Gloria no podía respirar. Sentía que
su vitalidad se escapaba, se iba más allá aunque luchase y patalease para
evitarlo. Ese brazo alrededor de su cuello era muy fuerte, mucho más que sus
posibilidades y hasta sus ganas de vivir. Momentos de su existencia pasaron por
su mente deprivada de oxígeno. Como si fueran flashes de una película, una
intensa película vivida a medias y con dolor. Su madre acariciándole el cabello
el día de su comunión, el minuto en que supo que su hijita venía en camino, la
oscuridad. Siempre la oscuridad.
Tan solo unas semanas atrás Gloria pasaba
sus días carentes de sentido y apesadumbrados. Se levantaba cada mañana con
pocas ganas, desayunaba unos mates y alguna que otra tostada. Luego de ello,
miraba la foto de su hija unos instantes. La miraba intensa y angustiosamente.
Desde que la había dejado, desde que Luz había abandonado este mundo, Gloria
sentía que su corazón se había transformado en tan sólo un órgano que llevaba
recuerdos a todo su cuerpo. Los bombeaba a pesar de ella, a pesar de que quería
olvidar.
Se acercaba el aniversario de la
partida de Luz y como cada año, el agujero de su pecho se hacía más y más
grande. Tendría que hacer algo. Inventar una distracción para evitar desear
estar con ella, en el cielo o donde fuese que se encontrase. Sin embargo, sabía
que llegado el momento, solo haría lo de siempre: iría al cementerio a leer
poemas en la tumba de su hija, sabiendo que ella ya no los escuchaba. No como
cuando era pequeña y en lugar de cuentos de princesas, quería que su mamá le
leyese poemas de amor.
Luego de observar la foto, tomó las
llaves del auto y se fue a trabajar. Gloria era secretaria en una empresa muy
importante de Buenos Aires. Gracias a este trabajo y a la obligatoriedad de
presentar una sonrisa y buena presencia, ella no había desaparecido de
tristeza. En esas ocho horas y muchas veces más, ella no pensaba. Se convertía
en una máquina que llevaba adelante tareas en forma óptima y sin errores. Sin
sentimientos.
Pero esa mañana, Gloria tuvo un
presentimiento y se estremeció en cada uno de los rincones de su cuerpo. El
corazón le dijo que algo cambiaría en su vida y eso era extraño ya que, generalmente,
su hija Luz era la que deliraba con esas cuestiones. “¡Estás loca!”, le decía
Gloria cuando la adolescente le decía: “Tengo el presentimiento de que hoy vas
a conocer al hombre de tu vida”, y le brindaba una sonrisa amplia que iluminaba
su existencia. Se detuvo en lo que estaba haciendo, porque el sentimiento era
fuerte y mucho más para ella que había estado anestesiada todos estos años. “¿Porque
no habrás tenido el presentimiento de que esa noche…?”, pensó. Lloró cuando
supo que su pequeña ya no volvería nunca más. Y ahora lo tenía ella, un augurio
de algo por venir. Una imagen se hizo presente en su mente acongojada. Un joven
muchacho. Un practicante de medicina que demasiado tiempo atrás la había
invitado a salir. “¡Que gallina que fui!”, pensó en ese instante de pasado.
Veinticinco años atrás, un accidente y
una fractura en su tobillo la habían llevado al hospital y allí lo conoció. A
él le faltaban pocos meses para recibirse. Era bello, alto e inteligente. Luego
del encuentro médico, él deslumbrado por la belleza de Gloria, la había
invitado a salir. En ese momento, ella se asustó. Estaba de novia, o al menos
discursivamente ya que en breve planeaba dejarlo y le dijo: no. Simplemente no.
Un monosílabo que cambió el rumbo de su historia, quizás la de ambos. Nunca más
se volvieron a ver.
Pero en ese momento, ella se acordó de
él. De lo que no había sido. Aunque no se arrepintió porque luego de esa
negativa, su hija vino a llenar todos los rincones de su vida. Sin embargo,
luego la dejó vacía otra vez.
Los días se sucedían. Se dirigían irremediablemente
al abismo del aniversario y por más que Gloria intentase aferrarse a las horas
y los minutos, estos transcurrían uno atrás del otro indefectiblemente como las
gotas de una canilla mal cerrada. Entonces, un llamado telefónico la llevó a
fluir.
-¿Hola?
-Gloria, soy Mariano, ¿te acuerdas de mí?
-¿Mariano…?
-…tu tobillo quebrado, ¿hace 25 años?
Y a Gloria se le hizo un nudo en el
estómago. No podía ser verdad. Tan solo un par de días atrás lo había pensado.
¿Y si lo del sexto sentido era verdad? Lo volvió a sentir. Algo iba a suceder,
¿pero qué? La charla telefónica se tornó tan agradable que ambos quedaron en
verse para seguir conversando. Sin embargo, algo aún daba vueltas en el
estómago de Gloria. ¿Sería que se acercaba el aniversario? Así quiso creer
ella.
Esa tarde de cita con Mariano, Gloria
se arregló un poco más que de costumbre. Un poco porque el aniversario la
opacaba y aun así quería estar diferente a cómo cada día se veía en la oficina.
Se puso un vestido de flores rojas y se admiró frente al espejo. Su cabello
negro caía sobre los hombros dándole un aspecto juvenil. Le recordó a su hija
que era muy parecida a ella. Le recordó la noche en la que desapareció, cuando
no volvió nunca más. También se había vestido de rojo y su cabello oscuro le
remarcaba en extremo la palidez. “¿Y si me quedo?”, pensó. Pero
instantáneamente se obligó a tomar la cartera y las llaves para salir de su
casa.
Ya en el camino, Gloria se sintió
mejor. Se animó y puso algo de música. Habían acordado encontrarse en un bar
del centro. Ella iría con un vestido de flores y él con una rosa roja. En el
instante en que llegó lo divisó a la distancia. Realmente los años lo habían
tratado bien. Casi tan bien como a ella. Su cabello, que estaba todo íntegro en
su cabeza, mostraba algunas canas en las sienes, resaltando sus ojos claros
como el agua. No estaba excedido en peso y vestía muy bien. Gloria se alegró y
hasta se animó a pensar en algo más que un café. Sin embargo, en el momento en
que estaba por estacionar, una luz intensa aparecida de la nada la encegueció
haciéndola perder el control de su auto. Un breve momento de nada, de tiempo
paralizado y de una luz hermosa e intensa como nunca había visto antes se
materializaron, haciéndola partícipe de una burbuja en el universo. Y de
repente, todo se aceleró otra vez. Gloria terminó estacionando en la vereda con
el corazón agitado del susto y con un gran griterío de la gente que paseaba por
allí.
Luego de semejante acto de aparición, ella
se quedó petrificada al volante sin poder moverse y con el corazón acelerado. Temió
lo peor. A medida que fue reaccionando, comenzó a mirar a todos lados en busca
de heridos o culpables. Todo estaba en orden. La gente continuó caminando como
si nada hubiese sucedido, por lo que inhaló aire profundamente y estacionó
lentamente junto al cordón de la vereda. Por fortuna, el galán que la esperaba
ya estaba dentro del bar y se había perdido todo ese espectáculo, lo que la
tranquilizó y le dio coraje para bajar.
Al bajar de su auto, Gloria miró a
todos lados. ¿Qué había sido esa hermosa y extraña luz? Nada en aquel lugar podría
haber sido fuente de tal aparición y el sol estaba aún demasiado alto como para
atribuirle la culpa de su desatino. “Seguro fue algún reflejo”, se convenció
mientras revisaba que todo estuviese en su lugar.
Una vez dentro del bar, las horas
pasaron volando entre miradas y recuerdos, entre suspiros y silencios. Gloria sintió
que su corazón latía con algo más que dolor y se animó a tener esperanzas.
Luego del café y el charloteo, ella esperó que él dijese algo. Sin embargo, de
forma más que caballerosa le dio un beso en la mejilla y se despidió con la
promesa de llamarla. Y así lo hizo. Dos días después la estaba invitando al
cine. Y Gloria de a poco fue pensando menos en el aniversario fatal y un poco
más en su porvenir. Tal vez este año tendría después de todo, un
entretenimiento para no pensar.
A la salida del cine, ya era oscuro y
Mariano se estaba por despedir. Sin embargo, Gloria tomó coraje y lo invitó a
tomar algo. Él la miró, mientras el corazón de ella palpitaba con la incógnita
de su respuesta. Pero entonces, en el momento en que él abrió la boca para
contestar, un rayo cayó del cielo y se impactó en un árbol que estaba junto a
ellos. Gloria no pudo más que gritar del susto y Mariano, que se puso pálido,
se despidió rápidamente de ella prometiéndole una vez más llamarla. Nuevamente
Gloria se quedó boquiabierta, sin poder explicar el fenómeno vivido, sobre todo
en una noche despejada como esa. Y de esa manera, simplemente volvió a su casa
con más interrogantes que certezas.
“¿Y si es un aviso?”, pensó. Pero
rápidamente recordó que ella no creía en esas cosas. Que su hijita del alma era
la de los presentimientos y que a pesar de eso, nunca había vuelto luego de esa
noche en la que se encontraría con Marciano. “¿Marciano? O ¿Mariano?”, no
estaba segura. Pero daba lo mismo. Su mente jamás recordaba el nombre de los
pretendientes de su hija. Además, esa vez no hubo premoniciones ni sextos
sentidos.
Se fue a su casa. Abrumada de
recuerdos y apabullada por los acontecimientos. Se maldecía a si misma por
tanta mala suerte. Estaba casi segura de que Mariano no la volvería a llamar.
Sobre todo por la cara de susto luego del rayo. “¡Parece que él si cree en los
malos augurios!”, se dijo riendo. Y entró a la casa. Pero allí, sintió un
escalofrío. Todo estaba a oscuras y silencioso.
Quiso encender las luces pero no había
electricidad. Entonces, fue en busca de velas pero en el camino vio un
resplandor proveniente del living. “¿Qué será?”, se preguntó Gloria con el
corazón agitado. Y lentamente se acercó. El resplandor se fue transformando en
una luz intensa y bella a medida que se acercaba. Hasta que estuvo frente a
frente con lo que fuese eso y se dio cuenta que esa aparición era demasiado
bella para ser maligna. Entonces, se serenó y escuchó una voz: la luz le habló
con una melodía angelical que le llegó directamente al corazón. Le dijo que
estaba en peligro y que debía salir de allí. Pero como Gloria estaba embelesada
por tanta hermosura, la luz tomó la forma de alguien conocido por ella, alguien
que extrañaba horrores. “Hijita…”, dijo y comenzó a llorar. Pero cuando la luz
transformada en su hija quiso volver a hablar, un brazo salido de la nada tomó
el cuello de Gloria impidiendo que respirase.
La lucha fue en vano. Entonces, ella
cerró sus ojos y se dejó ir.
La luz se hizo más brillante e intensa,
tomando la fuerza de miles de tormentas, y el tiempo se detuvo en ese breve
instante. Luz vio el cuadro congelado en la que su más profundo sentimiento, su
segunda alma, volvía a morir. Allí estaba su madre, con los ojos cerrados en el
último segundo de su existencia. La veía porque el alma pugnaba por salir de su
cuerpo moribundo como una luz rosada y triste. Y Mariano, ese monstruo que
quería finalizar lo que había comenzado años atrás, era el responsable una vez
más. Ella lo había conocido por unos amigos en común. Desde el primer momento
sintió su corazón resentido. Y para cuando descubrió que ese resentimiento
tenía un origen conocido fue tarde. Él se deshizo de ella y esperó
pacientemente para reaparecer y terminar su camino de rencor: su madre.
“No intervengas”, le había dicho la
fuerza superior. Pero, ¿cómo dejarla así? ¿Cómo no intervenir si era la vida de
su mamá, la persona más importante de su existencia, la que estaba en juego?
Intentó advertirle en varias oportunidades, pero fue en vano. Su madre no creía
en esas cosas.
Sin embargo, en ese momento algo debía
hacer. El tiempo no podría mantenerse congelado por siempre.
Entonces, una idea vino a su mente y
la iluminó. Vio un adorno en la pared del living: una lanza que ambas habían
comprado en un viaje al África. Recordó lo felices que estaban las dos el día
que la compraron en ese puesto callejero de artesanías. Era como un presagio…Unos
milímetros más allá…
El tiempo se descongeló. La luz se
hizo increíblemente intensa dañándole los ojos a Mariano y obligándolo a
retroceder. Tropezó con sus propios pies horrorizado por lo que sus ojos veían,
hasta finalizar impactado en la lanza. En ese momento liberó el brazo y Gloria
cayó al suelo.
Mariano murió en el acto y algo negro
que su cuerpo emanó, fue inmediatamente atrapado por demonios del infierno que
se lo devoraron mientras gritaba. La luz se acercó a Gloria y acarició su
rostro. Ella abrió los ojos y vio a su hija, su Luz. Una lágrima corrió por su
mejilla y Luz la tomó y la atesoró por siempre. Entonces, desapareció en el
éter.
El aniversario llegó, pero esta vez
Gloria no buscó escusas para ir al cementerio a leerle poemas, porque esta vez,
estaba segura de que su hija la escuchaba con atención.
Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados
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