domingo, 16 de noviembre de 2014

Libertad







La oscuridad me rodea, me traga, me envuelve. Se alimenta de mi debilidad, de mi incapacidad de actuar, de mis miedos más básicos.

Quiero avanzar, pero algo me detiene, frena mi paso, lo enlentece al extremo.

Miro hacia abajo y noto mi cuerpo atrapado por el metal corroído, enmohecido. ¿Tanto tiempo pasó? La verdad, no lo sé. Sólo sé que el metal lastima mi piel, provocando que la sangre emane de mi carne cortada. Mi esencia se mezcla con el óxido y se transforma en algo más, en una masa gelatinosa, pestilente, desagradable.

¿Qué es esto?, me pregunto azorada y el eco retumba en mis oídos dañados. Ya no quiero escuchar, ya no puedo sentir. Quiero mi libertad. La deseo como se desean las cosas imposibles, inalcanzables. ¿Será así?

El metal es grueso y me asfixia, me aprisiona. No puedo respirar y el futuro con su luz se aleja de mí. El tórax se me acelera y duele, lastima. Pero no hay forma de calmarlo, no. La serenidad me abandonó hace mucho, demasiado. Solo queda tristeza, dolor, desesperanza.

Veo un parpadear, un atisbo de ilusión y mis piernas arrancan su andar por instinto. Y aparece ese estridente chirrido. Ese que me condena, que me dice que no con contundencia, con violencia. Pero lo intento y el ruido es insoportable. Miles de cadenas unidas a mi cepo se arrastran y provocan que las chispas salten al contacto con el suelo que ya está arruinado de tanto…como yo.

Estoy devastada de tanta esclavitud, de tanto peso.

Miro atrás y las hay de todos los tamaños: gruesas, enormes, largas y pequeñas. Pero en su conjunto son una enorme y pesada carga que me perpetúa en la penumbra.

El futuro se me va otra vez. Y lloro, y desespero. Y la oscuridad se hace más profunda y me envuelve aun más. La luz es un punto lejano ahora, inalcanzable. La desesperación es enorme, el peso indescriptible.

Una brisa acaricia mi piel manchada de llanto. Me baña, me trae frescura. Siento un susurro, una voz minúscula que intenta no ser avasallada por las cadenas: “Vos podés”, me dice. ¿Será de esa manera? Quiero creerle. Quiero darle poder a esa voz que se hace más fuerte y me inunda con su calidez. Sí, es posible. Entonces la veo. Veo la llave de mi libertad, esa que el temor no me dejaba ver. Esa que estuvo conmigo siempre, aunque oculta para cuando estuviese preparada. La tomo, la elevo y de un golpe certero rompo las cadenas y empiezo a caminar con miedo, primero, para darme cuenta de que ya puedo correr.

Y lo hago, hacia la luz, hacia mi futuro, hacia mi libertad.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

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