viernes, 16 de mayo de 2014

De casas amarillas y un asesinato







Ella lo observó con cierto asombro, mientras se llevaba una tostada con queso a la boca. A veces, la extrañaba esa relación que los unía desde hacía tantos años y que a pesar del tiempo, cada día se sostenían como un equilibrista en una cuerda y sin red. Había hecho una pausa y luego de colocar queso a su tostada, ella continuó con su argumentación:
—Te estoy contando que anoche, en mis sueños, maté a un ladrón con un arma de fuego y no sentí nada, ¿y vos me decís que soñaste con qué color vamos a pintar la pared del fondo? ¡Increíble como siempre! No me estás escuchando.
—No sólo la pared del fondo, la de adelante, esa que elegimos pintar de color ocre, era en mi sueño, de un amarillo intenso, casi fluorescente. Yo pensaba –en ese estado onírico desesperante- ¿por qué eligió un color como ese? ¡Es horrible! Pero…
—O sea, que encima que no me estás escuchando, me decís que la culpable del color horrible en tu sueño, el color de nuestra casa ya pintada desde hace un mes ¿lo había elegido yo? Estás bastante perturbado, amor… —y le dio un sorbo a su taza de café.
Él tomó el diario y tras comer una galletita respiró hondo, le dio un mordisco y con la boca aún llena dijo:
—Si puede ser, pero no tanto como vos mi querida…matar a un delincuente ¿y no sentir nada? Eso es tremendo hasta para vos.
Él sabía que a su esposa le molestaba sobremanera que hablase con la boca llena, pero ella se dio cuenta de que lo hacía a propósito, por lo que el efecto deseado en realidad no existió. Tras no decir nada al respecto, continuó con la conversación sin sentido que hasta la divertía un poco.
—Si…Pero en realidad, él me estaba persiguiendo…aunque no estoy muy segura de porqué. Yo había tomado un taxi, apurada porque me seguían. Pero el tachero arrancó muy despacio, casi a propósito te diría, y ese hombre, apareció de la nada y quiso arrancarme de adentro para matarme…creo. En el forcejeo, el taxista me pasó su arma y yo le disparé al hombre, varias veces. Y no sentí nada…eso ¿me hace una sociópata?
—¿Te preocupa no sentir nada al matar en un sueño y no te preocupa que los taxistas anden armados? ¿En qué mundo vivimos? Y yo soy el loco…En mi sueño, una pesadilla te diría, en la parte pintada de ese feo amarillo, una hiedra había trepado la pared y el pintor ¡había pasado la pintura por encima de las hojas! Además, dentro de la casa, habías comprado una mesa de madera de forma extraña, y la habías puesto en el centro del comedor; pero no entraba muy bien y yo la miraba tratando de encontrarle algún sentido a esa elección…
—Mí elección. Otra vez soy la culpable…en fin. ¿Y si quiero comprar una mesa así? Que ¿te tengo que pedir permiso? Además, empecé yo a contarte mi sueño y ya saliste con lo tuyo, otra vez. No me escuchás. Te digo que yo me bajaba del taxi y miraba al muerto y nada. Pero ahí no terminó la cosa: de repente, en un abrir y cerrar de ojos, me encontraba en un hospital porque mi peluquera, ¿te acordás de Liliana? —Él asintió mientras tomaba su té —bueno, ella estaba internada. La operaban de no sé qué cuernos y mientras esto le pasaba a ella, yo esperaba en una especie de sala de espera. Lo más loco fue que allí mismo me encontré con mis amigas de la secundaria, Karina y Diana, que hace como veinte años que no veo ¿No es raro eso?
—Primero, si querés comprar una mesa vas y lo hacés y si no entra, la devolvemos. Sabés que confío en tus elecciones…después de todo me elegiste a mi ¿no? —Ella le hizo una sonrisa burlona —Segundo, eso de tus amigas es bastante extraño, porque tuviste que matar a una persona, que quizás fuese inocente, para llegar a verlas. ¿Cuán loco es eso? Yo creo que es tu inconsciente tratando de verlas porque las extrañas mucho
—¿Estás seguro de eso? ¿Cómo podes saberlo?
—Intuición masculina, le dicen
—Ya estás hablando pavadas. ¡No existe tal cosa! Me estás mintiendo para que pare de hablar…te conozco.
—Bueno, puede ser. ¿Vas vos a buscar a Lauti al jardín?
—Si… ¿Por?
—Nada…acordate de pagar la cuota.
—Como siempre —ella lo miró. Por un segundo, sus ojos encontraron con los de él, y una sensación de eterna complicidad la invadió —¿Hay algo para el almuerzo?
—Mmmmhhh No creo ¿Querés que hoy prenda la parrilla? —dijo finalmente dando la vuelta al periódico que estaba hojeando.
—Ah, sería bárbaro…un rico asadito. Yo hago la ensalada.
Entonces, se levantó y lo miró con el mismo cariño de siempre; le acarició la cabellera ya canosa y se fue a tender la cama.

Autor: Miscelaneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

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