sábado, 9 de diciembre de 2017

VOS SABÉS QUIÉN SOY.










  
Usted tiene: un mensaje nuevo: “Mataste a mi viejo y la vas a pagar”. El café de la mañana se me sube hasta la boca. Ese sabor amargo. La náusea. El mareo. ¿Quién mierda es? Desconozco esos números. Yo no maté a nadie. ¿Cómo voy a matar a una persona? No, no, no. “Te pensás que te las sabes todas…”; el calor llega a mi cara. El miedo asciende con velocidad. Serenate. No pierdas la cabeza por una pelotudez. Por ahí el mensaje es equivocado. Ojalá. “La misma irresponsable…mataste…vos…” ¡Se entrecorta! Pará. Esa no soy yo. Estoy segura de que mi trato con los pacientes es bueno. ¡Nunca tuve problemas con nadie! Sí. Seguro se equivocaron. Seguro le dieron mi número a esta persona desagradable, pero el mensaje no era para mí. Alguien pensó que soy la responsable, pero no fui yo. ¿Y si llamo? Por ahí puedo aclarar que se equivocaron…“No les des lugar. Si quieren hablarte te van a llamar otra vez”. Así dice mi esposo. Si no fuera por él,no dormiría por contestar llamados y mensajes de mis pacientes. La misma discusión de siempre con él: “¿Para qué les das el número? Si después…” No seas así Ricardo, le contesto yo. Debe ser horrible pasar por una cirugía y no tener a nadie que te contenga. “¿Y cómo te pagan? Se ofenden cuando no los podés atender. Ni se acuerdan de que sos una persona”. Él no entiende. Es arquitecto y mi marido. Él se preocupa por mí, por mi salud. No quiere verme mal aunque a veces eso sea imposible…

Observo la pantalla de a ratos. Trato de encontrar algún significado en los números de la llamada perdida. Un código secreto, quizás. Los combino una y otra vez. Nada. Obvio ¿qué espero encontrar? Me repito que el mensaje es equivocado, que es para otra doctora. Una diferente e irresponsable. Sin embargo el nudo en mi estómago me dice que las cosas no son así. ¿Y si es para mí? Miro la historia clínica que tengo en el escritorio. Disculpá ¿enalapril de cuánto tomás?

La mujer revolea los ojos y tiene razón en hacerlo. Es la tercera o cuarta vez que le pregunto lo mismo. Le pido disculpas. Le invento algo de que tengo al nene enfermo y que estoy preocupada. Que espero que mi mamá llame para decirme cómo sigue. No sé si me cree y la verdad hoy no me importa. No puedo concentrarme. No después de haber escuchado ese mensaje. Le sello la receta del enalapril y se va. La escucho protestar por lo bajo y pienso que tal vez mi marido tiene razón. 

Miro la lista de pacientes. Recién voy por la tercera. La tarde es larga, interminable en realidad. Pienso en la voz de mi mensaje. ¿El hijo de quién será? ¿Quién estaba tan grave como para morir, como para que pueda ser la responsable de su muerte? Nada encaja. Ninguno de mis pacientes se ajusta al perfil. ¡Trabajo en una salita, por Dios!

Me repito “No es para mí, no es para mi”, como en un mantra místico. Pero me preocupa…me trastorna la posibilidad de que sí. La posibilidad de haberme equivocado. De ser responsable por la muerte de alguien. Uno se equivoca. Todos los días. ¡Soy humana! Como, voy al baño, tengo una vida como el resto de los seres humanos. No soy un Dios ni mucho menos. Uno trata de no equivocarse…a veces se logra.  Miro el teléfono otra vez. Maldita era digital. Quizás en otra época me hubieran venido a patotear en la cara. No sé. En otra época respetaban a los médicos. ¿Qué pasó? Soberbia. Siempre lo digo. Nosotros perdimos la batalla, somos los responsables. Pero no es este el caso. No el mío. Escucho el mensaje otra vez. Y otra más. “Soy….mataste….lo mataste. Vos lo mataste”. El audio se distorsiona. “Si desea repetir el mensaje marque 1” y lo marco de nuevo. Me torturo. Lo mataste. Lo maté. ¿Y si lo hice?

La enfermera entra de pronto y me dice algo, pero no escucho. Mis manos tiemblan, mi corazón se acelera, la obsesión se instala. ¿Qué te pasa?, me dice y lloro de impotencia. “Lo maté”, digo. ¿A quién? “No lo sé”. Ella me abraza sin entender nada. “Sos una soberbia, siempre lo fuiste”, me tortura el mensaje. Recibo la contención de mi compañera y eso me relaja. “Siempre se atendió con vos. Y nos abandonaste.”, retumba en mi cabeza. Descanso en ese hombro amigo, en la compañía de quién está siempre a mi lado, en la trinchera. Lentamente, la mente se aclara, lo malo pesa menos. Las lágrimas se agotan. Lo de antes vuelve en imágenes vívidas, dolorosas.“365 días de infierno. De soledad. Por tu culpa”. Recuerdo los detalles “Decile que me abandonó. Que en la guardia se rieron de mí. Yo no me interno ahí. No quiero. Prefiero morirme antes que operarme.”. Recuerdo verlo en terapia intensiva, la sensación de saber que sería la última vez. Recuerdo que hice lo que pude, pero que no alcanzó. A veces no alcanza. Y hoy hace un año que se fue. 

Ahora entiendo…, me digo, era por él. La enfermera me trae un vaso de agua. Lo tomo apurada y el alma retorna a mi cuerpo. Le agradezco y trato de tranquilizarla. Y tranquilizarme. Respiro hondo, pongo mi mejor cara y llamo al próximo paciente. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

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