sábado, 1 de febrero de 2014

Letargo



Finalmente, una mañana de abril, perecí. Y no sabía cómo ni porqué, al menos no en ese momento. Lo último que recuerdo es rojo, demasiado rojo y luego oscuridad. Mucho tiempo atrás, alguien me preguntó una vez si creía en el más allá y por supuesto yo le dije que no, pero hoy por hoy, ya no estoy tan seguro de esa respuesta.
No se entiende nada…mejor cuento las cosas como las fui viviendo. Y digo así porque hay cosas que están en una nube.

Luego de la oscuridad y de creerme absolutamente muerto, sentí un movimiento en todo mi cuerpo. Como si un rayo me partiese varias veces en dos. Y no paraba. No hubo dolor. Involuntaria y casi rítmicamente me arqueaba en una contracción que dominaba cada una de mis fibras musculares. Entonces, en ese instante vi cómo se dibujaba en ese mar de nada, un pequeño y denso punto blanco. Minúsculo, casi imperceptible pero presente y luminoso como una estrella concentrada en sí misma y a punto de estallar. Creo que si no me hubiera concentrado en el punto, aún me encontraría perdido en esa oscuridad total. Mientras las descargas me seguían azotando, yo miraba el puntito que, con cada impulso convulsionado de mi cuerpo, se hacía más y más grande y brillante. Pero luego, bruscamente el punto desapareció y otra vez oscuridad.
Luego de un breve instante de nada, una nube oscura y densa, cual bocanada de humo negro y asfixiante, apareció y me comenzó a rodear; me sentí flotar en esa especie de tiniebla macabra, y volé ligeramente en ese océano. Bruscamente algo me frenó como por arte de magia y allí mismo, cientos de ojos rojos me observaron con ansiedad y deseos de atacar. Esto no parecía en absoluto lo que podría decirse “el cielo”, aunque tampoco se parecía a un infierno. “¿Sería acaso el limbo?”, pensé. “¿Me habría suicidado?”. Quién sabe.

Comencé a sentir mi cuerpo entumecido y noté que me encontraba suspendido en el aire, cual crucificado sin cruz. Los ojos rojos acechantes, acompañados de horrorosos rostros y dueños de enormes y afiladas garras, me olían con desconfianza. Era evidente que no pertenecía a ese lugar terrible, yo lo sabía y ellos también. Sin embargo, uno de ellos se animó a más. Mientras se acercaba sentí un aroma a cenizas entremezclado con un desagradable olor a perro mojado y en descomposición. Me asqueó y quise vomitar aunque no pude. Ese ser diabólico y dueño de semejante hedor, lenta pero decididamente se acercó a mi piel y la lamió probándola con lengua áspera y ardiente. Inmediatamente después de ello, como si todos esos seres compartiesen un único cerebro, al unísono se echaron sobre mí y comenzaron a devorarme. Sentí cada diente clavarse y desgarrar mi carne. Sentí el dolor lacerante de las mandíbulas rasgando mis huesos mientras el olor a sangre, mi sangre, invadía cada uno de mis receptores olfatorios y se mezclaba con el hedor pestilente de esos seres espeluznantes.
Cuando sentí que nuevamente moría, si es que eso era posible, una sensación de fuego recorrió cada rincón de mi cuerpo maltrecho. Entonces, el punto blanco que me había abandonado unos minutos antes, ahora se hacía enorme y luminoso borrando las tinieblas e incinerando a cada una de esas deformes y horrorosas criaturas.

Entonces, abrí mis ojos. Pero allí mismo vi con horror que un hombre enorme, vestido íntegramente de negro estaba parado sobre mí mientras yo yacía en el suelo con el terror instalado en mi corazón. Quise zafarme pero nuevamente estaba inmóvil. Lo miré con súplica y aunque no podía ver su semblante, porque la luz lastimaba mis pupilas y todo estaba borroso, supe a las claras que a pesar de lo que yo hiciese, intentaría matarme. Poseía un formidable bate de béisbol en sus manos amenazantes y por desgracia se hallaba a medio camino de encontrarse con mi cabeza. Cerré mis ojos en el preciso instante en que ese elemento iba a impactarme, y esperé lo peor, esperé el dolor. Sin embargo, miles de imágenes sobrevolaron mi conciencia maltrecha invadiéndola con otro tipo de dolor, uno que no era físico: unos ojos claros como el agua, una hermosa cabellera negra, ondulada y larga. Una joven y hermosa mujer llorando desesperada, observándome en una habitación que se presentaba borrosa y mal definida, y todo rojo a mí alrededor. Dolor.

Mi corazón se disparó de repente. La espera por el dolor físico que nunca llegaba y el rostro de esa hermosa y triste mujer hicieron que mi cuerpo pidiese auxilio a gritos aun con mis labios sellados. Mientras mis ojos continuaban cerrados y esperando el desenlace fatal en cualquier segundo, escuché una alarma chirriar desenfrenadamente, tanto que perforó mis tímpanos con su agudeza e intensidad. Esperé a que se terminase, pero seguía en su pitido frenético que me agitaba más y más. Me quise mover y salir de allí pero fue imposible. Me rodeaba una especie de amarras o algo parecido, aunque era extraño porque solo la oscuridad estaba a mí alrededor. Hice un esfuerzo sobrehumano y abrí mis ojos, y para sorpresa de mi marchita y dañada conciencia, estaba en una habitación. Sobre mi cuerpo sobrevolaban numerosos cables que se comunicaban con varios monitores ubicados sistemáticamente a mí alrededor. Me desesperé más pero alguien, vestido íntegramente de blanco y con el rostro cubierto con una tela blanca, se acercó lentamente y balbuceó algo que no pude entender a pesar de mi esfuerzo por escuchar ese murmullo. Nuevamente sentí un fuego en las venas que se expandió por cada rincón. Pero esta vez, en lugar de sacarme de la oscuridad, me sumergió en una densa niebla.
Nadé una y otra vez en esa espesura interminable buscando una salida que jamás se presentaba. La extraña niebla se metía en cada poro de mi piel, en las fosas nasales y hasta en mi boca. Era del color y olor del azufre y me acunaba provocativamente, aunque yo, desesperado, quería salir de allí porque sabía que si me quedaba... Cuestioné mis ganas de escapar ¿Y si sólo me dejaba llevar por esa nube de azufre? Pero entonces, mi piel comenzó a achicharrarse con el contacto de esa inexplicable bruma y se ampolló en cada milímetro de mí ser. Y esas ampollas explotaban y debajo de esas ampollas aparecían otras miles que volvían a explotar para dejar la carne al rojo vivo. Un dolor penetrante apareció en cada porción de mi cuerpo. Quería gritar, pedir auxilio pero mi garganta estaba cerrada, como si se encontrase trabada por algo. Lo cual me desesperaba aún más. Y bruscamente, silencio. Oscuridad.

No sé cuánto tiempo pasó, pero de repente sentí que mis ojos podían abrirse otra vez hacia ese lugar extraño y luminoso. Tal vez intentaría pedir auxilio otra vez. Tal vez intentaría quitarme eso de la garganta que impedía mi comunicación con el mundo blanco al cual quería llegar. Quería llegar allí per por otro lado me daba desconfianza. Sin embargo, ese sitio era mejor que la tiniebla de momentos antes. Hice un esfuerzo enorme, ya que los párpados me pesaban y un rayo de luz hirió mis ojos llenos de oscuridad. Los cerré nuevamente y parpadeé para acostumbrarme. Ahora sólo veía un techo blanco. Quise hablar pero eso atrancado en mi garganta persistía. Levanté mi mano. Pesaba una tonelada. Temblorosamente le eleve hasta la altura de mis ojos y la vi. Tenía una manguerita clavada en el dorso de mi mano con algo rojo entrando o saliendo de ella, quien podría saberlo. ¿Y si era presa de un experimento y estaban vaciando mis venas y mi cuerpo de sus elementos vitales? No sería raro. Esa cuestión siempre me había perseguido. El temor a morir injustamente, el temor a la traición de alguien cercano que me hiciera terminar así. Intenté no desesperar una vez más. Control. Autocontrol. Continué en la exploración de mi estado, de mi situación actual. Me toqué el rostro. Unas telas me lo tapaban. No pude sacarlas y no sabía que podría ser. Continué tanteando mi cara en busca de algo de piel pero nada aparecía y eso me provocaba dolor. Entonces lo toqué. Toqué algo de plástico saliendo de mi boca.

Mi corazón se aceleró, pero recordé que la última vez que eso había sucedido me habían sumergido a la oscuridad. No quería volver a ese terrible lugar. Ya no. Quería aferrarme a esa luz, a ese techo blanco y a mis vendas. Intenté respirar hondo aunque no pude. Me di cuenta de que algo me provocaba elevar y bajar mi tórax rítmicamente. “¿Qué es esto?”, me pregunté. Entonces supe que debía sacarme eso plástico de la garganta a como diera lugar.

Debía apresurarme y evitar que esa persona de blanco me enviase nuevamente en las tinieblas. Tomé con fuerza ese tubo. Con la mayor fuerza que mi frágil cuerpo pudo darme, tiré como si mi vida y la realidad de mi conciencia dependieran de ello. Un fuego incinerante se apoderó de mi garganta. Mi corazón se disparó nuevamente y mi mano temblorosa me mostró lo que tardíamente entendí que eso era: ese tubo plástico era lo único que me permitía seguir respirando en esa terapia intensiva. Lentamente el oxígeno se fue acabando y mi mente deprivada de su flujo elemental recordó: mí amada Leonora con alguien más. Sangre mucha sangre. Fuego y demasiado dolor.
Entonces volví a la oscuridad a ese letargo eterno donde los ojos rojos me esperaban con ansiedad. Sin embargo, esta vez supe que jamás volvería a despertar.




Autor: Miscelaneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

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