lunes, 22 de junio de 2015

Gotty






De repente mis pupilas se dilataron. No estaba el todo seguro si era terror o placer por lo que veía, pero lo cierto fue que no podía dejar de observar la escena desatada frente a mí. “¡¿Por qué carajos estoy acá?!”, pensé con desesperación y mi respiración se entrecortó. Un mareo. Un crujido. Ella clavó sus ojos en mí y supe que era el final. 

La casa de los Rotemberg era magnífica. Se trataba de una mansión de cinco pisos, con pileta olímpica y un parque de ensueño. O al menos eso me habían dicho las benditas malas lenguas. Una vez la fui a visitar, solo para sacarme la duda. Necesitaba saber si era cierto o no lo que había escuchado aquella noche entre copas. Luego de semanas de pensar, de imaginar con qué me encontraría, lo decidí y me encaminé hasta el lugar. Estaba escondido como todo lo bueno. Se encontraba en medio de un bosque y tardé más de una hora a pie en llegar. Era invierno y hacía mucho frío, pero la luna estaba omnipresente, clara y llena. La iluminación natural y el silencio reinante, le daban cierto aire majestuoso y macabro a la vez. Fue extraño lo que me provocó, aunque sí puedo jurar que me llevó a este destino que hoy vivo, sin remedio, pero buscado por supuesto. 

Esa noche, ahí parado entre los árboles, supe que en su seno se encerraban grandes riquezas. Se rumoreaba que de las paredes colgaban magníficos cuadros y que dentro de un alhajero de oro, había una estupenda joya: el diamante Gott. Le habían puesto ese nombre por la joven esposa del señor Rotemberg a la que él le llamaba cariñosamente Gotty. 

Gotty era de origen humilde, aunque desconocido. Las mismas malas lenguas que me habían contado de la mansión, decían que ella era una belleza rusa, secuestrada y vendida a su esposo, coleccionista de bellas mujeres. Mientras pensaba en ella, volé a las heladas tierras del norte europeo y la imaginé en su tranquila vida. Imaginé que era feliz junto a su familia hasta que unos rufianes, mandados por su actual marido, se la llevaron y la alejaron de todo lo bueno y puro. Triste como mínimo. Y lo peor era que ella no había sido la única en la vida de Don Rotemberg. 

Antes de Gotty estuvo Ariadna, Celina, Carmín y Sonya. Todas extranjeras. Todas blancas y delgadas. Y todas fueron desapareciendo del pueblo. Algunos decían que le habían logrado escapar, otros que la suerte no había sido tal. Pero Gotty, ella era diferente. Ella hacía ya cinco años que vivía ahí y soportaba. Él era un hombre obeso y malhumorado por sobre todas las cosas. Medía cerca de un metro noventa, pero apenas si se movía. Las malas lenguas también decían que sus mujeres le hacían el amor mientras él reposaba entre almohadones en el piso del living y que él casi no podía gemir.
“Espantoso”, pensé. Esa mañana, luego de pensar toda la noche en las riquezas que me esperaban allí dentro, diseñé el atraco. Y mientras ideaba el plan, pensaba no sólo en mi recompensa. Pensaba en ella. ¿Qué haría semejante mujer en ese lugar? Porque si Gotty fuese mi esposa la adoraría, porque ella era hermosísima. Era delgada, pero con gracia, como las modelos europeas. Sus ojos eran dos gotas de agua y sus labios dos pétalos de rosa. Rojos y aterciopelados. 

“¿Por qué sigue con él?”, me dije una vez que la crucé en la calle principal del pueblo. Ella iba en uno de los tantos coches de la familia. Gotty no manejaba. Creo que ni siquiera hablaba bien el idioma, aunque recuerdo que esa vez obligó a su chofer a que se detuviese ni bien me vio. Me observó de arriba abajo y me sonrió con una dulzura exótica, casi sensual. Me sentí halagado en una forma tonta e infantil. Y esa sensación me aturdió bastante. En ese estado me encontraba cuando ella sacó su mano, portadora del magnífico diamante, y me la extendió. No sé qué miré primero. Pero tanto su mano blanca como la nieve, como ese diamante enorme rematando su dedo anular, competían en belleza. Ella entonces, me clavó los ojos como ahora lo hacía en el living de su mansión. 

“¿Y si me voy?”, pensé. “No. Ya me vio, ahora tengo que esperar…”

Esa mañana lo decidí. Entraría por la noche y robaría el diamante. Lo vendería y luego, ya con mucho dinero en mis bolsillos, le ofrecería a Gotty una mejor vida. Ella seguro accedería porque su vida era de por sí terrible. Si ella me lo pedía nos iríamos a Europa, a su país o al que quisiese. Formaríamos una familia luego de unos cuantos años de viajar  y de divertirnos a lo grande. Ese diamante valía millones y el riesgo era aceptable. ¿Qué me podría pasar? Nada según mis planes. 

Cuando llegó la hora, me escabullí por entre los árboles del frente. Esperé a que las luces estuviesen apagadas y con una ganzúa me hice de una de las puertas de servicio. Entré con suma facilidad. Demasiada a la luz de los hechos. Y caminé sobre el mármol lujoso de la casa. Era más imponente de lo que imaginaba. Los cuadros y esculturas eran grandiosos. Pero yo sólo buscaba el diamante. Supuse que estaría en la habitación de Gotty, pero ¿cuál sería?

Caminé en círculos durante unos minutos y me regañé por no haber pensado en este dilema antes. Sin embargo, mis pensamientos se vieron interrumpidos por ruidos que venían de la escalera. Miré a mí alrededor y noté la puerta del ropero entreabierta y allí me metí. Dejé la puerta entornada y observé el cuadro que se iba desarrollando en el living. El mayordomo, un esbelto y bronceado joven, apareció de pronto y junto a varias mucamas, esparcieron por el piso muchos almohadones. “¡Era verdad!”, pensé con asco. Entonces, el obeso hombre de casa, sin una prenda, con su humanidad desagradable a la vista de todos se recostó con gran dificultad. 

Luego de aquella preparación, todo el personal se retiró y las luces se bajaron a una intensidad leve, casi de penumbra. Un perfume me invadió de pronto y una deidad descendió por las escaleras. Era ella, con un salto de cama transparente. Su cuerpo era escultural, blanco como aquella mano de la que me había enamorado. Y su rostro; lujurioso. ¿Sería que ella era parte de ese ritual? Me sentí celoso y asqueado. Pero no pude parar de mirar lo que ella hacía. 

Se movía como un animal en celo. Con sensual movimiento trepó al obeso hombre, tocó su piel y meneó su cintura sobre él. El gordo y feo hombre gritaba de placer y resoplaba como un toro, mientras yo sentía un calor subir por mi cuerpo.  Tuve que frenarme más de una vez porque la deseaba tanto que hubiese salido de allí solo para poseerla. No me hubiese importado nada. Pero no podía. Debía seguir el plan. Ella continuó con su danza erótica sobre su hombre hasta que al parecer con resoplido, él acabó y quedó tendido seminconsciente. Ella se levantó, se colocó el salto de cama y se dirigió hasta una mesa a unos pasos de la improvisada cama. Seguí cada uno de sus movimientos al son del ronquido de aquel hombre. Por un breve instante ella se quedó parada dándome la espalda.
Sentí la agonía de la espera. Debía salir de ahí, buscar el diamante e irme de esa casa. Pero todo se demoraba más de la cuenta y no podía quitarme de la cabeza la visión de mi futura mujer sobre ese hombre fingiendo un orgasmo inexistente. Me imaginé que el que estaba entre esas almohadas era yo y que ese baile exótico lo hacía sobre mí. El calor subió otra vez y me debatí en salir y tomarla por la espalda. Acariciar su cuello, buscar su boca, besarla. Tocar esa piel maravillosa. Hacerla mía.

Pero entonces ella se dio vuelta y un destello proveniente de su mano me sacó del ensueño en el que me había sumido. Se dirigió con calma hasta los almohadones, se posó nuevamente sobre él y sin más clavó el puñal una y otra vez en el obeso hombre, que jamás se la vio venir. La sangre salpicó para todos lados.

Sentí ganas de vomitar pero me contuve. Pude sentir el olor de la sangre fresca mezclado con las heces provenientes de los intestinos perforados. Miré a mi deidad y parecía un demonio ensangrentado con cara de ángel, uno rebelde y desobediente. La amé aún más, aunque también le temí porque ella sería capaz de cualquier cosa… Un mareo se apoderó de mi cabeza y tuve que agarrarme de la puerta que se movió. Por desgracia rechinó y ella de inmediato, como un animal que ubica a su presa clavó sus ojos en mí.

¿Y qué pasó?

Ella caminó como una loba hasta donde me encontraba. Su cuerpo escultural y desnudo, manchado de la sangre de su difunto esposo me deslumbró. Era una amazona que volvía de su batalla. Mi corazón explotó solo por la anticipación. ¿Me mataría? ¿Me amaría? ¡No! Ella se limpió las manos a solo centímetros de mí y pude sentir su aroma. Rozó con sus labios los míos y tomó mi mano que se dejó conducir dócilmente a donde ella la guió. Se colocó de espaldas de mí, y condujo mi mano y mi brazo alrededor de su cuello. Me entregó el cuchillo y pegó un alarido de puta madre.

Y acá estoy. Tras rejas luego de haber sido inculpado por el asesinato del señor Rotemberg y el intento de asesinato de su bella esposa Gotty. El juicio fue rápido, enseguida me encontraron culpable y no hubo forma de que alguien creyese mi versión. Hoy que lo pienso, a veces imagino que el cuchillo estaba en mi mano y que luego de asesinar a aquel hombre ella se entregó a mí, a mi carne sedienta. Pero lo cierto fue que Gotty heredó los millones, el diamante y al joven mayordomo.

De tanto en tanto me viene a visitar, solo para demostrarme que ella es indomable y que ningún ser humano en la tierra la poseerá… si es que ella no lo desea. Y aún sigo esperando en convertirme en el objeto de su deseo…

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015

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