domingo, 5 de enero de 2014

Gloria, Amor y Muerte



Gloria no podía respirar. Sentía que su vitalidad se escapaba, se iba más allá aunque luchase y patalease para evitarlo. Ese brazo alrededor de su cuello era muy fuerte, mucho más que sus posibilidades y hasta sus ganas de vivir. Momentos de su existencia pasaron por su mente deprivada de oxígeno. Como si fueran flashes de una película, una intensa película vivida a medias y con dolor. Su madre acariciándole el cabello el día de su comunión, el minuto en que supo que su hijita venía en camino, la oscuridad. Siempre la oscuridad.

Tan solo unas semanas atrás Gloria pasaba sus días carentes de sentido y apesadumbrados. Se levantaba cada mañana con pocas ganas, desayunaba unos mates y alguna que otra tostada. Luego de ello, miraba la foto de su hija unos instantes. La miraba intensa y angustiosamente. Desde que la había dejado, desde que Luz había abandonado este mundo, Gloria sentía que su corazón se había transformado en tan sólo un órgano que llevaba recuerdos a todo su cuerpo. Los bombeaba a pesar de ella, a pesar de que quería olvidar.

Se acercaba el aniversario de la partida de Luz y como cada año, el agujero de su pecho se hacía más y más grande. Tendría que hacer algo. Inventar una distracción para evitar desear estar con ella, en el cielo o donde fuese que se encontrase. Sin embargo, sabía que llegado el momento, solo haría lo de siempre: iría al cementerio a leer poemas en la tumba de su hija, sabiendo que ella ya no los escuchaba. No como cuando era pequeña y en lugar de cuentos de princesas, quería que su mamá le leyese poemas de amor.
Luego de observar la foto, tomó las llaves del auto y se fue a trabajar. Gloria era secretaria en una empresa muy importante de Buenos Aires. Gracias a este trabajo y a la obligatoriedad de presentar una sonrisa y buena presencia, ella no había desaparecido de tristeza. En esas ocho horas y muchas veces más, ella no pensaba. Se convertía en una máquina que llevaba adelante tareas en forma óptima y sin errores. Sin sentimientos.
Pero esa mañana, Gloria tuvo un presentimiento y se estremeció en cada uno de los rincones de su cuerpo. El corazón le dijo que algo cambiaría en su vida y eso era extraño ya que, generalmente, su hija Luz era la que deliraba con esas cuestiones. “¡Estás loca!”, le decía Gloria cuando la adolescente le decía: “Tengo el presentimiento de que hoy vas a conocer al hombre de tu vida”, y le brindaba una sonrisa amplia que iluminaba su existencia. Se detuvo en lo que estaba haciendo, porque el sentimiento era fuerte y mucho más para ella que había estado anestesiada todos estos años. “¿Porque no habrás tenido el presentimiento de que esa noche…?”, pensó. Lloró cuando supo que su pequeña ya no volvería nunca más. Y ahora lo tenía ella, un augurio de algo por venir. Una imagen se hizo presente en su mente acongojada. Un joven muchacho. Un practicante de medicina que demasiado tiempo atrás la había invitado a salir. “¡Que gallina que fui!”, pensó en ese instante de pasado.   

Veinticinco años atrás, un accidente y una fractura en su tobillo la habían llevado al hospital y allí lo conoció. A él le faltaban pocos meses para recibirse. Era bello, alto e inteligente. Luego del encuentro médico, él deslumbrado por la belleza de Gloria, la había invitado a salir. En ese momento, ella se asustó. Estaba de novia, o al menos discursivamente ya que en breve planeaba dejarlo y le dijo: no. Simplemente no. Un monosílabo que cambió el rumbo de su historia, quizás la de ambos. Nunca más se volvieron a ver.
Pero en ese momento, ella se acordó de él. De lo que no había sido. Aunque no se arrepintió porque luego de esa negativa, su hija vino a llenar todos los rincones de su vida. Sin embargo, luego la dejó vacía otra vez.
Los días se sucedían. Se dirigían irremediablemente al abismo del aniversario y por más que Gloria intentase aferrarse a las horas y los minutos, estos transcurrían uno atrás del otro indefectiblemente como las gotas de una canilla mal cerrada. Entonces, un llamado telefónico la llevó a fluir.
-¿Hola?
-Gloria, soy Mariano, ¿te acuerdas de mí?
-¿Mariano…?
-…tu tobillo quebrado, ¿hace 25 años?
Y a Gloria se le hizo un nudo en el estómago. No podía ser verdad. Tan solo un par de días atrás lo había pensado. ¿Y si lo del sexto sentido era verdad? Lo volvió a sentir. Algo iba a suceder, ¿pero qué? La charla telefónica se tornó tan agradable que ambos quedaron en verse para seguir conversando. Sin embargo, algo aún daba vueltas en el estómago de Gloria. ¿Sería que se acercaba el aniversario? Así quiso creer ella.

Esa tarde de cita con Mariano, Gloria se arregló un poco más que de costumbre. Un poco porque el aniversario la opacaba y aun así quería estar diferente a cómo cada día se veía en la oficina. Se puso un vestido de flores rojas y se admiró frente al espejo. Su cabello negro caía sobre los hombros dándole un aspecto juvenil. Le recordó a su hija que era muy parecida a ella. Le recordó la noche en la que desapareció, cuando no volvió nunca más. También se había vestido de rojo y su cabello oscuro le remarcaba en extremo la palidez. “¿Y si me quedo?”, pensó. Pero instantáneamente se obligó a tomar la cartera y las llaves para salir de su casa.
Ya en el camino, Gloria se sintió mejor. Se animó y puso algo de música. Habían acordado encontrarse en un bar del centro. Ella iría con un vestido de flores y él con una rosa roja. En el instante en que llegó lo divisó a la distancia. Realmente los años lo habían tratado bien. Casi tan bien como a ella. Su cabello, que estaba todo íntegro en su cabeza, mostraba algunas canas en las sienes, resaltando sus ojos claros como el agua. No estaba excedido en peso y vestía muy bien. Gloria se alegró y hasta se animó a pensar en algo más que un café. Sin embargo, en el momento en que estaba por estacionar, una luz intensa aparecida de la nada la encegueció haciéndola perder el control de su auto. Un breve momento de nada, de tiempo paralizado y de una luz hermosa e intensa como nunca había visto antes se materializaron, haciéndola partícipe de una burbuja en el universo. Y de repente, todo se aceleró otra vez. Gloria terminó estacionando en la vereda con el corazón agitado del susto y con un gran griterío de la gente que paseaba por allí.
Luego de semejante acto de aparición, ella se quedó petrificada al volante sin poder moverse y con el corazón acelerado. Temió lo peor. A medida que fue reaccionando, comenzó a mirar a todos lados en busca de heridos o culpables. Todo estaba en orden. La gente continuó caminando como si nada hubiese sucedido, por lo que inhaló aire profundamente y estacionó lentamente junto al cordón de la vereda. Por fortuna, el galán que la esperaba ya estaba dentro del bar y se había perdido todo ese espectáculo, lo que la tranquilizó y le dio coraje para bajar.

Al bajar de su auto, Gloria miró a todos lados. ¿Qué había sido esa hermosa y extraña luz? Nada en aquel lugar podría haber sido fuente de tal aparición y el sol estaba aún demasiado alto como para atribuirle la culpa de su desatino. “Seguro fue algún reflejo”, se convenció mientras revisaba que todo estuviese en su lugar.
Una vez dentro del bar, las horas pasaron volando entre miradas y recuerdos, entre suspiros y silencios. Gloria sintió que su corazón latía con algo más que dolor y se animó a tener esperanzas. Luego del café y el charloteo, ella esperó que él dijese algo. Sin embargo, de forma más que caballerosa le dio un beso en la mejilla y se despidió con la promesa de llamarla. Y así lo hizo. Dos días después la estaba invitando al cine. Y Gloria de a poco fue pensando menos en el aniversario fatal y un poco más en su porvenir. Tal vez este año tendría después de todo, un entretenimiento para no pensar.
A la salida del cine, ya era oscuro y Mariano se estaba por despedir. Sin embargo, Gloria tomó coraje y lo invitó a tomar algo. Él la miró, mientras el corazón de ella palpitaba con la incógnita de su respuesta. Pero entonces, en el momento en que él abrió la boca para contestar, un rayo cayó del cielo y se impactó en un árbol que estaba junto a ellos. Gloria no pudo más que gritar del susto y Mariano, que se puso pálido, se despidió rápidamente de ella prometiéndole una vez más llamarla. Nuevamente Gloria se quedó boquiabierta, sin poder explicar el fenómeno vivido, sobre todo en una noche despejada como esa. Y de esa manera, simplemente volvió a su casa con más interrogantes que certezas.
“¿Y si es un aviso?”, pensó. Pero rápidamente recordó que ella no creía en esas cosas. Que su hijita del alma era la de los presentimientos y que a pesar de eso, nunca había vuelto luego de esa noche en la que se encontraría con Marciano. “¿Marciano? O ¿Mariano?”, no estaba segura. Pero daba lo mismo. Su mente jamás recordaba el nombre de los pretendientes de su hija. Además, esa vez no hubo premoniciones ni sextos sentidos.

Se fue a su casa. Abrumada de recuerdos y apabullada por los acontecimientos. Se maldecía a si misma por tanta mala suerte. Estaba casi segura de que Mariano no la volvería a llamar. Sobre todo por la cara de susto luego del rayo. “¡Parece que él si cree en los malos augurios!”, se dijo riendo. Y entró a la casa. Pero allí, sintió un escalofrío. Todo estaba a oscuras y silencioso.
Quiso encender las luces pero no había electricidad. Entonces, fue en busca de velas pero en el camino vio un resplandor proveniente del living. “¿Qué será?”, se preguntó Gloria con el corazón agitado. Y lentamente se acercó. El resplandor se fue transformando en una luz intensa y bella a medida que se acercaba. Hasta que estuvo frente a frente con lo que fuese eso y se dio cuenta que esa aparición era demasiado bella para ser maligna. Entonces, se serenó y escuchó una voz: la luz le habló con una melodía angelical que le llegó directamente al corazón. Le dijo que estaba en peligro y que debía salir de allí. Pero como Gloria estaba embelesada por tanta hermosura, la luz tomó la forma de alguien conocido por ella, alguien que extrañaba horrores. “Hijita…”, dijo y comenzó a llorar. Pero cuando la luz transformada en su hija quiso volver a hablar, un brazo salido de la nada tomó el cuello de Gloria impidiendo que respirase.
La lucha fue en vano. Entonces, ella cerró sus ojos y se dejó ir.

La luz se hizo más brillante e intensa, tomando la fuerza de miles de tormentas, y el tiempo se detuvo en ese breve instante. Luz vio el cuadro congelado en la que su más profundo sentimiento, su segunda alma, volvía a morir. Allí estaba su madre, con los ojos cerrados en el último segundo de su existencia. La veía porque el alma pugnaba por salir de su cuerpo moribundo como una luz rosada y triste. Y Mariano, ese monstruo que quería finalizar lo que había comenzado años atrás, era el responsable una vez más. Ella lo había conocido por unos amigos en común. Desde el primer momento sintió su corazón resentido. Y para cuando descubrió que ese resentimiento tenía un origen conocido fue tarde. Él se deshizo de ella y esperó pacientemente para reaparecer y terminar su camino de rencor: su madre.
“No intervengas”, le había dicho la fuerza superior. Pero, ¿cómo dejarla así? ¿Cómo no intervenir si era la vida de su mamá, la persona más importante de su existencia, la que estaba en juego? Intentó advertirle en varias oportunidades, pero fue en vano. Su madre no creía en esas cosas.
Sin embargo, en ese momento algo debía hacer. El tiempo no podría mantenerse congelado por siempre.
Entonces, una idea vino a su mente y la iluminó. Vio un adorno en la pared del living: una lanza que ambas habían comprado en un viaje al África. Recordó lo felices que estaban las dos el día que la compraron en ese puesto callejero de artesanías. Era como un presagio…Unos milímetros más allá…
El tiempo se descongeló. La luz se hizo increíblemente intensa dañándole los ojos a Mariano y obligándolo a retroceder. Tropezó con sus propios pies horrorizado por lo que sus ojos veían, hasta finalizar impactado en la lanza. En ese momento liberó el brazo y Gloria cayó al suelo.
Mariano murió en el acto y algo negro que su cuerpo emanó, fue inmediatamente atrapado por demonios del infierno que se lo devoraron mientras gritaba. La luz se acercó a Gloria y acarició su rostro. Ella abrió los ojos y vio a su hija, su Luz. Una lágrima corrió por su mejilla y Luz la tomó y la atesoró por siempre. Entonces, desapareció en el éter.

El aniversario llegó, pero esta vez Gloria no buscó escusas para ir al cementerio a leerle poemas, porque esta vez, estaba segura de que su hija la escuchaba con atención.






Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados


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