido dibujando los ojos de ella. ¿Estaría tan bella como siempre? Miré por la ventanilla y allí la estación me trajo imágenes de antaño. Sobrevino una oleada de recuerdos: de mi infancia feliz, de carreras en bicicleta, de tardes bajo el manzano de mi casa. Nada había cambiado en diez años.
Bajé del tren con mi sencilla maleta y mis ojos vieron lo que pensé que era un ángel escapado del cielo: rodeada en una nube de vapor, se encontraba Rosalía parada frente a mí. Aún vestida de negro era belleza pura y cándida. A pesar de su palidez y de unas incipientes ojeras, su hermosura resaltaba y no podía, por más que lo intentase, ocultarla. Y allí lo noté. El negro del vestido, las ojeras y los ojos rojos. Todas las señales estaban allí: mi amigo había partido a otro mundo.

En silencio fuimos a la casa. Al día siguiente sería el entierro y ella me rogó que estuviese presente. “No sé cómo podré afrontar esta pérdida…mi hermano Juan es lo único que tengo…que tenía. No sé qué voy a hacer sin él”, dijo Rosalía rompiendo en llanto y yo, no supe que hacer. Me quedé petrificado. Entonces ella repuesta, un poco a la fuerza por mi timidez que tal vez interpretó como frialdad, me hizo una media sonrisa y me condujo a la habitación que ocuparía. “Usted debe estar cansado por el viaje”, me dijo mientras abría la puerta y corría las cortinas para que entrase un poco del sol, que en pocas horas, se escondería en el horizonte. Yo sólo asentí con la cabeza mientras la seguía con la mirada. Entonces la luz acarició su rostro y la hizo aún más bella. Me sentí tan tonto que solo murmuré unas gracias. Ella se retiró diciéndome que me acomodase y que a las ocho se serviría la cena.

Me acomodé en la habitación en la que tantas otras veces había estado. Donde me había despedido de Rosalía antes de partir a mi nueva ciudad, sin animarme a pedirle que fuese mía. Todo estaba igual. Cada detalle estaba allí, inmodificable. Sin embargo, algo no encajaba en ese paisaje que recordaba. Una enorme caja de madera que simulaba un arcón, era algo nuevo. La observé un rato ya que desentonaba con el resto, pero deduje que allí podría acomodar mis libros. Al abrirla encontré varias cosas que, al parecer, pertenecían a mi amigo desaparecido. Unas cuantas cartas, muñecos de su infancia, alguna ropa vieja y cuando parecía que nada más había allí dentro, noté algo extraño. A los laterales de la caja podía notar unos pestillos fuera de lugar a los que toqué y sorpresivamente, me reveló un doble fondo. “Raro”, pensé. Saqué la bandeja que hacía las veces del primer fondo y adentro encontré un diario. Ojeé algunas páginas y me di cuenta de que pertenecía a Juan. Abrí en las últimas páginas y decía:

“Ya queda poco. Quien sea que me está haciendo esto, está ganando. Mi muerte lenta es certera como lo fue la de mi madre y padre. El dolor es insoportable tanto que me hace desear este final anunciado y precoz. ¿Que haré con Rosalía? El mayordomo nuevo…”

Y se interrumpía bruscamente. Ya no escribió más luego de esa página. Me horroricé al instante. Mis sospechas eran confirmadas con esa pequeña hoja, mi amigo había sido asesinado. Pero ¿quién había sido capaz de semejante atrocidad? Y ¿cómo lo había logrado? Una congoja invadió mi corazón y una preocupación: Rosalía. Redoblé mi apuesta, debía protegerla a como diera lugar.

Acomodé la poca ropa que había llevado, mis libros, me enjuagué la cara y baje por las escaleras. Todo en la casa se encontraba en una penumbra mortuoria. El salón principal, que años antes había sido cuna de fiestas majestuosas y de complicidades amorosas, apenas mostraba la dureza de la madera oscura y castigada por el tiempo. La mesa del centro, enorme y demasiado larga para dos personas, seguía allí con un pequeño florero lleno de fresias para disfrazar un poco el olor a humedad. Parecía que durante mucho tiempo allí no se bailó ningún vals, ni se coqueteó entre las damas de la sociedad.

Me dirigí hacia la biblioteca, un enorme lugar plagado de libros de todos los temas imaginables. Tardes enteras me había perdido allí entre aventuras de caballeros donde salvé a más de una doncella y me enamoré alguna que otra vez. Acaricié el lomo de uno de los libros que tantos recuerdos me traía a mi mente nostálgica, pero un gimoteo me sacó de los recuerdos. Noté, entonces que alguien estaba allí escondido en la penumbra.

“¿Quien anda allí?”, dije con voz firme y alta, aunque me había asustado bastante. “Disculpá…soy yo…Rosalía”, dijo una vocecita de ultratumba y mi corazón se aceleró inmediatamente. Allí estaba ella con un pañuelo, secándose las lágrimas. Intenté decir algo para salir de esa situación: “Disculpame…no quise invadir tu espacio…me retiro…”. Pero ella me rogó para que no me fuera: “No, por favor. No te vayas. Me siento bastante sola. Estaba pensando en mi hermano, en lo último que le dije antes de que ya no existiera…”
Yo no entendía, “¿Estaban distanciados o algo?”, le pregunté inocentemente.
Ella me relató bastante apesadumbrada: “El murió aquí mismo” y señaló el piso donde estaba parada. “Ambos discutíamos por mi futuro. Él no debía esforzarse y yo no quería hablar de eso…”, y no pudo terminar.

Y esta vez reaccioné. Me acerqué y la abracé. La puse contra mi pecho como tantas veces había soñado y sentí el suyo, agitado, junto al mío. No quise, pero lo disfruté. Estaba consolando al amor de mi vida. Ella lloró un rato y yo la dejé ser. Sin embargo, repentinamente el mayordomo- un joven bastante guapo y al que no conocía- entró y ella se apartó rápidamente de mí. “La cena está preparada”, dijo demasiado solemnemente y fuimos hacia el comedor en silencio.

La cena fue de la misma manera: callada y en penumbras. Solo nosotros dos bajo la atenta mirada del joven sirviente. Rosalía estaba estresada por la situación. Se le notaba porque apenas comía y reaccionaba desmesuradamente ante cualquier ruido que proviniese desde ese muchacho. “¿Le tendrá miedo?”, pensé. Y ¿si él tenía que ver con la muerte de mi amigo? Las circunstancias aún no estaban del todo claras y a estas alturas cualquier teoría loca me hubiese convencido de cualquier cosa. Tal vez en el entierro podría averiguar algo más.

Esa noche me fui a dormir con una aroma, con su dulce fragancia en mi piel. La soñé como tantas otras veces, en mis brazos, enlazados. Pero algo en su mirada era diferente. Un brillo maquiavélico, una entrega física prohibida, un goce poco angelical. Y unos ojos recientemente conocidos. Desperté en la madrugada de golpe y empapado de sudor.
Me sacudí del recuerdo de ese sueño y salí de la cama. Había sido tan vívido, tan intenso que aún podía sentir a Rosalía en mis brazos. Y los ojos conocidos, observando pacientemente. Me levanté a buscar agua. Si mal no recordaba, conocía la ubicación exacta de la cocina y no debería despertar a nadie por una necesidad tan banal como esa. 

En realidad era la excusa para salir de la habitación en el medio de la noche con la expectativa de cruzarme al motivo de mi desvelo, aunque era altamente improbable. Sin embargo y para mi sorpresa, me encontré con alguien más.
Tomé el pasillo casi a tientas. La oscuridad estaba cediendo ante la aparición precoz del sol que se asomaba con timidez a través de una de las ventanas, por lo que podía ver ciertos bultos, que imaginé eran muebles. Pero que para mi mente aturdida parecían demoníacas formas de animales moribundos. Sin embargo, algo diferente captó mi atención. Allí, parado en la entrada de la habitación de Rosalía, se encontraba una figura humana con el oído pegado a la puerta intentando oír algo. Espiando…

-¡Hey! –dije y el mayordomo, que me miró directamente a los ojos, salió corriendo amparado por la oscuridad en ese sector de la casa. “Es él”, pensé, “¡y ahora va por ella! ¡Pero no lo voy a permitir!”.

Salí corriendo detrás de él y tras varios metros de agitada carrera, lo alcancé. Y como se resistiera a mí accionar heroico y justiciero, le propiné un golpe en el rostro que lo dejó inconsciente. Entonces, lo levanté y lo até a una silla. Le revisé los bolsillos por si llevaba un arma y sólo encontré un frasco pequeño. Lo tomé entre mis manos y lo olí. Agrio. ¿Qué sería? Sin embargo, mis pensamientos se interrumpieron al ver al ama de llaves y Rosalía que luego de tanto griterío habían despertado y bajaron rápidamente para ver que sucedía. “¡Es él!”, le dije a ambas que observaban todo con asombro, “¡El mató a Juan! ¡Hay que dar noticia a la policía urgentemente!” Y en menos de una hora la policía estaba allí y se llevaba al mayordomo junto al frasquito que mismo les entregué. Yo me regocijé con haber resuelto el asesinato y haber protegido a Rosalía, y todo como mi amigo lo había solicitado.

El funeral pasó, así como las semanas. Entonces, decidí dar el paso que diez años atrás no había podido dar, por mi cobardía. Una tarde en la que Rosalía leía en la biblioteca me acerqué y en un suspiro le pedí que sea mi esposa y ella tras un instante de duda, aceptó. Yo no entraba en mí de la felicidad.  

En esos días ella se dedicó a preparar la boda y yo en poner en orden mis papeles en la ciudad. Por ello viajé a ultimar todos los detalles. Vendería mi propiedad o quizás contrataría a un cuidador. Eso lo vería en la marcha. Sin embargo, estando en mi antiguo hogar recibí una nota de la policía de Valdez. Me citaban por el caso de la muerte de mi amigo Juan. Yo supuse que para declarar finalmente y que ese truhan quedara encarcelado de una vez por todas. Volví al pueblo y me dirigí directamente a la estación de policía. Allí recibí ciertas noticias que me pusieron a pensar, aunque de muy mala gana. La verdad no quería perturbar mi alegría. Al día siguiente me casaría con el amor de mi vida y nada podría opacar la realidad y la felicidad que tenía en ese momento. Pero el comisario me detuvo en seco y me despertó con sus palabras. Ya se sabía el resultado de la autopsia y la causa de su muerte, que no había sido natural. Lo miré con la angustia de mi amigo muerto en el corazón y lo invité a que al día siguiente, luego de la boda, finalizáramos la charla. A lo que él accedió dándome una vez más el pésame por la pérdida de mi amigo.

Y al día siguiente nos casamos. Rosalía estaba hermosa en su traje de novia blanco y largo. Parecía una princesa extraída de un cuento de hadas. Aunque un dejo de tristeza se posaba en nuestros corazones. La muerte de Juan me pesaba cada vez más y la cuestión de la charla con el comisario por las circunstancias de su asesinato, también.

Ya en la recepción, íntima y con sólo algunos conocidos, el jefe de la policía se hizo presente. Yo lo supe. Supe que no había vuelta atrás. Dudé si no debía entregarme yo, pero no podía justificar el uso del veneno que había usado lentamente para matarlo. No podía justificar tampoco la muerte de sus padres, sucumbidos en circunstancias similares, aunque disfrazadas de dolor y suicidio. Toda una historia de asesinatos lentos y solapados de los cuales yo no había participado, pero que Juan había comenzado a investigar al ver ciertos patrones extraños de semejanza. Tampoco podía justificarme delante del nuevo mayordomo, un cabo de la policía del poblado cercano, que se había ofrecido para trabajar en cubierto, luego de que Juan pusiera la alarma en la comisaría local.

Y se llevaron a mi Rosalía, a mi esposa, por el asesinato lento y metódico de toda su familia. Había envenenado uno a uno a los integrantes de su familia para quedarse con toda su herencia. Y su hermano, había perecido poniéndose en la línea de fuego. Y a mí me hubiera sucedido lo mismo si el comisario no me hubiese alertado. Y todo para descubrir un doloroso misterio que involucraba a alguien con cara de ángel, pero con corazón de demonio.

Y ¿por qué, se preguntarán, les advierto acerca de este caso? Porque mi amada Rosalía, con sus encantos, con su cara angelical, con sus modos, con  su dulce y letal cortesía, enamoró al cabo que se hizo pasar por mayordomo. Y una mañana de abril ambos se fugaron de la prisión. ¡Pobre tonto! Morirá en breve, y por desgracia, yo también. Cada día de mi vida la espero, espero verla llegar con su blanco vestido de novia, para que termine su trabajo. Porque yo, en el momento en que descubrí que su alma era negra como la noche, morí. Y este cadáver en vida que soy, la espera sabiendo que ella vendrá a finalizar su trabajo. Y ¿Para qué? Pues, para comenzar otra vez… Lo sé. 



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