miércoles, 24 de septiembre de 2014

Catatónico





—Y vos ¿cómo sabés que no estamos muertos? —dijo pensativa la mujer.
—Ah… mirá que hablás pavadas. ¿Cómo vamos a estar muertos y no nos vamos a dar cuenta? —le respondió él, visiblemente enojado, ante los planteos seniles de su esposa.
—No me estás contestando…
—Yo qué sé… el corazón late, respiro, estoy vivo…
—Si… pero ¿y si todo eso es solo para despistarnos? Porque podría ser un truco, de muy mal gusto obviamente, de alguien o algo para hacernos creer que estamos vivos y, de esa forma, nunca podríamos descansar eternamente.

Al decir semejante sentencia, la mujer clavó sus ojos cristalinos en los de él provocándole una extraña sensación, un mal augurio quizás.
—Y ¿quién sería ese alguien? Tendría que ser una persona que se divertiría con solo vernos así, hablando estupideces.
—No sé, podría ser el Diablo, por ejemplo. El Diablo puede hacer lo que quiera, cuando quiera y como quiera. Así que podría, si lo quisiera, hacernos esto. —dijo señalándose a ella y a su esposo, alternativamente —Sí. Si quisiera podría hacernos creer que estamos vivos y en realidad…
—O sea que para vos esto, nuestro matrimonio, nuestra vida, es un infierno… —dijo el hombre claramente perturbado.
—No, el infierno no. Podría ser un limbo, uno de esos lugares donde uno ronda sin un porqué. En realidad creés que estás divagando, pero lo cierto es que estás muy muerto y ni lo sabés. Porque nunca te enteraste… o peor: nadie te avisó.
—Mmmm… no sé. Deberíamos habernos suicidado, ¿no te parece? Además, si el Diablo tuviera algo que ver con esto, alguno de los dos (vos o yo) deberíamos de haber pactado algo con él…o haber cometido varios pecados como para que se nos acerque… además, no vino ningún Ángel de la muerte a negociar o ni siquiera Dios para darnos la oportunidad de redimirnos… —él quería convencerla a toda costa de que la conversación no tenía pies ni cabezas.

Pero sabía que no lograría nada. Cada día era igual. Cada día había una situación inexplicable y tonta que le provocaba a ella una catarata de dudas. ¿Existe el mundo? ¿Existen nuestros nietos? ¿El mundo gira igual cuando vamos a lo de Marita? ¿Existe Dios? Y ya estaba cansado de tanta cosa. La amaba sí, pero era duro verla deteriorada. A sus sesenta y cuatro años, la mujer con la que se había casado tenía Alzheimer y, entre sus desvaríos, estaban estas cuestiones de la vida y de la muerte. Eso sin contar que ya no podía dejarla sola, porque más de una vez había dejado el gas abierto sin encender la hornalla. Y lo peor de todo era que esa mujer, que estaba tan llena de miedos, de dudas, de dolor y ansiedad, había sido una genio. Ella había poseído una mente brillante, aún en sus días más oscuros.

Suspiró. Ese sería su karma. No era que se sintiese culpable, aunque lo que sentía era muy parecido. A esa edad, a sus setenta y dos años, lo golpeaban sus indiscreciones de joven. Había sido bueno mozo y lo sabía tanto como ella. La diferencia fue que él abusó de su perfección y atractivo masculino, haciéndose el galán con más de una, incluso con la hermana de ella, Marita. Aunque con Marita la cosa se había puesto seria. En una época pensó que la amaba y hasta decidió dejar a su esposa por ella. Pero…
—…estás evadiendo mi pregunta. Como siempre, ¡como siempre no querés contestarme! Estás pensando en ella, ¿no? ¿Vos crees que no lo sé? ¿Vos te pensás que nunca lo supe? ¡Te odio! ¡Te odio! —gritaba la mujer sin parar; llorando a destajo.

Él se tapó la cara mientras un nudo en la garganta le impedía hablar. Respiró hondo y trató de serenarse. Después de todo, la presión arterial podía jugarle una mala pasada y no quería terminar otra vez en el hospital. Sí, estaba pensando en Marita. ¡Ella lo sabía! ¿Cómo era posible? Ella nunca pudo haberse enterado, habían sido muy cuidadosos. O eso creía él.

Luego de semejante desgaste ella cayó rendida y él la acompañó a la cama. La acostó como hizo alguna vez con sus hijos, la arropó y le dio un beso en la frente. “Yo siempre lo supe…”, suspiró ella mientras a él se le erizaban los pelos de la nuca.

Se sentó en la penumbra, en su sillón favorito. Pensó en Marita, en cómo la había dejado el día que su mujer tuvo el primer brote. Habían pasado casi diez años de ese tremendo día. Ella se había olvidado el gas abierto y casi se muere. Quiso recordar cómo la había salvado, cómo la había encontrado, pero sólo venía a su memoria Marita, hermosa y joven, jadeando junto a él. Ambos gozando el uno del otro, en su cama matrimonial. La misma cama donde había amado a su esposa, ahora senil.

“Qué olor extraño”, pensó de pronto. La cabeza comenzó a dolerle. Su visión comenzó a fallar. Todo a su alrededor se desdibujaba, lenta pero certeramente. Pensó que quizás el disgusto de esa tarde le había levantado la presión y quiso ir a tomar sus pastillas. Pero el cuerpo no respondió. Estaba petrificado, estaqueado en el sillón. Pensó otra vez en la discusión con su esposa y se convenció de que le estaba dando un derrame cerebral. ¿Qué sería de ella si le pasaba algo? Estaría sola, moriría de tristeza. Otra vez el olor a gas…

“¿Como sabemos que no estás muerto?”, escuchó una voz aguda y chirriante que sonaba por detrás. Miró a su alrededor. Marita estaba junto a él, joven, sonriéndole luego del éxtasis, mientras que él le jugueteaba recostado en la cama, desnudo, sudoroso. Entonces, vio una figura familiar que cerraba la puerta del dormitorio con llave, sellando aquella habitación sin ventanas, mientras un intenso aroma, desagradable, los invadía a ambos quitándoles el oxígeno necesario para vivir. ¡No! Quiso decir. Aunque ya no pudo hacer nada. Estaba nuevamente en su sillón, catatónico e inmóvil. Oscuridad.

Un pip rítmico se escuchó en el aire.

Ella observaba a su esposo, ahí tendido en la cama del hospital. A pesar del casi luto que llevaba y de sus más de cincuenta años, era una mujer atractiva. Le sostenía la mano y le hablaba a pesar de que el médico le había dicho, más de una vez, que no iba a haber cambios, que su cerebro estaba dañado por el gas que había inhalado. También le había repetido en más de una ocasión: “Tenés que estar contenta… le fue mejor que a la esposa”. “Sí”, pensó, “Su esposa… definitivamente le fue mejor que a Marita”. Y sonrió mientras cerraba tras de sí, la puerta de la habitación del hospital.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

Silenciosa e inmaterial.

Dicen que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen. ¿Será verdad?, me pregunto. ¿Será posible que esté aquí mismo, jun...