jueves, 23 de abril de 2015

El día de los muertos








“Ojala hubieses sido vos”, pensaste brevemente al dejar caer la rosa amarilla en la tierra. De inmediato te arrepentiste de aquel pensamiento. Sin embargo, cada día de los muertos esa frase regresaba para golpearte. 


Lo primero que sentiste fue un rayo que atravesó tu pecho y luego tu corazón se disparó. Eras joven, aunque difícilmente se te podría engañar con artilugios baratos. Así que todo aquello debía ser cierto… ¿lo era?


Sentiste la humedad del pasto traspasar tu ropa. Estabas en el suelo y no podías creer lo que tus ojos habían visto y, en realidad, no querías creerlo. Si te permitías creer eso, ¿Cuántas otras cosas serían ciertas? Las historias que te contaban de chica como la llorona, los duendes incluso el hombre de la bolsa tomaban toda otra dimensión. Una horrible y desesperante. Tantas cosas serían ciertas si aquello era real.


Suspiraste e intentaste recobrar tu sensatez. Lo mejor era pensar que estabas soñando. Que todo esto era una pesadilla. Una de esas aterradoras, que se grababan en tus neuronas a fuego; una de esas que aun despertando, te dejaba el pecho acelerado y la mente turbada durante todo el día. Respiraste hondo e intentaste convencerte de que era un mal sueño. Que tu cabeza producía todo eso y hasta te asombraste de esa capacidad de tu psiquis de inventar un mundo que se sentía tan real.


Recordaste tus últimas acciones intentando confirmar tu teoría. Tan solo para no pensar en eso que estaba a unos cuantos metros. Seguramente habías comido algo de más. Sí. Cada vez que te pasabas de la línea tenías pesadillas. Desde niña te pasaba lo mismo. Y anoche habías comido con Juan. Seguro que era eso. Y habías tomado vino. El vino siempre se te subía a la cabeza y te mareaba y luego… uf. Rogaste que sea una pesadilla.


Te refregaste los ojos. Pero al mirar alrededor seguías ahí sentada en el pasto húmedo del cementerio.

Un olor intenso a podrido, mezclado con carne quemada penetró tu nariz y te revolvió el estómago. Quisiste gritar, pero lo obvio se hizo presente: ¿quién te escucharía? Nadie. Lo más asombrosos de todo, lo que te golpeaba hasta los huesos, era que no tenías idea de cómo habías llegado ahí o por qué.


Luego de la cena con Juan podrías jurar que te fuiste a casa a dormir. Sola. Como siempre. Seguramente Juan te insinuó algo como de costumbre, pero con tu delicadeza –esa que lo enganchaba más y más- le habrías dicho que no, que aún era muy pronto luego de…


Miraste desesperada a tu alrededor. A pesar de que la oscuridad invadía todo, pudiste entender en qué parte del cementerio estabas. Sí. Te encontrabas cerca de la tumba de Esteban. Se te hizo un nudo en la garganta. Cada vez que lo pensabas, cada vez que recordabas sus días juntos, tu corazón daba un vuelco. Y otra vez ese olor asqueroso.


“¿Por qué estoy acá?”, pensaste y de repente algo, eso que minutos antes habías visto, se movió a unos cuantos metros tuyos. Por un instante dudaste de si habías hablado en voz alta porque de inmediato ese ente -que era imposible que existiese-, comenzó a acercarse lenta pero determinadamente hasta donde estabas vos. Y en lugar de intentar escapar solo te quedaste ahí, sentada en el pasto contra una de las tantas tumbas. Lloraste. Deseaste que Esteban estuviese vivo y junto a vos para protegerte. “Acá estoy”, escuchaste una voz de ultratumba. “¿Me lee la mente?”, pensaste casi como un reflejo y eso te contestó “Estoy acá por vos”.


Te paraste y confrontaste tus miedos. Si esto era una pesadilla, en cualquier segundo despertarías. Así que no había por qué temer… en teoría.


Giraste sobre tus pies y miraste de frente a ese monstruo que se acercaba lentamente y con horror notaste que la ropa que vestía, era conocida por vos. Era conocida porque la habías elegido para su funeral. La voz estaba distorsionada y por eso no la habías reconocido, pero ese vestido, ese cabello…


“Mamá…”, se te atoró en la garganta. Hubieses esperado cualquier cosa menos eso. No a tu madre que hasta ayer estaba viva. No a ella.


“Acaso ¿no deseaste que yo fuese la muerta en lugar de él?” y con horror recordaste el entierro y la cierto fue que por un segundo lo habías pensado. Y lo habías hecho porque ella, tu madre, siempre estuvo en contra de aquel amor. En contra de ustedes.


“Pero no fue enserio”, quisiste explicar. Pero era tarde. Ella estaba frente a vos y con su mano esquelética y podrida te apretaba el cuello. No te resististe y el aire te fue abandonando de a poco. Sentiste el frio de la muerte avanzando por tu cuerpo que, poco a poco, pasaba a estar del lado de los muertos. Pensaste en Esteban, en donde estaría ahora que ella ocupaba su lugar. Pero el cerebro te jugó una mala pasada y la oscuridad sobrevino.


“Es el día de los muertos y los deseos más profundos se vuelven realidad…”


Despertaste horrorizada, con la piel de gallina y los vellos de la nuca erizados. Recordaste que era el día de los muertos, que irías al cementerio a visitar a tu mamá. Miraste a tu lado y Esteban descansaba plácidamente. Observaste el reloj y sólo eran las seis de la mañana. Te acurrucaste junto a él sintiendo su cuerpo cálido y desnudo, rozando tu piel. “Más tarde, más tarde iré a verte madre…”, pensaste y un escalofrío te recorrió por la espalda.



Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2015
Imagen hallada en la web(Nikki Night Bloom)

Silenciosa e inmaterial.

Dicen que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen. ¿Será verdad?, me pregunto. ¿Será posible que esté aquí mismo, jun...