martes, 26 de agosto de 2014

Antes de que el metal lo atraviese






Si, esperanza fue lo que brevemente la invadió luego de que la casa la aplastase. Para huir de la tragedia, se pensó junto a él y su pequeño bebé, los tres juntos bajo un cálido sol de primavera, en la plaza de siempre. Con mariposas y pájaros y una vida bella y eterna.

Pero el llanto de su hijo era tan intenso que la trajo de vuelta a la realidad de forma brusca. Deseó poder tocarlo, abrazarlo, sentir su aroma. Sin embargo, tuvo que conformarse con saberlo vivo, a centímetros de ella, aunque inalcanzable. De repente algo a la distancia llamó su atención: una figura se acercaba hacia donde yacía. Sí… era él, su esposo, su compañero; esa imagen le provocó alivio y hasta cierta paz, serenando su corazón. Aunque algo la hizo recapacitar: esa imagen de Antón a la distancia… algo en él no encajaba. Sí, era él, pero… sus ojos tenían un particular brillo, casi maquiavélico, de otro mundo. Su cadencia, al caminar, tenía una maléfica parsimonia y lo delataba; estaba segura de que ese no era su esposo.

Se agitó en su prisión de escombros. ¿Y si el golpe le había dañado alguna parte vital de su cerebro o de sus ojos y por ello tenía esas visiones? “No”, pensó. Todo aquello que la rodeaba, la casa derrumbada, el dolor en su carne, nada de eso se encontraba alterado. Además, su niño seguía llorando a escasos centímetros, y ella no podía -por más que ansiaba-, llegar a él para consolarlo. Si fuese una ilusión, podría salir de allí, podría salvarse de una muerte casi segura. Lo único que no encajaba, era él. Ese no era Antón.

—Ayudame te lo ruego… por él —dijo mirando al niño.

Antón se detuvo y la observó; vio en ella una especie de desafío, un animal sufriente que así y todo, no lo conmovía, sino que le provocaba excitación, provocación. Entonces, levantó el carro con el bebé dentro, como si se tratase de una hoja de papel, y con inusitada violencia lo arrojó a los escombros. Silencio. Jane gritó con un desgarro en la voz y en el alma. Quiso morir, irse con su niño y con su verdadero amor. No con ese envase lleno de malignidad.

—¡Miserable! —gritó ella —¡Es solo un niño! Mal nacido hijo de…
—Bueno, bueno. No te alteres mamita —dijo acercándose a ella.

Sus ojos brillaron aún más, como dos faros llenos de perversidad, y un horrendo olor a muerte invadió a la joven atrapada. Él disfrutaba aquello y se divertía con el sufrimiento de Jane.

—No me digas lo que puedo o no decir, ¡maldita bestia! —gritó ella como si con eso lograse algo.

La ira y el odio se esparcían por cada rincón de su alma y se maldecía a si misma por estar atrapada y no poder matar con sus manos a ese engendro que había acabado con su pequeño bebé.

—No te alteres querida… siempre hay posibilidades de cambiar el curso de la historia… la vida es solo una sumatoria de pequeños e insignificantes momentos. Si uno de ellos cambia…

Y ella enmudeció. La contundencia de aquellas palabras no solo la golpeó, sino que la dejó con una certeza: la decisión estaba en sus manos. Su corazón palpitaba acelerado, tanto que creyó que se le saldría de su pecho. Su respiración estaba agitada e irregular. De repente algo caliente subió por su garganta y en un movimiento seco y brusco, borbotones de sangre comenzaron a emanar por su boca. Estaba mal herida. El aplastamiento llevaba ya mucho tiempo y entre la desesperación, el dolor y la furia, su cuerpo ya no tenía resto. Moriría en ese momento y en ese lugar. Miró a su verdugo y deseó fervientemente que nada de eso hubiese pasado. Y todo se volvió oscuridad.

Abrió sus ojos y una luz cálida le acarició el rostro, encegueciéndola momentáneamente. La risa de su hijito y su esposo la acunaron y cierto alivio se instaló en su espíritu. Parpadeó varias veces y allí estaba en su casa, junto a sus dos amores. “Fue un sueño”, pensó. Y se sintió feliz.

El tiempo pasó, día tras día, semana tras semana. Una mañana, luego de cepillarse los dientes, mientras se observaba en el espejo, una imagen oscura y de ultratumba apareció de la nada. Se vio a si misma de un blanco mortal, con ojeras y la piel acartonada. Trozos de su piel se estaban desprendiendo y debajo solo veía restos óseos. Era la imagen de un cadáver. Y detrás de ella Antón, pero no su esposo, sino aquel que una vez la visitara en el derrumbe. Quiso gritar pero su voz se evaporó en el nada misma. Se dio vuelta y allí pudo verse atrapada entre escombros, siendo invadida de gusanos y animales carroñeros. Las lágrimas brotaban de sus ojos, imparables. El olor a putrefacción la invadió otra vez y quiso vomitar. “Estoy enloqueciendo”, dijo mientras se tapaba el rostro con ambas manos. Se secó las lágrimas y cuando la náusea calmó, volvió a mirar a su alrededor y estaba otra vez en su baño. Miró con desesperación su rostro y estaba intacto, joven y bello, como siempre.

Salió de allí con el corazón atormentado y la vida continuó como siempre, solo que ella comenzó a sentirse más y más extraña. Los mareos y las náuseas se instalaron y se hicieron cotidianos, así como su preocupación. Entonces, ella y Antón fueron con un médico que la examinó y le hizo varios estudios.

—Felicitaciones, tendrán otro hijo... —dijo el hombre y a Jane se lo ocurrió ver un destello en aquellos ojos, un brillo que la horrorizó.

Se fueron de inmediato a la casa. Ambos estaban sorprendidos aunque no de la misma manera. Antón estaba feliz, pero Jane… Inmediatamente hizo las cuentas y algo no encajaba. La fecha de su embarazo coincidía con la de aquel extraño sueño que aún la atormentaba. “¿Y si no fue un sueño?”, se encontró pensando. “¿Y si ese hombre hizo algo…?”
—¿Estás bien, cariño? —dijo Antón y la sacó de sus cavilaciones.
—Si… bien. ¿Podremos arreglarnos? —dijo ella, algo ida.
—¡Por supuesto! ¿No te alegra esto? Si no lo querés podemos…
—No, por Dios… —se apresuró a decir y sintió una punzada en el bajo vientre que la obligó a sentarse.

“¡Qué extraño!”, pensó.

Las semanas comenzaron a sucederse y mientras el abdomen se abultaba, Jane empezó a desmejorar. Los días la encontraban en la cama con episodios de delirios que su esposo no sabía o podía manejar. De un día al otro los rezos y plegarias llenaron las horas del día, a pesar de que ella no se encontraba entre las que se definían como devotas religiosas; más bien había estado alejada de la iglesia por diversas cuestiones. Sin embargo, desde aquel evento de dolor en su vientre, Jane había obligado a su esposo a colgar una imagen de Cristo en la cruz en la pared de la habitación, así como varios rosarios y hasta una virgen. Él se preocupó aún más y lo habló con el médico.

—A veces la espera altera a algunas mujeres, no se preocupe —dijo el facultativo mientras observaba de lejos a Jane.
—¿No va a revisarla?
—No es necesario, su ecografía y los análisis están bien, solo tiene que descansar

Jane observaba la conversación desde la distancia de su delirio, mientras continuaba rezando. Los dolores en su vientre eran insoportables y ella tenía una seguridad que se materializaba día a día: estaba embarazada del mismísimo amo de las tinieblas, del Diablo.
Una mañana en la que sintió que su vientre se desgarraba por dentro, pidió por un sacerdote. Antón, desesperado, obedeció y trajo al Padre que los había casado. Ella y el hombre rezaron juntos durante largas horas, mientras los dolores se hacían lacerantes y le paralizaban sus piernas. Cuando finalmente la crisis pasó y ella se calmó, el cura se retiró a hablar con Antón. Aunque, sin que ellos supieran, Jane espiaba desde la habitación. Allí vio como el padre meneaba la cabeza en una negativa contundente. En ese momento supo que todo había sido en vano, que no había salvación. Entendió que solo tenía una salida y estaba en sus manos.

Mientras tanto, Antón despidió al sacerdote y de inmediato tomó el teléfono. Debía llamar al médico para comentarle la inquietud suscitada en la entrevista con el padre; pero entonces vio como Jane, arrodillada en la cama y rezando un Padre Nuestro, se clavaba un cuchillo en el bajo vientre.

Antón corrió desesperado hacia ella, como en una mala película de Hollywood, aunque ya era tarde. Ella cayó entre sus brazos y mientras agonizaba vio en Antón un brillo particular en los ojos; él le repetía una y otra vez cuánto la amaba y la necesitaba. Entonces, oscuridad.

Dicen que cuando hicieron la autopsia, el vientre de Jane estaba totalmente arañado por dentro y vacío, como si una fuerza poderosa hubiese quitado el feto antes de que el metal lo atravesase…

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

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