martes, 13 de diciembre de 2016

No hay dos iguales





—¡Te digo que no es él, Mayra! No seas cabeza dura…
—Sí, es él. Te juro que es él. Esos gestos…mirá la barba…decime si no es igual a la foto. No me jodas, es él. Es Facundo. 

Mayra compara a distancia la cara de un muchacho que está sentado en la mesa del bar. Está a varios metros y entre ella y él hay una multitud que va y viene. Él ríe mientras toma cerveza. Ella trata de esquivar a todos con la mirada. Y compara. El problema no es él en sí mismo sino que está con alguien. Mayra disimula para que el supuesto Facundo no se de cuenta. Aunque es obvia como el resto de sus amigas que intentan persuadirla. Pero los ojos de Mayra van del Facebook al flaco y viceversa. 

—Agrandá la imagen…¿a ver?
—¿Por qué no vamos a otro lugar? —dice Sandra preocupada. 

Ella conoce a su amiga. Sabe que cuando a Mayra se le mete algo en la cabeza, es difícil sacársela. Incluso se torna peligroso. Quizás un tanto obsesiva. Si, esa es la palabra justa: obsesión. Como cuando se enamoró locamente del vecino de enfrente. Fue un amor platónico que le carcomió la cabeza. Nunca hubo un encuentro físico, por supuesto. Tal vez una sonrisa, o un encuentro casual en el negocio de la esquina. Quizás compartían el gusto por el mismo tipo de café. O incluso ella modificó sus gustos solo para tener algo en común. A pesar de todo eso, para ella, él fue el amor de su vida. O uno de sus amores. Y casi termina en tragedia cuando se enteró que tenía novia. Sí, Sandra tiene muchas razones para estar preocupada por su amiga. Demasiadas.

—Nos quedamos acá y punto. Este pibe es un caradura. Tamara seguro que está durmiendo, con esa gripe que tiene y este pelotudo le habrá dicho que se iba a jugar un picadito o a comer un asado con los amigos. Y está acá… ¡con otra mina! Que descarado.

—Mmmmhhh se parece…pero no sé…fijate en la foto…acá parece de dos metros y este es petiso…pará que ahí viene. Háganse las boludas.Catalina se divierte con la situación, ella es ajena a los pensamientos de Sandra, a sus preocupaciones. Ella es una agregada reciente al grupo. No conoce la “historia” de sus amigas. De ninguna. 

Catalina ríe y el resto hace lo mismo. Algunas por imitación, otras por nerviosismo. Pero  Mayra está seria. Abstraída en ese rostro que se torna conocido, aunque de forma lejana. Quizás entre burbujas de alcohol y unos ojos verdosos que cambien con el sol. Quizás entre pensamientos amargos de frustraciones propias. Mayra vio a Facundo solo un par de veces. Pero según su juicio, eso la coloca en un lugar privilegiado. Ella puede…debe ser defensora de la amiga ausente. “Pobre Tamara”, se repite una y otra vez. “Si esto me pasara a mí me gustaría que alguien hiciera algo. Alguien que piense en mí…”; aunque no tiene quien la engañe siquiera. 

Todas disimulan. Hacen que se sacan fotos y toman la cerveza de sus vasos mientras el muchacho pasa caminando. Pero Mayra lo sigue con la mirada. Ella ni siquiera se hace la tonta, no esquiva la mirada. Él pasa a su lado sin registrarla y eso la pone más nerviosa. “Se hace el boludo…”

Mayra se levanta y Sandra que está pendiente a cada segundo de su amiga la agarra del brazo. Cruzan miradas. Hay violencia en una y súplica en la otra. Mayra ve la preocupación de su amiga pero se siente ofendida. “No estoy loca”, piensa. 

—Voy al baño nada más—le dice con frialdad y se suelta. 

Camina hasta el baño. Hay mucha gente. Se choca a una piba que no tiene ni diecisiete años. La detesta y disfruta ver como se mancha la camisa blanca. “Estúpida”, dice la piba y Mayra hace una media sonrisa triunfal. Por un segundo se olvida del supuesto Facundo. Por un instante hasta podría disfrutar, buscar a alguien, llevarlo a casa. Quizás si algo entretuviese esa mente inquieta y trastornada por la situación, las cosas serían hasta placenteras para ella. Pero para Mayra la vida no funciona así. Lo ve salir del baño y toda posibilidad de gozo se disuelve en el aire. “Es él”, se dice. Y va directo hasta donde se encuentra. 

Camina decidida. Él la observa pero no dice nada. Solo sigue su camino como si en realidad hubiese visto una pared inerte, blanca, insípida. Va hasta donde le corresponde, con la otra minita. Con la otra. Mayra se siente enloquecer de rabia. Gira entre dos pibes que le dicen algo, quizás un piropo. Pero ella está enceguecida. Sigue al supuesto infiel. Al novio de su amiga. Al que le robó la paz de un encuentro entre amigas. 

Sandra la divisa a la distancia y quiere frenarla pero sabe que no va a llegar. Ve que su amiga agarra una botella vacía. “Está loca”, piensa, “lo va a matar”. 

—¡Mayra! —grita pero su voz se ahoga entre ritmos electrónicos y risotadas ajenas. 

Acelera el paso. Sabe que su amiga es capaz de confrontarlo y más. Lo sabe porque años atrás, luego de salir de la internación por el amor platónico se volvió a enamorar. Salió mal. Obvio. Él la engañó. Ella lo encaró. Aunque por supuesto todo quedó en la nebulosa de sus recuerdos empastillados. Oscuros. Amnésicos. Fue sobreseída por emoción violenta. ¿Cómo ahora? ¿Es esto emoción violenta?, se pregunta Sandra. Siente un calambre en el pecho. Incluso se cuestiona dejarla. Irse. Ella no es su madre. “Soy su amiga” y eso le pesa ahora. Luego de tantos años y tantas situaciones límites vividas juntas siente que llegó a su límite. Comienza a llorar. La impotencia la inunda. Se frena junto a la barra y observa como todo se torna irremediable.

Catalina ve la desesperación de Sandra. Quiere preguntar, pero solo observa la situación. A la distancia la ve a Mayra, con una botella en la mano, llegando hasta donde está el falso Facundo. Falso porque Catalina está segura de que no es el novio de Tamara. Y está segura porque la llamó y disimuladamente le preguntó. “Está acá cuidándome…es un dulce…me preparó un te con miel”, había dicho por teléfono Tamara. Y catalina entiende lo que pasa y recuerda alguna conversación. Mayra y la internación, Mayra y el psiquiatra. Mayra…

“¡Hijo de puta!”, piensa Mayra mientras se acerca al pibe que ajeno a lo que a ella le pasa, sigue con su charla trivial. 

—¡Yo te voy a dar que engañes a mi amiga desgraciado!—grita Mayra mientras eleva la botella para reventársela en la cabeza. Toma el impulso de su odio, de su soledad, del engaño de los hombres y con violencia arremete. 

Pero una mano la frena justo. Catalina le pone el teléfono celular en el oído. Tamara le dice “Tranquila amiga…Facu está acá conmigo. Disfrutá la noche por mí ¿si?”.

Entonces las amigas salen a la calle y transforman en anécdota lo que pudo ser un asesinato. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2016
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