La brisa nocturna tocó suavemente su rostro. Ella
la sintió fría, más fría de lo que recordaba. El largo vestido blanco que había
elegido para la ocasión se elevó delicadamente, flotando en el aire como si
fuera el atuendo de una bella bailarina danzando. Descalza, sintió el piso
helado bajo sus pies, pero no le importó. Miró al horizonte y el sol se estaba
pariendo a sí mismo, tímida e inexorablemente. Un pájaro voló rasante por
encima de su rostro como si no existiera su ser y eso la sorprendió bastante. ¿Qué
sería del mundo sin su presencia? ¿Cambiaría algo si ella ya no estuviese allí?
Su alma se entristeció de sólo contemplar la posibilidad de que nadie la
llorase.
A lo lejos divisó el lago del
pueblo y recordó a su amor. Recordó como él la hacía sentir y su corazón se
ensombreció ante la necesidad de latir junto a él. Allí sus manos y cuerpos
titubeantes, había conocido la pasión y el éxtasis por vez primera. Habían aprendido
a amar juntos cuando sus años jóvenes recién comenzaban, cuando apenas salían
de la niñez. Una pena gigante se sumó a las penas existentes en su historia y
reafirmó su decisión. Él había sido su primer y único amor y lo añoraba.
Un escalón. Las manos sudaban
tristeza y sus ojos se humedecieron, nublando todo lo que estaba frente a ella.
Entonces una lágrima brotó y rodó por su mejilla. Pero ella la limpió antes de
que llegara a su mentón con una brusquedad que denotaba bronca por flaquear. Como
castigándose por su debilidad. Su más grande amor había dejado este mundo luego
de años de sufrir y ella quería estar a su lado. No le interesaba cómo, debía
estar con él. Su pequeño corazón se había rendido ante tanta ausencia y ya no
podía llevar esa carga sola, era demasiado intensa y la decisión estaba tomada.
Otro escalón. El sol estaba un
poco más alto. Las nubes querían opacarlo y aun así no lo lograban. Un destello
le pegó en sus ojos y ella se sintió estar en comunión con el universo. Esa luz
maravillosa le dio una sensación que hacía tiempo no sentía: paz. Una paz
enorme y reconfortante se apoderó de ella. La acunó y le hizo una caricia.
Sintió las manos de su amor rozándole el rostro, un beso en sus labios que pudo
saborear con intensidad. Una lágrima más, pero de felicidad se escapó y ella la
dejó ser.
Un movimiento. Algo se movía por
primera vez. Algo muy vivo y precioso se estaba gestando, allí para ella, para
combatir su soledad. El último regalo de su amado. Una sensación de plenitud y
vitalidad renovada la detuvieron en su decisión. Algo en su vientre estaba vivo
y se movía. El sol venció a las nubes y destellos de miles de colores le
brindaron un espectáculo que ella pudo disfrutar. Otro rayo de sol perezoso la
tocó como un ángel piadoso y ella entendió. Había demasiado en su vida como
para dejarla. Entonces, lentamente descendió del pedestal de su muerte y se fue
a descansar.
Autor: Miscelaneas de la oscuridad
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