"Les contaré que no estaba bien visto que una mujer
viviera sola aún siendo viuda. Temían por mi entereza, por mi estado mental…en
fin, yo me debía casar nuevamente…en esa época, donde tenía 20 años, extrañé a
mi madre…
Entonces, tuve que buscar marido. Afortunadamente,
la juventud es un arma poderosa y por ello no escasearon candidatos. Mi padre
participó, una vez más en la elección y unos seis meses después ya estaba
casada con mi segundo esposo. Un hombre viudo también, que me llevaba unos 30 años,
padre de dos hijas. La boda fue modesta y sin mayores revuelos. Luego me mudé a
su casa, una pequeña mansión, ya que él estaba acomodado económicamente. Sus
hijas, ahora a mi cargo, estaban siendo educadas por una institutriz. Yo debía
supervisar su formación, tanto escolar como de sociedad. Disfruté mucho aquel
período y mi esposo de ese momento, que viajaba bastante, me brindaba mucha
libertad y tenía un muy buen trato para conmigo. Eso debo aceptarlo y
enfrentarlo. El hombre me trataba como a una princesa, lo cual dio paz a mi
alma atormentada.
Cuando mi esposo llegaba de los viajes de negocios,
sus hijas y yo preparábamos una bienvenida con varios arreglos y nos vestíamos
para la ocasión. Era una fiesta. Sin embargo, notaba cierto nerviosismo de la
más grande de las niñas, que no se explicaba por la emoción de ver a su padre
nuevamente. Es más, ella era más feliz cuando su padre no estaba. Quise
preguntarle que sucedía, pero no obtuve resultados. Así que decidí observar
atentamente que es lo que sucedía luego de que mi esposo llegaba de viaje.
Nada. Todo era bastante normal…
Una noche desperté de golpe y miré el lecho que
compartía con mi esposo, él no estaba allí. Me levanté y fui a ver si lo
encontraba en la biblioteca. Tal vez podía preguntarle a él si la niña tenía
algún trauma desde pequeña…Sin embargo, horrorizada observé que el trauma era
su propio padre. Al pasar por la habitación de ella, vi a mi marido salir de
allí como cuando lo hacía mi padre. Y a lo lejos escuché el sollozo de la niña.
Todo se transformo en asco y repulsión hacia este ser despreciable con el que
me había casado por segunda vez.
Y allí lo decidí, en ese momento. Así como mi
madrastra eligió no hacer nada al respecto cuando mi padre hacía lo que hacía
conmigo, yo actuaría en defensa de las únicas hijas que podría tener. Me
encomendé a Dios una vez más y le dije que era por un bien mayor. Si bien tenía
temor de que me estuviera equivocando, todos los signos estaban allí.
Se fue de viaje. Pensé, decidí. Al volver, preparamos
nuevamente el almuerzo para recibirlo. Yo me vestí de un rojo intenso, para que
él recordara el momento en el que su destino fue sellado. Coloqué un extracto
de veneno en la comida de él, más cantidad que en la de mi anterior esposo. Con
que lo dejara postrado, era más que suficiente. El almuerzo fue plácido, ameno
y casi silencioso. Una vez finalizado, como siempre, él se retiró a descansar
su siesta. Yo lo acompañé.
Intentó besarme apasionadamente. Sus manos
quisieron recorrer mi cuerpo, pero mis labios y todo mi ser destilaban
desprecio. Cuando lo notó, se asombró. Pero el asombro duró poco ya que comenzó
a tener arcadas violentas. Yo retrocedí. Se agarró a uno de los muebles, y un
vómito violento salió de su boca. Continuó vomitando una y otra vez hasta que
su cuerpo quedó sin fuerzas y en ese momento, lo acosté. Nunca más se levantó
de aquel lecho. En cada comida que él recibía en aquella cama, yo le colocaba
el extracto y una hora después
comenzaban los vómitos. Esto lo mantenía en cama 24 horas al día. Sus hijas
estaban tranquilas. Tenían una vida plena, ahora y eso me confirmaba en mis
actos. Yo no quise en ningún momento que muriese. Comenzó a adelgazar, a
demacrarse, a perder fuerzas. Una mañana, luego de unos 7 meses de postración,
lo encontré tirado en el suelo. Él se había ido. Con Dios o con el Diablo, no
podría decirlo. Pero esa mañana estaba muerto. El médico me dijo que una ulcera
estomacal previa habría estallado y debido a los numerosos vómitos, seguramente
su esófago no había resistido y se habría desgarrado. Entonces, su muerte fue
algo casi natural…Al parecer Dios decidió por mi…"
Autor: Miscelaneas de la oscuridad
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