viernes, 5 de septiembre de 2014

Enajenada








 
—Así que sos médica… ¿verdad? —dijo el joven que se encontraba sentado frente a Mariana, desde hacía unos veinte minutos.
Ella había estado muy callada, más que otros días, más que en otras charlas. Eso era algo preocupante, a veces. No para ella, sino para quienes estaban con la joven, ya sean amigos o no.
Mariana era muy hermosa. Su tez pálida demostraba que los libros y el estudio siempre pudieron más. Aunque últimamente, había tenido tiempo al aire libre, por lo que muchos sospechaban que el sol en realidad, la esquivaba. Por supuesto ese era un pensamiento más de Mariana que de los otros, sin embargo, ello no quitaba que fuese bella, joven y pálida. Tenía apenas treinta y dos años y una dulzura en la mirada que rozaba con lo angelical. Sin embargo, su cabello era oscuro, como la peor de las noches, y largo hasta la cintura. Eso le daba un aire dark que no era intencional, pero que le sentaba bien.
—Si… ¿cuántas veces te lo tengo que repetir? Soy médica, me dedico a los niños, amo mi profesión. ¿Qué más querés que te diga?
Estaba contrariada y se le notaba no solo en discurso: se mordía las uñas, nerviosa, ansiosa. Cuando ya no le quedaba más para morder, seguía con la piel e incluso se provocaba un sangrado que, por lo general, era en el dedo índice. El dedo acusatorio.
—No te enojes…
—Me enojo porque siempre es lo mismo, siempre las mismas preguntas tontas y sin sentido.
—Sabés que es una rutina… ¿Dónde estamos ahora?
—En el hospital…
Al joven se le iluminó brevemente la mirada. Tal vez, después de todo, había algo de esperanza para ella. ¿Le daba lástima? Tal vez sí. Pero no estaba muy seguro de eso. Le gustaba observarla, a veces a la distancia, otras mientras ella dormía, por lo que, muy en lo profundo de su mente (que a veces era retorcida y oscura) deseaba que nada cambiase y que, de esa forma ella, su Mariana, continuase con él. Por siempre.
—Si…en mi trabajo, como cada mañana —terminó ella y él hizo una mueca una media sonrisa.
—Y ¿viste algún paciente hoy?
—¿No los ves ahí? Que, ¿estás ciego? Disculpame pero me quiero ir ya. Esto no tiene sentido. Me quiero ir. Mis pacientes esperan…
—Una pregunta más y te dejo tranquila, ¿te parece?
Ella lo miró. No quería observarlo demasiado porque ese rostro le infundía temor. Las serpientes que le trepaban y la lengua roja y larga que brotaba por entres sus dientes pútridos, le daban pánico. Se concentró en la hoja de papel en donde él anotaba todo y vio con horror que él la había retratado con una estaca atravesándole el pecho. Quiso llorar. Quiso gritar, pedir por su familia. Pero sabía que eso ya no funcionaba. Ya no más. La última vez que ella había pedido auxilio la habían encerrado en una torre y la habían encadenado. Entonces, se aferraba a su historia para no enloquecer. De esa manera la mantenían allí cautiva, sí, pero al creerla loca la dejaban ser.
—Bueno… una pregunta más y me voy a atender a mis pacientes.
—¿Vivís sola?
—No… como ya te dije tantas veces, vivo con mi madre. Mi papá y mi hermano se fueron con el Señor (que los tenga en la gloria) —dijo mientras se persignaba.
Pero al instante que finalizaba aquella acción de dibujarse la cruz en el pecho, observó por primera vez una reacción en su interlocutor y sintió la esperanza nacer en su espíritu.
 —Si… —continuó con energía —espero que Dios Todopoderoso…
El joven se levantó con un temblor en sus manos. Cada vez que Mariana decía Dios o lo evocaba de alguna forma, algo en su interior se resquebrajaba. Mariana, que notó aquella reacción, continuó llamando a su Dios y a todos los santos, mientras que el joven retrocedía horrorizado.
—Dios, ¡te invoco para mi liberación! —gritó ella, mientras se paraba sobre la mesa, frenética, pero hermosa como una amazona —¡hazte de este infiel que quiere hacerme daño!
Y se tiró sobre el joven arañando su rostro y golpeándolo.
La piel del muchacho, se despedazaba entre sus dedos exponiendo su esqueleto putrefacto. Al observar aquello, Mariana sintió ganas de vomitar pero se controló y continuó agrediendo al ahora demonio. Sin embargo, los enfermeros se abalanzaron sobre ella y la redujeron con suma facilidad. El muchacho se sentó en el césped, y mientras tanto, le daba órdenes a los enfermeros para que se la lleven.
—Aplíquenle halopidol y déjenla en su habitación que ahora en un instante voy a verla.
Los hombres se llevaron a Mariana mientras gritaba y pataleaba. Entre tanto, él se levantó del suelo, sacudió su ropa con extrema parsimonia y se dirigió a una mujer que, con horror, había observado toda la escena.
—Como le dije por teléfono… la condición de Mariana es grave, muy grave. Quizás algún día pueda restablecerla a la sociedad… mientras tanto…
—Por supuesto doctor. La dejo en sus manos.
Mientras la mujer se marchaba, el joven observó la torre donde habían encerrado a Mariana. Estaba a varios quilómetros de distancia y aun así, podía observar su rostro y su perfecta figura con tremenda nitidez. “Gracias mi deliciosa princesa Mariana… esta noche recompensaré tu comportamiento” y su enorme y roja lengua asomó por entre los dientes carcomidos por el azufre.  


Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2014

Melancolía

La casa estaba en completo silencio. La mañana recién asomaba por la ventana, cálida, primaveral. Era época de hormonas albo...