viernes, 7 de septiembre de 2018

Una monedita





"Una monedita, ¿por favor?"

Mirás al nene que tenés enfrente. Tiene la ropa gastada, las zapatillas rotas. La cara sucia. Te hacés el moralista. Creés que mejor sería darle algo para comer. 

"Te doy un paquete de galletitas ¿querés?" y el nene te mira, y como sabe que no vas a largarle la bendita moneda, se encoje de hombros y te dice que sí. 

Le das las galletitas. Tu paquete empezado ayer en la oficina donde trabajás a medio horario porque "nos pagan poco, así que tengo que compensar con menos horas". Y te vas. Te vas contento porque hiciste algo bueno por un pibe de la calle. Porque "al menos ahora va a tener algo en la panza, pobre criatura". 

Te preguntás donde estarán los padres. Te indignás porque "ellos deberían estar pidiendo, no el nene". Seguís camino en tu auto. Unas cuadras más adelante, parás en un semáforo. Ves a los malabaristas. "¿Por qué no se van a laburar?", pensás. Para todo una moneda, dos pesos, cinco. "¿Sabrán estos cuánto cuesta ganar cinco pesos? Seguro que no porque en su vida laburaron". El nene te sigue rondando en la cabeza. Esos padres de mierda que se quedan en su casa seguramente tomando cerveza, mientras el pibe pide moneditas en la calle.

Qué suerte que tiene tu hijo ¿no? Él tiene padres responsables que laburan y pagan impuestos. Bueno, la luz, el gas y el cable porque el inmobiliario es carísimo y si lo pagás se te achica el sueldo y no podés irte de vacaciones en enero. Y las vacaciones son tu merecido descanso. En la costa. Nada de lujos, por supuesto. Un departamentito a dos cuadras del mar. Los jueguitos electrónicos a la tarde para el nene. Es lo mínimo que merece tu familia. 

Avanzás unas cuantas cuadras más. Hay otro semáforo. Ahí viene uno de los pibes esos que lava los parabrisas. "No maestro", le decís, "ya di", aclarás para que no te mire feo. Sí, ya le diste al nene el medio paquete de galletitas. Y volvés a pensar en esos padres de porquería que dejan a los pibes solos en la calle. No tienen vergüenza. 

Llegás a tu casa. Temprano porque saliste antes de la oficina. Prendés la tele. Te muestra la manifestación de los sin techo. "Estos vagos pide-planes. Otra cosa no saben pedir, ¿por qué no van a trabajar?". Tu hijo te mira. Vos lo mirás también. Recordás al nene de hoy. Vos sos diferente. A vos no te dan nada, te lo ganás cada día y por eso podés mantener a tu familia. Aunque sabés que un conocido te ayudó a entrar al laburo cuando la cosa estaba difícil. "Me lo debía". Sí, te lo debía. Y vos no debés nada, claro.

Por un segundo pensás que ese nene no puede llegar a su casa sin las moneditas necesarias. Que por eso se queda hasta más tarde en la calle pidiendo. Al llegar a casa, sano y salvo de casualidad, le de las pocas monedas que juntó a su mamá. Ella salió a vender flores pero como es grande no le compraron nada, porque no da lástima. Junta la plata del nene, de ella y la del papá que lava los parabrisas de los autos y que varios hoy le dijeron "No maestro, ya di" y con lo poco que tienen compran un cuarto de alitas para hacer un guiso para los cinco que son. 

Sí, por un segundo lo pensás. Pero lo descartás enseguida. No, los padres deben estar tirados en el piso, borrachos, inconscientes. Sí, esa idea es más probable. Por suerte le diste las galletitas al nene. Por suerte vos tenés laburo. Por suerte te valés por vos mismo. Por suerte le enseñás valores a tu hijo. Por suerte...

Autora: Soledad Fernández - Todos los derechos reservados 2018

miércoles, 22 de agosto de 2018

El cuarto de atrás




“No entres al cuarto de atrás…y por favor, buscá nuevos amigos, Carolina”.

Los papás de Caro viajaban frecuentemente. A veces por negocios, otras porque querían escapar de los recuerdos. Caro había tenido una hermana menor que había muerto prematuramente. “Muerte blanca”. Así habían dicho sus padres, aunque Caro jamás vio el cuerpo de la niña de 2 años. La velaron a cajón cerrado y su cuerpo fue cremado. Y carolina quedó sola, como única hija.

La niña sufría profundamente cuando sus padres partían. Ella quedaba a cargo de los sirvientes. Pero su soledad era más profunda: educada en casa, no tenía más amigos que Javier. Además, la casa se agigantaba para ella y sobre todo, se hacía enorme “el cuarto de atrás”.

“Jamás, pero jamás entres ahí. Sobre todo cuando nosotros no estemos. ¿Quedó claro Carolina?”. Ese cuarto había sido el cuarto de su hermanita y desde su muerte, nadie había vuelto a entrar.

Carolina se sentía amedrentada por semejante prohibición. Pero sobre todo por la falta de explicaciones acerca de por qué no podrían entrar “jamás, jamás”. El silencio era la respuesta a los interrogatorios de la niña, que no descansaba en pos de encontrar una explicación racional a las prohibiciones de sus padres.

Al principio hizo caso, pero en cuanto el tiempo le dio capacidades exploratorias y escurridizas más importantes, buscó la oportunidad única para saciar su intriga.

Y esa oportunidad llegó en la primavera de su décimo año.

Por supuesto, Carolina no iba a iniciar esta aventura sola. Tenía un cómplice y era el hijo de la cocinera, Javier, de nueve años. Totalmente influenciado por Caro que además de astuta, era muy bonita.

Javier era en ocasiones su mejor amigo, en otras cómplice y muchas veces un trapo de piso. O lo que fuera necesario para ella y su familia. Él fue quien había encontrado a la niña muerta cuando tenía seis y eso, decían sus padres, había traumatizado al muchacho, que apenas articulaba palabras. Los padres de la niña actuaron ignorando a esa criatura y más de una vez pensaron en despedir a sus padres aunque jamás dieron explicaciones del porqué. Tal vez por el comportamiento de los empleados, quizás el niño les recordaba el triste día. Pero lo cierto era que la familia seguía sirviendo a los papás de Carolina, y Javier apenas se comunicaba luego de aquel evento. Y solo lo hacía con la niña…

―Vamos Javier. Acompañame que necesito tu ayuda.
Javier dejó de inmediato los autitos con los que estaba jugando y fue junto a su amiga. Ella se lo llevó al pasillo y señalando disimuladamente la lejana puerta, dijo:
―Hoy, luego de la cena vamos a ir al cuarto de atrás.
Lo dijo susurrando para que ninguno de los adultos escuchara. Lo dijo en complicidad para que Javier se sintiera cómodo con la decisión de transgredir las normas de la casa.
―Pero está prohibido, Caro…
―Vos ¿no querés ir? Acordate que vos me pusiste la idea en la cabeza
―Pero eso fue en el verano…pensé que…
―¿Qué pensaste?
―No me mires así…
―Tenés miedo ¿no?
―No
―¿Entonces?
―¿Y si hay un fantasma o algo peor?
―Ssshhh vamos a ir y punto…y si hay fantasmas serán los de mi hermanita… ¿qué mal puede hacernos?

Así se dio el tema por cerrado. Carolina estaba molesta porque después de todo, Javier había sido quien insistentemente quiso entrar luego del drama familiar. A ella primero le había parecido morboso, pero luego, sumado a las prohibiciones, le pareció que quizás el cuarto si tendría algo que demostrar. Un fantasma tal vez o algo mejor: su hermana viva y secuestrada porque alguna deformidad horrible había aparecido luego de la “supuesta” muerte. Sí, Caro sabía que ya no había vuelta atrás. Ambos niños lo sabían.

Cenaron juntos en silencio. Como dos niños buenos y educados. Luego de eso, de lavarse los dientes y simular dormirse cada uno en su cama, se encontraron en el hall en el momento en que la casa estuvo en silencioso sueño. Afortunadamente para ellos había una luna grande y clara, y su luz entraba por las ventanas del pasillo del segundo piso de la casa. No necesitaron prender linternas. Se veía cada rincón del lugar y sobre todo, la puerta del cuarto de atrás.

En silenciosa marcha llegaron hasta ahí. Carolina estaba nerviosa. Después de tanta espera estaba frente a ese destino prohibido y tantas veces negado por su padre y su madre.

Luego de que Javier le entregara la llave que le había robado al ama de llaves, Carolina lo dejó en el olvido. Él ya había cumplido con su parte y ya no era necesario. Ella era la dueña del futuro, del fantasma de ahí adentro y de la gloria de poder contar la historia de cómo había sobrevivido a un cuarto hechizado. Estaba extasiada.Giró el picaporte y la puerta se abrió ofreciéndolea la niña una habitación vacía. ¡Qué era eso! Un chiste tal vez. Carolina entró para constatar que nada había, ni siquiera la cuna de su difunta hermana. Todo lucía muy pulcro, muy blanco y muy normal. Desesperada por la desilusión fue hasta la ventana. Tenía muchas ganas de llorar, porque las expectativas habían sido enormes. “Javier, vos dejaste que me ilusionara con esto.”, dijo pero no hubo respuesta.Solo el golpe de la puerta al cerrarse con brusquedad. Carolina, sorprendida se dio vuelta y ahí mismo vio el secreto que guardaba el cuarto. Frente a ella, Javier estaba con un cuchillo. Para cuando Caro entendió de qué se trataba, el acero había atravesado su estómago. Solo pudo notar la maldad en los ojos de su trapo de piso, amigo y cómplice, y entendió que su hermanita no había muerto de causas naturales. 

Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2018

domingo, 5 de agosto de 2018

En esta casa llena de fantasmas




Ambas hermanas se  miran. Carla y Camila. Gemelas idénticas, frente a frente mientras el tiempo se congela en un suspiro. Carla llora de emoción mientras Camila camina por la casa. 

―Estos pasillos…corrimos por acá tantas veces que aun puedo sentir el repiqueteo de nuestros zapatos de charol sobre el piso de parqué. 

Carla sigue a su hermana, en silencio, como siempre hizo. La abruman sus sentimientos, los recuerdos de su infancia. Siempre fueron compinches, pero Camila era la que las guiaba y Carla simplemente iba detrás, como ahora. La extraña tanto, que apenas puede articular alguna palabra. 

―Ya sé. No lo digas. Sé que pensás en mí desde que me fui. Pero ahora estoy acá de nuevo, con vos. 

Las dos caminan por la casa que las vio crecer. Si se esfuerza un poco, Carla puede sentir los olores del pasado. La calidez de la primavera en casa de la abuela. Ahí crecieron felices, luego de que sus padres murieran en un accidente. Eran tan chicas, que apenas puede recordar la cara de su mamá. 

―¿Y qué hiciste todo este tiempo?
Carla mira a su hermana, otra vez. Incrédula siente que sus manos tiemblan y la boca se le traba.
―Yo…
―Además de extrañarme, digo ―Camila ríe a carcajadas. Su risa resuena en la vieja casa, en los rincones amarillentos y en las vigas de madera oscurecida.

Una brisa entra por la ventana del comedor. Por un momento breve, los años retroceden. Todo retoma el tiempo de antaño: la abuela amasando, el abuelo leyendo el diario del domingo. Las hermanas jugando en el jardín con sus muñecas. Iguales, como ellas. Carla se detiene. El peso del pasado aprieta su alma, la exprime. Como siempre. 

―Me dejaron sola…todos ustedes me abandonaron.

Camila se frena. Su hermana tiene razón y ella lo sabe bien. Primero los padres, luego los abuelos. Los abuelos esperaron a que las hermanas alcanzaran la juventud. Luego de que las chicas cumplieran 18, partieron ambos, de vejez. Camila los encontró en su cama una mañana de abril. Y la tristeza hizo lo suyo con ella, (con ambas hermanas en realidad). 

―Lo sé. Fue triste ver a los abuelos ahí, dormidos y muertos. Me partió el alma.
―Y te fuiste a conocer el mundo. Sé que lo necesitabas. Tenías que irte y recorrer la vida, los lugares. Pero me dejaste sola, acá. En esta casa llena de fantasmas.

El silencio las envuelve, mientras que la noche se hace plena y la oscuridad dibuja caprichosas imágenes con la luz de la luna. El viejo reloj de cu-cú da las diez. La caminata de las hermanas se reanuda, con la misma cadencia de antes. Al compás de los segundos detenidos y olvidados. Esos que pasan desapercibidos cuando uno es chico y todo le parece eterno. De esa manera, en la que se transcurre la niñez, lentamente, ellas transitan la casa ya deshabitada.

―Decime, te ruego, ¿cómo estuviste todo este tiempo?
―Triste, estuve. Esperando verte entrar por esa puerta. Esperando noticias tuyas que jamás llegaron. Y hoy aparecés de la nada. Quizás porque te mandan a buscarme o porque quisiste hacerlo. No sé. Sé que viniste y me hablás como si nada hubiese sucedido.
―Te pido perdón…
―Yo también. Porque no pude con mi dolor. No pude con los recuerdos y me rendí…me rendí y acá estás. Aprecio que hayas venido, Camila. De verdad. Pero no sé si merezco ir con vos.
―Estoy acá porque lo merecés. Porque sé que te dejé sola con semejante dolor….
―Entonces, ¿me querés ver?
 
Camila asiente. La sigue a la habitación principal, despacio, dudosa.Sabe que va a ser doloroso ver el cuerpo sin vida de su única hermana



Autora:  Soledad Fernández (Misceláneas de la oscuridad) - Todos los derechos resrvados 2018