lunes, 9 de marzo de 2015

Desposeída






 
Estábamos solos en la tarde tranquila, y su pequeño corazón, al fin desposeído, había dejado de latir. Silencio, mucho silencio a mí alrededor, en mi corazón. Lo observé largamente. Me acerqué a su rostro: olía a almendras y chocolate, quizás a caramelo. ¡Era tan bello su aroma, tan dulce…! y su rostro. Estaba cálido, él siempre había sido así.

Una lágrima brotó. Los recuerdos se tornaron agobiantes. Incontrolables. Mi mente no paraba de rememorar cada instante y paz era lo que menos encontraba en mis pensamientos. Necesitaba entender, aunque la claridad no llegaba.

Lo observé otra vez. Su expresión… él era un ángel, el custodio de mi vida. Mi pecho se contrajo con aquel pensamiento. Suspiré. Con sus apenas cinco años había sido un sol que iluminaba mis días, aún los más tristes.

Hasta que todo empezó.

Al principio fueron detalles, indicios mínimos que denotaban cambios en su comportamiento. Pequeñeces que sólo una madre dedicada puede notar. Y así lo hice. Miradas de soslayo, palabras que antes no existían en su vocabulario. Era tan pulcro y de repente, un día me llamó “víbora venenosa”. ¿Qué se supone que debía hacer? Primero desesperé porque jamás él…. De inmediato lo tomé del brazo y lo llevé al baño. Le lavé la boca con jabón, por supuesto, y juntos fuimos a la iglesia a rezar. Dios debía perdonar sus faltas.

Pero era preocupante. Si, comencé a pensar que si a esa corta edad él debía pedirle perdón a Dios… ¿qué pasaría luego?

"Es cosa de niños", me decían las vecinas.
"Si, por supuesto. Pero si lo dejo… cuando sea más grande entrará a las drogas o a una pandilla…  no, la educación comienza por casa. Así decía mi madre. Y en casa estoy yo.
Y estaba yo porque su padre… cobarde.

Luego de aquella vez, las cosas se calmaron un poco. Mi niño volvió a ser ese ángel maravilloso al que me había acostumbrado, el mismo que cuando era bebé. Pero luego de unos meses aparecieron nuevamente las miradas y ciertas palabras, demoníacas palabras. Me asusté, entré en pánico. Tal vez mi hijo escuchaba a otras personas que hablaban así. Personas inescrupulosas, personas a las que nada les importaba. Ni siquiera el Señor.

Comencé a rastrear cada acción, cada lugar, todo aquello que estaba en contacto con él. Hablé con su maestra del jardín de infantes y sólo tuvo palabras de halago para con él.
"Es un niño maravilloso, un ángel realmente".

Así que, al parecer, no era allí donde aprendía esa conducta. Pero no desistí, continué investigando, analizando cada variable. Hablé con las mamás de sus amigos. No tenía muchos, pero si dos o tres. Las mamás juraron que sus niños se portaban como ángeles y que mi hijo era así en sus casas. Así que tampoco eran las compañías.

Pero la conducta impropia continuaba, día a día. Y esa mirada acusatoria. Esos ojos penetrantes, oscuros que escrutaban mi alma cristiana. En aquellos momentos comenzamos a frecuentar aún más nuestra iglesia e incluso hablé con el Padre, le conté mis temores.

"Son los temores de toda madre… el niño es sano, es bueno, es un ángel del Señor".

Rezamos. Rezamos mucho. Le pedí al Señor piedad por mí, por mi hijo, por nuestras almas. Le pedí fuerzas para sobrellevar esa carga, esos ojos, esas palabras.
Luego de ello, la calma retornó pero esta vez fue más breve. Recuerdo esa tarde en particular. Él estaba jugando con sus autitos en el jardín trasero de la casa y ya había llegado la hora de la merienda. Siempre merendábamos a las cinco en punto, como cuando yo era pequeña. Recuerdo que mamá me hacía lavar las manos con lavandina… o quizás es lo que recuerdo. Sería jabón, sí. Pero siempre a las cinco. Ni un minuto antes, ni uno después. Se respetaba lo que mamá decía. Sobre todo si no quería que la tormenta se desatase… y eran oscuras tormentas.

“A merendar, cariño”, recuerdo que le dije y él no contestó. Entonces, urgida por la hora y viendo que todo estaba preparado, salí a buscarlo.
“Vamos, corazón mío a merendar…”, insistí.
"No quiero, estoy jugando", contestó sin mirarme. Sus palabras eran ásperas. Cerré mis puños para no desesperar y le hablé calmadamente: “Pero es la hora… vamos que se enfría… mi vida”.
"¡Dije que no quiero! Estoy jugando con mis autos", respondió con dureza. Y me miró con esos ojos vacíos, oscuros, que escrutaron mi alma atormentada.  Acto seguido y presa del pánico por la situación inesperada, lo tomé del brazo con fuerza e intenté llevarlo adentro. "Dejame. ¡Dejame!", gritaba desaforado. “Va…mos aden...tro. Es.. hora de… la merienda”, le dije mientras forcejeábamos.

Pero entonces pasó lo que jamás creí posible que sucediera: él me empujó con violencia haciéndome trastabillar y caer al suelo, mientras me gritaba: “Bruja, no me toques más. Te odio. ¡Te odio!”
Fueron puñales en mi pecho. Solo pude salir corriendo a mi cuarto a rezar. Tomé la Biblia e intenté encontrar una respuesta que al principio se negaba a aparecer. Pero de repente, mientras oraba por el alma de mi indefenso niño, la respuesta llegó a mí como una Revelación y entendí de qué se trataba todo. Entendí el motivo por el que mi ángel actuaba de esa manera y lo peor de todo, entendí que nadie más que yo lo veía. Supe de esa manera, que debería llevar adelante yo misma aquel ritual del que hablaban las escrituras sagradas.

Entonces, lo hice… esa tarde, mientras él descansaba lo observé. La luz del sol se escondía y con sus últimos destellos lo bañaba haciendo que se viera más angelical aún, y por un momento dudé de mi decisión. Pero entonces entendí que el Diablo puede seducirte de mil maneras y esa cara de ángel era una de sus tantas trampas.

Lo levanté con suavidad entre mis brazos y lo llevé al patio. Allí había preparado el lugar, debajo de un árbol centenario. Recordé cómo mi madre había hecho lo mismo cuando yo era pequeña, “y resulté de lo más normal”, pensé. Aunque por un momento mis manos y todo mi cuerpo se estremecieron con el recuerdo.

Suspiré. Despacio, casi como si me faltasen las fuerzas suficientes, comencé con un rezo pero de inmediato mi pequeño despertó y asustado, comenzó a gritar de una forma extraña. Sus alaridos no eran de este mundo y por un instante me aterrorizaron más que el recuerdo de mi madre y su enorme crucifijo. Un gruñido demoníaco que devastó mi corazón, brotó de esos pequeños labios y yo recé muy fuerte, cerré los ojos y mientras hice aquello, puse mi mano en su pequeña boca, desesperada por que parase de vociferar.

“Ya…shhh… silencio. Dios ayúdalo… ¡silencio que no puedo pensar bien!”
Y mientras con la mano obstruía su boca, impidiendo que gritase, continué con mi ritual sanador. Recé fuerte. Usé la palabra del Señor mientras mi pequeño se agitaba, endemoniado. De esa manera no podía seguir. Sus pataditas no me dejaban concentrar, entonces me coloqué sobre sus piernas y sin quitar la mano de su boca, continué con la oración. Luego de unos minutos de intenso rezo, sus movimientos de a poco fueron menguando. Si, el exorcismo funcionaba. Mi bebé se calmaba con cada palabra, con cada amén. Y entonces los movimientos acabaron de golpe y su cuerpo se volvió flácido. El bien había triunfado. Si.

Pero entonces, retiré mi mano de su rostro como si su piel quemase, aunque ya no ardería jamás y lo miré: sus labios estaban azulados, sus ojos entreabiertos, dilatados… vacíos. No entendí que salió mal. “Esto no está bien… no”, dije. Mientras lo sacudí para que reaccionase. 

Luego de unas horas llegaron algunos vecinos que al verme con mi Ángel en brazos y sin vida, sólo me acusaron con sus miradas.

“Están todos poseídos como lo estuvo mi bebé. Sí, pero yo lo salvé. Ahora su pequeña alma, pura como cuando nació, irá con el Señor”, dije evitando que me saquen a mi pequeño.

Y todos esos  recién llegados, en aquella apacible tarde, me dieron sus miradas oscuras, vacías, desaprobando mi accionar, y se llevaron a mi pequeño ángel.
“¿No ven que hice lo correcto? ¿Por qué me lo quitan? ¡No se lo lleven… nunca estuvo lejos de mí! Teníamos que merendar a las cinco…”
No se lo lleven, por Dios. Nunca estuvo solo… le teme a la oscuridad.

Y como esos demonios no me escuchasen, fue que busqué un cuchillo y desesperada lo hundí en mi garganta… para ir con él, con mi angelito, y acompañarlo eternamente.

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015

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