domingo, 8 de junio de 2014

Diabólica


 

 “Se necesita darle sangre al diablo para que nos haga caso”, me dijo ella esa mañana en el cementerio, provocándome un estremecimiento. Y aunque sé que son desvaríos de una trastornada, la sentencia dada por ella, de alguna extraña forma, tomó una certeza enorme y me afectó. Tanto, que desde ese momento, temo por mi alma.
Un cielo despejado, una luna enorme y estrellas…miles de ellas. Aquí, sentada en la galería de mi casa, como una década atrás, extraño las épocas junto a ella. Pero un recuerdo o algo más, anidó aquella noche mientras observábamos juntas las estrellas y el bosque, que se erigía frente a nosotras. Aquel recuerdo me estremece hasta la médula, y me sorprendo deseando que todo ese sentir volviese a donde pertenece: a un turbio y desdibujado pasado.

Clara es mi amiga desde corta edad, desde siempre. Ella es 27 días y 14 horas menor que yo por lo que, de una forma u otra, siempre me sentí responsable por su seguridad. Nos conocimos a la edad de 8 años y además de ilusiones, compartíamos el mismo barrio, la misma escuela, la vida entera. Con los años, nos hicimos cómplices de travesuras, confidentes de secretos de amor y suspiros por muchachos, nos hicimos inseparables.

Sin embargo, algo sucedió y cambió la vida de las dos para siempre.
La oscuridad cálida de verano, como en aquel entonces, me trae malos presagios. Mi corazón se dispara y mi mente se va lejos, a esa fatídica noche. Ella estaba allí, en esta mecedora vacía que hoy se hamaca, como entonces. Puedo escuchar su risa, esa carcajada que alegraba mi espíritu y lo transportaba a un mundo luminoso y feliz.

—¿Qué haré cuando te vayas a la universidad, Alba? Te voy a extrañar horrores —su mirada estaba triste como mi corazón. Yo me iba al día siguiente y sabía que esa separación sería terrible para mí, tanto como para ella.
—Existe el teléfono y además, los fines de semana, pienso venir a verte.

—Sí, pero no será lo mismo…
—Lo sé. Pensá esto: en solo cuatro años voy a estar nuevamente en este pueblucho y con un título. No te pongas triste.

Le acaricié el pelo y ella apoyó su cabeza en mi hombro. Un silencio se instaló entre ambas. De una u otra forma sabíamos que todo cambiaría luego de esa noche, aunque lejos estaba en nuestras mentes, el motivo del cambio.
—Qué hermoso está el cielo, Alba. Hace tiempo que las noches no se ven así: calmas, despejadas y llenas de estrellas. Es un presagio…algo va a pasar —dijo ella haciéndose la misteriosa, mientras sus ojos brillaban.

Siempre hacía eso. Así se expresaba y era el inicio de tontas charlas, sin sentido, aunque hilarantes. Era una especie de código para las pavadas. Extrañaría eso de mi amiga en la universidad, aunque luego de ese día, mi vida ya no tuvo la alegría picaresca e inocente de Clara, nunca más.  
—Es el anunciamiento de lo nuevo —dije yo ilusionada con los cambios venideros y poniéndome seria por primera vez en nuestras vidas.

Sin embargo, de pronto una espesa niebla se instaló en el parque y Clara me miró sorprendida, preocupada por la sentencia dictada por ella minutos antes. Yo me asusté, porque además de lo extraño presentí lo mismo que ella. Eso no era normal, para nada. Estábamos en verano y tan solo minutos antes, todo estaba despejado. A pesar de que no había siquiera una brisa, esa tiniebla se movía de un lado a otro, como si tuviese vida propia y, lo peor de todo, como si estuviese buscando algo. Provenía desde la profundidad de los árboles, del bosque que se erigía frente a la casa y se dirigía en dirección nuestra. Yo tomé la mano de Clara y la insté a que entráramos, pero ella estaba petrificada en la silla.
—Mirá…..allá —titubeó mientras que, con el dedo, me señaló los árboles. Entonces,  vi un par de ojos rojos acechantes.

—¿Qué es eso? —dije levantándome de la silla, aún sin soltar la mano de mi amiga.
—Es tan hermoso…vamos a ver —dijo Clara y se levantó ella también de la silla sin dejar mi mano.

Comenzó a caminar lentamente, como hechizada por esos ojos rojos que a la distancia observaban, sin moverse y sin mostrarse. Yo, que no estaba tan convencida de esa belleza, y con mi cabeza que daba vueltas, tiré de su mano intentando frenarla, pero ella se soltó a pesar de mi esfuerzo.
—¡No vayas Clara, quedate conmigo, por favor! —le rogué agarrándola del brazo.

Ella, sin siquiera mirarme, se zafó de mi mano y continuó con su paso firme mientras, en voz baja y algo grave, respondió:
—No pasa nada…él nos espera Alba…te quiere a su lado. Él me lo está pidiendo.

—¿Él? ¿Quién es él? No, por favor….no vayas. No sabés quién es. Podría hacerte algo malo…
La niebla se hizo más espesa aún y un tremendo hedor a azufre llenó el aire y mis pulmones. Mientras que Clara avanzaba, ya lejos de mí, la niebla se dirigía  hacia ella. Mi desesperación se apoderó de cada fibra muscular dejándome paralizada mientras ella se alejaba de mí. Y no pude avanzar, por más que lo intenté. Entonces, en un segundo la niebla la envolvió totalmente y la desapareció de mi vista dejándome sola en la oscuridad con el corazón contraído de terror.

Allí mismo, paralizada como estaba solo pude llorar por ella; parecía que nadie más estaba viendo aquella situación y me sentí abandonada por el universo. Reaccioné luego de un instante y desesperada entré a mi casa. En la sala miré a un lado y otro sin saber qué hacer. ¿Llamaría a la policía? Me creerían loca, de seguro. En medio de la consternación, caí de cuclillas al suelo, llorando por mi amiga, cuando miré la pared y una enorme cruz, con su Cristo colgado, pareció iluminarse. Sentí que algo me quería transmitir, entonces la tomé entre mis manos y comencé a rezar con todo lo que se me venía a la mente. Padres nuestros, Ave María, lo que se viniese a mi cabeza. Pensé en mi madre, deseando que estuviese allí y no trabajando como cada noche, y en ese desesperado delirio místico el tiempo se deshizo y la oscuridad sobrevino a mi conciencia.
Cuando abrí los ojos estaba en mi cama. Era ya de día y mi madre estaba preparando el desayuno. Podía escucharla en su ir y venir habitual. Caminé por la habitación y por la sala: al parecer todo era normal. ¿Habría sido un sueño? Tal vez, pero lo suficientemente intenso como para dejarme en shock. Sin embargo, no había tiempo para ello. Esa tarde partía hacia la universidad y todo eso quedaría en el pasado, como una anécdota tonta. O al menos, eso deseaba.

Desayuné en silencio, bajo la atenta mirada de mi madre. Temía preguntarle algo sobre la noche anterior y que con sus palabras confirmase mi temor, que mi amiga Clara estaba muerta.
En silencio, coloqué mis maletas en el baúl del auto y partimos. Sin embargo, algo se contrajo en mí al pasar por la casa de Clara, y un nudo se presentó en mi garganta. Mi madre, al notar mi abrumador silencio, frenó y me instó a que me despidiese de ella. Aunque lo que ella no imaginaba era que mi angustia no se debía solo a la separación, sino al miedo de que lo vivido la noche anterior fuese verdad y no un mal pasar onírico.

Bajé del auto y me dirigí a la entrada. Respiré hondo y aún antes de tocar, la puerta se abrió, mientras mi corazón desbocado de anticipación rogó que fuese ella la que apareciese.
—Hola Alba… ¿cómo estás querida?

—Me estoy yendo. ¿Está Clara? Quería despedirme…
—No cariño. Anoche volvió de verte bastante mal —mi corazón dio un vuelco y sentí que comenzaba a hiperventilar. Las manos me temblaban como si fuesen a acusarme de asesinato y mi cabeza pulsaba al son de mi agitado corazón. Evidentemente, todo había sido real.

—¿Mal? —Titubeé —¿Puedo verla?
—Cariño, ella se fue esta mañana a lo de su tía en el campo. Anoche volvió muy agitada por tu partida. Casi no emitió palabra, por lo que decidí que no verte hoy cuando te ibas, sería lo mejor. Yo le dejo tus saludos, ¿te parece? —y suspiré con esa declaración.

Me fui, aunque al retirarme, me pareció ver algo fugaz en la ventana del dormitorio de mi amiga: unos ojos rojos escarlata que hicieron que me estremeciese, como si hubiese visto al mismísimo diablo. Me convencí de que estaba alucinando y me marché de allí.
Me instalé en la habitación del campus de la universidad. De repente sentí que me había convertido en adulta, así de un día para el otro y fue difícil al principio. Sobre todo sin ella, sin mi Clara para consolarme. Además, durante largo tiempo, por las noches sólo pude soñar con esos ojos escarlatas que me seducían a la distancia y me hacían desear a su dueño, aún sin conocerlo. Pero al despertar me convencía de lo obvio, eran mis neuronas que se sentían culpables y pugnaban porque volviese al pueblo a buscar a mi amiga. Resistí y con el tiempo las pesadillas se aplacaron.

Los años pasaron y en mi corazón siempre estuvo la pregunta: ¿qué hubiera pasado si…? La distancia entre nosotras se hizo evidente. Yo llamaba cada fin de semana, pero su madre me decía que estaba descansando o que se había ido al campo y de a poco desistí de contactarla. Mi madre, que se daba cuenta de mi dolor, siempre me contaba algo acerca de ella, aun sin que yo preguntase. Así me enteré que su comportamiento se había vuelto errático y extraño.
—Hija, Clara no está bien…ayer la encontraron caminando desnuda en el bosque. Decía que debía darle sangre a Satán. Creo que la van a internar…

Y mi corazón sufría por la distancia, por haberla dejado sola. Según mi mamá, ya nadie sabía qué hacer con ella y habían llegado al punto de visitar a cuanto médico y curandero había en la ciudad. Yo vivía atormentada por ella, aunque no detuve mi vida. No podía hacerlo. Estudiar en la universidad era todo en mi vida. Había sido un gran sacrificio por parte de mi madre y no podía defraudarla, no por algo que no podía manejar. Sin embargo, nunca dejé de pensar en mi amiga.
El tiempo continuó su marcha y a la universidad le siguieron ofertas de trabajo y ya el retorno a mi pueblo fue una promesa rota.

Sin embargo, tuve que volver. Ayer perdí a mi querida madre y esta mañana la enterré. La noche está calma como hace diez años y las estrellas brillan con desmesura, provocándome aún más dolor. Y sé que fuiste vos quien hizo esto, porque sólo llevándote a mi madre sabías que volvería a ver a mi Clara. Y, que de esa manera, me volverías a ver. Lo sé.
La niebla comienza a brotar desde el bosque, como aquella vez. Allí, a lo lejos, los ojos rojos me observan impacientes, implacables. A mi lado, la silla comienza a mecerse sola mientras mi corazón se desboca del terror y mis músculos uno a uno se paralizan, inmovilizándome. Te veo caminar hacia mí con ojos vacíos. Entonces, sé que esa noche no fue un sueño. Te habías ido con él y esperaste todo este tiempo por mí.

—Él te quería a vos Alba….y yo tuve que reemplazarte. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué dejaste que eso me pasara a mí, tu mejor amiga? —Pregunta con voz bajita y grave —Se necesita darle sangre al diablo para que nos haga caso, ¿sabés? —dice en una sentencia y veo su mano sangrante, mientras los ojos rojos y el olor a azufre me invaden y se apoderan de mí, devorándome y llevándome a la eterna Oscuridad.
 

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

Melancolía

La casa estaba en completo silencio. La mañana recién asomaba por la ventana, cálida, primaveral. Era época de hormonas albo...