viernes, 17 de mayo de 2013

Y aún así, muerto



Acá estoy, encerrado en esta habitación, entre cuatro paredes llenas de olor a humedad. Solo, conmigo mismo. Siento un ruido y quiero decir “¿quién anda ahí?” Pero mi voz se ahoga en el terror que me invade, se queda trabada en mi boca seca por tanta adrenalina. Quiero pensar ¿porqué a mi? Pero eso no tiene cabida. Yo lo sé muy bien. Sé porque a mi. Lo merezco. Yo hice esto. Yo provoqué esta furia desenfrenada de las tinieblas. Yo desperté a la Bestia dormida.
Alguien camina allá afuera. Lo sé porque escucho sus lentos pasos. Se toma todo el tiempo del mundo en caminar. Quedamente. Con paciencia. Como yo hacía todo, lenta y metódicamente. Lo merezco y no. No debería ser mi hora. Sin embargo…Dejo apagada la luz para que piense que no hay nadie aquí. ¡Qué piense! Me causa gracia esta mente trastornada. ¿Qué va a pensar? Sólo busca sangre. Busca mi sangre fresca y culpable. Me huele y por más que yo no haga ruido, que respire en silencio, sabe muy bien y con gran precisión que estoy acá sentado. Sin embargo, por más que yo quiera, no puedo respirar en silencio. Si pienso o imagino cómo será el final, si visualizo mínimamente como lo hará, mi respiración se acelera y el golpeteo cardíaco y veloz me retumba en los oídos como campanadas anunciando mi muerte temprana. Y ese ruido ensordecedor no me deja pensar con claridad. Aunque ¿para qué quiero pensar? Quisiera terminar ya con esta agonía, que me encontraran ya y pudiera explicar que lo pasado está guardado allí, en el pasado. Pero no. Quiere mi sangre y la va a tener. Tarde o temprano me va a encontrar. Y por más que me quiera arrepentir no servirá y no es verdad. No me arrepiento. Hice todo con convicción. Yo le prometí a ella que me encargaría de ese ser despiadado que la acosaba y lo hice. Sólo para ganarme su amor. ¿Y que obtuve a cambio? Unas tímidas gracias y un casamiento con otro. ¡Con el hermano del muerto!

Otro ruido se escucha afuera. Me saca de los pensamientos del pasado y recuerdo que mi vida está llegando a su fin. Se escucha un ruido extraño. Un  ruido de algo metálico rasgando el suelo. Como cuando yo rasgué la garganta de ese hombre que hoy pienso, era inocente. Seguramente él estaba en medio de dos amantes y ella vio en mí la posibilidad, la oportunidad de usarme. Y lo hizo, por supuesto. Yo era como un perro faldero, dócil y estúpido y le dije: “Yo me encargo mi tesoro. No temas más. Jamás te va a molestar otra vez, te lo juro”. Y lo esperé una noche oscura. El cielo era negro como el corazón de mi amada. No había luna, porque la luna es sólo de los enamorados y allí no se desparramaría amor, sino sangre. Y la sangre se lleva bien con la oscuridad.

¿Qué pasa que no se escucha nada? Me arrastro hasta la puerta pero enseguida veo por debajo de ésta, la sombra de unos pies que se detienen y mi corazón hace un vuelco. Me duele el pecho. ¿Será ahora mi fin? Pero los pies se detienen y mi mente divaga.
Esa noche lo vi. Era un hombre joven, pequeño y casi bajito. Caminaba hacia su auto. No dudé. Tomé el cuchillo y le rebané la garganta. Y no pudo gritar pero si retorcerse del dolor. Como se retuerce una víbora en el suelo para avanzar. Se retorcía porque su cerebro de hombre bajito se quedaba lentamente sin oxigeno. Mientras hacía esto, mientras se desangraba y se desalmaba, se dio vuelta y me miró y vi asombro en su mirada. Asombro y pena. Aquel hombre era inocente y en ese momento lo supe. Maté a un inocente por un capricho de amor. Por un capricho de la mujer que aún amo. Y ella se casó con otro. En ese instante mi mente se trastornó. Perdí todo por nada. Lo metí en el baúl de su propio auto, con gran esfuerzo y me fui corriendo de allí.

Y acá estoy. Menuda desgracia la mía. Los pasos se reanudan. Ya puedo oler el olor de la muerte. El mismo olor que sentí cuando tomé la vida de aquel hombre inocente. Olor a sangre, olor a miedo, olor a infierno. Mi infierno. La puerta se abre bruscamente pero ya nada veo. Oscuridad como aquella noche. Oscuridad de muerte. El miedo venció al acero. Sin embargo lo que me espera es terriblemente peor.

El guardia pone la llave en la puerta y entra a la habitación 217 del manicomio estatal. Allí se encuentra con un cuadro dantesco: un hombre tirado en el suelo con la garganta cercenada, los ojos abiertos como platos y el terror pintado en la expresión. Mira las ventanas y están cerradas nada ni nadie pudo haber entrado allí. Y aún así, muerto…







Autor: Miscelaneas de la oscuridad

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