sábado, 29 de marzo de 2014

Relato innominado



Ella salió lentamente del río. El agua chorreaba por todo su cuerpo y a pesar de ello, no sentía el frio. Afuera, la escarcha había teñido cada rincón de la campiña de un blanco inmaculado, dándole al paisaje una belleza tétrica y sobrenatural. Y azul. Un contraste hermoso y jamás visto por sus ojos. Quizás por eso ella salía lentamente desde las profundidades del río. Quizás sólo quería admirar la belleza que la rodeaba, aunque en realidad, no estaba muy segura del motivo de su lánguida caminata.

Llevaba un hermoso y mojado vestido blanco que apenas se había manchado con lodo. En el ruedo, algunas caracolas se habían enlazado a la delicada tela de encaje italiano y colgaban como perlas marinas, como joyas acuáticas. Sus pies, que estaban blancos y descalzos, se movían con una lenta cadencia, sin apuros, sin objetivos. ¿Sabría a dónde ir? Al parecer, eso no era importante ahora. Las manos, arrugadas por el agua, llevaban unas flores perfectas y rojas. Rojas. El mismo color de la sangre que momentos antes derramó por la herida de su pecho. Una sangre que ahora era oscura y espesa, como los pensamientos que la habían asaltado instantes atrás, casi como por sorpresa.

Flashes de luz. El sol tibio en su piel. Un rostro lleno de amor la observaba con ojos grandes y sinceros. Estaba arrodillado. Un puente, el mismo puente. “Si…”, dijo ella sin titubear. No, nunca necesitó pensarlo.

Su rostro pálido mostraba unos bellos ojos azules. Su rímel, corrido por el agua aunque también por las lágrimas, le demarcaba sus órbitas realzando su antigua belleza; y aunque sus labios se encontraban de un lóbrego tono azulado, mostraban que otrora habían sido de un hermoso rojo carmesí. Y no mucho antes de su descanso perpetuo, habían dicho te amo a la única persona que ella se sintió capaz de amar.

Continuó caminando lenta pero firmemente, como si salir de allí fuese un designio inevitable y determinado por algo superior. ¿Tendría rencor? Esa era una pregunta que ahora no tenía respuesta. No sentía su corazón como para concebir alguna emoción nueva. Nada, vacío. Miró hacia atrás. El primer recuerdo que se cayó de su mente congelada fue una hermosa sensación. El aire en el rostro, mariposas en su estómago. Risas y más risas. “¡Más alto Lina, mas alto!” dos columpios, dos amigas unidas por el alma. Sintió una pena enorme, un vacío. Toda una vida juntas. Cerró sus ojos inertes. Se condenó por la dureza de sus memorias. Lo intentó una vez más y volvió el tiempo atrás, aunque no tanto. Hacia su pasado más reciente y el que alguna vez había sido su futuro. Y allí estaba él. El amor de su vida esperándola en el altar y ella, una hermosa y tensa novia.

Luz, mariposas, una brisa fresca de primavera. Su vestido era largo y blanco. Sus manos, entrelazadas, llevaban un buqué de rosas rojas y sus ojos claros apenas se veían a través de un velo de encaje bordado a mano. Sus zapatos, delicados como los de una princesa, la hacían caminar por un mundo perfecto.  Su mundo perfecto. Se casarían en un bello puente, adornado con flores blancas y moños delicados. En el mismo puente sobre el río, que era el lugar donde meses antes se habían conocido y el lugar donde él, su amor, le había propuesto matrimonio. Su felicidad había comenzado allí y, al parecer, también había sido el inicio de su fin…todo en ese mismo lugar.

Continuó con su lenta y forzosa cadencia. Un peso enorme, casi como una ancla enrollada en sus piernas, la hacía retroceder de a ratos provocándole esfuerzos sobrehumanos para continuar. ¿Qué había sucedido, si todo marchaba bien? Fuerza, pesar. Su lánguida caminata se hacía eterna y torturante. Se esforzó por recordar. La gente, su gente, allí en el puente de su destino, observándola. Eran pocos pero creyó que serían sus significativos, aquellos que la querían bien. Esas personas esperaban su pase triunfal a través de la alfombra blanca llena de pétalos de flores. Entonces el instante llegó. Las madrinas pasaron una a una, caminando. Su amiga. La única persona en la que realmente confiaba, su vida había estado más de una vez en manos de esa personita, y jamás se había equivocado. Ella caminó también hacia el altar, aunque con cierta duda. Lina era hermosa, tanto como la novia en ese momento. Ambas se miraron como cuando eran pequeñas. Una mirada cómplice cargada de mucho, de historia, de anhelos y esperanzas compartidas. Y allí lo vio. Un segundo furtivo. Imperceptible. Equivocado. Algo en los ojos de Lina le hizo pensar: ¿debería continuar con su caminata? ¿Debería casarse? ¿Era acaso el hombre correcto? Ella creía que sí. No, estaba convencida de que sí. Pero ¿y esa mirada? ¿Significaría algo? Todo había sido muy rápido. Antes de Max, sólo eran ellas dos y luego… bueno, luego de él Lina se había sentido intimidada. “Supe que así te sentías…pero yo nada podía hacer”, recordó como en un flah.

Miró hacia adelante. Solo había oscuridad y un abismo como un torbellino gigante. “¿Esto es el cielo?”, se preguntó apenada. Tal vez su vida había sido la de una pecadora. Tuvo miedo de lo que podría pasar de ahora en más. Miró su vestido. “Lo elegimos juntas. Me mirabas y no lo podías creer”. ¿Quién es ese caballero misterioso con el que te casarás, mi amiga?, había preguntado Lina. “Ya lo conocerás en la boda”, le replicó y un eco volvió a sus oídos ahora muertos y vacíos.

Sus pies continuaron pisando el suelo escarchado. Crujiente con cada paso como cuando era pequeña. Recordó a sus padres. ¿Llorarían ahora que no sería más? Tal vez sí. Tal vez esto era justicia poética por desobedecer el mandato familiar. Ella debía casarse con alguien designado por su padre. Con alguien de su rango y con la capacidad de enriquecer aún más a su familia. Y ella lo había plantado. “Tal vez, al verme vestida de novia, mi madre reconsidere…quizás entienda que lo más importante es mi felicidad… ¿no?”, le había dicho a su amiga. Sin embargo, Lina con apenas una mueca, le había demostrado la duda al respecto. ¿Por qué todos dudaban? Porque nadie la apoyaba, como ella tantas otras veces había hecho. Ahora, que se encontraba en otro lugar, en esa oscuridad que comenzaría a devorarla sin piedad, se daba cuenta de cuan en vano había sido su existencia. Había dado tanto y recibía tan poco.  

Miró el abismo oscuro frente de sí y pensó: “quizás deba saber cómo morí para ir a un lugar mejor”. Pero, ¿y si jamás lograba recordar? ¿Y si había cometido la palabra con S? Por desgracia si esa había sido su elección, estaría una eternidad en el limbo y jamás podría ser feliz. Aunque sin Max, la realidad era que no deseaba ninguna felicidad.

Agachó su cabeza mojada. El cabello negro chorreaba agua empantanada; mientras, caía casi con cierto capricho, sobre sus hombros. Pensó en él. No. Jamás se habría quitado la vida. Su último recuerdo era el paso lento hacía el altar donde Max se encontraba. Y él estaba allí. Lo recordaba. Junto a su mejor amiga que la miraba con ojos extraños. Miró su herida. El vestido estaba desgarrado allí, en el pecho, y tenía sangre oscura en los extremos de la tela. La habían apuñalado, eso era seguro y lo entendió. Pero ¿Quién?

Continuó caminando mientras observaba ese tremendo tajo. Y algo, un destello metálico la llevó al altar nuevamente. Entonces,  la oscuridad emitió un rayo de luz que se posó en su frente blanca y mojada, y sus pensamientos se aclararon.
“Queridos amigos…”, comenzó el padre con su discurso. Ella estaba perdida en los ojos de Max. Él, embelesado, le devolvió la mirada. Sí, era amor. El tiempo se enlenteció y dejó de ser. “Quien no esté de acuerdo con esta unión que hable ahora…”, escuchó como en una nube y un brillo metálico apareció detrás de ella. Entonces, una voz angustiada gritó “¡No te la vas a llevar!”. Un grito que estaba cargado de odio, de angustia acumulada y una mano armada con un cuchillo se dirigía a él, a su amor. Un segundo, breve, intenso, interminable. Ella se dio vuelta y vio con horror a su mejor amiga, con ojos inyectados de ira, con un mental determinante en sus manos y un objetivo: eliminar el obstáculo que se interpondría entre ambas. Pero esta vez el obstáculo fue ella y el cuchillo se incrustó en su corazón. Cayó de inmediato al suelo. Max lloraba mares y Lina…Lina se cortó la garganta.

“No llores, yo te espero del otro lado…se feliz mientras tanto”, le dijo a Max acariciando su rostro con el último latido de su corazón. A Lina, las sombras la invadieron. Esas mismas que ahora se abrían ante ella. Pero, ¿por qué seguían allí?

Entonces, de ese abismo interminable y negro que giraba casi como un portal, brotaron unos ojos conocidos. Unos bellos ojos, arrepentidos aunque condenados por toda la eternidad. Su Lina, su eterna amiga, su única persona, giraba perpetuamente en ese limbo. Ella se estremeció. Entendió que a pesar de estar así, en otro lado, sin su corazón batiente, su alma estaba intacta y apesadumbrada. Extrañaba a Max, lo extrañaba horrores, pero su alma sufría por Lina. Cerró sus ojos y la recordó feliz. La pensó feliz como cuando eran niñas, divirtiéndose, riendo a carcajadas. Y ese pensamiento fue el que eligió para recordarla y brindarle su perdón.

Y una luz maravillosa envolvió a la novia innominada y se la llevó.



Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2014




Melancolía

La casa estaba en completo silencio. La mañana recién asomaba por la ventana, cálida, primaveral. Era época de hormonas albo...