domingo, 5 de agosto de 2018

En esta casa llena de fantasmas




Ambas hermanas se  miran. Carla y Camila. Gemelas idénticas, frente a frente mientras el tiempo se congela en un suspiro. Carla llora de emoción mientras Camila camina por la casa. 

―Estos pasillos…corrimos por acá tantas veces que aun puedo sentir el repiqueteo de nuestros zapatos de charol sobre el piso de parqué. 

Carla sigue a su hermana, en silencio, como siempre hizo. La abruman sus sentimientos, los recuerdos de su infancia. Siempre fueron compinches, pero Camila era la que las guiaba y Carla simplemente iba detrás, como ahora. La extraña tanto, que apenas puede articular alguna palabra. 

―Ya sé. No lo digas. Sé que pensás en mí desde que me fui. Pero ahora estoy acá de nuevo, con vos. 

Las dos caminan por la casa que las vio crecer. Si se esfuerza un poco, Carla puede sentir los olores del pasado. La calidez de la primavera en casa de la abuela. Ahí crecieron felices, luego de que sus padres murieran en un accidente. Eran tan chicas, que apenas puede recordar la cara de su mamá. 

―¿Y qué hiciste todo este tiempo?
Carla mira a su hermana, otra vez. Incrédula siente que sus manos tiemblan y la boca se le traba.
―Yo…
―Además de extrañarme, digo ―Camila ríe a carcajadas. Su risa resuena en la vieja casa, en los rincones amarillentos y en las vigas de madera oscurecida.

Una brisa entra por la ventana del comedor. Por un momento breve, los años retroceden. Todo retoma el tiempo de antaño: la abuela amasando, el abuelo leyendo el diario del domingo. Las hermanas jugando en el jardín con sus muñecas. Iguales, como ellas. Carla se detiene. El peso del pasado aprieta su alma, la exprime. Como siempre. 

―Me dejaron sola…todos ustedes me abandonaron.

Camila se frena. Su hermana tiene razón y ella lo sabe bien. Primero los padres, luego los abuelos. Los abuelos esperaron a que las hermanas alcanzaran la juventud. Luego de que las chicas cumplieran 18, partieron ambos, de vejez. Camila los encontró en su cama una mañana de abril. Y la tristeza hizo lo suyo con ella, (con ambas hermanas en realidad). 

―Lo sé. Fue triste ver a los abuelos ahí, dormidos y muertos. Me partió el alma.
―Y te fuiste a conocer el mundo. Sé que lo necesitabas. Tenías que irte y recorrer la vida, los lugares. Pero me dejaste sola, acá. En esta casa llena de fantasmas.

El silencio las envuelve, mientras que la noche se hace plena y la oscuridad dibuja caprichosas imágenes con la luz de la luna. El viejo reloj de cu-cú da las diez. La caminata de las hermanas se reanuda, con la misma cadencia de antes. Al compás de los segundos detenidos y olvidados. Esos que pasan desapercibidos cuando uno es chico y todo le parece eterno. De esa manera, en la que se transcurre la niñez, lentamente, ellas transitan la casa ya deshabitada.

―Decime, te ruego, ¿cómo estuviste todo este tiempo?
―Triste, estuve. Esperando verte entrar por esa puerta. Esperando noticias tuyas que jamás llegaron. Y hoy aparecés de la nada. Quizás porque te mandan a buscarme o porque quisiste hacerlo. No sé. Sé que viniste y me hablás como si nada hubiese sucedido.
―Te pido perdón…
―Yo también. Porque no pude con mi dolor. No pude con los recuerdos y me rendí…me rendí y acá estás. Aprecio que hayas venido, Camila. De verdad. Pero no sé si merezco ir con vos.
―Estoy acá porque lo merecés. Porque sé que te dejé sola con semejante dolor….
―Entonces, ¿me querés ver?
 
Camila asiente. La sigue a la habitación principal, despacio, dudosa.Sabe que va a ser doloroso ver el cuerpo sin vida de su única hermana



Autora:  Soledad Fernández (Misceláneas de la oscuridad) - Todos los derechos resrvados 2018