sábado, 26 de mayo de 2018

A dónde van los muertos




El padre yace sin vida en la cama luego de batallar contra una terrible enfermedad. La madre, tragando el llanto, abraza a uno de sus hijos, el más pequeño. El dolor es inconsolable, pero sabe que debe estar fuerte por sus hijos. "¿A dónde van los muertos, mamá?", pregunta el niño. 


 Cuando era chica así como son ustedes ahora, mi papa también murió—. Dice  ella intentando consolar a los niños. En ese entonces mi mamá no supo qué hacer. Yo estaba muy, muy triste, como están ahora.


Mira a sus dos hijos. El pequeño esconde la cabeza entre sus faldas. El mayor juega con un auto viejo de madera. Lo estrella contra la pared una y otra vez. Está enojado. Ella entiende ese dolor porque lo vivió muchas veces. La madre lleva a sus hijos a la cocina y se sienta. El hijo menor la mira con ansiedad. Necesita saber de la historia.

"Quizás", piensa la madre, "escucharme les sirva y así puedan soportar el dolor".

Yo le pregunté a dónde iban los muertos, tambiéndice la madre y de inmediato ambos niños le prestan atención. 


Más relajada, ella pone agua a calentar para hacer el té y luego cierra la puerta de la habitación. Su estómago le da un golpe al observar el cuerpo exánime de su esposo. El recuerdo de sus convulsiones, de las noches enteras sin dormir intentando calmar esos movimientos violentos, la pone tensa, en jaque. Respira hondo. Sabe que todo será diferente de ahora en más. Aunque no sabe qué hacer con ese nuevo sentimiento de tranquilidad.


Mi mamá al principio no me supo contestar. “Al cielo”, dijo más de una vez. Yo, que pasaba horas observando el firmamento en busca de indicios de que ahí había muertos por doquier, no estaba tan convencida y seguí insistiendo con mi pregunta. ¿A dónde van los muertos, mamá? Una tarde en la que yo no pude levantarme de mi cama, debido a la tristeza, mi mamá desesperada fue al pueblo. Temía que yo muriese de pena. Allí averiguó con una señora cómo ayudarme. Decían que era una bruja.

¿De verdad era bruja?dice el niño mayor y la madre hace una media sonrisa.

Mamá me llevó con ella porque, dijo: “necesitás escucharla vos misma”. 


Caminamos largo con mamá. Kilómetros de barro en una tarde de invierno. El frío era duro en aquellos años, más que ahora. Mis pies dolían y mi estómago se acalambraba por la caminata y mi debilidad de los días previos. Cuando creí que no podía más, cuando quise volver a la casa, fue que encontramos a la Señora Bruja. Así la había bautizado yo. La Señora Bruja vivía en un ranchito pobre, escondido del resto de las casas. En la puerta de madera gastada decía "Entrará el que quiere saber". Ahí mamá me dejó y se marchó. Asustada me debatí si debía entrar o no. Porque al fin y al cabo, saber a dónde van los muertos de forma definitiva era algo peligroso. Porque si la respuesta no me gustaba, ya no habría vuelta atrás. Y al fin y al cabo, solo era una niña. Sin embargo, luego de un rato me animé a entrar. En parte fue por curiosidad, en parte porque me estaba congelando literalmente.


Traspasé la enclenque puerta mientras rechinaba al abrirse. Adentro, la casa estaba oscura y me costó distinguir algo que no sean bultos. El viento se filtraba por entre las hendijas y hacía un ruido como de silbido o quejido. Tenía mucho miedo. Recuerdo que en la penumbra, junto a una ventana pequeña, estaba la Señora Bruja. Parecía petrificada y cuando dijo "Acercate, niña", me sobresalté. Ella era muy anciana. Sus ojos estaban velados por cataratas y su pelo blanco enmarañado le daba el aspecto de toda una Bruja. Tenía en la mesa una olla llena de agua. "Mirá el agua", dijo con tono solemne "¿Qué ves?" 


Miré con ansiedad el agua esperando encontrar la sonrisa de papá o algo que me indique que él estaba en un lugar mejor. Pero solo vi mi cara triste.

"No veo nada, Señora Bruja", le dije angustiada. Ella me sonrió e insistió "Mirá de nuevo y decime ¿qué ves?".

La madre observa a sus hijos. Los ojitos de los niños brillan y la tristeza de antes se nota más aplacada. Casi ausente. 


¿Viste algo mami?

La madre sonríe. Se siente aliviada ya que, por un rato, sus dos niños piensan en algo más que el padre muerto.

Me acerqué otra vez y vi mi reflejo. Vi mi cara triste. "Veo mi cara, Señora Bruja", le dije y ella insistió "Mirá de nuevo, quedate un rato mirando y decime ¿qué ves?". A la tercera vez observé más largamente y en detalle. No quería defraudar a mamá y deseaba desde mi corazón saber si papá estaba bien. Y sobre todo, a dónde iban los muertos. 


Miré un rato largo. Para mi fueron horas, aunque nunca estuve segura de cuánto tiempo fue. Al principio solo vi mi cara que seguía triste. El agua tranquila, el viento de fondo, la señora esperando. Traté de apagar todo eso para poder concentrarme y luego de un tiempo, detrás de mí apareció un cielo estrellado. Vi las miles de estrellas y un firmamento azul intenso que me serenó. Pensé en mirar atrás, tal vez la Señora Bruja había armado todo. Pero entonces, ella tomó mi mano y entendí que seguía junto a mí. Continué observando atenta y sin pestañear. Las estrellas lentamente desaparecieron y en su lugar asomaron la luna y el sol, juntos, sonriendo. Y en el cielo anaranjado de un atardecer de otoño vi a papá sobre un cometa que me saludaba. "¡Papá te extraño!" le grite y el cometa vino hacia mí. Con una enorme explosión de polvo de estrellas papá bajó y me abrazó fuerte. Quise que el tiempo se congelara en ese momento. Pero papá me dijo que se tenía que ir. Que de ahora en adelante él me iba a cuidar. Que no me preocupara porque algún día los dos montaríamos ese cometa. Me dio un beso en la frente y supe que no lo vería por un largo tiempo. 


Los niños miran a su madre, la abrazan.

Papá ahora está en los corazones de ustedes, hijos. En sus ojos, en sus sonrisas. Papá los cuidará para siempre.

Los pequeños sonríen. Afuera comienza a nevar y con los copos de nieve llega la familia. El cura, la abuela, los vecinos ayudan en el velatorio. La casa se llena de ruidos, de pisadas, de murmuraciones. Los niños se entristecen otra vez, entonces la madre llena una enorme olla con agua y la pone frente a los pequeños. Ellos observan a su madre y ella los alienta a mirar el agua cristalina: "Saluden a papá, que ya se va". 

Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2018


domingo, 13 de mayo de 2018

De nuevo, otra vez.






“Ey…si vos…la que está ahí. ¡No te vayas!”

Corrí a esa mujer desconocida durante un largo tiempo hasta que la perdí. Sin embargo, seguí en mi carrera sin objetivo, sin cansarme. Tuve la sensación esa que se tiene en los sueños. Esos que aparecen unos segundos antes de despertar. Siempre creí que en esos momentos, las caras, las personas que se ven son reales y que coincidimos en esos segundos, en un mundo onírico común y anónimo. Quizás aparecen aquellos a quienes estamos destinados a conocer.

Aunque son solo teorías. 

En aquel momento, en esa milésima de segundo de divague mental, intenté volar. Sí, una vista aérea de la situación sería algo útil además de placentero. Podría recorrer la zona, ver dónde estaba esta misteriosa mujer y disfrutar de esa ventaja onírica. Me encantaba volar en mis sueños. Sentía la libertad y esa sensación de vértigo en el estómago que cosquilleaba,y me hacía sentir invencible. Pero esta vez no pude hacerlo. No era raro. A veces me pasaba que cuando más quería volar o cuando lo necesitaba para escapar de algo, no podía. 

Pensé en la mujer a la que perseguía segundos antes. ¿Por qué lo hacía? No estaba segura del por qué la corría o por qué ella huía. Era todo muy confuso. En los sueños, las situaciones y los motivos están tan borrosos como la vista. El tacto sin embargo, está exaltado. Sí, en los sueños uno siente como en la vida misma. Eso es increíble. 

Ella se perdió en la borrosidad de la realidad que me rodeaba y yo me detuve en medio de una calle desierta. No tenía sentido seguir en movimiento si no había un objetivo que perseguir o algo de qué escapar. Nuevamente me dije que era un sueño, que no debía temer y entonces me comporté como en uno…

Observé lo que me rodeaba. Me costó enfocarme, porque como todos saben, los sueños no son nítidos. Lo que veía se encontraba en una tonalidad opaca y azulina. Los edificios parecían distorsionados y tenía que enfocar muy bien para que las líneas se dibujaran y formasen un número o una calle en los carteles de las esquinas. El aire era diferente y sobrevolaba una neblina suave que no me dejaba divisar lo muy lejano. A pesar de eso, me di cuenta de que estaba en la ciudad. En una ciudad que no conocía o que no se me hacía familiar. 

Caminé lentamente intentando encontrar algo conocido y a unos metros divisé una enorme plaza, con numerosos árboles. Desértica. Las hamacas estaban detenidas en pleno vuelo, vacías. Las calesitas, también detenidas en un giro frenético y borroso, estaban rodeadas de una luz amarilla como de neón o algo así. Los árboles silenciosos, las nubes estancadas, el sol escondiéndose. Siempre escondiéndose sin lograrlo nunca. Y luego, la nada misma. Más allá de esa plaza, todo se veía negro. Como lo prohibido o como los lugares que de chico, uno sabe que no debe visitar solo. 

Volví sobre mis pasos. Quizás algo se me había pasado por alto, o tal vez, de eso se traba el sueño: de alguna búsqueda misteriosa. Quizás debía encontrar a esa enigmática mujer. No sabía. Pero no me atrevía a ir a lo oscuro. Sin embargo, esa zona prohibida comenzó a crecer y de pronto rodeó toda la plaza. Sentí temor. Me repetí una y otra vez que todo era un sueño, pero el cuerpo no entiende de razones. Temblé de angustia. 

La plaza se hizo enorme, se agigantó bruscamente y supe que debía recorrerla toda (o eso entendí). Comencé a caminar, con miedo primero, pero determinada a llegar al fondo de la situación. Lo del sueño ya se estaba pasando de la raya, así que lo descarté. Quizás se trataba de una premonición o quizás el destino me quería decir algo. Todo simulaba un chiste de mal gusto. Sentí que se trataba de una mezcla de pesadilla y una película de terror barata y mal montada. Quizás estaba en una. Lo que más me molestaba era no saber qué sucedía. 

Una de las hamacas reanudó su vaivén y fui hacia ella. Caminé lo que me pareció kilómetros y al llegar se detuvo con brusquedad. Más allá, unos arbustos se movieron y fui hasta ahí solo para encontrarme con  una distorsión más. Y allí, entre unos árboles vi a la mujer y corrí hacia ella, otra vez. Pero se metió en la oscuridad prohibida. 

Llegué hasta ese borde. Parecía una especie de portal acuoso y negro. Me pregunté si debía cruzarlo y no por la duda en sí misma, sino por temor a no poder volver. Aunque ¿volver a qué?
Crucé el portal. Traspasé mis temores y me entregué a lo que el destino decidiera por mí. Y aparecí nuevamente donde había comenzado. 

Corrí de nuevo a la mujer durante varias cuadras. Le grité mil veces que no huyera de mí, que no le iba a hacer daño. Pero fue en vano. Todo se repitió. Los edificios, las calles, la distorsión, la plaza. A lo lejos, en la zona oscura, el portal apareció otra vez. 

Me acerqué temerosa, cansada de lo que sucedía. Pude verme completa, reflejada en esa brea oscura que semejaba un espejo. Me pregunté por qué estaba ahí, atascada. Pero el reflejo, el mío, no dijo nada. No hubo explicación, ni un movimiento. Acerqué un dedo, el índice, y antes de llegar a rozarlo, la brea reaccionó y envolvió mi dedo invitándome a pasar. Me llamó, lo sentí en mi cabeza rogándome, ansiando mi alma o lo que sea que pudiera reclamar. Eso jamás me había pasado en un sueño. Me asusté y sin embargo, sin más remedio, lo traspasé, otra vez. 

Mientras lo atravesaba, una lágrima que brotó de mis ojos cansados, se mezcló con el portal. Algo se modificó, lo supe en mis entrañas, aunque cuando lo terminé de atravesar, aparecí en el mismo lugar que la vez anterior. Grité de bronca. Maldecí a Dios, al Cielo y al Infierno. Y corrí sin esperar a que la misteriosa mujer apareciera en mi camino. Sin embargo, como antes, lo hizo. Pero esta vez me miró más pronunciadamente o quizás, el tiempo varió unas milésimas de segundo. ¿Sería la lágrima? Quizás. Quizás ahora el sueño-pesadilla-predestinación comenzaba a finalizar. O quizás yo había cambiado en algo. Llegué a la plaza, y ella se frenó a distancia prudencial. Se me hizo conocida, pero asumí que se trataba de un sueño recurrente y de ahí la familiaridad. 

Me acerqué para hablarle y ella se alejó. ¿Así serían las cosas? Le dije que no tuviera miedo, que no le iba a hacer nada. Ella se aterrorizó y escapó en la oscuridad que envolvía la plaza y el portal, nuevamente me tragó. 

En el líquido intermedio lloré. Necesitaba despertar o cambiar ese ciclo maléfico en el que me había sumido quién sabe por qué. Lloré pensando en mi vida, en mi futuro, en la necesidad de terminar con la tortura que estaba viviendo. El portal me parió otra vez, en el mismo lugar. 

Desesperada caí de rodillas al suelo en un llanto de lamento, mientras la mujer me miraba sin entender. Decidí quedarme ahí, para siempre si era necesario, porque sencillamente ya no podía más. 

Me senté en la calle, y al apoyar mis manos en el asfalto sentí algo húmedo. Por primera vez miré hacia atrás. A lo que dejaba cada vez que corría, al pasado, y me vi tendida en el suelo, con un corte en mi garganta. La humedad que había sentido era mi sangre escurriendo lentamente en todas las direcciones. Fue entonces que me di cuenta que estaba muerta. El destino me había jugado una mala pasada.

Miré a la mujer. Miré su mano. Entendí quién era ella y lo más importante, entendí qué debía hacer. 

Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2018

sábado, 28 de abril de 2018

La expiación






Espero que estés cómoda, amor. Esto no se va a tardar mucho. Una historia más, de esas que te encanta escuchar. Te cuento que sucedió en la India, hace unos quince años, no más que eso. No sé porqué me sigue afectando. Lo sé en realidad, pero no debería ser así. No puedo permitir que me quite el sueño, que me provoque esta agonía eterna. Pero, en todo caso, es historia antigua y yo te lo cuento a vos ya sabrás por qué. Es que si no te digo esto ya no seré el mismo. Nunca más. 


No me mires así. Sé que me creés exagerado, siempre lo creíste, pero bueno. Quiero cantártelo antes de que... bueno, de que pase lo inevitable. 


¿Cuánto hace que sos mi esposa? ¿Un año ya? No tengas miedo, amor. Vamos a salir de esto. Yo voy a salir de esto, por eso tengo que contarte. 


Como te dije, fue en la India. Una pareja de jóvenes esposos habían viajado por trabajo. Ella era maestra de arte y le surgió la posibilidad de una maestría o algo así en el exterior. Fue becada por un año con todo pago incluso más.

Con ellos llevaron a su pequeño hijito, Demian de 4 años. 


La madre, Anya, estaba largas horas fuera de la casa, estudiando, pintando. El esposo, José, estaba en casa con el niño. El hombre no sabía hacer nada, excepto quejarse de todo, pero, vivir de arriba tenía sus beneficios. Pasaba el tiempo con su hijo, que frecuentemente lloraba extrañando su antiguo hogar, sus cosas, a su mamá. El hombre, semana a semana, mes a mes, fue perdiendo la paciencia. Necesitaba una distracción, algo diferente. Entonces ambos esposos acordaron contratar a una niñera para que el hombre pudiera tener “tiempo libre” para conocer el lugar o quizás estudiar algo.


La India es un país muy diferente. Yo sé que lo sabés, amor. Es diferente en la cultura, en las personas. Ellos son muy creyentes de diferentes dioses. Y también creen en los espíritus. El esposo que ahora tenía tiempo libre, comenzó a nutrirse de la idiosincrasia local. Leyó de fantasmas y espíritus y comenzó a creer en la posibilidad de la reencarnación. Aunque sólo tomó la lectura como algo ligero. Un entretenimiento.


La joven que cuidaba a Demian, Jalil, le ayudó a interpretar algunas escrituras, creyendo que José estaba interesado de verdad. Ella era de la aldea y conocía la historia local y el folklore. Además, él tenía una personalidad y bellezas que encantaban, por supuesto. Y con la misma facilidad con que Anya se había enamorado de él, muchas otras lo habían hecho también. Fue así que una tarde, la joven niñera le regaló un libro antiguo que había conseguido en una tienda. Él le propuso leerlo juntos como forma de agradecimiento y así hicieron, mientras Demian descansaba. Las horas se hacían placenteramente interminables, excitantes. Deseosas de más.


El esposo comenzó a sentirse atraído por la joven mujer que tan predispuesta estaba a sus caprichos culturales. Ella era hermosa, incluso más que su esposa. Y tenía una ventaja: estaba presente, dispuesta, al alcance de la mano.


Una tarde de lluvia torrencial, donde la oscuridad se hizo presente precozmente y la humedad de los cuerpos obligó a relajarlos de ropas, él se atrevió a traspasar el límite de la moralidad y la besó. Del beso a la piel hubo unos segundos de distancia y una vez que la desinhibición se apoderó de ambos, ya nada los paró. Desde entonces, ambos amantes no pudieron dejar de tocarse. Como si las fuerzas de la naturaleza o alguna otra desconocida los hubiera gobernado, se poseyeron el uno al otro. Fueron tardes intensas de lectura y sexo, mientras la esposa estudiaba. 


Pero el pecado, mi amor, está destinado a atraer el castigo divino a quienes lo ejercen. Lo sé muy bien.


Una de esas tardes, mientras la niñera y el esposo estaban en su frenesí sexual, el niño despertó gritando aterrorizado y febril. Se levantó y sin que nadie lo viera, salió al encuentro de su destino. Una enorme piscina llena de agua podrida lo esperó para tragarlo y entregarlo a la muerte.


Cuando los amantes se dieron cuenta, ya era tarde para el niño.

El hombre supo que nada, pero nada llenaría aquel vacío que su hijo dejaría y sobre todo, que el hielo que se extendería entre él y su mujer sería enorme como un glaciar. 
Por supuesto, el hombre jamás le dijo a su mujer sobre las circunstancias alrededor de la muerte del niño. Sin embargo, ella lo sabía y lo perdonó. ¿Entendés que perdonó ese pecado enorme?


El esposo fue diferente. No pudo perdonarse jamás lo sucedido y lo peor, las circunstancias en que la fatalidad se había materializado. Comenzó a odiarse a sí mismo y a la joven mujer que lo había seducido. Sintió que ella era mayormente culpable porque su belleza era tóxica, contagiosa e inevitable. Su carácter se endureció, tanto que la Anya finalmente lo dejó y volvió al país en donde una vez había sido feliz. Mientras que él, se ensimismó al extremo.


Los años pasaron. El esposo rumió odio y oscuridad y dejó entrar a lo peor del universo en su alma. Su cuerpo se transformó, casi como por arte magia. Rapó su cabeza, dejó crecer su barba. Adelgazó casi en extremo. ¿Entendés, amor? De esa manera, no quedaban más vestigios de él. Pero nunca dejó de vigilar a Jalil. Conoció sus movimientos y sus gustos. Qué hacía cada día, cada hora.


La vio ir i venir. Rehacer su vida, conseguir nuevo trabajo, aunque lejos de los niños. Parecía que lo sucedido había sido superado o al menos que no la había afectado demasiado. Había cambiado, sí, pero así como él lo había hecho, ella se transformó en una mujer madura y fascinante.


Y un buen día José se presentó ante ella. Planeaba muchas cosas, gritarle, golpearla. Quién sabe todo lo que pensó. Pero ella al verlo, no lo reconoció. Y él…

Ya termino, amor. La historia ya llega a su fin. Sé que estás incómoda y que seguro tendrás miles de preguntas. Pero ya vas a ver. Todo tiene su razón de ser. El odio invadió a ese hombre herido por la muerte de su hijo. El rencor dueñode su alma, estuvo guardado pacientemente a pesar del dolor. Jamás le dijo nada a la mujer que, poco a poco sintió crecer un sentimiento por este nuevo hombre. Quizás la ayudaría a sobrellevar su pasado trágico, ese que nunca había podido superar o siquiera contar. Ella jamás dijo una palabra de ese pasado oscuro. Quizás, después de todo, estaba arrepentida.


Entonces, mi amor, te preguntarás por qué la historia, por qué las amarras y la mordaza. ¿Todavía no lo ves? Soy él, mi vida y vos, la maldita niñera que me sedujo y que dejó morir a mi único hijo. Y en este acto, bajo este puñal, vas a pagar.

No te resistas, mi vida. Ya queda poco para que la oscura muerte te lleve. Sé que duele, pero así habrá sido para mi pequeño Demian. El agua llegando a sus pulmones, colapsando todo su cuerpito… Mi pobre…hijo… ¿ves? No estoy enojado. Puedo manejar perfectamente mis sentimientos. Los manejé durante años, mi vida. ¿Qué? No te escucho…a ver esperá que te saco el pañuelo de la boca… ¿qué me querés decir, amor?


“No soy ella…soy su gemela, solo tomé…su nombre…porque la extrañaba mucho….ella se suicidó de dolor…y yo…te amé de verdad”

Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2018

jueves, 19 de abril de 2018

In-comunicación





Estaciono el auto porque si no voy a chocar o me voy a llevar puesta a alguien. Hace más de media hora que estoy en una discusión encarnizada con un compañero de trabajo desubicado y prepotente. Sé que no debería darle el lugar que le doy, pero me invade esa necesidad de dar explicaciones, de justificar mis actos. Y esa necesidad es más grande que el mundo y me pesa. 

―La verdad que me doy cuenta de que la reunión fue al pedo y que no entendés nada de nada…
 Recuerdo la reunión. Le di la oportunidad a cada uno de los empleados a que diga lo que pensaba o lo que consideraba necesario decir para el buen funcionamiento de todo. Y sin embargo…nunca alcanza. Trago saliva para no mandarlo a la concha de su madre y respondo con la mayor tranquilidad que puedo.

―A ver Damián…vos no entendés. Soy tu jefa y necesito que cumplas tu maldito trabajo. No sé cuál es el inconveniente…no te estoy pidiendo nada raro…ni siquiera que te quedes después de hora…
―Me parece que voy a tener que dirigirme a tus superiores. Porque seguís insistiendo con lo del horario… ¿Vos querés una reunión ministerial?

Se hace un silencio. Intento deducir qué me está diciendo. Lo entiendo pero no entra en mis neuronas. Con bronca le pregunto:
―A ver si entiendo, vos ¿me estás amenazando?

 La tensión crece. Las palabras salen disparadas de uno y otro lado. No hay forma de frenar esto. Ya no. Es como una bola de nieve que se agiganta a medida que avanza. Así estamos. Agigantados y violentos. Él saca lo peor de mí. Es eso. Y no me gusta. Tengo ganas de asesinarlo o mejor: de hacerle sufrir en la carne lo que me hace padecer. Clavarle un enorme cuchillo en su abdomen y retorcerlo mientras grita de dolor. Sería pagarle con una moneda equivalente al nerviosismo y la violencia con la que se dirige a mí. Con lo que me hace padecer cotidianamente. Aunque quizás sería mejor poner mis manos en su cuello, apretarlo fuerte y asfixiarlo. Esa sería una gran solución porque además de matarlo, ya no escucharía su irritante voz. Pero no puedo, de momento. Su malicioso discurso moralista y acusador continúa sonando a través de mi teléfono celular y eso hace un poquito difícil mi misión homicida. Aunque no imposible, me digo. 

 Si lo matara…. Sería una dulce venganza, pero no dejaría de ser asesinato y no estoy preparada para ir a la cárcel… ¿por qué siquiera lo estoy pensando? Mi mente divaga cuando me estreso. Sus palabras amenazantes siguen llegando a mis oídos, me aturde, y yo pienso en los pro y los contras de un asesinato premeditado. ¡Basta!, me amonesto a mí misma. Él sigue, recitando la lista con mis innumerables defectos, según si visión sesgada y machista. Y  lo peor es que el cobarde no se atreve a decirme las cosas en la cara. 

Miro el celular: cuarenta y siete minutos de mala comunicación y una rayita de batería. La indignación crece, se hace enorme. Quiero estrellar el aparato contra una pared, revolearlo a la calle para que un camión lo pase por encima, pero me contengo porque la única que se perjudica con eso soy yo. Además, no podría comprar otro.  

Él sigue gritándome por teléfono. Su misoginia es tan enorme como la lista de mis defectos o su propio ego. Le molesta que sea su jefa y que le ponga los puntos. Es  ingrato conmigo y con sus compañeros. Su pensamiento es corto, chato…hay que estar en contra del jefe, siempre. Es condición implícita para él.  

Respiro hondo. Mi corazón está acelerado. Mis manos tiemblan. Quiero llorar, pero no le voy a dar el gusto de que me escuche gimotear. Trago el nudo de mi garganta y hablo. Le pregunto si quiere mi cargo, si quiere ser jefe. Le repito más fuerte “¿Vos querés ser el jefe?”. Se hace un silencio. Se asombra de mi pregunta, tartamudea brevemente y sigue vociferando acerca de mis desvaríos y mis malos entendidos. 

La discusión se eterniza como mi tiempo que se estira. El viento se frena. ¡Basta!, grito y el mundo se paraliza de pronto y yo…yo me meto dentro del celular.

Veo una luz violeta que sale del aparato y corro por ahí. Mi cuerpo está liviano, ágil como jamás lo estuvo. Tomo la velocidad de la luz, me estiro y me transformo en un fotón mágico, unidireccional. La línea violeta se transforma en verde y ahora me deslizo apenas rozándola. Soy una con la luz, con la energía. Recorro miles de nanoquilómetros en una dirección. La única. Mi norte es el odio que siento en este momento. Las ganas de triturar ese cuello, de dañar a ese tipo. 

Sigo avanzando sin descanso. A mi alrededor el mundo se dobla, se estira. Las palabras son ralentizadas, pero reconozco esa voz. La misma que me torturó minutos antes. La prepotencia se ve transformada por la distorsión del campo que me rodea. Pero escucho. Los gritos siguen. La violencia se extiende como un cable maligno y negro. Se transforma en una serpiente que me punza por los lados. Me picotea para que desista, para que vuelva mis pasos y sea humana otra vez. No lo permito. Mis ojos se transforman en láseres y la atacan. Apunto a su cabeza y doy en el blanco. La serpiente explota y me baña de una pestilente brea negra. No importa, soy luz, me digo y de pronto la putrefacción desaparece y yo sigo mi camino. 

Al final, allá a lo lejos, hay un punto luminoso. Incandescente como una estrella en el firmamento nocturno. Hay números y una enorme pantalla. Me recuerda una película, pero mi mente está tan alterada que no logro recordar cual. No importa, ya queda menos, me repito. 

La serpiente revive y se transforma en un enorme dragón. Sus ojos son de fuego y su boca lanza llamaradas de lava incandescente. Me siento microscópica frente a semejante monstruo, me siento igual que cuando él me grita por teléfono. Intento esquivarlo pero se hace difícil. Acelero. Ya queda poco, me repito. Sin embargo el dragón aplasta mi línea de color con su enorme cola y entonces mi cuerpo sale expulsado. Me estrello contra la nada misma. Duele. Me levanto. Busco una salida y solo veo la pantalla: Conexión de mala calidad, leo. Estoy atrapada. 

 Mi nudo en la garganta se acrecienta, me envuelve, exprime mi alma y solo puedo llorar como una niña. No quiero hacerlo pero es más fuerte que yo. Mis emociones me dominan, me paralizo. No puedo más que dar vueltas sobre lo mismo, como un loop eterno y sentimental. Sé que si no hago algo voy a quedar atrapada por siempre en ese lugar, en mi teléfono. O peor, en el medio de una mala comunicación, por una peor empresa de telefonía celular. Reacciono. Mi mano se transforma en una enorme espada al estilo StarWars y de un salto, parto en dos al dragón. Hay un silencio breve y mientras mi cabeza descansa por un instante, corro nuevamente a la meta y me lanzo a través de la pantalla luminosa. 

Aparezco del otro lado y de inmediato tomo el cuello del empleado insurgente. Aprieto con ganas mientras su rostro pasa del rojo al blanco en uno segundos nomás. Le grito: “¡Callate ya, maldito gusano podrido!” y lo dejo caer en la vereda, mientras la gente aplaude por mi valentía o quizás porque gran parte de la humanidad lo desprecia. ¿Quién sabe?

No lo mato, solo lo dejo aturdido. Le saco el celular y lo estrello contra una pared. Me acerco a él y con odio le digo:
Mañana, ocho de la mañana en punto, te espero en la oficina, para resolver esto. Si no te gusta como son las cosas, presentá tu renuncia. 

Él abre un ojo, desorientado y aturdido, y me mira con desprecio.
¿Entendido? insisto para que reaccione.
responde bajito sin mirarme a los ojos.
Me doy media vuelta y emprendo el camino de regreso. Son varios quilómetros, pero bueno, servirán para calmarme.

Autora:  Soledad Fernandez (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2018
Imagen obtenida de la web