lunes, 8 de febrero de 2016

Sueños




Amalia era una mujer común. Tan común que hasta sus sueños se habían contagiado de esa mediocridad. Desde hacía bastante tiempo soñaba lo mismo: se soñaba sentada, con la mirada perdida, en el salón comedor de alguien, quizás el de ella. Lo llamativo de su sueño, además de que se repetía consistentemente, era que todo ahí tenía un tono marrón, oscuro y aburrido. Ella tenía frente de si una mesa redonda de madera, marrón también. Un vaso con agua y varias pastillas colocadas una al lado de la otra. Y ese era todo el sueño. Horas nocturnas de una situación estática y monocromática. Hasta que algunas cosas empezaron a ser diferentes.

Y la noche en que todo comenzó a cambiar ahí estaba Amalia. Casi todo era igual: el comedor, la mesa, ella sentada en una silla. Pero en lugar del vaso con agua y los comprimidos, había ahora un tablero de ajedrez. Un lujoso y muy trabajado a mano, tablero. “Extraño”, pensó al despertar esa mañana “yo no sé jugar al ajedrez”.
A pesar del cambio, el día de Amalia pasó de forma desapercibida. Como siempre pasó sus horas diarias caminando en un hermoso parque lleno de flores, regando las plantas que tanto amaba y observando las mariposas que revoloteaban felices y llenas de vida. El sol era intenso como lo habían sido cada uno de los días anteriores. Y el cielo despejado y azul.

Al llegar la noche sintió intriga. Tenía curiosidad acerca de qué encontraría arriba de la mesa. ¿Sería un plato humeante de su comida favorita? O acaso lo contrario: ¿todo aquello que detestaba? Esa noche se fue a dormir con la imaginación encendida y la expectativa puesta en una insulsa mesa de madera. Y al cerrar los ojos, los abrió en su sueño.

Esta vez, los tonos marrones eran sepia. Podía divisar algunas cosas mas coloridas como un cuadro en la pared que siempre había estado borroso y una diminuta estatua sobre un modular que era tan blanca que parecía hecha de luz. Pero lo que a Amalia le interesaba era lo que se encontraba sobre la mesa.

Otra vez estaba el tablero de ajedrez y de alguna forma se decepcionó. Del sueño y de si misma porque se consideró tan insípida como la casa que la rodeaba. Se pensó carente de gracia y de la capacidad de pensar cosas interesantes, al menos en un sueño. Pero algo sí había cambiado: en el tablero había muchas fichas acomodadas. Ella era las blancas, o así lo entendió.

La noche pasó invariable y el día llegó. Como siempre fue a su parque de ensueño, con su vestido de muselina blanca, y las sandalias de charol rosa. Pero enseguida notó que el día estaba nublado, a diferencia del resto de los días su vida que habían sido esplendorosos y llenos de sol. Sus hermosas flores se veían algo opacas y por ello su pecho se estremeció. Pensó que los sueños estaban perjudicando sus días y entonces decidió que por la noche trataría de cambiar los hechos, como si todo fuese tan simple.

Alterada se durmió y nuevamente apareció en la desabrida cocina. Aunque notó de inmediato que había más luz y color. Junto a la estatuita que ahora tenía forma de querubín, había un portarretrato y una foto borrosa. Aunque sin saber por qué, sintió que la imagen le era conocida. Observó a su alrededor como los sueños permiten que uno haga y vio todo con mayor claridad. El piso era azul y las paredes se habían convertido en un blanco opaco aunque agradable. La única lamparita que siempre la alumbraba ahora era una hermosa araña. Sus cristales tintineaban con la brisa que se filtraba por la ventana. Una ventana que ahora aparecía entreabierta y traía consigo aromas nuevos. Las cortinas rojo oscuro flotaban y afuera Amalia pudo divisar lo que parecía un jardín. Aunque borroso como la foto. Solo verde y unos puntos rojos.

En la mesa, el tablero seguía ahí aunque las piezas estaban movidas. Se asustó porque al parecer su contrincante la tenía acorralada. ¿Quién era el jugador misterioso que le ganaba esta partida? No sabía. Tampoco llegaba a comprender cómo estaba próxima al jaque mate si no tenía recuerdo de haber movido ni una ficha. Y sin embargo, todo estaba diferente. Fichas entremezcladas en jugadas imposibles de hacer por ella. Y a pesar de no entender el juego, su corazón supo que estaba acorralada como la reina del tablero.

Despertó angustiada y como siempre fue a su jardín. Necesitaba la paz que ese lugar le brindaba. Pero con dolor vio que llovía. El agua caía sobre el pasto como sobre su corazón. Y el cielo estaba revuelto y oscuro como sus pensamientos. Había un dolor profundo en Amalia que se resistía a reconocerlo. Un dolor latente y viejo que tomaba ímpetu para pegarle. Para noquearla.
Y la noche llegó y Amalia tuvo miedo de dormir. Temía que el juego hubiese terminado así como también la paz de su espíritu. La falsa paz de su conciencia.

Esta vez ni notó el momento en que se durmió. Apareció como cada noche en la cocina, sentada frente al tablero de ajedrez. Acorralada como la noche anterior. Esta vez podía ver con nitidez el jardín que era verde y estaba lleno de flores. Aquí había sol. Quiso ir pero algo la mantenía fijada a la silla y entendió que debía terminar el juego si quería avanzar. Entonces la vio. Y la reconoció de inmediato. Ella era quién la había puesto en jaque. Ahora como antes. Miró con angustia el querubín y la foto que ahora era dolorosamente nítida. Recordó con pena lo que su corazón se había empecinado en ocultar. “Pero todo vuelve, Amalia”, dijo la Muerte moviendo la última ficha.

Amalia miró los ojos vacíos de su oponente. Recordó en ellos el dolor de su pasado, la pérdida de lo único que había amado sin cuestionamientos. Vio en esos huecos horrorosos el hospital y a su hijito muriendo a pesar del esfuerzo vano de todos, de ella.

Miró a su alrededor y reconoció su hogar. Escuchó la risa de sus otros hijos y su esposo afuera. Vio el vaso y las pastillas a un costado. Entendió que moriría de pena en ese momento. Entendió que perdería el resto de su vida en ese estado. Miró de nuevo a la Muerte que estaba deseosa de llevársela. Vio las ansias en su sonrisa esquelética, en sus ojos que le seguían mostrando el dolor del pasado.

Sintió el peso del dolor, el agobio de sus días más oscuros. Sintió las amarras que la mantenían cautiva en ese lugar, en ese rincón oscuro de su vida. Entonces, con un grito de rabia Amalia rompió sus ataduras y tiró el tablero al suelo. Las fichas volaron por el aire mientras ella, con un nuevo color en su espíritu, se levantó y corrió hacia el parque. Amalia despertó de su letargo y la Muerte se desvaneció.

La paz llegó a la vida de Amalia, y ella comenzó a ser feliz otra vez. Aunque todos sabemos que solo postergó el trabajo de su oponente por un tiempo nomás. Un tiempo que durará en parte, lo que Amalia esté dispuesta a vivir.


Autor: Soledad Fernández - Todos los derechos reservados 2016

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