miércoles, 25 de junio de 2014

Un puntito


 
 

Él cerró sus ojos y un diminuto punto apareció de la nada, en la inmensidad su propia oscuridad. Un insignificante puntito luminoso, blanco y tan intenso como la energía del sol, aunque mil veces más sublime. ¡Era tan bello! Transmitía una infinita paz, invitándolo a que continuase con sus ojos así cerrados.

A medida que el tiempo transcurría, el punto fue cambiando, mutando. Se transformó en algo intenso, más bello, más poderoso inclusive que él mismo que lo estaba imaginando. Y en cierto momento, la pequeña esfera cobró vida: comenzó a moverse al ritmo de los latidos de su corazón, expandiéndose y contrayéndose. Parecía que dentro de sí, algo luchaba por salir, por nacer, por ser. Él, al no entender de qué se trataba, pensó por un instante en abrir sus ojos, pero ¿y si esa magia se rompía? Esa posibilidad lo frenó de inmediato y lo obligó a esperar. Tal vez, algo más divino aún se desprendería de ese punto y lo sorprendería. Aunque, su preocupación se centraba en la posibilidad de que ocurriese lo contrario; que quizás, detrás de eso hermoso y pacífico, algo diabólico se estuviese gestando, y su mente se viese invadida por algo terrible y dañino.

Su corazón se disparó y también lo hizo el punto blanco que latió desenfrenado, acelerando su proceso.
Pero algo lo distrajo: escuchó unos pasos que, a lo lejos, se acercaban a dónde él se encontraba. Algo frío y desagradable entró por uno de sus brazos y lo convenció de que el afuera era más adverso. Se serenó. Respiró hondo con sus párpados aún obturados y continuó esperando a que el foco luminoso pariese aquello que anidaba en su interior. Lentamente, como si el puntito supiese la anticipación de él, se agrandó más y más y más hasta convertirse en una mancha blanca y brillante. Era tan blanca y tan brillante que le hizo doler su cabeza. Sintió que sus neuronas no resistían tanta luz y otra vez estuvo a punto de desistir. Pero cuando ya no tuvo más espacio donde entrar, la mancha se contrajo bruscamente, haciéndose otra vez punto. Nuevamente era un puntito minúsculo, microscópico, concentrado sobre sí mismo, aunque luego de un instante, estalló en miles de millones de pequeños puntos.

Esos puntos recién nacidos, volaron en todas las direcciones posibles y probables. Migraron hacia arriba, atrás, a los laterales e incluso se dirigieron hasta aquellos lugares donde los ojos de él no podían seguirlos. Al viajar a tanta velocidad se convirtieron en pequeñas fibras luminosas ocupando todo el campo visual oscuro.

Él estaba extasiado con tanta belleza; algunos de aquellos puntitos se habían convertido en cintillas de colores brillantes: las había azules, rojas, naranjas y otras que simplemente quedaron blancas. Luego de aquel movimiento, serenaron la fuga y comenzaron a organizarse. Con un fondo oscuro, negro profundo, las lucecitas comenzaron a girar unas alrededor de otras, con caprichosa cadencia. Se perseguían entre sí en juego maniático y febril. A su vez éstas seguían a otras, como organizándose en algo que él no entendía, aunque disfrutaba sobremanera.

En un instante, un milisegundo o menos, se formaron espirales que giraban a alta velocidad. Parecían diminutos tornados que arrastraban millones de puntos en su interior, con hermosos colores entremezclados. Aunque en su centro, algo nuevo se constituyó: algo oscuro y peligroso. Y él lo supo porque observó cómo una de las incipientes espirales, se fagocitó a sí misma a través de este centro nuevo. El agujero negro, que se camuflaba en el interior de los remolinos, se había tragado entero uno de ellos y como consecuencia, había creciendo al instante. Momentos después, otra espiral era tragada y él se desesperó ya que, ese mundo mágico formado tan solo con un punto, lentamente se destruía. Pero, dentro de tanta catástrofe, algo le llamó la atención: en el otro extremo, sin siquiera notar lo que ocurría con ese agujero negro, una de las espirales se había organizado y giraba a un ritmo de vida.

Miró mejor y, como si sus ojos se transformasen en una lente de aumento, notó que se había diferenciado del resto caótico: en torno a un centro luminoso, pequeñísimas rocas giraban organizadas y a cierta distancia entre sí. Miró más cerca y vio mundos girando alrededor de un sol. De estos mundos, uno en particular, mostraba colores mágicos: verde como el agua, azul claro y rojo como el fuego. Agudizó aún más su vista y vio en ese nuevo mundo a miles de diminutos seres que, como hormiguitas, construían y destruían a una velocidad increíble. Creaban y recreaban su tierra con una organización milagrosa.

Otro ruido provino desde el afuera. El entorno estaba casi tan revolucionado como su interior y lo reforzó a cobijarse en su creación. Sintió de nuevo frío y luego, nada.

Se concentró en su universo alterno y autocreado. Observó que aquel agujero negro y amenazante no se había detenido. Todo lo contrario: había comenzado a devorar los otros puntos luminosos, y lenta, pero determinadamente, se acercaba a aquel sistema. ¿Sería el final? Tal vez, así como todo había iniciado con un puntito blanco, su opuesto, el gran punto negro, sería el fin de semejante creación. La oscuridad y el frío como final de una etapa.

Volvió a mirar aquella civilización: a estas alturas ya habían creado tecnología nueva, edificios altos, enormes represas. Sin embargo, su mundo ya no era tan brillante. Prevalecía el color ocre y todo parecía sucio o desgastado. Era el reflejo de un ambiente corrompido y saturado. ¿Cómo era posible? Si tan solo unos instantes atrás…reflexionó.

"¿Qué hago?", se preguntó "¿Y si destruyo el agujero supermasivo con mi mente?" Valía la pena intentarlo si quería salvar aquella civilización incipiente. Después de todo, él había creado el punto blanco y por consiguiente todo ese universo. Era un gran dilema el que se le presentaba; entonces lo supo: se había convertido en Dios. Él era un Dios Creador y como tal podía decidir el futuro de su universo y de los que allí moraban. Sí, eso haría. Salvaría esa microhumanidad que vivía en uno de sus mundos para así observar cómo se desarrollaba su historia, hasta donde eran capaces de llegar con la ayuda de su mano creadora. No eran como él, por supuesto, pero eran capaces de crear, de modificar su entorno. Sin embargo, recordó su última visión. Recordó cómo ese grupo de seres tecnológicos y sucios tenían la capacidad de destruir algo precioso y único: su Creación perfecta y resplandeciente. Habían destruido esa belleza que Él había creado; se preguntó, entonces ¿por qué ayudarlos? Y ¿si ese enorme agujero negro se los tragaba de una vez? Él podría comenzar de cero, con otro punto, cuando lo quisiese. Nada lo ataba a esa creación que tenía alta velocidad de destrucción. ¿Por qué, si se había creado espontáneamente, no podría destruirse para hacer algo mejor?

Enfocó sus ojos en la microhumanidad, en esos seres inmundos y destructores de lo bello. En esos instantes, el cielo que rodeaba ese punto magnificado era turbio. Si no desaparecían por el agujero negro, desaparecerían por su propia porquería. Los miró sin remordimiento. Ellos se destruían a sí mismos. No, no les tenía pena, se merecían ese final.

Mientras tanto, el agujero se acercaba determinante, comiéndose todo cuanto se encontraba a su alrededor. Lunas, planetas, cometas, nada se salvaba de ese poder oscuro y destructor. Sus ojos se repartían entre uno y otro extremo del universo. Segundo a segundo, todo cambiaba. Así vio que, en el último segundo, la micohumanidad luchaba sin darse por vencida. Ellos habían diseñado algo para limpiar el aire y ya no se veía todo tan sucio. Además, habían creado algo más grande y relevante: un arma gigantesca que era esgrimida al propio cielo. Había sido diseñada con la pretensión de destruir el agujero supermasivo. En cierta forma, él se sintió orgulloso de su creación: esos seres eran inteligentes y sabían redimirse y aprender de sus errores. Mientras él admiraba su creación, el arma fue fijada. Pero allí mismo, en ese momento determinante, sintió que alguien lo tocaba e intentaba que abriese sus ojos. “No”, pensó. “Esto es más importante. Ahora no por favor”, creyó balbucear.

El exterior se hizo lejano y eso ayudó a que continuase observando el arma que ya apuntaba al cuadrante en que el agujero negro avanzaba; y en el punto culmine fue disparada.

Una explosión supermasiva se comió al agujero entero, aunque en ese instante, no fue lo único que se destruyó. En aquel momento, miles de neuronas se desintegraron y el Creador dejó de ser.

Mientras esto sucedía, el médico que hacía las rondas se encontró con el hombre que se movía descoordinadamente en su cama. Lo tocó y lo llamó para que reaccionase, pero al parecer era presa de una convulsión y por más que intentó, no pudo salvarlo. Cuando los movimientos cesaron, el profesional solo pudo constatar que aquella mente estaba arruinada. En los estudios posteriores el hombre observó que aquel cerebro estaba tan dañado que hubiera sido imposible salvarlo. Parecía como si un rayo lo hubiese partido.

 Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

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