domingo, 16 de junio de 2013

Encerrada...



Ella entró y su corazón se aceleró en forma casi inmediata pero involuntaria. Era como si un presentimiento se le hubiese venido a la cabeza. No sabía bien a que se debía o por qué le pasaba eso y sin embargo no podía evitar entrar a ese lugar. Era casi inevitable hacerlo. Miró hacia el techo y todo estaba en orden. Las luces funcionaban a la perfección. El aire era ventilado sin problemas. Sin embargo, la sensación de querer huir de allí estaba más que presente.



El maldito lugar comenzó a moverse casi imperceptiblemente y una sensación de mareo y nudo en el estómago se le presentó. Tragó saliva para que eso desapareciese y lo logró a medias. De repente, oscuridad. El lugar se detuvo. Silencio absoluto. Ella comenzó a temblar. El terror hizo lo suyo. Sus manos comenzaron a sacudirse, mientras que un fuerte y rítmico latido sonaba en su cabeza con potencia. “No pasa nada” intentó convencerse, aunque su cuerpo no le hizo caso. Y aunque parecía una hoja temblando a merced del viento, intentó poner su cabeza en frío y pensar: “¿Qué hago ahora?”. Dudó un segundo pero lo entendió, era el momento de buscar la salida. A tientas se puso en contacto con una de las paredes. Tanta penumbra a su alrededor le hizo perder la orientación y no sabía hacia donde apuntaba. Quería buscar desesperadamente la puerta por donde había entrado. Y aunque intentó que sus ojos se acostumbraran a la falta de luz, no le fue posible ver nada. Comenzó a andar a tientas. Tocó la pared. La palpó para identificarla en toda su extensión. Pero era una pared lisa. No era la salida. Siguió deslizándose mientras comenzaba a sentir una opresión en el pecho que se incrementó con cada respiro. Otra pared, lisa. “No puede ser”, pensó. Se agachó porque la garganta se le cerraba lentamente. Con mucha dificultad, se arrastró a la siguiente pared, lisa. Un grito de desesperación pugnaba por salir de su laringe, pero el terror se lo frenó en seco. Silencio. Latidos en la cabeza. Mareo. Se acostó en el suelo con lágrimas en los ojos. Una luz roja y tenue se encendió. Una sirena ensordecedora comenzó a chillar, pero ella ya no escuchaba.



El encargado del edificio oyó la sirena del ascensor activarse y llamó al técnico que luego de varias horas pudo destrabarlo. Cuando el ascensor atascado descendió del todo y abrió sus puertas, ambos se encontraron con el horror hecho escena. Allí estaba ella, muerta, con los ojos como platos y la expresión congelada por el terror, allí en el ascensor de la oficina en la que trabajaba.





Autor: Miscelaneas de la oscuridad



sábado, 8 de junio de 2013

Asesino


 

De pronto, sentí unos deseos incontrolables de matar. No era algo de lo que podía enorgullecerme, pero era una cuestión presente en mi mente. En el inconciente. Una necesidad que se encontraba desde el nacimiento o tal vez desde corta edad. Y  ese deseo formaba parte de lo no dicho por mi, de lo no verbalizado. Varias veces me he preguntado cual era el motivo de ese deseo casi capricho. Tal vez, la cuestión de haber presenciado la muerte de mi padre en manos de mi madre, podría ser la oscura motivación de mis entrañas.


De ese trágico episodio para muchos, aunque no del todo para mi, tengo vagos recuerdos. Estos se presentaron de golpe, aunque los veía cómo en un día de niebla, con imágenes borrosas. Imágenes que, durante mucho tiempo, no pude entender. Tendría quizás 5 o 6 años. Mi padre era un hombre grande, enorme de tamaño. ¿Buen padre?, tal vez. No podría decirlo. Trabajaba para sostenernos a mi madre y a mí. Sin embargo los gritos y la discusión eran la única forma que usaba para comunicarse con mi mamá. Hubo épocas donde yo me levantaba asustado escuchando los chillidos de mi padre, atormentando a mi madre e incluso ruidos de golpes…
Muchas veces los altercados tenían que ver con alguna aventura clandestina de mi papá o por la falta de dinero. Otras, demasiadas, sólo por el hecho de existir. Una noche, mi padre volvió bastante más tarde de lo habitual. Mi madre lo esperaba, creo que con la indignación y el cansancio en la mirada. Yo estaba acostado en mi catre, tapado con las frazadas hasta el cuello, ya que era una noche de invierno. Recuerdo que miré por la ventana y algunos copos de nieve comenzaban a caer. Escuche gritos otra vez, como todas las noches y comencé a cantar una canción que escuchaba de mamá para dormirme. Lo hacía para intentar no escuchar, pero esta vez no pude concentrarme en la canción. Los gritos eran muy fuertes. Luego ruidos de ollas cayendo y después, como por arte de magia, silencio.

Nunca un silencio fue tan intenso y tan ensordecedor como el de ese día. Yo intentaba escuchar algún movimiento pero nada. Ni siquiera podía escuchar el metálico sonido de las motos pasar o los taconeos de las mujeres al caminar por la vereda que tantas otras veces me acompañaron en mi angustia. Me levanté con sigilo y caminé con el corazón en la boca. Podía escuchar los latidos pulsando en mis oídos y podría jurar que eso era lo único que podía oír. Una sensación rara se me vino en el estómago de golpe y luego, las manos me empezaron a temblar a medida que me acercaba a la cocina. En el umbral de la puerta de la habitación pisé algo cálido, líquido y espeso. Pero con la oscuridad presente, no pude ver bien de que se trataba. O mi mente lo borró quizás para protegerme de no se qué. Sin embargo estoy seguro de que lo que sentí esa noche, era la sangre de mi padre en las plantas de mis pies.

Tomé coraje y asomé mi cabeza. Un rayo de luz proveniente de la calle iluminaba a mi madre sentada en el suelo con la mirada perdida en la nada. Estaba acurrucada en un rincón, con las rodillas flexionadas y los brazos colgándole a ambos lados, casi inertes, huesudos aunque con la gracia de la juventud que a pesar de todo era su tesoro. Sus ojos bien abiertos, de un azul intenso y que otrora tuvieran un brillo indescriptible, carecían ya de esa vivacidad cotidiana y no parpadeaban. Luego de esa noche, ella nunca más tendría la mirada dulce y cálida que conocí en mi infancia. Su respiración era lenta y casi imperceptible, como si con eso minimizara el impacto de lo ocurrido y contribuyese al silencio sepulcral que estaba flotando en el aire. Un mechón de su cabellera, dorada y desprolija, le caía en el rostro como queriendo acariciarle la mejilla. Una caricia, un mimo que durante tanto tiempo le fue negado y que, tal vez, en ese momento ni recordaba como se sentía. Amor. Creo que jamás supo de qué se trataba ese sentimiento, no porque esa emoción no existiese en ella, sino porque nunca la recibió.

Inmóvil, en el piso no muy lejos de mi madre, había un bulto que yo no lograba distinguir. Sin embargo, y a pesar de mis cortos años, supe en ese momento que era el cuerpo de mi padre. Al verlo en la oscuridad me pareció en ese entonces, que era algo pequeño. Que allí en el suelo lo gigantesco de su ser había sido reducido a un pequeño saco de huesos. Fue extraño lo que dejó en mi corazón esa visión nocturna. En ese momento, tuve unas ganas intensas de abrazar a mamá. Pero algo me frenó. Tal vez el brillo de algo metálico en su mano me hizo retroceder. No lo sé. Pero luego de mucho, me arrepentí de no haberlo hecho. Entonces, sin hacer el menor ruido volví a mi cama e intenté dormir.
Creo que ese día, allí latente, esperando, pacientemente, la necesidad de matar comenzó a gestarse. Al principio evitaba pensar en ello. Era como una leve sed. Fácilmente controlable. Fácilmente manejable. La cotidianeidad de cada día me llevaba a pensar en tantas otras cosas que la idea de matar solo aparecía cada tanto. Cuando ya tuve más edad, me desquitaba cazando pequeños animalitos. Pero a medida que mis años se acumulaban, me di cuenta de que la necesidad pasaba por quitar una vida humana. Noté que el tomar vidas de pequeños animales sólo me daba remordimiento por desquitarme con seres que no entendían el porqué de mis acciones. Debía ser una persona, un alma. Alguien que entendiera el porqué. El sólo imaginar como sería tener tal poder en mis manos, me trastornaba, me excitaba. Era una revolución en mi estómago, como mariposas allí en la mitad de mi cuerpo y no era amor. Al menos no amor por otro ser. Era amor por el poder.

A la mañana siguiente de esa noche fría, desperté pensando que aquello que había vivido había sido un sueño. Sin embargo, una mujer vestida de azul y con placa de policía me llevó a la comisaría y me presentó a una trabajadora social. Primero pensé que había hecho yo algo malo. Pero luego entendí que esa noche había sido más que real. La mujer intentó explicarme que mamá estaría en un lugar donde yo no podría verla. Al menos durante algún tiempo. Y no la podría visitar porque algo grave había sucedido. Yo pensé en ese momento, que se había ido a lo de la abuela. Porque cuando ella visitaba a la abuela yo me quedaba con papá. Pero no. No había ido con la abuela. No había más papá. Yo estaba solo…

A mamá se la llevaron a un hospital mental y allí murió sola años después. Cuando finalmente me dejaron visitarla ella no me reconoció. Sus cabellos antes dorados, ahora eran blancos y enmarañados. Su físico esbelto fue transformado en delgadez extrema y su paso firme y apurado en un andar esquivo, errático e inestable. Fue la primera vez que sentí dolor en mi corazón. Luego de ese encuentro ella se quitó la vida. Se cortó la garganta en su cuarto con un trozo de vidrio. Tal vez me había reconocido después de todo.

Una vez que el oficial de policía y la trabajadora social me hablaron aquel día, fui a parar a un reformatorio del Estado. Allí estuve poco tiempo ya que me adoptó una familia que no tenía hijos. En esos años entendí por que motivo Dios, si es que existe alguno, le había negado a esa pareja la dicha de ser padres. Esa experiencia me dio más ansias de poder. En esos años fue difícil no llevar adelante mi plan de asesinar a alguien…

A los quince años escapé de aquella horrorosa familia. Vagué por las calles entre el cemento de los edificios y la suciedad que dejaban los autos a su paso. Dormí al calor de los árboles en las plazas y me alimenté en los mismos restoranes que los gatos y las ratas. En ese tiempo, se hizo fuerte mi resentimiento, y aumentaron aún más mis ansias de matar. Podría haber vuelto a mi familia adoptiva, podría haber buscado a mi abuela, podría haber confiado en el sistema. Pero no. Todos me habían defraudado más de una vez y ya era suficiente. Sin embargo un alma piadosa veló por mí.

La vida en la calle no es gratuita ni fácil. Se lleva el espíritu de las personas. Se come tu orgullo, lo devora, lo mastica y te lo escupe en la cara. Yo aprendí eso. Recuerdo que una vez estuve a punto de dejar este mundo insolente. Yo llevaba unos meses viviendo en la calle. Durante el día caminaba lo que mis piernas daban y durante la noche descansaba donde la luna y las estrellas me encontraran. Esa noche no había luna. La oscuridad era tremenda como lo era el frío y el hambre. Me intenté refugiar en una casa que yo sabía abandonada. Sin embargo, allí se refugiaba un grupo de muchachos. Ellos eran de esas personas que necesitaban de ciertas sustancias para que los ayudara a soportar la vida. Recuerdo que entré en el peor momento de su intoxicación y delirio, e interpretaron que venía a quitarles algo. Lo único que recuerdo es un puntazo en mi costado y luego oscuridad.

Cuando desperté vi a alguien que me estaba curando. En mi visión borrosa y delirante interpreté que era el Señor el que se había personificado y me bendecía. Luego lo vi crucificado en una pared venida a menos. Dormí mucho y con calor. Al menos eso me contaron después. Aquel que me estaba asistiendo era un sacerdote. El me había encontrado en el suelo sangrando luego del ataque de aquellos jóvenes. Me levantó del suelo y me llevó a su iglesia y allí cuidó de mí como hacía mucho tiempo que no nadie lo hacía. Durante varios años viví allí ayudando a otros. Y en esos años, mis ansias de poder casi ni existían. Allí conocí a Matilde.

Matilde era bella. Sin embargo, creo que en ese entonces no había lugar en mi para ese sentimiento que al parecer, toda mi familia era careciente. El amor nos fue negado a cada uno de nosotros. Con Matilde  tuvimos momentos de intensa pasión. El despertar de mi sexualidad fue gracias a ella. Ambos nos recorrimos en forma intensa y mutua en más de una ocasión. Pero mi mente y mi corazón otra vez no pedían ese tipo de agitación. Nuevamente pedían poder. El poder de hacer rogar por la vida. El poder de quitar el último aliento en un cuerpo. Sin embargo, algo de ella habrá calado en mí ya que la dejé ir. La dejé partir como se libera a un pájaro enjaulado. Le di libertad para que hiciera su vida. “Conmigo no encontrarás más de lo que te doy y sé que no es suficiente” le dije una tarde cuando, recostados en nuestra desnudez, fumábamos un cigarrillo. No hubo lágrimas, ni de ella ni de mí. Creo que si supiera lo que soy, me lo agradecería. Estaría feliz sabiendo que le perdoné la vida.

Cuando mi sed de muerte se reavivó, yo estaba por mi cuenta. Tenía un pequeño departamento y un trabajo aceptable. Unos años antes, el padre que tanto me había dado y enseñado había muerto a manos de una pandilla. Su partida fue casi tan dolorosa como fue la de mi madre. El me había dado trabajo, estudio y cariño. Algo extraño para mí, el amor me fue ofrecido sin esperar nada a cambio. Creo hoy que gracias a él, soy lo que soy hoy. Pero su afecto no pudo matar al demonio en mí. Ese que se comenzó a gestar aquella noche de mi infancia.

Una tarde la necesidad se había tornado insoportable. Mis manos temblorosas pedían por el alma de alguien, de un ser humano. Mi demonio interior se sentía pleno y con ganas de hacerse notar. Decidí entonces llevar adelante el acto que me daría “el” poder. Tomaría una vida ese día.
Salí a la calle y me senté en el banco de una plaza a mirar la gente pasar. ¿A quién elegiría? Era difícil realizar semejante elección. Miraba la gente pasar y podía sentir el corazón vibrante, palpitante de cada persona que caminaba por allí. Cada ser humano era una historia viviente. Pasado y presente en permanente construcción. Pero ¿a quien le sacaría el futuro? Estuve sentado varias horas meditando, hasta que tomé se completó mi elección. Ya tenía al indicado. Fui a mi departamento, tomé una cuerda para terminar con una vida, un alma, un latido, una historia, un futuro. Preparé todo para asesinar a la única persona que podía asesinar y tomar la única vida que podía tomar. La mía. 





Autor: Miscelaneas de la oscuridad

miércoles, 5 de junio de 2013

Roberto y la planta (nueva versión)



Roberto era un hombre pacífico. Amante de sus costumbres, tanto que para muchos, era un ser aburrido. Incluso para su esposa.
Cada mañana se despertaba a la misma hora: 5 y 55. Unos 5 minutos antes de que su reloj despertador sonara, evitando así, despertar a su mujer. Tras varios años junto a ella, había aprendido que cuanta menos interacción tenía con esa persona y su neurosis, su mundo tenía mucha más armonía y paz. Y al fin y al cabo, era lo único que él anhelaba. Luego de desayunar y de besarla en la frente, Roberto tomaba el micro de las 6 y 55 de la mañana y llegaba a su trabajo a las 7 y 55.
A las 8 comenzaba su tarea de llevar y traer el correo en un edificio del Ministerio de Asuntos Agrarios de la ciudad donde vivía. Eran 14 pisos, con 5 oficinas en cada uno de ellos. Así que apenas si tenía tiempo de comer al mediodía. Era eficiente en su trabajo: golpeaba la puerta de la oficina, saludaba con un correcto “buen día”, entregaba los sobres a la secretaria y en algunos casos le daban otros tantos para que fueran enviados desde el correo central. Luego de esta interacción y sin mediar otro discurso, se despedía con un escueto “hasta mañana”.

Así transcurrían los días. Iba de piso en piso con su carrito, sin prestar demasiada atención a lo que ocurría a su alrededor. A las 16 y 55 llegaba a su casa, tomaba unos mates con su esposa y escuchaba las quejas que esta tenía para él. Generalmente terminaba en alguna tarea para realizar el fin de semana: “y no te olvides de podar esa planta maldita que está llena de espinas que ayer me pinché y ¡se me hinchó el dedo! ¡Mira!”, y le mostraba un minúsculo puntito rojo en el dedo índice. “Si querida”, le decía Roberto y se sumergía en sus propios pensamientos, que no eran muchos, pero que en más de una ocasión incluían el asesinato de su mujer, generalmente ahorcándola con sus manos. Pero como eso implicaba un gasto de energía importante y se salía de la rutina, no lo llevaba adelante…al menos por ahora.

Un viernes, como tantos otros, la jornada comenzaba exactamente de la misma forma que el día anterior. Se despertó a las 5 y 55 antes de que su alarma sonara y la apagó para que su mujer siguiera durmiendo. Luego de desayunar, la besó, tomó el micro a las 6 y 55 y llegó al trabajo a las 7 y 55. Recorrió los pisos del edificio llevando y trayendo el correo y volvió a su casa a las 16 y 55. Tomó unos mates con su esposa y ésta nuevamente vomitó su neurosis en él. “Si querida” volvió a responder ante el reclamo de que podara las plantas del jardín porque “¡Mirá como me arañó la cara! ¡Y viste que soy alérgica!”

El sábado, luego de meses de escuchar el mismo reclamo día tras día, Roberto decidió ir a podar la bendita planta espinada. Tomó unas tijeras, se colocó una gorra para protegerse del sol y se fue al jardín. A lo lejos escuchó a su mujer que le decía “¡Voy a lo de mi mamá!”. “¡Está bien!”, le contestó sin preocuparse por si ella había escuchado la respuesta y suspiró aliviado por tener que pasar el día solo, junto a su monotonía.
Llegó al jardín y no pudo evitar pensar que su mujer tenía razón. “Esto es una selva”, pensó. Miró la planta de espinas y se dirigió a ella. La observó un largo rato, como si con eso le pidiera permiso para avanzar, como si esperara que ese vegetal, allí inmóvil, lo autorizara a proseguir. Se sorprendió de sus propios pensamientos y una sonrisa se le escapó. “Estoy un poco loco” pensó y tomó las herramientas del caso.
Vio una de las ramas llena de espinas, extendida como si fuese ofrecida para un sacrificio. Como cuando las personas ofrecen su brazo para que le extraigan sangre. Colocó la tijera y con tímido esfuerzo intentó cortarla. Sintió un rugido tenue, lejano, suave, como si un animal hubiera sido herido a la distancia. Miró hacia el jardín. Nada. Miró la planta como esperando que ésta dijera algo. Silencio. Sacó la tijera y vio que la rama estaba a medio cortar. Sin embargo, del pequeño corte provocado, salía un líquido verde. Extendió su mano para tocarlo y mientras lo hacía, una espina atravesó la palma de su mano con una violencia inusitada para provenir de una simple planta. El pinchazo y más que eso, el apuñalamiento de ese espécimen de savia y madera, le provocó a Roberto un dolor inmenso. “¡Maldita planta!”, gritó y sacó la mano de la espina que aún pendía de la rama. Mientras la mano se alejaba casi como en cámara lenta del lugar del accidente, una gota enorme de sangre se mezcló con la esencia derramada por aquel vegetal lesionado.
Roberto se sintió mareado, aturdido, algo nauseoso. Se sentó un momento al pie de aquella bendita planta y con visión borrosa le pareció notar que ésta se hacía más frondosa de lo que ya era. Como si con su gota de sangre Roberto le hubiera cedido la fuerza vital de la humanidad y se la hubiera traspasado a ella, a la enamorada del muro. Se intentó parar, pero el mareo era intenso. Mientras trataba de sostenerse, observó que la planta extendía –si es que eso era posible- un par de fuertes ramas hacia él, como si con eso quisiera abrazarlo y así ayudarlo a levantarse. “Estoy alucinando”, pensó, pero finalmente pudo agarrarse de esos brazos de madera y hojas, y así se mantuvo en pie. Quiso apartarse de ella, pero una de las ramas se había enroscado en su brazo. Intentó salir corriendo de allí, pero otra extremidad trepó por su espalda y lo tomó por el cuello cual liana de la selva tropical.

En un minuto ya estaba totalmente atrapado por aquel arbusto, casi árbol, de su jardín. “¿Por qué no la habré podado antes?”, se preguntó. Miró a todos lados, no podía pedir auxilio, ¿quién lo escucharía? En su aburrida vida nunca había intentado hacer amistad con los vecinos, y su mujer no volvería hasta muy tarde. Mientras su mente divagaba en decisiones que no tomaría jamás, sintió como miles de espinas lo pinchaban y le inyectaban el líquido verde, la savia vital de la enamorada del muro. La esencia natural penetró sus venas y luchó con los componentes de su sangre y como en una batalla cuerpo a cuerpo, ganó derribando a cada uno de sus glóbulos rojos. Una vez ganada esta cruzada, el líquido verde comenzó a invadir con una fuerza tremenda cada célula del cuerpo de Roberto. Transformó su carne, sus huesos, cada parte de su ser, en madera. Cada centímetro que avanzaba, la savia era terreno ganado que automáticamente y con dolor, se convertía en tronco. Las manos se inmovilizaron en pequeñas y largas ramas y en el extremo, las uñas fueron doloridamente reemplazadas por brotes. A pesar del sufrimiento, en cada centímetro de piel y carne perdidos, él sintió como brotaba una energía inusitada en su nuevo ser. Una energía y vitalidad que jamás en su vida había podido siquiera imaginar.
Mientras la transformación evolucionaba, bajó la mirada y notó que había comenzado a echar raíces y que además, pequeñas espinas comenzaban a brotar de la madera que ahora era su cuerpo. Y brotes y hojas. Miles de años de naturaleza, batallas ganadas y sufrimientos padecidos, fueron absorbidos por él. Los pequeños brotes y las nuevas flores vieron el sol por primera vez. Una pareja de gorriones hizo nido en su cabeza y comenzaron su vida allí. Mariposas revoloteaban a su alrededor y se sintió en comunión con la naturaleza.

De repente notó que tenía sed y sus pies, ahora raíces, cavaron profundo en busca de agua. En su camino se toparon con lombrices, sapos, arañas y cuanto animal subterráneo había por allí. Y llegó al agua y su sed se vio saciada.

El día se transformó en noche. Roberto era una planta en su totalidad. Las gotas de rocío comenzaron a caer sobre sus hojas y se sintió bien. Sus flores se cerraron para descansar y la pareja de gorriones fue al nido de su cabeza a refugiarse se la intemperie. La paz reinaba. Sin horarios, sin esposas quejosas, sin trabajo monótono. La vida tenía sentido ahora. Estaba completo.

“¡Roberto!”, se escuchó a lo lejos. “¡Roberto! ¿Donde está el inútil ese?” su esposa lo buscaba. Salió de la casa y se dirigió al jardín.  “Como es posible… ¿Dejó todo tirado y se fue? Y la planta ¡sigue ahí!”. La mujer enojada al no obtener resultados con su berrinche, dio media vuelta y se fue adentro.
Roberto admiró la noche en silencio y en soledad acompañada. Disfrutó de la luna, las estrellas y del universo todo. Luego se durmió plácidamente. La mañana llegó y Roberto hecho planta despertó. Eran más de las 7. Nunca había dormido tan bien. Entonces, vio a su mujer y se alegró de ya no formar más parte de su vida humana. Pero notó que ella no estaba sola. Ella hablaba con otro hombre y señalaba el jardín. Más precisamente a Roberto hecho planta. Entonces, el hombre con el que su mujer hablaba, se dio vuelta, tomó un hacha y se dirigió directamente hacia él. 




Autor: Miscelaneas de la oscuridad


domingo, 19 de mayo de 2013

Inés


Inés se levantó de la cama sabiendo con exactitud que debía hacer. Los detalles que quedaban por organizar eran insignificantes y los iría ultimando a medida que los eventos se fueran desarrollando. Pero la base del plan, el nudo crítico de lo que debía llevarse adelante y cómo, estaba diagramado en su cerebro. Las órdenes se encontraban depositadas en un lugar profundo entre las miles de neuronas que conformaban su psique. Y así, como se organiza un archivo en una computadora, esas directivas estaban bien guardadas en su disco rígido mental.  

La información acerca de las acciones a seguir, era bastante detallada y había sido cargada en su inconsciente durante la noche. Sólo una noche fue necesaria para recibir tanto detalle. Solo una noche que ella pasó en ese departamento amenamente amueblado. Miró la luz y le pareció extrañamente intensa y hasta le provocó cierto dolor en los ojos. Pero no hizo caso, no estaba entre sus directivas cuestionar la iluminación del lugar. Luego de salir de la cama, caminó descalza sobre la alfombra y lo disfrutó. Y aunque esta acción, no formaba parte del plan, ella se lo permitió igual so pena de que el plan se viniera abajo en su totalidad. Aún así se arriesgó. Nunca lo había hecho antes y siempre lo había anhelado. Ese deseo estaba muy bien guardado en un lugar profundo en su corazón. ¿Alguna frustración en su infancia? Tal vez. Sin embargo, ¿Quién era ella para analizar su pasado?

Luego de ese momento de autosatisfacción, se dio un baño porque eso era parte de lo que debía hacerse. Las directivas involucraban un baño largo y reparador, e inmediatamente después de salir de la ducha debía mirarse al espejo, y así lo hizo. Luego, tomó una tijera, bastante grande por cierto y cortó su larga cabellera. Su pelo, lacio y hermoso, era de un negro azabache, profundo, oscuro como su mente. Y sin embargo, a pesar de la belleza y la suavidad de ese hermoso cabello y de los años, décadas que llevaba con ella, allí, en su mente, estaba la orden de que debía ser cortado. Y lo hizo, al ras del mentón. Lo emparejó para que no quedara desprolijo, recogió el pelo caído en el suelo, lo tiró y fue a vestirse. Eligió un vestido del bolso que llevaba consigo. Tomó uno rojo, bastante ajustado, que remarcaba su estructura ósea de una forma un tanto exagerada. Notó entonces, que debía comer algo y aunque no formaba parte de la información recibida, se dio cuenta de que estaba hambrienta, casi famélica.
Meditó seriamente si era o no apropiado comer, aún sin la autorización previa, pero no recordaba con exactitud cuando había sido la última vez que había ingerido algo y al juzgar por su estado físico, habían pasado varios días. Sin embargo, no estaba muy segura de porqué ni que había hecho durante el tiempo durante el cual no se había alimentado.
No le importó esta cuestión y se dirigió a la cocina, previo colocarse unos enormes tacones negros. El resultado, a pesar de la delgadez extrema, era impactante y ella lo sabía, porque así debía ser.
Comió algo mientras esperaba llevar adelante el resto de sus objetivos: preparar un desayuno para alguien más. Puso el agua para el café. Miró el reloj y notó que aún tenía un poco más de tiempo, por lo que escribió una nota y la dejó a mano para después. Agarró la bandeja de desayuno, colocó una taza, mermelada, una servilleta y pan.
Mientras realizaba esto, sintió el ruido de la puerta y supo que él había llegado a casa. Entonces, se regocijó de cómo todo estaba marchando según el plan. Lo extrañaba porque no recordaba cuando había sido la última vez que lo había visto y además, lo que sentía por él era intenso, casi de otro mundo. Era su hombre y le estaba preparando el desayuno.
-¡Ya voy, cariño!- le dijo entusiastamente aunque no escuchó respuesta alguna.
Preparó el café, se dirigió a la alacena, tomó el veneno para ratas y le colocó unas cuantas cucharadas. Lo disolvió bien y le llevó el desayuno a su hombre. Se escuchó un leve forcejeo durante el momento en que ella lo ató a una silla y lo forzó a beber la taza de café, pero nada que los vecinos pudieran notar.
El muchacho la miraba con asombro y terror en los ojos, pero ella iba realizando todo según dictaba el plan.

Unos minutos después de esto y luego de haberlo dejado atado y amordazado para que no hiciera demasiado ruido, volvió a la cocina con la taza vacía. Sus órdenes mentales le indicaron que debía limpiar todo y esperar. Y así lo hizo. Fue al living y encendió el televisor. Busco en varios canales y encontró una película romántica. Tenía tiempo de verla entera y la comenzó a mirar. Mientras el programa hacía una pausa para los comerciales, ella intentó recordar que había sucedido los días anteriores. Sólo tenía flashes en su memoria fragmentada. Y realmente le preocupaba cual era el motivo por el que no había comido. Estaba demasiado delgada y no quería enfermarse. Dentro de esos flashes recordó a su hombre, ese que había elegido para compartir los días de su vida. Sólo hacía unos meses que se habían conocido pero él la había hechizado con su dulzura y amabilidad. Era tan atento con ella que no pudo más que apasionarse por él. Sin embargo, últimamente estaba muy distanciado.

De repente, como si un rayo le partiera el cráneo recordó porque no había comido esos días. Una mañana no muy distinta a la que estaba viviendo en ese momento, se había levantado y también en ese instante supo lo que tenía que hacer. También durante el sueño recibió las instrucciones de cómo cumplir con el objetivo. Entre las indicaciones descargadas en su cabeza se encontraba la de esperar afuera del departamento al hombre del que ella estaba locamente enamorada, y cuando éste se marchara, ella debía seguirlo. Lo siguió y lo siguió sin que él lo notara y allí lo vio con una bella mujer. Era hermosa, alta, interesante, atractiva. Y así supo, supo que esa era la mujer por la que el amor de su vida ya no le prestaba la atención que debía prestarle.

Inés siguió a esa mujer una vez que dejó de hablar con el hombre. Fue detrás de ella hasta que ingresó a un departamento. Ya era oscuro y entrada la noche. La mujer no se había percatado de que Inés la había seguido hasta ese lugar, por lo que fue tomada por sorpresa ni bien abrió la puerta de su hogar. En el momento en que vio esa figura femenina y esquelética acercarse, ya era demasiado tarde, porque estaba encima de ella. La empujó hacia dentro del living y en ese instante, sin darle tiempo a que reaccionara y sin mediar palabra alguna, le clavó un cuchillo de cazador certeramente en el corazón. La mujer cayó al suelo y aunque luchó por su vida, ésta la abandonó como si nada la atase al cuerpo.
Inés la miró mientras la vida se le extinguía. Miró como el espíritu y la vitalidad de esa mujer se escapaban y la dejaban, como si éste esa figura humana se estuviera vaciando. El color perfecto de su piel se extinguió dándole paso a un tono blanco grisáceo. Lo mismo ocurrió con sus labios, que habían sido de un rojo carmín intenso. Esos labios que seguramente besaron a cuanto hombre se le cruzó por el camino, a su hombre, eran ya de un color violáceo. La sangre, roja y rutilante, se había esparcido por el piso de cerámico y formaba un contraste exótico con el blanco pálido de la ahora mujer muerta. Era impactante. Pero ella sabía que tenía que continuar con el plan dictado en su cabeza. Debía limpiar todo. Arrastró a la mujer al baño, tomó una bolsa de consorcio que llevaba en su bolso y la guardó allí en pequeños pedazos. Luego, cerró la bolsa, limpió todo el lugar y la depositó en el freezer. Todo eso le habían ordenado hacer, todo eso estaba depositado en su cabeza y a pesar de que le llevó tiempo y energía hacerlo, nada de lo hecho fue cuestionado por Inés. Terminó de limpiar el resto del departamento y se fue a su casa a descansar.

Miró nuevamente el reloj. La película que estaba mirando ya finalizaba, sólo le quedaban unos minutos más por delante. Había elegido una comedia romántica que la emocionó hasta las lágrimas. Una vez que finalizó, se levantó y fue a la cocina. Allí estaba él, su hombre, retorciéndose del dolor en plena agonía. Ella se conmovió, tal vez por la película que había visto unos minutos antes. Agarró una cuchilla y terminó con su vida terrenal. Se agachó y le sacó la venda de la boca ya que él parecía querer decirle algo.
-¿Qué mal te hice?
-Me engañaste con esa otra…cariño
-Pero…si apenas te conozco…
Y murió. Inés sonrió a medias y se preguntó porque él no admitió que la engañaba con otra. “Debe haber sido el veneno que no le dejó pensar con claridad”, se dijo, “¡cómo si fuera cierto que no me conoce!”. Lo terminó de desatar y lo acomodó en el suelo cuidadosamente, con el cuchillo en la mano, para no alterar nada de la escena, ya que así debía de hacerse. Arregló todo el lugar, dejó la nota que había escrito antes y se fue a su casa. Cuando cruzó la puerta se estremeció, cierta sensación de tristeza se le vino al corazón y hasta una lágrima quiso asomar. Realmente la película había llegado a su corazón. 





Autor: Miscelaneas de la oscuridad.

sábado, 18 de mayo de 2013

Hola, otra vez

Hola a todo@s!

Como es dificultoso el dejar mensajes aqui o que el propio blog notifique una nueva entrada, para el que quiera, puede entrar a la pagina del face: Miscelaneas de la oscuridad, darle un me gusta o seguir la página. Entonces, cada vez que un relato nuevo sea publicado lo verán con mayor facilidad y rapidez.
Un saludo y nos estamos leyendo!



Miscelaneas de la oscuridad

Miscelaneas de la oscuridad - Mis narraciones y cuentos: Y aún así, muerto

Miscelaneas de la oscuridad - Mis narraciones y cuentos: Y aún así, muerto: Acá estoy, encerrado en esta habitación, entre cuatro paredes llenas de olor a humedad. Solo, conmigo mismo. Siento un ruido y quiero...

viernes, 17 de mayo de 2013

Y aún así, muerto



Acá estoy, encerrado en esta habitación, entre cuatro paredes llenas de olor a humedad. Solo, conmigo mismo. Siento un ruido y quiero decir “¿quién anda ahí?” Pero mi voz se ahoga en el terror que me invade, se queda trabada en mi boca seca por tanta adrenalina. Quiero pensar ¿porqué a mi? Pero eso no tiene cabida. Yo lo sé muy bien. Sé porque a mi. Lo merezco. Yo hice esto. Yo provoqué esta furia desenfrenada de las tinieblas. Yo desperté a la Bestia dormida.
Alguien camina allá afuera. Lo sé porque escucho sus lentos pasos. Se toma todo el tiempo del mundo en caminar. Quedamente. Con paciencia. Como yo hacía todo, lenta y metódicamente. Lo merezco y no. No debería ser mi hora. Sin embargo…Dejo apagada la luz para que piense que no hay nadie aquí. ¡Qué piense! Me causa gracia esta mente trastornada. ¿Qué va a pensar? Sólo busca sangre. Busca mi sangre fresca y culpable. Me huele y por más que yo no haga ruido, que respire en silencio, sabe muy bien y con gran precisión que estoy acá sentado. Sin embargo, por más que yo quiera, no puedo respirar en silencio. Si pienso o imagino cómo será el final, si visualizo mínimamente como lo hará, mi respiración se acelera y el golpeteo cardíaco y veloz me retumba en los oídos como campanadas anunciando mi muerte temprana. Y ese ruido ensordecedor no me deja pensar con claridad. Aunque ¿para qué quiero pensar? Quisiera terminar ya con esta agonía, que me encontraran ya y pudiera explicar que lo pasado está guardado allí, en el pasado. Pero no. Quiere mi sangre y la va a tener. Tarde o temprano me va a encontrar. Y por más que me quiera arrepentir no servirá y no es verdad. No me arrepiento. Hice todo con convicción. Yo le prometí a ella que me encargaría de ese ser despiadado que la acosaba y lo hice. Sólo para ganarme su amor. ¿Y que obtuve a cambio? Unas tímidas gracias y un casamiento con otro. ¡Con el hermano del muerto!

Otro ruido se escucha afuera. Me saca de los pensamientos del pasado y recuerdo que mi vida está llegando a su fin. Se escucha un ruido extraño. Un  ruido de algo metálico rasgando el suelo. Como cuando yo rasgué la garganta de ese hombre que hoy pienso, era inocente. Seguramente él estaba en medio de dos amantes y ella vio en mí la posibilidad, la oportunidad de usarme. Y lo hizo, por supuesto. Yo era como un perro faldero, dócil y estúpido y le dije: “Yo me encargo mi tesoro. No temas más. Jamás te va a molestar otra vez, te lo juro”. Y lo esperé una noche oscura. El cielo era negro como el corazón de mi amada. No había luna, porque la luna es sólo de los enamorados y allí no se desparramaría amor, sino sangre. Y la sangre se lleva bien con la oscuridad.

¿Qué pasa que no se escucha nada? Me arrastro hasta la puerta pero enseguida veo por debajo de ésta, la sombra de unos pies que se detienen y mi corazón hace un vuelco. Me duele el pecho. ¿Será ahora mi fin? Pero los pies se detienen y mi mente divaga.
Esa noche lo vi. Era un hombre joven, pequeño y casi bajito. Caminaba hacia su auto. No dudé. Tomé el cuchillo y le rebané la garganta. Y no pudo gritar pero si retorcerse del dolor. Como se retuerce una víbora en el suelo para avanzar. Se retorcía porque su cerebro de hombre bajito se quedaba lentamente sin oxigeno. Mientras hacía esto, mientras se desangraba y se desalmaba, se dio vuelta y me miró y vi asombro en su mirada. Asombro y pena. Aquel hombre era inocente y en ese momento lo supe. Maté a un inocente por un capricho de amor. Por un capricho de la mujer que aún amo. Y ella se casó con otro. En ese instante mi mente se trastornó. Perdí todo por nada. Lo metí en el baúl de su propio auto, con gran esfuerzo y me fui corriendo de allí.

Y acá estoy. Menuda desgracia la mía. Los pasos se reanudan. Ya puedo oler el olor de la muerte. El mismo olor que sentí cuando tomé la vida de aquel hombre inocente. Olor a sangre, olor a miedo, olor a infierno. Mi infierno. La puerta se abre bruscamente pero ya nada veo. Oscuridad como aquella noche. Oscuridad de muerte. El miedo venció al acero. Sin embargo lo que me espera es terriblemente peor.

El guardia pone la llave en la puerta y entra a la habitación 217 del manicomio estatal. Allí se encuentra con un cuadro dantesco: un hombre tirado en el suelo con la garganta cercenada, los ojos abiertos como platos y el terror pintado en la expresión. Mira las ventanas y están cerradas nada ni nadie pudo haber entrado allí. Y aún así, muerto…







Autor: Miscelaneas de la oscuridad

domingo, 12 de mayo de 2013

La transformación de Mía



Mía era una Joven mujer que transcurría por el mundo de manera acomplejada. Esos complejos estuvieron siempre junto a ella, tanto que Mía no podría definir cuando habían aparecido por primera vez, tal vez estuvieran desde su nacimiento. Su vida transcurría detrás de un par de enorme gafas y de una computadora. Pasaba hora tras hora y día tras día, en su casa. Su trabajo consistía en administrar una página Web y debido a ello, todo giraba en torno a ese rincón de su casa, en el escritorio de su comedor, donde al lado del monitor había colocado un florero insignificante con una flor de plástico. Tal vez así sentía a la naturaleza más cerca. Los pagos eran a través de un depósito, que ella manejaba también por Internet, así que rara vez salía de su casa. Y aunque su trabajo era cumplimentado en forma eficiente, la realidad era que no progresaba.
Su vida estaba estancada y ella lo sabía. La falta de avance era en la totalidad de los aspectos de su persona. Así como su trabajo se desarrollaba en casa, su vida también acontecía en forma oculta y detrás de la computadora. No tenía familia, amigos o novio. No recordaba siquiera, si había tenido alguna vez padres, lo cual era algo difícil de creer, y sin embargo era real en su vida. De alguna forma, ella se sentía excluida del  resto de las personas y creía que eso era la raíz de su complejo de inferioridad o así lo definía en su monólogo interno. Pero en realidad era simple y llanamente diferente al resto. Ni mejor, ni peor, solo diferente.

Mía era bella a su manera. Sus rasgos eran delicados y su piel tersa y sin arrugas aún Sin embrago, toda esta cuestión del diferente y la (auto) exclusión, la hacían ser algo antisocial. Entonces, su único amigo era un gato llamado Félix. Félix vivía con ella y le brindaba cariño a cambio de comida y refugio. Hasta se podía decir que lo que había entre ella y su gato, era casi un contrato de supervivencia. Y como él estaba castrado, no sentía necesidad de salir. Por lo que era casi como Mía. El la observaba horas y horas en esa computadora. La veía triste y encerrada, aunque ¿Qué sabría él? Solo era un gato.

Una tarde, el cielo se oscureció de golpe, la electricidad se cortó y Mía se quedó sentada en la oscuridad sin saber que hacer. Miró hacia la ventana. Esa ventana que hacía mucho tiempo no miraba, con los vidrios empañados y los postigos envejecidos. Donde telarañas enormes se habían tejido en el tiempo y miles de pequeños insectos habían hecho de ese rincón, su hogar y ella ni siquiera se había percatado de esa jungla que estaba a dos metros de distancia. Miró y vio una luz intensa. Una bola de luz enorme que se acercaba a ella a gran velocidad. Se paró y quiso cerrar la ventana, pero la luz fue más rápida que ella y la impactó en el pecho, la atravesó y se disipó rápidamente. Mía cayó desvanecida.

Estuvo un par de horas en el suelo, inconsciente y Félix, el gato, al verla allí se acurrucó en ella y esperó a que su dueña despertara.
Mía despertó, se levantó del suelo y se sentó en su silla de siempre. La luz ya estaba de vuelta y ella dudó si realmente había sucedido algo más que su desmayo. No sería la primera vez que luego de tantas horas detrás del monitor su percepción de la realidad estuviera alterada. Miró la ventana y todo estaba en su lugar como si nada. Dudó un instante más y decidió creer que todo había sido producto de su imaginación.

Pasaron un par de días y nuevamente algo extraño ocurrió. Estaba como siempre sentada en su silla frente a la computadora y sintió un fuerte pinchazo en su espalda. Primero pensó que una araña la había picado pero extendió su mano y, con esfuerzo ya que casi no llegaba, se tocó en esa zona y no pudo palpar nada anormal. Luego de la sensación de pinchazo, comenzó a picarle en el mismo lugar. Ella intentó rascarse pero era muy dificultoso. Como la sensación iba y venía, en algunos momentos del día pasaba horas escarbando allí, a pesar de seguir trabajando en su computadora.
Tanto hurgó allí a la altura de su omóplato, que un día sintió que se había formado una pequeña abertura y se asustó. Esa perforación sangró, no mucho, pero lo suficiente como para que Mía se preocupase más. Y para colmo de males, sintió el mismo pinchazo del otro lado de la espalda.

A medida que pasaba el tiempo, el orificio en la espalda le seguía molestando, ella seguía escarbando y el agujero creciendo. Del otro lado de la espalda, también  debajo del omóplato, otro agujero comenzó a constituirse. ¿Qué era esto que se le estaba formando en la espalda? ¿Cuántos orificios más aparecerían?
Mía tenía terror de transformarse en un agujero. En desaparecer una tarde, así sin más. Y no sería extraño que desapareciese. La cuestión era que además de su gato, ¿quién se daría cuenta de su ausencia? Esa realidad la golpeó en su corazón y la entristeció aún más. Fue al espejo e intentó, con bastante esfuerzo, mirar que era eso que tenía en la espalda. Pero sólo vio los agujeros, uno más grande que el otro. Estaba por bajarse la remera, cuando notó que en el orificio más grande y profundo, cuando ella se movía, se producía un pequeño destello. ¿Qué sería eso? No pudo respondérselo. Pero siguió escarbando para agrandar el orificio y ver mejor. Este trabajo se veía cada tanto, interrumpido por la picazón del otro lado. Entonces, Mía dejaba ese orificio y comenzaba con el otro. Sin embargo, era difícil llegar al destello.

Una tarde, tanto buscar en esos orificios, sintió que tocaba algo así como una tela. Una suave y delicada tela. Fue otra vez al espejo y se dio cuenta que de cada uno de los  orificios, asomaba una pequeña y tornasolada tela. El color era entre azul y rosa, con destellos amarillos y naranjas, todo dependiendo desde que lugar se lo mirara. “¿Qué es esto?” Pensó Mía. Y ante el susto provocado por ver semejante espectáculo, se vendó fuertemente todo el tórax.  Tal vez fuese una extraña enfermedad, pensó.
Durante un tiempo, Mía llevó su tórax vendado y ambos orificios en su espalda dejaron de molestar y ella ya no los sentía pugnando por avanzar, por profundizarse. Es más, ella sintió que se estaban cerrando.

Pasaron unos cuantos años y Mía dejó de usar la venda. Pero no mucho después de eso, una tarde, volvió la picazón y ella comenzó otra vez a escarbar y como si el tiempo no hubiera transcurrido, la tela salió por el orificio. Pero esta vez, era enorme. Se miró al espejo y vio unos 10 centímetros de algo que parecía una tela, pero que no lo era. Era demasiado suave para se tela, demasiado hermoso para ser algo tan simple como una tela. Pero, ¿qué era? “No soy lo suficientemente hermosa para este mundo…y encima esto”, se dijo llorando. Las lágrimas brotaron de sus ojos durante largo rato y mientras tanto ella seguía pensando en el rechazo del mundo hacia su persona. Tanta era la pena, el dolor de su corazón y su pequeña alma agobiada que se hizo un pequeño bollo, como si con eso pudiera desaparecer de este mundo tan cruel y discriminador. Se encorvó sobre si misma y se transformó en una pelota humana, allí en el baño, chiquita e insignificante, según su visión.

Una vez en el suelo y así encorvada, sus orificios en la espalda se estiraron y como en un parto, brotaron de allí dos enormes alas de mariposa, de colores tornasolados bellísimos, que chispeaban con el movimiento. Eran tan grandes que podría si quisiera, envolverse en ellas. Eran como un traje propio, salido de su espalda y de una delicadeza y belleza extremas. Mía se levantó del suelo con cierta dificultad y sin entender que es lo que estaba sucediendo. Se había transformado en una bella mariposa gigante, por más extraño que eso pudiera ser. Se dirigió a la ventana y vio nuevamente la luz, hermosa e intensa luz, pero esta vez no le golpeó en el pecho. Esta vez la luz se acercó lentamente, brillantemente y se transformó en otras tantas mariposas humanas que la venían a buscar. Mía secó sus lágrimas, se recogió el pelo y notó que resplandecía, como si de golpe se hubiera transformado en incandescente. Se despidió de su gato con un tierno beso, extendió sus alas y se tiró por la ventana. 






Autor: Miscelaneas de la oscuridad

viernes, 3 de mayo de 2013

Roberto y la planta



Roberto era un hombre pacífico. Amante de sus costumbres, tanto que para muchos, era un ser aburrido. Incluso para su esposa.
Cada mañana se despertaba a la misma hora: 5 y 55. Unos 5 minutos antes de que su reloj despertador sonara y con ello lograba no despertar a su mujer. Luego de varios años junto a ella, había aprendido que cuanta menos interacción tenía con esa persona y su neurosis, su mundo tenía mucha más armonía y paz. Y al fin y al cabo, era lo único que él anhelaba.
Luego de desayunar y de darle un beso en la frente a su esposa, Roberto tomaba el micro de las 6 y 55 de la mañana y llegaba a su trabajo a las 7 y 55.
Su trabajo consistía en llevar y traer el correo en un edificio del Ministerio Público de la Ciudad donde vivía. Eran 14 pisos, con 5 oficinas en cada uno de ellos. Así que apenas si tenía tiempo de comer al mediodía. Era eficiente en su trabajo:  golpeaba la puerta de la oficina, saludaba con un correcto “buen día”, entregaba los sobres a la secretaria y en algunos casos le daban otros tantos para que sean enviados desde el correo central. Luego de esta interacción y sin mediar otro discurso, se despedía con un escueto “hasta mañana”.

Así transcurrían los días. Iba de piso en piso con su carrito, sin prestar demasiada atención a lo que ocurría a su alrededor. A las 16 y 55 llegaba a su casa, tomaba unos mates con su esposa y escuchaba las quejas que esta tenía para él. Generalmente terminaba en alguna tarea para realizar el fin de semana: “y no te olvides de podar esa planta maldita que está llena de espinas que ayer me pinché y ¡se me hinchó el dedo! ¡Mira!”, y le mostraba un minúsculo eritema en el dedo índice. “Si querida”, le decía Roberto y se sumergía en sus propios pensamientos, que no eran muchos, pero que en más de una ocasión incluían el asesinato de su mujer. Generalmente ahorcándola con sus manos. Pero como eso implicaba un gasto de energía importante y se salía de la rutina, no lo llevaba adelante…al menos por ahora.

Al día siguiente, comenzaba la jornada exactamente de la misma forma que el día anterior. Se despertaba a las 5 y 55 antes de que su alarma sonara y la apagaba para que su mejer siguiera durmiendo. Luego de ello desayunó. Besó a su mujer. Tomó el micro a las 6 y 55 y llegó al trabajo a las 7 y 55. Recorrió los pisos del edificio llevando y trayendo el correo y volvió a su casa a las 16 y 55. Tomó unos mates con su mujer y esta nuevamente vomitó su neurosis en él. “Si querida” volvió a responder ante el reclamo de que podara las plantas del jardín porque “Mirá como me arañó la cara! ¡Y viste que soy alérgica!”

Al día siguiente era sábado. Entonces luego de meses de escuchar el mismo reclamo día tras día, Roberto decidió ir a podar la bendita planta espinada. Tomó unas tijeras de podar, se colocó una gorra para protegerse del sol y se fue al jardín. A lo lejos escuchó a su mujer que le decía “¡Voy a lo de mi mamá!”. “¡Está bien!”, le contestó sin preocuparse por si ella había escuchado la respuesta y suspiró aliviado por tener que pasar el día solo, junto a su monotonía.
Llegó al jardín y no pudo evitar pensar que su mujer tenía razón. “Esto es una selva”, pensó. Miró la planta de espinas y se dirigió a ella. Vio una de las ramas llena de espinas, colocó la tijera y con esfuerzo moderado intentó cortarla. Sintió un rugido tenue, como si un animal hubiera sido herido a la distancia. Miró hacia el jardín al que estaba dando la espalda. Nada. Sacó la tijera y vio que la rama estaba a medio cortar. Del pequeño corte que su tijera había provocado, salía un líquido verde. Lo tocó, pero mientras lo hacía una espina atravesó la palma de su mano con una violencia inusitada para una planta. El pinchazo y más que eso, el apuñalamiento de la planta, le provocó a Roberto un dolor inmenso. “¡Maldita planta!”, gritó y sacó la mano de la espina que aún estaba agarrada a la rama. Cuando hizo esto, una gota enorme de sangre se mezcló con el líquido verde que emanaba de aquel vegetal lesionado.

Roberto se sintió mareado, aturdido y algo nauseoso. Se sentó un momento al pie de aquella bendita planta y con visión borrosa le pareció notar que esta se hacía más frondosa de lo que ya era. Como si su gota de sangre hubiera tomado la fuerza vital de la humanidad y se la hubiera traspasado a la planta. Se intentó parar, pero el mareo era intenso. Mientras intentaba sostenerse, observó que la planta extendía –si es que eso era posible- un par de fuertes ramas hacia él, como si con eso quisiera abrazarlo y así ayudarlo a levantarse. “Estoy alucinando”, pensó Roberto, pero al final pudo agarrarse de aquellas ramas y mantenerse en pie. Quiso apartarse de aquella planta pero una de las ramas se había enroscado en su brazo. Se dio vuelta para salir corriendo de allí. Sin embargo otra rama trepó por su espalda y lo tomó por el cuello.

Ya estaba totalmente atrapado por aquel arbusto, casi árbol, de su jardín. “¿Por qué no la habré podado antes?”, se preguntó. Miró a todos lados, no podía pedir auxilio, ¿quién lo escucharía? En su aburrida vida nunca había intentado hacer amistad con los vecinos, y su mujer no volvería hasta muy tarde.
De repente, sintió que miles de espinas lo pinchaban y le inyectaban el líquido verde, la savia vital de la planta trepadora. Sintió una energía inusitada en su ser. Miles de años de naturaleza, batallas ganadas y sufrimientos, fueron absorbidos por él.
Bajó la mirada y notó que había comenzado a echar raíces. Su piel se fue transformando en madera. Miles de pequeñas espinas comenzaron a brotar en su cuerpo y luego hojas. Pequeños brotes y flores vieron el sol por primera vez. Una pareja de gorriones hizo nido en su cabeza y comenzaron su vida allí. Mariposas revoloteaban a su alrededor y se sintió en comunión con la naturaleza.

De repente notó que tenía sed y sus pies, ahora raíces, cavaron profundo en busca de agua. En su camino se toparon con lombrices, sapos, arañas y cuanto animal subterráneo había por allí. Y llegó al agua y su sed se vio saciada.

El día se transformó en noche. Roberto era una planta en su totalidad. Las gotas de rocío comenzaron a caer sobre sus hojas y se sintió bien. Sus flores se cerraron para descansar y la pareja de gorriones fue al nido de su cabeza a dormir. La paz reinaba. Sin horarios, sin esposas quejosas, sin trabajo monótono. La vida tenía sentido ahora. Estaba completo.

“¡Roberto!”, se escuchó a lo lejos. “¡Roberto! ¿Donde está el inútil ese?” su esposa lo buscaba. “Como es posible… ¿Dejó todo tirado y se fue? Y la planta ¡sigue ahí!”. La mujer enojada se fue adentro. Roberto admiró la noche. Disfrutó de la luna, las estrellas y del universo todo. Luego se durmió plácidamente. La mañana llegó y Roberto hecho planta despertó. Eran más de las 7. Nunca había dormido tan bien. Entonces, vio a su mujer y se alegró de ya no formar más parte de su vida humana. Pero notó que ella no estaba sola. Ella hablaba con otro hombre y señalaba el jardín. Mas precisamente lo señalaba a él hecho planta. Entonces, el hombre con el que su mujer hablaba, se dio vuelta, tomó un hacha y se dirigió directamente a él. 





Autor: Miscelaneas de la oscuridad