Mía era una
Joven mujer que transcurría por el mundo de manera acomplejada. Esos complejos
estuvieron siempre junto a ella, tanto que Mía no podría definir cuando habían
aparecido por primera vez, tal vez estuvieran desde su nacimiento. Su vida
transcurría detrás de un par de enorme gafas y de una computadora. Pasaba hora
tras hora y día tras día, en su casa. Su trabajo consistía en administrar una
página Web y debido a ello, todo giraba en torno a ese rincón de su casa, en el
escritorio de su comedor, donde al lado del monitor había colocado un florero
insignificante con una flor de plástico. Tal vez así sentía a la naturaleza más
cerca. Los pagos eran a través de un depósito, que ella manejaba también por Internet,
así que rara vez salía de su casa. Y aunque su trabajo era cumplimentado en
forma eficiente, la realidad era que no progresaba.
Su vida estaba
estancada y ella lo sabía. La falta de avance era en la totalidad de los
aspectos de su persona. Así como su trabajo se desarrollaba en casa, su vida
también acontecía en forma oculta y detrás de la computadora. No tenía familia,
amigos o novio. No recordaba siquiera, si había tenido alguna vez padres, lo
cual era algo difícil de creer, y sin embargo era real en su vida. De alguna
forma, ella se sentía excluida del resto
de las personas y creía que eso era la raíz de su complejo de inferioridad o
así lo definía en su monólogo interno. Pero en realidad era simple y llanamente
diferente al resto. Ni mejor, ni peor, solo diferente.
Mía era bella
a su manera. Sus rasgos eran delicados y su piel tersa y sin arrugas aún Sin
embrago, toda esta cuestión del diferente y la (auto) exclusión, la hacían ser
algo antisocial. Entonces, su único amigo era un gato llamado Félix. Félix
vivía con ella y le brindaba cariño a cambio de comida y refugio. Hasta se
podía decir que lo que había entre ella y su gato, era casi un contrato de
supervivencia. Y como él estaba castrado, no sentía necesidad de salir. Por lo
que era casi como Mía. El la observaba horas y horas en esa computadora. La veía
triste y encerrada, aunque ¿Qué sabría él? Solo era un gato.
Una tarde, el
cielo se oscureció de golpe, la electricidad se cortó y Mía se quedó sentada en
la oscuridad sin saber que hacer. Miró hacia la ventana. Esa ventana que hacía
mucho tiempo no miraba, con los vidrios empañados y los postigos envejecidos.
Donde telarañas enormes se habían tejido en el tiempo y miles de pequeños
insectos habían hecho de ese rincón, su hogar y ella ni siquiera se había
percatado de esa jungla que estaba a dos metros de distancia. Miró y vio una
luz intensa. Una bola de luz enorme que se acercaba a ella a gran velocidad. Se
paró y quiso cerrar la ventana, pero la luz fue más rápida que ella y la
impactó en el pecho, la atravesó y se disipó rápidamente. Mía cayó desvanecida.
Estuvo un par
de horas en el suelo, inconsciente y Félix, el gato, al verla allí se acurrucó
en ella y esperó a que su dueña despertara.
Mía despertó,
se levantó del suelo y se sentó en su silla de siempre. La luz ya estaba de
vuelta y ella dudó si realmente había sucedido algo más que su desmayo. No
sería la primera vez que luego de tantas horas detrás del monitor su percepción
de la realidad estuviera alterada. Miró la ventana y todo estaba en su lugar como
si nada. Dudó un instante más y decidió creer que todo había sido producto de
su imaginación.
Pasaron un par
de días y nuevamente algo extraño ocurrió. Estaba como siempre sentada en su
silla frente a la computadora y sintió un fuerte pinchazo en su espalda.
Primero pensó que una araña la había picado pero extendió su mano y, con
esfuerzo ya que casi no llegaba, se tocó en esa zona y no pudo palpar nada
anormal. Luego de la sensación de pinchazo, comenzó a picarle en el mismo
lugar. Ella intentó rascarse pero era muy dificultoso. Como la sensación iba y
venía, en algunos momentos del día pasaba horas escarbando allí, a pesar de
seguir trabajando en su computadora.
Tanto hurgó allí
a la altura de su omóplato, que un día sintió que se había formado una pequeña abertura
y se asustó. Esa perforación sangró, no mucho, pero lo suficiente como para que
Mía se preocupase más. Y para colmo de males, sintió el mismo pinchazo del otro
lado de la espalda.
A medida que
pasaba el tiempo, el orificio en la espalda le seguía molestando, ella seguía escarbando
y el agujero creciendo. Del otro lado de la espalda, también debajo del omóplato, otro agujero comenzó a constituirse.
¿Qué era esto que se le estaba formando en la espalda? ¿Cuántos orificios más aparecerían?
Mía tenía
terror de transformarse en un agujero. En desaparecer una tarde, así sin más. Y
no sería extraño que desapareciese. La cuestión era que además de su gato,
¿quién se daría cuenta de su ausencia? Esa realidad la golpeó en su corazón y
la entristeció aún más. Fue al espejo e intentó, con bastante esfuerzo, mirar
que era eso que tenía en la espalda. Pero sólo vio los agujeros, uno más grande
que el otro. Estaba por bajarse la remera, cuando notó que en el orificio más
grande y profundo, cuando ella se movía, se producía un pequeño destello. ¿Qué
sería eso? No pudo respondérselo. Pero siguió escarbando para agrandar el
orificio y ver mejor. Este trabajo se veía cada tanto, interrumpido por la
picazón del otro lado. Entonces, Mía dejaba ese orificio y comenzaba con el
otro. Sin embargo, era difícil llegar al destello.
Una tarde,
tanto buscar en esos orificios, sintió que tocaba algo así como una tela. Una
suave y delicada tela. Fue otra vez al espejo y se dio cuenta que de cada uno
de los orificios, asomaba una pequeña y
tornasolada tela. El color era entre azul y rosa, con destellos amarillos y
naranjas, todo dependiendo desde que lugar se lo mirara. “¿Qué es esto?” Pensó
Mía. Y ante el susto provocado por ver semejante espectáculo, se vendó
fuertemente todo el tórax. Tal vez fuese
una extraña enfermedad, pensó.
Durante un
tiempo, Mía llevó su tórax vendado y ambos orificios en su espalda dejaron de
molestar y ella ya no los sentía pugnando por avanzar, por profundizarse. Es
más, ella sintió que se estaban cerrando.
Pasaron unos
cuantos años y Mía dejó de usar la venda. Pero no mucho después de eso, una
tarde, volvió la picazón y ella comenzó otra vez a escarbar y como si el tiempo
no hubiera transcurrido, la tela salió por el orificio. Pero esta vez, era
enorme. Se miró al espejo y vio unos 10 centímetros de
algo que parecía una tela, pero que no lo era. Era demasiado suave para se
tela, demasiado hermoso para ser algo tan simple como una tela. Pero, ¿qué era?
“No soy lo suficientemente hermosa para este mundo…y encima esto”, se dijo
llorando. Las lágrimas brotaron de sus ojos durante largo rato y mientras tanto
ella seguía pensando en el rechazo del mundo hacia su persona. Tanta era la
pena, el dolor de su corazón y su pequeña alma agobiada que se hizo un pequeño
bollo, como si con eso pudiera desaparecer de este mundo tan cruel y
discriminador. Se encorvó sobre si misma y se transformó en una pelota humana,
allí en el baño, chiquita e insignificante, según su visión.
Una vez en el
suelo y así encorvada, sus orificios en la espalda se estiraron y como en un
parto, brotaron de allí dos enormes alas de mariposa, de colores tornasolados
bellísimos, que chispeaban con el movimiento. Eran tan grandes que podría si
quisiera, envolverse en ellas. Eran como un traje propio, salido de su espalda
y de una delicadeza y belleza extremas. Mía se levantó del suelo con cierta
dificultad y sin entender que es lo que estaba sucediendo. Se había
transformado en una bella mariposa gigante, por más extraño que eso pudiera ser.
Se dirigió a la ventana y vio nuevamente la luz, hermosa e intensa luz, pero
esta vez no le golpeó en el pecho. Esta vez la luz se acercó lentamente,
brillantemente y se transformó en otras tantas mariposas humanas que la venían
a buscar. Mía secó sus lágrimas, se recogió el pelo y notó que resplandecía,
como si de golpe se hubiera transformado en incandescente. Se despidió de su
gato con un tierno beso, extendió sus alas y se tiró por la ventana.
Autor: Miscelaneas de la oscuridad
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