miércoles, 3 de abril de 2013

El pecado



"Les contaré que no estaba bien visto que una mujer viviera sola aún siendo viuda. Temían por mi entereza, por mi estado mental…en fin, yo me debía casar nuevamente…en esa época, donde tenía 20 años, extrañé a mi madre…


Entonces, tuve que buscar marido. Afortunadamente, la juventud es un arma poderosa y por ello no escasearon candidatos. Mi padre participó, una vez más en la elección y unos seis meses después ya estaba casada con mi segundo esposo. Un hombre viudo también, que me llevaba unos 30 años, padre de dos hijas. La boda fue modesta y sin mayores revuelos. Luego me mudé a su casa, una pequeña mansión, ya que él estaba acomodado económicamente. Sus hijas, ahora a mi cargo, estaban siendo educadas por una institutriz. Yo debía supervisar su formación, tanto escolar como de sociedad. Disfruté mucho aquel período y mi esposo de ese momento, que viajaba bastante, me brindaba mucha libertad y tenía un muy buen trato para conmigo. Eso debo aceptarlo y enfrentarlo. El hombre me trataba como a una princesa, lo cual dio paz a mi alma atormentada.



Cuando mi esposo llegaba de los viajes de negocios, sus hijas y yo preparábamos una bienvenida con varios arreglos y nos vestíamos para la ocasión. Era una fiesta. Sin embargo, notaba cierto nerviosismo de la más grande de las niñas, que no se explicaba por la emoción de ver a su padre nuevamente. Es más, ella era más feliz cuando su padre no estaba. Quise preguntarle que sucedía, pero no obtuve resultados. Así que decidí observar atentamente que es lo que sucedía luego de que mi esposo llegaba de viaje. Nada. Todo era bastante normal…

Una noche desperté de golpe y miré el lecho que compartía con mi esposo, él no estaba allí. Me levanté y fui a ver si lo encontraba en la biblioteca. Tal vez podía preguntarle a él si la niña tenía algún trauma desde pequeña…Sin embargo, horrorizada observé que el trauma era su propio padre. Al pasar por la habitación de ella, vi a mi marido salir de allí como cuando lo hacía mi padre. Y a lo lejos escuché el sollozo de la niña. Todo se transformo en asco y repulsión hacia este ser despreciable con el que me había casado por segunda vez.

Y allí lo decidí, en ese momento. Así como mi madrastra eligió no hacer nada al respecto cuando mi padre hacía lo que hacía conmigo, yo actuaría en defensa de las únicas hijas que podría tener. Me encomendé a Dios una vez más y le dije que era por un bien mayor. Si bien tenía temor de que me estuviera equivocando, todos los signos estaban allí.

Se fue de viaje. Pensé, decidí. Al volver, preparamos nuevamente el almuerzo para recibirlo. Yo me vestí de un rojo intenso, para que él recordara el momento en el que su destino fue sellado. Coloqué un extracto de veneno en la comida de él, más cantidad que en la de mi anterior esposo. Con que lo dejara postrado, era más que suficiente. El almuerzo fue plácido, ameno y casi silencioso. Una vez finalizado, como siempre, él se retiró a descansar su siesta. Yo lo acompañé.

Intentó besarme apasionadamente. Sus manos quisieron recorrer mi cuerpo, pero mis labios y todo mi ser destilaban desprecio. Cuando lo notó, se asombró. Pero el asombro duró poco ya que comenzó a tener arcadas violentas. Yo retrocedí. Se agarró a uno de los muebles, y un vómito violento salió de su boca. Continuó vomitando una y otra vez hasta que su cuerpo quedó sin fuerzas y en ese momento, lo acosté. Nunca más se levantó de aquel lecho. En cada comida que él recibía en aquella cama, yo le colocaba el extracto y  una hora después comenzaban los vómitos. Esto lo mantenía en cama 24 horas al día. Sus hijas estaban tranquilas. Tenían una vida plena, ahora y eso me confirmaba en mis actos. Yo no quise en ningún momento que muriese. Comenzó a adelgazar, a demacrarse, a perder fuerzas. Una mañana, luego de unos 7 meses de postración, lo encontré tirado en el suelo. Él se había ido. Con Dios o con el Diablo, no podría decirlo. Pero esa mañana estaba muerto. El médico me dijo que una ulcera estomacal previa habría estallado y debido a los numerosos vómitos, seguramente su esófago no había resistido y se habría desgarrado. Entonces, su muerte fue algo casi natural…Al parecer Dios decidió por mi…"


Autor: Miscelaneas de la oscuridad

Melancolía

La casa estaba en completo silencio. La mañana recién asomaba por la ventana, cálida, primaveral. Era época de hormonas albo...