Damián entra apurado por
la ventana. Su cuarto está en penumbras; lo ve desdibujado. Las manos le
tiemblan, la visión está desencajada. Uno de sus pies se enreda en la cortina y
cae de rodillas al suelo. Apenas siente el dolor, pero su cuerpo en contacto
con el parqué de la habitación provoca un ruido sordo, opaco que se ahoga en la
tranquilidad de la madrugada. Se arrastra hasta su cama y se queda ahí tendido.
Suspira. La agitación de minutos antes aún persiste, tarda en relajarse, en
volver a ser él. Lentamente entra en un estado de sopor. Se duerme profundo. Silencio
absoluto…
Cientos de imágenes se
suceden, figuras de un sueño convulsionado y violento. Una mancha roja se hace
presente frente a sus ojos. Se estira, se hace enorme, crece y lo envuelve. Se
transforma en un charco gigante que lo baña. Puede sentir el olor a sangre
coagulada penetrando sus sentidos, asfixiándolo. Sin embargo, está excitado
aunque no sabe por qué. El baño rojo pasa. La sangre se seca en el cuerpo de
Damián mientras que sobreviene la oscuridad acompañada de los alaridos de
alguien. Gira su cabeza hacia la fuente del desgarrador sonido y ve una joven. Ella
es la que grita. Damián la conoce. Es una de las chicas top de la secundaria.
Camila. Siempre le gustó. Ella es una de esas jóvenes que se desarrolló antes
de tiempo, que les ganó en belleza a todas sus compañeras. Es alta y tiene unas
tetas maravillosas que se dejan ver a través de la remera ajustada que siempre
lleva. Ahora parecen más grandes y eso lo excita más. Siempre la imaginó
desnuda en su cama. Pero es la novia del capitán del equipo y eso es un
problema para él. “Típico de una mala historia”, piensa.
Ella continúa gritando,
incansable. La sangre avanza como un mar rojo y embravecido. Él quiere saber de
dónde proviene tanto y busca. A su alrededor la bruma se hace espesa y no lo
deja ver bien. El olor es desagradable y no poder ver lo trastorna. Entonces, la
luna sale e ilumina sus manos. Están rojas. Una brisa cálida se esparce entre
él y la joven, como un suspiro y dispersa la neblina. En el suelo ve un brazo
arrancado de cuajo. La sangre proviene de ahí. Unos metros más adelante, el
cuerpo del capitán del equipo yace inerte con una horrible expresión de dolor
mezclada con terror. Damián mira a Camila, también bañada en sangre y despierta
de golpe.
La mañana está
presente. Damián apenas recuerda el sueño, pero tiene un sabor a triunfo. Al
menos en sus sueños él tiene una chance de quedarse con la mujer que ama. Se
levanta de un salto y va hasta su ropero a cambiarse la ropa. El piso está
lleno de barro mezclado con algo, pero no le interesa. El sueño lo dejó
satisfecho y eso es lo mejor que lo podría haber pasado a su autoestima.
Recuerda la noche de juerga con sus amigos. Recuerda que la pasó muy bien. Aunque
habían tomado de más y ahora los detalles están poco nítidos. Pero se siente contento
a pesar de las lagunas mentales mañaneras.
Llega a la escuela. Ve
chicas llorando y a los forzudos del rugby ocultando sus propias lágrimas. La
conmoción es generalizada. Por un breve instante piensa en su sueño y cree que
si se tratase de una película mala de terror, su eterno rival habría
desaparecido y su joven y deseada novia caería rendida en sus brazos. Una mueca
se le dibuja en los labios tan solo de pensar en ella como trofeo. Pero borra
la sonrisa al ver los rostros ensombrecidos rodeándolo. A lo lejos divisa a sus
amigos. Se acerca no sin notar la cara de preocupación de los muchachos.
“Desaparecieron”, dice Javier. “¿Quiénes desaparecieron?”. El silencio se
convierte en una mala sentencia. Camila y su novio no aparecen por ningún lado.
Nadie sabe dónde encontrarlos, nadie los vio desde la tarde anterior.
“Estaban vivos cuando los
viste, ¿no Damián?”, dice Lucas y Damián siente algo raro en su pecho. Comienza
a pensar que tal vez el sueño no era del todo una pesadilla. ¿Y si era un
recuerdo? “No puede ser”, se dice una y otra vez. Y la duda pesa en su
conciencia.
Trastornado vuelve a
su casa. Va a su cuarto, todo se encuentra limpio. Todo pulcro como cada día. Piensa
en las huellas que dejó por la madrugada, esa mezcla de barro y algo más. No se
atreve a pensar en ese componente extra. Teme. Se sienta en la cama e intenta
recordar lo vivido la noche anterior. ¿Cómo es que no los recuerda? Lo único
que se viene a su memoria es cerveza, mucha y sus dos amigos. “Fuimos a lo de
Lucas, al sótano… a tomar las cervezas y a jugar a la play…” Recuerda el juego:
Noche de luna. Hombres lobo contra zombis. Multiplayer. Él iba ganando. Pero
estaba pasado. Empezó a hablar pavadas. Recuerda las risas. Recuerda que
hablaron de Camila. “Vos fuiste el último en verlos, Damián”, le había dicho Javier
esa mañana en la escuela.
El sueño lo vence nuevamente. Se duerme pensando en la luna llena y en el resplandor. Se encuentra
frente a la pantalla. Va ganado, siempre gana. Es uno de los hombres lobo. Sus
compañeros de juego ríen a carcajadas y él solo puede pensar en Camila, en sus
curvas. En todo lo que haría si la tuviese en su cama, sin ropa. “Encarala,
man”, le dice Lucas tan borracho como él. Damián se imagina ese bombón
derritiéndose en sus brazos, tanto que se le cae la lata de cerveza en los
pantalones. “Menos mal, así se te baja un poco”, le gritan a carcajadas sus
amigos. Damián se levanta contrariado. Esos comentarios son de mala onda,
piensa. “No te enojes”, le dice Lucas. “Andá a buscarla si estás tan caliente
con ella. Andá y decile” le grita Javier. Y Damián va hasta donde vive ella.
Otra vez los gritos,
la sangre y el terror que lo despiertan de golpe. Esta vez, está más seguro de
haber sido culpable de esas desapariciones. De alguna manera, sabe que se las
ingenió para matarlo y destrozarlo. A pesar de que aquel muchacho le lleva más
de una cabeza de altura, cree que pudo derrumbarlo y descuartizarlo. Se imagina
comiendo a su contrincante, crudo, sanguíneo. Se imagina desgarrando la carne
de su brazo con los dientes. Pero de inmediato la náusea aparece y tiene que ir
al baño a vomitar. “¿Estás bien hijo?”, escucha entre arcadas. “No es nada
mamá”, le contesta.
El sopor aparece otra
vez, en ecos febriles y lejanos. “Estás ardiendo, Damián”, dice su madre
preocupada. Él teme lo peor. Está convencido de que se va a transformar en un
monstruo, de que es el asesino. Que de un momento a otro la policía va a llegar
y lo va a interrogar.
“Tenés más de 40
grados…” La madre le da algo para tomar y Damián se duerme rápidamente. Y los
gritos lo persiguen. La ve a ella, a la distancia. La ve con un camisón blanco,
translúcido. Puede distinguir su figura a través de la tela. Ve sus senos, esos
que lo vuelven loco cada noche. Se acerca hipnotizado. El aroma de ella se
siente en todos lados. Ella es una loba y él será su conquistador. Camina hacia
ella. Siente el pasto mojado debajo de sus pies descalzos. “Esto es un sueño”,
se repite. Pero es muy real, demasiado. Extiende su mano y la acaricia. Toca el
rostro de ella y desciende por el cuello y más allá. Su piel es blanca y
caliente. El aroma de Camila se confunde con otro pero no le importa. Ella es
lo que siempre quiso y ahora la puede tener. Se acerca para besarla. Se siente
torpe. “Es la cerveza”, piensa mientras sus labios tocan los de ella. Siente su
lengua en la boca y le parece lo más exquisito del mundo. Pero ese olor fuerte
se hace intenso, penetrante, nauseabundo. Es el olor a sangre.
Damián abre los ojos,
se desprende del beso más esperado de su vida. Detrás de Camila está su novio
destrozado. Ella retrocede. La luna sale y la alumbra en su magnificencia. Y
mientras arranca su ropa, su cuerpo desnudo se transforma y un aullido sale de
su garganta. El corazón de Damián se desboca. Escapa corriendo. Corre cuadras y
cuadras desesperado. Se cae en el barro. Se levanta con torpeza. La vista se le
nubla por el alcohol que aun circula por sus venas. Tropieza. Se cae otra vez
pero ahora divisa su casa y va directo hacia allá. Siente el terror en su nuca.
Siente que el miedo trepa por su espalda como una garra que se clava en su
cuello. Entra por la ventana de su cuarto. Se tira en la cama y piensa en ella,
en la visión de la mujer transformándose en un monstruo asesino. Ve una sombra.
Alguien que avanza, que lo sacude por los hombros con violencia. No quiero
morir, piensa y grita con todas sus fuerzas.
“Despertá Damián”. Él
abre los ojos y ve a su madre. Suspira aliviado. “Fue sólo un sueño. Estoy a
salvo”, piensa y sonríe.
“Mirá quien te vino a
visitar”, continúa ella. Damián ve a la mujer de sus sueños y sabe que es
la última noche que vivirá… al menos como un ser humano.
Autor: Soledad
Fernández – Todos los derechos reservados 2015/16
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