martes, 28 de abril de 2015

La máscara






Aquella máscara había estado en la familia de Mabel durante siglos. Nadie sabía con exactitud desde cuándo, pero era una especie de reliquia familiar, traspasada de generación en generación a algunos y elegidos integrantes de la familia. 

Así fue que al día siguiente del entierro de Catalina, Mabel (su única sobrina) la recibió en su casa. Llegó prolijamente empaquetada, en una caja de madera tallada y con una nota. Mabel leyó cada palabra, sin embargo nada de lo que ahí decía significó algo para ella. No porque fuese una insensible, todo lo contrario.

 “Mi querida Mabel, esto es parte de tu historia, del legado de tu familia. Cuidala que te ha elegido… yo no me atreví o quizás no supe…”

Y se interrumpía así de brusco. Mabel le dio vueltas al papel ya que sintió que algo faltaba, pero luego recordó que su tía tenía episodios de delirios y desvaídos, y asumió que ese sería uno de ellos. Guardó la nota y mientras agradecía en sus pensamientos a la tía ya fallecida, se dispuso a admirar la máscara.

Abrió la caja y sintió el aroma a historia, una desconocida, y se sintió transportar a una época muy lejana. Una especie de liviandad la invadió y juraría que flotó unos instantes. Con uno de sus dedos tocó la máscara como quien acaricia un rostro y una sensación de vacío apareció contraponiéndose a lo que había sentido segundos antes. Una vacío agónico y oscuro, una pena gigantesca y ajena que se instaló en su corazón y le arrancó una lágrima.

Sacó la mano y de pronto todo cesó. Pensó en su tía y asumió que el recuerdo de ella estaba impregnado en la máscara y el dolor en su pecho. “Te estoy llorando, tía”, pensó intentando dar explicación a la sensación de segundos antes. Cerró la caja y se fue a la cocina a prepararse unos mates.

Mientras esperó que el agua llegase a su punto, comenzó a pensar en la máscara. La recordó al abrir la caja y pensó en sus detalles. No era una obra de arte, ni siquiera era lo suficientemente bella. Sin embargo atraía. Estaba tallada en madera oscura, casi negra y el tiempo había borrado muchos de sus relieves, pero podía identificar sus ojos que eran dos óvalos oscuros y ausentes. Imaginó donde la colgaría. Si, aquella pared blanca en el comedor sería el lugar más adecuado. Debería quitar los cuadros y fotos que ahí estaban colgados, pero quedaría perfecta. La idea la emocionó tanto que pensó invitar a sus amigos para que la admirasen. Sería una buena excusa para que viniesen. Porque si algo tenía en común con su tía, era la soledad de una vida vacía e incompleta. Su corazón se contrajo al pensar en aquello, en ese sinsentido en el que se habían convertido sus días. Otra lágrima.

El chillido de la pava la sacó de sus cavilaciones y de inmediato secó la lágrima que rodaba por su mejilla. Nuevamente pensó que era el duelo por su tía, su anciana, solitaria y casi esquizofrénica tía.
Tomó unos mates pero el pensamiento volaba de inmediato a la máscara por lo que decidió investigarla un poco más. Quizás, si era conveniente, la vendería a algún coleccionista y eso le quitaría esa sensación morbosa de la cabeza, además de dejarle algún dinero. Aunque pensó en su tía, en la nota y un instante de duda se instaló casi sin ser llamado. “Es reliquia familiar… me pertenece”, pensó.

Suspiró. Tomó la caja no sin sentir un estremecimiento, y se sentó en su computadora con  la máscara a su lado. Buscó referencias sobre el estilo, que parecía incaico o incluso anterior a esa época, aunque no halló coincidencias. Buscó otros similares, pero nada se le parecía.

Abrió páginas y más páginas en el buscador pero enseguida un mareo se instaló en su cabeza. Se sintió nublada y en un instante  el fuego la envolvió. El humo, la tristeza y otras máscaras. Máscaras tristes, horrorosas, oscuras como su corazón y su tía que, con otro rostro, danzaba frente a ella semidesnuda. Y a pesar del fuego tuvo frío, mucho frío y eso la trajo de vuelta.

Miró la computadora que estaba frente a ella con decenas de páginas abiertas. Muchas de las cuales no había visitado, o eso creía, y una que titilaba como un anuncio de mercadería barata: “Este fin de semana, el Museo Metropolitano presenta una colección de máscaras de la era precolombina”. Continuó leyendo y vio un nombre y un recuerdo la invadió: el Dr. Torres fue el encargado de reunir y estudiar las piezas. “Joaquín es el arqueólogo encargado ¡por Dios!” y como si se tratase de una estúpida adolescente, pensó en sus épocas junto a él.

La noche se abalanzó sobre Mabel que, inundada de recuerdos, no sabía qué hacer con la máscara. “Me trajiste más problemas que soluciones, tía”, pensó y se durmió.

La habitación era blanca y brillante. Mabel estaba desnuda, expuesta. El humo penetró por su nariz y la elevó hasta las nubes. Allí sobrevoló tierras extrañas, lejanas en muchos sentidos. Pero con una vista maravillosa. A lo lejos, como un punto creciente, apareció una figura. Un hermoso caballo alado, blanco y brillante como el sol. Ella se estremeció. Su corazón se aceleró de repente y en pleno vuelo descendió y se dirigió a esa figura como una flecha que se debe impactar en su diana. Cuando quiso tocar a la magnífica bestia, despertó.

El sol penetró la habitación de Mabel que se levantó como cada mañana, sola y en silencio. Se dirigió hasta la cocina para desayunar y en su paso por el comedor algo le llamó la atención. Pensó que estaba aún dormida, pero lo que sus ojos veían en ese momento no era producto de la imaginación en absoluto. La máscara, herencia de su delirante tía, estaba colgada en la pared blanca del comedor. Los cuadros, las fotos, todo lo que estaba colgado ahí, se encontraban apilados en un rincón y la máscara, en el centro de la pared, se mostraba desafiante. Desafiante a su mente que no entendía cómo era posible aquello.

Mabel se asustó. Creyó volverse loca y en un arranque de histeria tomó la máscara, la colocó en la caja y la escondió debajo de su cama.

En el baño se lavó varias veces la cara intentando sacarse de encima esa sensación de alucinación que se había instalado desde el día anterior. “Es el duelo”, se dijo una vez más sin que sirviese demasiado. Entonces se miró al espejo y vio las enormes ojeras y un vahído se apoderó de ella y la sensación nuevamente de flotar hacia un destino incierto. Uno no escrito, nunca dicho. Todo a su alrededor comenzó a girar. El baño se desvirtuó, el espejo desapareció y debajo de ella se abrió un abismo oscuro.

Entonces despertó una vez más solo para constatar que la máscara seguía en su caja, sobre la mesa, en el comedor donde la había dejado.

Se levantó con la decisión de indagar a fondo los orígenes de aquella máscara. Ya no como cuestión mercantil, sino casi por temor (uno aún no admitido del todo) a qué se estaba enfrentado. Tomó unas cuántas fotos intentando no perderse en los ojos abismales de la máscara y cerró con rapidez la caja. Colocó las fotos en un pendrive y tomando coraje se dirigió al museo Metropolitano.

El museo quedaba a unas cuantas cuadras de la casa de Mabel. Los primeros metros los hizo con cierta ansiedad y casi con ligereza en sus pies. Pero a medida que recordaba a qué se confrontaría, su caminar se hacía lento y dudoso. “¿Estoy preparada para verlo?”, se dijo y de repente esa pregunta la frenó en medio de la calle. Y recordó con pena su pequeña historia. Pequeña porque era lejana y borrosa. Lo único nítido era él que le proponía una vida, juntos. Lo único claro era su miedo a entregarse. Y todo lo demás se había diluido. Lo demás se había acelerado hasta este presente que la veía sola y llena de dudas. Con fotos de una estúpida máscara.

Y se volvió a su casa convencida de que lo que había pasado era una sumatoria de excusas y malas coincidencias que lo llevaban a verlo.

Y el fuego la rodeó otra vez, y el humo la hizo flotar. Y levitó entre montañas nevadas. No sintió frío, sólo la brisa que despeinaba su cabello oscuro y corto. Y allí, luego de los cerros nevados, se abría paso la extensa sabana y el hermoso caballo. Su descenso se hizo determinante hacia él que brillaba y deslumbraba aún más que el día anterior. No entendía qué significaba encontrarse con ese animal, aunque estaba muy segura de quien inundaba sus pensamientos al verlo.

Una nueva mañana llegaba hasta Mabel que se sintió apesadumbrada y estúpida por las acciones del día anterior. Pensó en el sueño recurrente. “¿Por qué nunca logro tocarlo o montarlo siquiera?”, se preguntó.

Y la máscara en la pared. Y el baño que se deshacía y el espejo que desaparecía. Sólo para despertar otra vez frente a su computadora y ver nuevamente el anuncio que decía “Mañana, en el Museo Metropolitano, el Dr. Torres presentará la más ambiciosa colección de máscaras…”

Mabel lloró. La desesperación se apoderó de ella y temió que la locura de su tía hubiese sido heredada. Fue al cementerio y le habló a su tía que por supuesto ya no la escuchaba. “Me crucificaste, tía. Me maldijiste con esta máscara de porquería… ¿por qué tía, por qué?”

Abandonó el cementerio con el peso de la frustración en su alma. Caminó lentamente, sin sentido y casi en círculos. Solo para darse cuenta de que estaba frente al Museo y a metros de él. “Mabel… ¿sos vos?” escuchó detrás de sí y sus piernas temblaron.

Se miraron por un segundo. Un instante en el que Mabel pudo perderse en su Joaquín aunque lo suficiente como para notar el anillo de oro en su dedo y la joven que lo acompañaba de su brazo. El resto fue sólo una seguidilla de frases sin sentidos, presentaciones amargas y anhelos perdidos. Ella balbuceó una excusa y luego de entregarle las fotos se fue.

Luego de llorar durante horas, esa noche Mabel tomó la máscara entre sus manos y durmió con ella a su lado. Nuevamente las llamas y el humo. Otra vez, flotó en tierras ajenas y lejanas. Decidió que esta vez lograría acariciar a esa magnífica bestia y montarla para volar. Así fue que en su vuelo nocturno, tras las montañas, en medio del prado rodeado de flores, vio a su caballo alado. Lo montó y supo exactamente a donde la llevaría.

Dicen que a la mañana siguiente sólo encontraron una máscara en la cama de Mabel. Aunque lo cierto era que ella estaba sola y ni siquiera tenía amigos… así que ¿quién podría buscarla?

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015

Silenciosa e inmaterial.

Dicen que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen. ¿Será verdad?, me pregunto. ¿Será posible que esté aquí mismo, jun...