Ahora que la observaba allí tendida,
pálida como era, delgada aunque con sus curvas bien presentadas, entendió por
qué la había elegido.
No era que se justificase. Para nada.
Sabía los errores que había cometido en su vida y se hacía cargo de ellos. O al
menos de la mayoría. Y ella era uno de sus errores. El peor, quizás. Pero
también era hermosa, realmente una mujer extraordinaria y sexy.
Recordó cuando la conoció. Había
viajado a Europa cuando la vio por primera vez. Era recientemente viudo de la mujer que lo había
acompañado durante décadas, madre de sus hijos, y de alguna forma estaba “vulnerable”.
Si cerraba sus ojos, aun podía sentir la brisa fresca de la Toscana y el
perfume de ella flotando en el aire como una nube provocadora. Y lo provocó por
cierto. No tuvo más que presentarse e invitarla a cenar que esa misma noche
estaban en su recámara gozando como pocas veces lo había hecho en su vida. Tanto,
que a la mañana siguiente, exhausto, cansado con ese cansancio feliz de saberse
satisfecho, fue que se sintió apesadumbrado. Y la realidad era que con su
finada mujer jamás había disfrutado de aquella manera y eso lo llevó a pensar –lamentablemente-,
si la había amado de verdad, si su elección de entonces había sido la correcta.
Ese sentir, ese peso en la
conciencia, lo acompañó durante varios días. Los mismos días y noches en los
que esta nueva mujer, esta bomba sensual y despampanante, habitó su cama sin
descanso. Pero luego, una vez que pudo
mirarse al espejo y ver al hombre agotado pero feliz se contentó con una
pregunta: ¿qué tenía que ver el sexo con el amor?
Sin embargo, de esa manera osada, a
través de apasionadas noches, de coitos eternos y casi tántricos, él llegó a la
conclusión de que amaba a esta nueva y joven mujer. Aun sin conocerla, casi sin
saber nada de ella, se sintió dulcemente aprisionado por este nuevo y joven
amor. Y así fue, que casi un mes después
de conocerla, le proponía matrimonio en contra de lo que todos opinaban. Porque
su familia, intentó de todas las formas posibles convencerlo de que no lo hiciera.
“Es una libertina”, dijo su hija
mayor. “Te está usando”, dijo el del medio
-Esta es mi vida y yo decido cómo
vivirla- les contesto dando por terminada aquella discusión.
Planeó cada detalle de esa magnífica
boda. Lo planeó como se puede planear algo en unas cuantas semanas. Se casarían
en Roma y pasarían la luna de miel en Ibiza. Ah, esas magníficas playas, esas
aguas azules y esa brisa en el rostro era lo que necesitaban ambos para que la
estancia fuese perfecta. Y ella decía a todo que sí. ¿Qué otra cosa podría
opinar?
Luego del: “Los declaro marido y
mujer”, hubo una pequeña recepción con unos cuantos invitados. También hubo
caras largas y más de una lágrima, pero a él no le importó. Bailaron el vals
con el mar de fondo y un atardecer perfecto y anaranjado. Bebieron champagne
mientras que la luna aparecía en el firmamento y el mundo entero los observaba.
Él era de lo más feliz y ya no le importaba el qué dirán. No. Ya era hombre
grande como para que le dijeran qué hacer con su vida. Porque si él deseaba
patinarse su dinero en viajes, joyas y vinos costosos, ¿quién lo iba a
contradecir?
Luego del festejo y un vez que todos
se habían ido, se dirigió con su nueva esposa al cuarto de hotel. Era un magnífico
hotel, cinco estrellas. Lo habían elegido por su belleza y perfección para
iniciar sus días juntos. Y esa noche, cuando quedaron solos, él esperó con
ansias consumar la unión.
La volvió a mirar en su desnudez. La
sábana apenas cubría parte de su piel y el resto sólo estaba ahí expuesto,
provocador como siempre. Simplemente maravillosa y oscura a la vez, tendida con
ese joven con el que minutos antes había estado gimiendo, en ese hotel pagado
por él. Por su dinero. ¿Quién diría que la felicidad podía ser tan breve? No había
respuesta para eso. Y él solo la observaba y los recuerdos lo abofeteaban una y
otra vez. Tal vez la idea era que aprendiese algo, aunque ya era tarde para
aprender algo. Ya nada podría hacer.
Recordó la luna de miel. Había sido
una hermosa noche en un hotel parecido al que ahora ella compartía con su
amante… aunque ahora él se encontraba parado cerca de la cama, observándolos.
Luego de la fiesta, subieron al
cuarto. Él sentía la ansiedad recorrer todo su cuerpo, su pecho. Su corazón
palpitaba acelerado y tuvo que respirar hondo varias veces antes de siquiera
mirar a su nueva esposa. Fue hasta el balcón y admiró la vista: era magnífica,
con el mar revoltoso que se fundía con el cielo oscuro. Y la luna estaba llena,
romántica y única para él. Ella, aun con su vestido blanco, le había acercado
una copa de vino, la cual bebió de un trago. Estaba ávido de sentir la piel de
su mujer. Necesitaba poseerla como aquella vez, cuando se conocieron. Ella notó
esa ansiedad y se quitó el vestido lentamente y luego de pavonearse como un
animal en celo, se recostó en la cama con dosel y ofreció su sexo al ahora su
esposo. Él se abalanzó sobre ella con deseo ardiente y con lo que pensaba,
sería amor eterno. Pero sin siquiera llegar a besar aquella magnífica piel,
sólo yació sobre ella. Rígido. Inerte.
Ella, luego de comprobar que ya era
viuda, con dificultad se lo sacó de encima. “Pensé que jamás te morirías, viejo”,
le dijo al difunto.
Escapada de su prisión de carne
muerta, fue hasta el espejo, se observó un rato, arregló su cabello negro, tomó
el teléfono y fingiendo desesperación llamó a una ambulancia.
Por supuesto nadie cuestionó que la
causa de muerte había sido un infarto y ella heredó el dinero y todas las
posesiones de su difunto esposo. Mientras que él, transformado ahora en ánima
en pena sólo se dedicó a observarla, noche tras noche, hombre tras hombre, sexo
tras sexo, disfrutando de sus millones.
Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015
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