sábado, 7 de febrero de 2015

Un pasado para olvidar - Parte 4










A la mañana siguiente salieron muy temprano, ambos con cuestiones muy diferentes en sus mentes, aun proviniendo del mismo problema. El viaje fue largo y monótono, con escasa charla por parte de ambos ya que sus pensamientos estaban muy lejos de la realidad que estaban viviendo. Cuando llegaron a la ciudad capital se dirigieron rápidamente al cementerio donde estaba enterrada la tía de Franco. El smog circulante los rodeó rápidamente. Franco sentía que el buen espíritu y la energía que le había brindado el pueblo, se estaba agotando. Quería irse de allí cuanto antes.
Divisaron el cementerio y hacia allí se dirigieron. Al entrar buscaron la tumba de la tía y para sorpresa de ambos el lugar estaba vacío. Franco se sentía desorientado. La falta de oxigeno de la ciudad lo abrumaba y no entendía lo que sucedía. ¿No la encontraban o no estaba más allí? Esas eran las dos opciones y a pesar del malestar, él estaba cien por ciento seguro de que ese era el lugar correcto.

Se dirigieron al encargado, a él le preguntarían qué había sucedido en estos últimos seis meses y lo más importante: dónde estaban los restos de la tía.
El hombre, un señor flaco y consumido por un exagerado hábito tabáquico, al verlos tan preocupados les dijo:
-Señor, esas exequias fueron suspendidas ni bien usted se fue de aquí hace unos seis meses… si mal no recuerdo…
El hombre del cementerio estaba realmente preocupado ya que notaba que Franco se trastornaba cada vez más.
-Yo realmente pensé que habían elegido otro cementerio…
Franco entendía cada vez menos lo que estaba ocurriendo. ¿Como era posible todo esto? ¡El mismo había visto descender el ataúd con su tía en el foso! El encargado, al ver que Franco desconocía todo esto, fue a buscar en los archivos.
En la recepción había un fichero enorme de color gris con numerosos cajones de metal cerrados con candados. El encargado se dirigió hacia allí y buscó por orden alfabético el nombre de la tía de Franco. Clara Díaz.
-¡Aquí esta!
Dijo triunfalmente, sacudiendo la carpeta con el archivo. Pero a abrirla solo encontró un sobre dirigido a Franco… Marconi.
-Pero… yo soy Franco… Díaz…
-Creo que ese sobre está dirigido a vos Franco- dijo Maura- Así como este también… estaba en tu casa en la caja de fotos. Perdón por abrirlo… pero necesitaba saber y creo que vos también… ya es hora…

Maura le entregó el sobre que encontró en la casa de Franco y se sentó, abrumada pero dispuesta a escuchar y a llegar al final de la cuestión junto a él. Franco, que aún no salía de su asombro, tomó ambos sobres y abrió uno de ellos, éste contenía una carta de su tía. Había tomado el sobre dejado en el fichero. Abrió la carta pero no pudo leerla, así que se la pasó a Maura para que ella la leyera en voz alta:

“Querido sobrino… aunque en realidad debería decirte estimado Franco Marconi… ese es tu verdadero nombre. Naciste en un pequeño pueblo que estoy segura conocés muy bien tanto de nombre, como por ser tu hogar hoy en día: Huetel”

Maura frenó su relato y miró a Franco. Este se sentó para no caer tumbado en el suelo. No sabía si quería seguir escuchando, si quería irse de ese lugar y no volver nunca más. ¡Todo esto no podía ser real! ¡Ella estaba muerta! Y aún así sabía como habían sido todos sus movimientos…Maura lo seguía mirando esperando, para saber si continuar o no. Ella estaba muy asustada, su corazón latía con fuerza incontrolable, pero más le preocupaba el estado de Franco que no se veía nada bien. Él hizo un ademán de que continuara leyendo y así lo hizo:

“Yo no soy tu tía, como te habrás dado cuenta. Ninguno de tus padres tuvo algún hermano, ambos eran hijos únicos. Pero te contaré desde el inicio tu historia.
Fuiste separado de tus padres cuando tenías 2 años. Te sustrajo una pareja bastante insana y perversa de un pueblo vecino. No fuiste el único ni el último. Ellos sustraían niños y los reubicaban en familias de la ciudad que no podían tener hijos y que, en su desesperación, pagaban cualquier suma de dinero para tener un niño. A estas familias también se les mentía, ya que les decían que los pequeños habían sido abandonados o que eran huérfanos.
Yo intenté hacer algo más por encontrarte. Ya había pasado un año de tu desaparición y la policía dio por cerrado el caso. También pasaron varios detectives privados que nada pudieron resolver.
Muchos me han denominado “bruja”, pero no creo que esa sea la palabra más acertada para definirme.
En fin, te busqué con mis métodos por largo tiempo y un día te encontré. Lamentablemente, tal y como te conté durante toda tu vida, tus papas murieron en un accidente. En el instante en que supe tu localización, yo les envié una carta contándoles que te había encontrado y donde podían ubicarte. En esa época no existía Internet ni los teléfonos celulares, así que esa era la manera de comunicarnos querido Franco. ¡Y se que te estarás riendo de mi, vos que sos tan tecnológico! Sin embargo, a cambio recibí una extraña notificación desde el pueblo, firmado por un tal Sr. Torreldai acerca del destino fatal de ellos”. 

Maura hizo una pausa, trago saliva y continuó. No esperaba encontrar el nombre de su padre allí. Respiró, intentó tranquilizarse y continuó con la lectura:

“Entonces te crié lejos de tanto dolor. Como mi sobrino…
A pesar de todo lo vivido por vos, considero que es necesario que conozcas tus raíces. Cuando estuviste preparado, o al menos cuando observé que ya habías recorrido suficiente camino como para conocer tu verdad, te solté la mano. Por más doloroso que fuera…era necesario mi querido Franco. Verás que el pueblo donde naciste y hoy vivís, fue preservado como un edén del tiempo. Nada se ha modificado para que, si algún recuerdo persiste en tu mente adormecida, pueda aflorar y ayudarte en este viaje a tu renacimiento. Tus lugares más significativos están intactos: la casa del lago donde vivías con tus papas, el camino a la plaza que recorrías con ellos cada domingo hacia la plaza y ésta última, donde se llevaba adelante la feria y el teatro comunal con la obra que más te gustaba “el loco de los perros.

Espero no me odies por haber estado aquí, solo quise darte lo que otros no pudieron…

Con amor infinito
Clara, tu tía y protectora”

Hacía un par de minutos que Maura había finalizado la lectura y sin embargo seguía mirando la carta, como si con eso lograra más información que la obtenida. En realidad, no quería mirar a Franco. Tenía temor del impacto que esto pudiera causarle tanto a él como a ambos ya que, como pareja, aún estaban en construcción. Sin embargo, y para su asombro, escuchó risas que se fueron transformando en carcajadas. Risotadas que salían de la boca de alguien. Levantó los ojos y vio con sorpresa, que el que se reía de esa manera era nada más y nada menos que Franco. No podía creer lo que presenciaba en ese instante. En lugar de estar destrozado, pálido y abrumado, como era habitual en él, éste se reía a más no poder.

-¿Qué significa…?
Maura no pudo terminar la frase y comenzó a reír ella también. Tanta tensión acumulada verdaderamente debía escapar por algún lugar, y esa fue la forma. Luego de unos minutos ambos se calmaron y el encargado del cementerio les trajo agua. Franco se recuperó y comenzó a hablar.

-¿No te das cuenta, Maura?
Ella seguía perdida. Evidentemente su línea de pensamiento no era la misma que la de Franco, para nada. Aunque la risa le vino bien para aliviar el nerviosismo vivido hasta entonces; le parecía bastante irracional y surrealista todo. Como ella no contestara nada, él volvió a decir:
- ¿No te das cuenta? ¡No estoy loco!
Gritaba contento. Se había quitado una gran montaña de sus hombros. No estaba loco, no había alucinado…
-Todo lo que pasó tiene una explicación racional. ¡Fue mi inconsciente hablando! ¡Fue mi niñez recordando!

Maura sonrió a medias. No quería echar a perder su momento de felicidad, pero estaba claro que había cosas aun sin resolver, documentos que ver, gente con quien hablar. ¿Qué le preguntarían a su padre? ¿Cuan involucrado estaba éste en el secuestro de Franco? ¿Por qué ella nunca se enteró, no solo de este secuestro, sino del de los otros niños?
Franco le acarició el rostro al verla atormentada. El ya estaba más tranquilo y no dejó de notar la preocupación de Maura.
-No te preocupes, de a poco…disfrutemos de este momento y vamos a casa. Luego habrá tiempo para las preguntas. Cada cosa en su momento.

Agradecieron toda la ayuda brindada por el cuidador del cementerio y se fueron nuevamente a la casa del lago. A “su” casa.

Al día siguiente la mañana los encontró descansados y con una paz en el alma. Sin embargo, Franco no era ajeno a las preocupaciones que le pesaban a Maura. El nombre de su padre, el Sr. Torreldai, estaban en esa carta. Cabría preguntarse cuan involucrado estaba éste en toda la desgraciada historia. No obstante, quería tomarse con calma la situación ya que, después de todo, era el papá de la persona que él había elegido para estar a su lado y hasta el momento, ella era su apoyo incondicional, su roca.
Desayunaron tranquilos y se miraron larga y profundamente en silencio. Un silencio para nada incómodo sino más bien uno que contenía mucha carga emocional. Un silencio que decía mucho de ambos.

-Creo que es momento de que me digas que es lo que pensás de todo esto- dijo Maura.
La preocupación seguía intacta y no sólo por Franco. Temía que su padre no fuera lo que ella veía cada día…
-Vamos a ir a preguntarle a tu papá que es lo que sucedió hace 25 años… no está en mi juzgarlo, Maura, pero necesito respuestas sobre mi pasado. Esa carta cambió el rumbo de mi vida y quiero saber todo lo que él sabe de mí y de mis difuntos padres.

Se dirigieron al almacén de ramos generales y allí estaba, como siempre el sr. Torreldai, con la usual cara de amabilidad que lo caracterizaba.
-¡Hola hija! ¡Franco! ¿Cómo están? ¿Qué hacen por aquí?
Claramente el sr. Torreldai no sabía nada de la aventura vivida por ambos en las ultimas 72 horas. Para asombro de los dos, cuando comenzaron a contarle la historia, el sr. Torreldai los interrumpió, como si bruscamente recordara que tenía algo para él y sacó un sobre. Se lo entregó a Franco y agregó:
-¡Aquí tengo el nombre y la dirección que me pidieron! La señora los espera esta tarde aquí, en esta dirección. Dijo que si aún tenían en su mano el colgante, lo llevaran. ¡Creo que se arrepintió de venderlo!-dijo con cierta sorna inocente.

Franco tomó el sobre y observó que la señora tenía el apellido Marconi… ¿sería familiar suyo? ¿Una tía abuela quizás? La miró a Maura y ésta hizo gesto asintiendo. Ella sabía que era necesario contar la historia. Sobre todo esta historia que involucraba a su padre.
-Esta señora tiene el mismo apellido que Franco, papá- dijo Maura.
El sr. Torreldai se ensombreció e hizo gesto de no entender, aunque claramente su mente estaba en algún lugar 25 años atrás. De repente se sintió envejecer, como si ese cuarto de siglo se le viniera encima de golpe y solo pudo decir:
-Querido Franco… Marconi, la señora te espera esta tarde y ahora entiendo porqué hizo la cita con tanta urgencia. Luego de reunirte con ella, responderé a todas tus preguntas si es que aún tenés alguna…
Había cierta tristeza en la voz del sr. Torreldai, aunque el tono tenía esperanza. Tal vez esperanza de perdón. Franco se excusó con Maura quien entendió perfectamente la situación y se fue a la casa. Maura le preparó un te a su papá y se quedó con él, en silencio respetuoso.

La cabeza de Franco giraba a mil revoluciones por minuto. Mientras se dirigía a la casa del lago, ahora su casa natal, rememoraba cada episodio vivido en el pueblo. Pero no pudo evitar pensar también en su niñez. Una niñez que, si bien fue plena y llena de cariño por parte de Clara, no era la infancia soñada por cualquier niño. La falta de sus padres había sido un peso enorme en su vida, en el corazón. Mientras que sus amigos y compañeros tuvieron una mano, una caricia o consejo paterno y materno, el no y eso lo convirtió en un muchacho replegado en si mismo, en sus pensamientos. Tímido y solitario. ¿Cuán diferente hubiera sido su vida si sus papas aún vivieran? ¿Si no se lo hubieran llevado de la puerta de su casa 25 años atrás?
Una ola de enojo comenzó a crecer en su corazón, un enojo profundo que llevaba años pulsando por salir. Sin embargo, lo ahogó con razonamiento, como siempre hizo. “Todo es por algo” se repetía una y otra vez… “Todo tiene una razón de ser”

Una vez en su casa intentó descansar y poner la mente en reposo, sin lograrlo. Entonces, miró su caja de recuerdos. Escasos pero recuerdos al fin. Tomó el sobre que Maura había abierto y leyó los recortes… no tuvieron tanta mella como la carta de Clara, pero lo impactaron. Clara le había dado pistas desde el primer día y él sin saberlo había guardado todo como siempre hacía, para no hacerse preguntas… para no cuestionar nada, para no arriesgarse a que su mundo se derrumbara sin pensar que un mundo nuevo podía crecer de entre los escombros y ser mejor y más brillante que el anterior.
 

 
Entre tanto llegó la hora del encuentro. Tomó el colgante, los recortes de diarios y las fotos de sus padres y su tía con la intención de pedir explicaciones, si es que eso era posible. Seguramente esa mujer tendría información, tal vez fotos y recuerdos de la familia que nunca tuvo. Al menos, pensó, sería alguien que los conoció en persona…eso lo animó y se prometió aprovechar al máximo esta fuente de información.
Se dirigió al camino de la plaza. Una rara sensación invadió su ser y asumió que era algún recuerdo reprimido de la infancia, tal y como contara Clara en su carta. Dobló en una de las calles laterales y ésta lo llevó a un pequeño barrio de casas muy similares entre si. Los niños jugaban en la calle, sin preocupaciones. Aunque podía observarse a alguna que otra madre espiar por la ventana a sus hijos, solo para calmar la ansiedad de saber que hacían.
Al final de la calle había una casita, escondida entre los árboles y plantas llenas de flores. Semejaba a una de esas casas de los cuentos, donde los rayos de sol traspasaban tímidamente las plantas e iluminaban ciertas partes de la casa. A través de esa luz tenue se veían  cientos de pequeños insectos disfrutando de la calidez del sol. A ello se le sumaba un aroma intenso a violetas mezclado con fresias del lugar, lo cual lo hacía familiar.
En la entrada había tres autos estacionados. “Concurrido” pensó y tocó a la puerta.

La espera se le ocurrió larga. Tenía la sensación nuevamente de enlentecimiento del tiempo, como aquella vez en la plaza. Pero a diferencia de ese momento, ningún rayo lo golpeó en la cabeza, como esa vez. Luego de unos minutos la puerta se abrió y la mujer de la feria se hizo presente tras ella. Se miraron un instante, sin mediar palabras, aunque en silencio se dijeron mucho.
-Pasá Franco.

Continuará...

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2013

Silenciosa e inmaterial.

Dicen que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen. ¿Será verdad?, me pregunto. ¿Será posible que esté aquí mismo, jun...