sábado, 18 de marzo de 2017

Premonición


 



Observo el dispositivo de autocongelamiento y miles de imágenes aparecen en mi mente. Recuerdos, anhelos. Imágenes de las posibilidades esfumadas en un futuro no escrito, aún siquiera imaginado. Todo puede ser tan diferente que es difícil de comprender. Sé que estoy sellando definitivamente mi destino. Lo sé por él. Porque lo susurró en mi oído, cuando murió. 

Parezco loca pero es la verdad. Soy la última humana en este momento. El resto ya ha sido congelado y se encuentra en una especie de hipersueño del que despertarán en dos mil años. Mi corazón y mi mente están llenos de dudas. ¿Los acompaño? Miro el aparatito y aun no puedo decidir si continuar con este proyecto o morir en el mundo que conozco, junto a la tumba fresca de mi amor. Un futuro extraño sin él, sola, es algo que jamás esperé. “Te extraño terriblemente”. 

Pero el mundo gira e imagino que dos mil años de descanso pueden ser suficientes para mitigar este dolor. Antes de tomar la decisión final, camino por las destruidas calles de la ciudad e imagino qué será de todo esto en el futuro. Por todos lados veo el desastre y el caos que dejamos atrás. Pienso que si solo un puñado de seres humanos pudo hacer esto, quizás no merezcamos la felicidad. Guerra, hambre, miserias humanas terminaron con todo lo bello del mundo. Debería interpretar este presente como la premonición de un futuro condenado. Sin embargo, somos el legado de la humanidad. 

Entonces voy a casa, me siento en mi silla favorita, observo el cielo una vez más, pienso en él y me congelo por dos milenios. 

***************

Despierto. Mi cuerpo aún está entumecido. La oscuridad es envolvente e intimidante. El aire…aun no decido si el aire cambió. Yo soy la misma pero en un mundo que es muy diferente. ¿Y si estoy muerta y esto es el cielo? ¡Que estupidez! No existe el más allá. Dicen que en hipersueño las cosas cambian. Que tu mente varía y puede jugarte malas pasadas. Todo es conjetura en este momento. Es la primera vez que se lleva adelante semejante experimento y nadie sabe a ciencia cierta qué nos puede pasar. Pero siento que no cambió nada solo que no puedo moverme aún. 

Hace frío. El manual decía que una vez que se despierta hay que estar quieto por un rato. Esperar que las funciones se acomoden, que nuestros ojos se acostumbren a la luz. Que nuestros oídos escuchen otra vez. Que los músculos se aflojen un poco para poder usarlos.

Respirar despacio. Eso tengo que hacer. Lento, de a poco, para que el oxígeno llegue a los pulmones y la sangre circule bien. ¿Y si no hay oxigeno? ¿Y si el mundo se destruyó? No seas tonta. El mundo sigue girando. Sos testigo viviente de eso. Dos mil años en un abrir y cerrar de ojos: maravilloso y aterrador. ¿Habrá despertado el resto? Ojalá que sí. No quiero estar sola. 

Con lentitud mis brazos responden. La oscuridad aún persiste y eso me pone tensa, casi en estado de alerta constante. “Enfocate”, me digo. La superviviencia depende de eso, de entender el nuevo entorno. Tal vez estoy ciega. ¡No seas pesimista! Mi cerebro es mi peor enemigo. Un ruido me desconcentra.
En medio de este silencio sepulcral, unas pisadas aparecen como en ecos a la distancia. Rebotan en mi cabeza, se magnifican, se hacen lejanas y distantes a la vez. ¡Auxilio!, quiero decir pero mi garganta está seca y no sale ningún sonido. Apenas un quejido. 

Con dificultad puedo ponerme en pie pero las piernas me tiemblan y siento una inestabilidad tremenda. El mundo gira y no hay de donde agarrarse. Pero eso no es lo importante. Lo importante es que las pisadas se hacen más cercanas. Agudizo mi oído para descifrar algo que desconozco por completo. Sé que se acerca a gran velocidad y no es humano, estoy segura. Un hilo de luz aparece a la par de una enorme bestia que ruge delante de mí. ¡No sé qué hacer! El miedo me paraliza. Quiero correr pero no puedo. No puedo moverme. La bestia me olfatea y sé que está tratando de decidir si soy comestible o no. La baba de uno de sus colmillos me chorrea el pecho, se desliza por mi cuerpo espesa y con olor pútrido. Lloro en silencio. Quieta. Entonces abre su enorme boca y me devora completa. 

****************

¡No! Tengo el grito atravesado en mi garganta. Mi corazón está desbocado a pesar de que la bestia no está. No a la vista. “Es un sueño”, pienso. Mi mente es extraña, lo era antes y lo es ahora, dos mil años más tarde. Ya no hay oscuridad. Así es el futuro, me digo, radiante, cálido. La luz brillante y cristalina del sol me envuelve, me acuna y puedo relajarme. Por un instante solo veo blanco con destellos amarillentos y naranjas. Parpadeo muchas veces porque me duelen los ojos. Y el cuerpo. Siento que mis músculos están atrofiados pero esta sensación es mejor que la oscuridad y la bestia maloliente. 

Aguardo a que el efecto del descongelamiento se complete. Mientras, siento la brisa en mi rostro y comienzo a distinguir bultos. Algo verde, tal vez un árbol, se balancea al ritmo de la brisa. Recuerdo el árbol del jardín, el que planté con mi esposo al mudarnos. Imagino que debe estar enorme, que gracias a que la humanidad se congeló, el planeta recuperó su vitalidad y ahora el oxígeno es mucho mayor. Imagino el verde de los campos y el cielo azul y límpido. Las nubes ¿seguirán siendo blancas? Quiero pensarlas de muchos colores, como el arco iris. Todo es posible ahora.

Un temblor aparece en mi mano derecha y enseguida mi cuerpo comienza a moverse. Me desentumezco pero el temblor se torna violento y me invade por completo. Cada fibra muscular toma vida propia y no responde a mi conciencia. ¡Alguien que me ayude, por favor! Duele… mis dedos se doblan, mi cuerpo se contornea. Caigo al suelo en una convulsión imparable. Mis huesos se astillan y atraviesan mi carne con cada contracción de los músculos. El dolor es insoportable y está presente en cada parte de mi cuerpo. En mi corazón. Mi garganta hierve como un volcán en erupción derramando lava en mi interior. El aire es tóxico, ahora lo entiendo. No hay oxígeno. Lo sé. Mi mente me lo dice. Lo de la bestia fue premonitorio, un sueño anticipatorio. Voy a morir porque destruimos el planeta y ahora el planeta nos destruye a nosotros.
Las convulsiones cesan. Mi corazón se detiene. La oscuridad me invade. 

**************

Una mano acaricia mi rostro. Quizás ahora sí sea el Cielo. Pero no creo en Dios así que no puede ser eso. Creo en el Diablo, ahora lo sé, porque sólo un ser demoníaco puede ser capaz de llevarme al infierno, de aprisionarme ahí. Sólo un demonio puede hacerme creer que el mundo será diferente cuando despierte.
Pero esa mano cálida está, no se va. Su aroma es conocido. Abro mis ojos y estoy en mi lugar amado. En mi casa. Antes del congelamiento, antes de la guerra devastadora que eliminó prácticamente toda la humanidad. Estoy con él, con mi esposo. 

—¡Estás vivo!—le digo llorando de felicidad.
—¿Tuviste una pesadilla?—pregunta sonriente aunque algo desconcertado. 

Sí, me digo, fue una pesadilla espantosa. Le sonrío y él me besa en los labios. Lo atraigo hacia mí y lo abrazo fuerte, demasiado. Necesito sentir su cuerpo cerca del mío, su piel, su corazón latir acelerado. ¿Será un recuerdo en mi estado de hipersueño? Tal vez. Pero no quiero dejarlo partir, no quiero pensar más en lo que es o no es. 

Sin dejar de observarlo ni un instante, desayuno junto a él. Todo tiene un sabor intenso y me desconcierta. Muy dentro de mí corazón se que aún duermo y deseo jamás despertar. Quedarme por siempre en este estado acompañado. De fondo, la televisión está prendida. Dicen que la humanidad ha llegado a su punto crítico: veinticinco mil habitantes en todo el planeta. No hay salvación posible. 

—Moriremos todos—le digo con tristeza.
Pienso en mis pesadillas recientes, en el congelamiento. En los milenios por delante y en los que dejamos atrás. Todo se me torna pesado, triste, viscoso. Intento despejar ese sentimiento y tomo su mano, la sostengo entre las mías.
—Vamos a morir. —repito triste.
Él me observa.
—No te preocupes—me dice—Yo tengo la solución. Nos vamos a salvar. Diseñé algo que nos dará otra oportunidad. 

Los pensamientos se van ordenando y algunas cosas cobran sentido: el día, la semana, el año. Hoy es el día en que todo pasa, es el día de la esperanza. Hoy surge el diseño del dispositivo y por ello, el fin de mi felicidad. Es él quien hizo que el futuro de la humanidad fuese posible. Él hizo que todos podamos dormir dos mil años para tener una chance de salvación. Pero también es el día el que morirá. Hoy mismo, perecerá por una explosión y seré yo quien encuentre el diseño y lleve adelante la tarea de salvar a las personas. A pesar de mi tristeza, a pesar de sentir que no tendré un futuro.

Pero ahora, ahora que sé lo que va a pasar, no quiero ser esa persona. No deseo salvar nada. Quiero cambiar todo lo que está escrito.

Él se levanta y se va a trabajar, como siempre. Lo observo con tristeza e intento capturar ese instante para recordarlo, para que me acompañe cuando despierte, cuando esté sola en el futuro. Mi corazón se debate entre lo que es y lo que debería ser. Imagino mi despertar en dos mil años en un mundo extraño, diferente a lo conocido. Imagino el dolor aun presente a flor de piel.
Se va a su muerte y nada puedo hacer. ¿Nada? 

Sé que el futuro no se puede alterar porque estoy congelada. ¿Lo estoy? Es todo tan confuso. Pienso que lo que deba ser será. Pero… Me levanto de la silla, me apresuro y tomo su mano. Nos miramos una vez más y mientras él me sonríe, yo le beso los labios. Entonces mi corazón decide. Salgo con él y juntos vamos en busca de nuestro futuro, cualquiera que sea, de ahora en más.

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas de la oscuridad) - Todos los derechos reservados 2017

sábado, 4 de febrero de 2017

Códigos bancarios y una historia de muerte





Justo hoy se me ocurre venir a sacar plata. ¿Vos podés creer? Hace como cincuenta grados a la sombra, más o menos. Pero necesitamos la plata. Sí, la necesitamos. Así que hay que bancarse lo que sea…pero una hora en la cola es excesivo. Esto ni se mueve. Parece que la gente está adherida al piso. Se derritieron y se pegaron a la vereda. Dejá de chillar, por favor. También podría haber venido él. No te metas con Horacio. Si no fuera por él… ¿Qué? Me vas a decir que él te cuida más que yo. No me hagas reír. Dale avanzá que ya nos toca. Un poquito más. No te rindas. No me rindo para nada. Somos fuertes. El aire libre nos hace bien. Somos fuertes. 

Listo. Me toca. ¡Por fin! Adentro hay aire acondicionado, está más fresco seguro. Sí. Me va a bañar ese aire fresco, seco y purificado. Como el de casa. Puro. Aunque…parece que el aire no funciona. ¡Qué calor que hace acá! ¿Y si mejor nos vamos? Por ahí nos enfermamos. Entrá y poné el código de una vez. No des vueltas. Poné el maldito pin y salgamos ya de acá

Debería limpiar las teclas… ¡Basta! Dale. No seas tarada

Como tarda en mostrar el saldo. ¿Se habrá trabado la tarjeta? Ahí aparece algo. En letras verdes. Pensé que eran grises. Pero bueno el verde es esperanza. Pero…estás loca. Si, estás re loca. No, no. Estamos compensadas. ¿Tomaste las pastillas hoy? No me acuerdo…sí, las tomé. Todas las mañanas las tomo: una roja y una celeste. Juntas, con mucha agua. Agua cristalina. Libre de gérmenes. Pura, de manantial como dice la botella. Yo no me equivoco, ya no me olvido más…ya no. Pero cómo se explica…

A ver…cancelá y poné la tarjeta de nuevo. Por ahí es un error. Vos me prohibiste cometer errores. Ya no lo hacemos más. ¿Está claro? Luego de aquello no hay errores. No me puedo equivocar porque todo tiene consecuencias. ¡Vos dijiste eso! Horacio también lo dijo. Calmate. ¡Dejá de divagar y no me grites que no soy Horacito! Vamos de nuevo. Poné la tarjeta en la ranura. Me pide el código…1547. Aceptada. Bien. Este lugar de mierda. Me falta el aire. Mejor me voy a casa, vuelvo mañana. No, necesito plata. Intentemos de nuevo. Pero no…otra vez lo mismo. ¡Estás loca! ¡Estoy loca! No puede ser. El aire está rancio ¿o me parece a mí? Se supone que estos lugares son seguros. No como antes que la gente se moría acá porque les pegaban un tiro por la plata. ¡Estamos en el 2038! Se supone que avanzamos. Yo no, pero la sociedad se supone que si. Pero estos vidrios antibalas son tan herméticos y el aire no funciona. Bacterias y dióxido de carbono por todos lados. Siento que las palpitaciones aparecen…me voy a desmayar. Estoy casi segura… ¡Que hipocondríaca, por favor! Me siento mal de verdad. Si me caigo y me muero nadie me va apoder sacar. Solo los de la brigada especial, por ahí. ¡Basta! No seas boluda. Dale. Y esta mina que nos mira. Inventale algo, mierda. “Señora…esto va a demorar un poco así que…” Y se queda nomás.  Vieja trastornada. Porque no se va al caraj…. Una vez más. Código: 1547. Bien…no, no, no. ¡No  puede ser! ¿Qué significa eso? ¿Quien le dijo? ¿Y si le pregunto a la señora? Me va a creer loca…pero ¡estamos locas! ¡No! No estamos nada. Ese mensaje es para nosotras, para mí. “No fuiste vos”, dice. Y si yo no fui… ¿quien fue? 

Dale, salgamos de acá. “Pase señora. Para mi que anda mal ese cajero”. No seas tan amable boluda. Siempre queriendo caerle bien a todos. Pero es primero de enero…al menos hoy debería ser amable. Aunque me miró con esa cara de traste. ¡No te desenfoques! Acordate del mensaje…ese mensaje era para vos. La vieja no ve nada. Mirá como saca plata asique o estamos locas o el mensaje es para vos. ¿Por qué para mí sola? ¿No fuiste vos la culpable de todo? Las manos llenas de sangre ¿no eran tuyas? Por eso estamos medicadas, es tu culpa. El mensaje es para vos en todo caso. No para mí

Estás muy equivocada. No creo que sea para mí…¡No importa! Lo que importa es el sentido. ¡Vos o yo es lo mismo! No fuimos nosotras. Nosotras no somos responsables. ¿Entendés lo que eso significa?
Vamos a casa. Vamos…a…no fuimos nosotras. Vamos. Apurate. Apura el paso. Se hace tarde. Para pensar se hace tarde. Se nos hizo tarde desde aquel día. Siempre solas. Abandonadas por ese incidente. Nadie nos creyó. Nadie y pagamos las consecuencias de ese minuto de oscuridad, de amnesia y sangre. No fuimos nosotras. Apurate. Dale

“Horacio, ¿Dónde estás amor?” No te apures. Míralo a los ojos. Leelo. Agudizá tus sentidos. Fijate como reacciona. “Horacio, vení”. ¿Dónde está? Se enteró. Sabe que sabemos. No, no lo sabe. El mensaje fue para nosotras. No, fue para vos. Para mí no decía nada. No seas estúpida, fue para las dos. Él nos mintió todo este tiempo. Él nos forzó a tomar los remedios de mierda. La pastilla celeste, la roja, el agua cristalina. Él y solo él fue. Ahora lo sabemos. Ahora debemos hacer algo

No sé…yo…aun lo amo… No seas dominada. Te digo que fue él. Él nos hizo esto. Ahí está con esa cara de pelotudo. Seguro que sabe algo. Mirá cómo se refriega las manos. Sabe todo. Siempre supo. Dejame a mí. Yo resuelvo esto. ¿Dónde guardamos el revólver del abuelo? Ahí en el cajoncito. ¿Qué vas a hacer? No te preocupes, yo me encargo. ¡No! Yo me encargo como me encargué siempre de todo porque sos débil, sos una malcriada que nunca pudo hacer nada sola. Dejá. No puedo ver… Entonces ándate y seguí evadiendo la realidad como siempre. No. Ya no quiero ser así. Porque no fuimos nosotras las que matamos a mamá. Entonces tomá coraje y enfrentá tu destino

“Perdoname Horacio…pero ya sabemos todo”. Disparale ahora, yo me encargo del cuerpo

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) – Todos los derechos reservados 2017

sábado, 14 de enero de 2017

Tormento








Cuando el corazón le dejó de latir, su alma emergió por la nariz en busca de su destino. Por supuesto iba directo al infierno. Sabía que le esperaba algo oscuro y malo, y por eso quiso escapar. Por supuesto, no pudo hacerlo.

De inmediato millones de sombras, esas que parecen no estar, las que se ocultan detrás de las puertas o incluso entre las cortinas de tu casa, se abalanzaron sobre aquella ánima culpable y la acorralaron. 

La encerraron entre barrotes color tiza. Barrotes óseos hechos de víctimas, envueltos en sangre y restos de carne. Tibios. Malolientes como todo lo putrefacto que hay en el mundo. Como el azufre del inframundo. Inviolables para las almas malvadas. Entonces ahí se quedó quieto esperando la entrevista con el Señor de las Tinieblas. ¿Qué más iba a hacer? ¿Llorar? No. Era culpable, así que solo restaba aguardar. 

Pasaron las horas, incluso días o meses. En ese sitio no se podía saber con exactitud cómo transcurría el tiempo. Pero pasó el suficiente como para que se preguntara cómo sería el Diablo. ¿Sería como lo describía la Biblia? O quizás era más fantástico que eso: un enorme dragón con ojos inyectados y aliento horrible. Esa imagen le gustaba más. Divagó un largo rato acerca de la apariencia de aquel ser y sobre todo, imaginó qué podría decirle. Incluso imaginó que el mismo Diablo, asombrado por las hazañas de esta ánima acorralada, lo invitaría como integrante de su staf personal.

Cuando ya estaba harto de imaginar, unos demonios aparecieron y supo que el momento había llegado. Ellos abrieron su cárcel de huesos y se apostaron uno a cada lado. Los tenía demasiado cerca y pudo ver cómo salían cientos de gusanos por la oreja o el orificio donde debía estar la oreja en realidad, del demonio que estaba a su derecha. También su tórax, que estaba semiexpuesto, se encontraba colonizado por tarántulas y víboras pequeñas. Observó asombrado que dentro de las costillas, un pulmón carbonizado, se expandía de vez en cuando. Pero no temió. Todo tenía un sabor agradable para él.  

La situación era de lo más natural. Aunque... Una vez en el centro de lo que parecía una sala de enjuiciamientos diabólica, miles de luces comenzaron a caer desde el techo abovedado del infierno. Lo rojo se entremezcló con el blanco y una pizca de celeste. Los destellos se transformaron en rayos y los demonios, asustados, comenzaron a gritar. Con  sus bocas desfiguradas emitieron sonidos guturales, ahogados y roncos que ensordecieron al detenido.

El alma del condenado no supo qué hacer por primera vez. En un segundo se vio rodeado de estas luces y elevado a través del infierno. Traspasó piedra, lava, tierra, agua. Y llegó a una cama de hospital. Ahí se vio rodeado por un grupo extraño de personas. Con batas blancas y barbijos. Deliberaban si lo dejaban morir o no.

Sin embargo, antes de que pudiera decir “Estoy vivo”, otras sombras surgidas de los monitores lo envolvieron y se lo llevaron a otro tipo de profundidades. Una asfixiante y viscosa como la brea. Ahí fue donde vio su familia de pequeño. Revivió los golpes de su padre, el dolor al ver a su madre degollada a manos de su hermano y la violencia de la venganza. Fue testigo de su hermano decapitado y hasta pudo sentir el olor a amargura y frustración de su adolescencia callejera. Recordó que así había comenzado todo. Con venganza y luego con placer.

Las sombras aparecieron y otra vez volvió al hospital. Agotado y temeroso de lo que le esperaba aguardó inmóvil, tembloroso de a momentos. Sabía que en la tierra no tenía futuro. Afuera unos policías custodiaban la puerta de la habitación. Lo aislaban de la sociedad inocente.

“Debo salir de acá”, pensó. Pero eso era algo prácticamente imposible. Quiso levantarse pero las amarras en el cuerpo no lo dejaron. Un tubo de plástico estaba insertado en su garganta y dedujo que gracias a eso respiraba aún. Sin embargo necesitaba salir de ahí. Se sacudió en la cama pero nadie se percató de eso. Nadie vino por él. Ni siquiera el sueño. Sintió fuego en sus cuerdas vocales. Sintió el dolor de la carne atravesada por una bala. Se preguntó ¿por qué me salvaron? “Por obligación”, escuchó en su cabeza. “Es su deber”.

Otra vez los demonios se lo llevaron. Y mientras el pip del monitor se transformó en un sonido constante, la oscuridad sobrevino y creyó que finalmente moriría.

Pero no. Fue directo al pasado. A una habitación de hotel barata. Sucia como su alma. Y se vio con ella. Con su primera víctima elegida. Consiente y disfrutada. Se vio atándola a la cama y amenazándola con un cuchillo. Vio cómo ella lloraba y él se excitaba. “Eras macabro”, escuchó en su cabeza. Vio como con el cuchillo recorría la piel blanca de la mujer. Como cortó el corpiño y expuso sus senos. Vio como los acariciaba. “Eso te costará el futuro, amigo”. Vio todo y se volvió a excitar. “No aprendes ¿no?” Y en el instante en que la iba a ultimar, volvió al hospital. Al ardor de la garganta. Al pip rítmico. “No quiero vivir más”, quiso gritar, pero no pudo. Ahora estaba totalmente paralizado.

Una persona vestida de blanco entró. Era una mujer. Hermosa, de contornos bien marcados. Pensó que si pudiera en ese momento la haría suya, sin pedir permiso. Y la mataría porque ya estaría manchada por él. Sí, lo haría sin remordimientos.

Pero no podía hacer nada. Solo pedir misericordia. “Ayuda”, intentó decir pero solo se escapó una lágrima de impotencia. Ella se acercó y él pudo divisar su rostro, su palidez. Se le hizo conocida. Se parecía demasiado a la mujer de la habitación. Aterrorizado observó que ella sonría con malicia. Una carcajada profunda e infernal que expuso su garganta oscura y sanguinaria. De pronto, de su boca salió una serpiente que se abalanzó sobre el cuello del moribundo resucitado y se enroscó ahí. Lentamente la serpiente fue apretando la garganta del asesino. Lo único que le impedía matarlo era el tubo de plástico. Los ojos se le hicieron saltones, se inyectaron de sangre y aunque deseó revolverse en la cama no pudo. Y así sintió un crack: el tubo y su laringe se habían partido.

Las tinieblas aparecieron otra vez y lo llevaron a la prisión de huesos. Suspiró aliviado porque definitivamente había muerto. Estaba seguro.

Entonces el Diablo apareció ante él. Para nada se parecía a lo que había imaginado. Era un ser con mirada pacífica, vestido de médico y con un estetoscopio colgando de su cuello. Supo que era él por el aroma a azufre, intenso, penetrante. Pudo ver el abismo en sus ojos, uno oscuro, el de su futuro.

Lucifer habló con claridad y determinación, lo hizo una única vez y sin rodeos: “Ahora solo faltan otras 35 víctimas más”. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos losd erechos reservados 2017

lunes, 2 de enero de 2017

Tacones en tu corazón





Entrás a la casa de la avenida 54 y en el segundo en que atravesás la puerta,un aire espeso se filtra en tu nariz. Te penetra. Avanza por tus fosas nasales y se anida en tu cerebro. Esa es tu señal. La señal de peligro, de que algo no anda bien. Aunque como siempre, no hacés caso.

Mientras tratás de no enredarte en una guirnalda, saludás a unos cuantos que se te hacen conocidos. A Marcia la conocés de la oficina. Ella te sonríe. Estás casi seguro que quiere acostarse con vos. Pero no te gusta. “Quizás cuando esté muy desesperado”, te decís y sonreís. La imaginás gimiendo y te causa repulsión. No, ni siquiera cuando estés desesperado. 

“Hay que dar una vueltita y ver”, pensás mientras agarrás de una mesa un vaso con una bebida naranja. Tiene mucho hielo. No es jugo, obvio. El alcohol quema tu garganta y llega enseguida a tus neuronas. Sabés que no deberías tomar. Pero hoy te lo permitís. Después de todo, es 31 de diciembre. “Venite a la fiesta de fin de año”, decía la tarjetita que encontraste en tu escritorio, “La vas a pasar bomba”, continuaba. “¿Por qué no?”, te digiste. A pesar de todo lo que eras, a pesar de ser el jefe mal arreado, rezongón e incluso, a pesar de ser casi un acosador de las secretarias, te apreciaban. ¿Lo hacían? Por supuesto. Nadie se resistía a tus encantos. 

Si, sos irresistible. Sobre todo para Laura, la de las fotocopias. Ella te guiña el ojo cuando le mirás las tetas y le hablás de la minita que te llevaste la noche anterior a la cama. También te escucha cuando te burlás de Marcia. Todos lo saben. Ella y vos son incompatibles, aunque ella te vea como la madre de sus hijos.
Por ahí fue ella la que te invitó. Eso te deja pensando. Junto a la notita había una flor, una rosa negra. “Extraño color”, pensaste. Pero te pareció adecuado llevarla. Como un código secreto de encuentro. En la solapa del saco, la llevás puesta. Esa es tu entrada triunfal: el traje de la oficina y la rosa. Estar presentado es tu fuerte. Y tus ojos claros. También los oyuelos que se te hacen al sonreír. Esos son tus atributos. Y hacerlas gemir en la noche. Con una copa de champán y esa pastillita que las relaja. Así no preguntan, así no te exigen. O no te demandan por acoso. 

Marcia seguro que quiere probar. La pastilla, la tuya, todo. Pero te hacés el difícil. Aunque hoy está más presentable. Maquillada y con tacones tiene un aire misterioso. Como por la mañana. Ella nunca usa perfume, pero hoy le sentiste un aroma sensual. Diferente. Muy raro. ¿Estás seguro que nunca te la llevaste  la cama? Ya perdiste la cuenta de cuántas fueron y hasta tenés dudas. Quizás en una noche de desesperación y alcohol…quizás una noche como la de hoy, de fin de año solitaria. Las burbujas de alcohol te juegan una mala pasada en momentos así. Tus recuerdos se alborotan. Pensás en Marcia y la mantenés ahí por si no surge otra alternativa. Siempre como última opción. 

Aunque cuando llegás al living de esa casa llena de gente, mujeres al parecer (todas?), observás unas curvas vestidas de rojo. Unos tacos aguja negros, un cuello blanco. “No puede ser ella”, pensás. Pero estás seguro de que es. Esos rulos recogidos en un rodete se te hacen demasiado familiares. Querés escaparte, pero ya es tarde. Ya te vio. “Hacete el boludo”, pensás y te bajás de un saque el vaso que venías saboreando. Hacés que saludás a otra compañera que ni te mira y amagás con irte, pero ella avanza hasta vos. No podés evitar observarle las tetas que están apretadas en ese vestido escotado. Tampoco podés evitar pensar en la noche en que te la llevaste a tu departamento e hiciste con ella todo lo que se te antojó. La pastilla funcionó mágicamente. María fue tu primera. El debut de las mujeres empastilladas. Luego de ella, lo demás se te hizo vicio. 

La saludás ausente. Ella te habla pero no le entendés. La música te ensordece. Las lucecitas que se encienden y se apagan dan un fulgor extraño, con sombras grotescas en las paredes, demoníacas. Querés irte, pero ella te toma de la mano y esa sensación extraña se disipa. “Bueno”, pensás, “Si empezamos así…” y te lleva por una escalera. Caminás detrás de ella, observando su culo enorme, rojo, ajustado. Aunque sentís que todo te gira. “No voy a poder”, pensás. Pero no te importa. Quizás te quedes dormido entre sus tetas. Sería el cielo, aun sin hacer nada. Sí, estás seguro de que esta noche es perfecta para dormir sobre su cuerpo desnudo. 

Subís las escaleras. Se te hacen eternas como la mañana en que ella fue a encararte. Te acusó de violarla. “Yo no te obligué a nada, amor”, le habías contestado. Pero ella insistió. Tuviste que encerrarla en aquella clínica. Cuando se es el jefe es fácil tener abogados poderosos que estén a tu disposición. “Parece que la estancia en el sanatorio le hizo bien…en todos los aspectos”, pensás mientras de refilón te parece ver a Mónica, otra de tus conquistas. 

Alguien, otra chica vestida de traje negro, te da un vaso con una bebida verde. “Es especial para vos”, te susurra al oído y la tomás. No es sed lo que te impulsa, es la misteriosa mujer de labios carnosos que casi roza tu piel cuando te habla. Querés irte con ella, pero tu dama de rojo te tironea y obedecés como un niño tonto. 

Atrás queda la de negro e imaginás su puchero. “Hay para todas”, pensás mientras tus pies tropiezan con un escalón. Caes de rodillas, pesado. El equilibrio te abandona momentáneamente y casi rodás escaleras abajo. Te agarrás de la baranda y sentís la adrenalina en tu pecho. Ese acelere peligroso, el calambre en el estómago. La taquicardia se instala mientras tratás de despejarte del alcohol. “Vamos tontito”, dice tu guía femenina y te parás condificultad para seguirla, “Ya falta poco”, te susurra mientras te ayuda a seguir. “¿Tan desesperada estás?”, le preguntás y ella te sonríe. O eso parece esa mueca en sus labios. Algo maquiavélico se filtra en sus ojos y por un segundo dudás. Pero alguien te empuja. Una mano en tu espalda, más abajo tal vez. No podés distinguir, aunque te gusta. Es la de negro. “Así, sí”, te reís estúpidamente. 

Entran los tres a la habitación. Hay velas y una cama con dosel bordó. Como aquella vez. Como todas las veces. Es una réplica de tu habitación. El aire espeso te penetra otra vez y sentís que el piso se mueve. En un segundo todo se oscurece a tu alrededor. 

Un ardor penetrante te despierta. Estás agitado. Tus pupilas están dilatadas, tu respiración se entrecorta. El terror inunda cada uno de tus poros. Buscás a tu alrededor. Todo está borroso. Te querés levantar pero algo te lo impide. Estás atado. Hay risas y murmuraciones a tu alrededor. Son ellas. Son todas. María sobresale. El rojo llamativo que viste se te hace incandescente. Ella sonríe. Vos no tanto. 

Un dolor en el costado te hace mirar a tu derecha. Está Marcia ahí. “A ella no le hice nada”, pensás, aunque el desprecio puede ser terrible para alguien que te desea. Llorás de dolor. “¿Qué es esto?”,decís con la palabra entrecortada. Algo te molesta en el costado y sentís la humedad en tu espalda, caliente, viscoso. Hacés un esfuerzo sobrehumano y alcanzás a ver algo clavado en tu costado ¿es un zapato? Es un tacón, son muchos. En el pecho, en la panza, en tus piernas. Llorás como un nene. Suplicás como un cobarde.
Son ellas que clavaron sus zapatos en tu cuerpo. ¡Reaccioná! Los mismos zapatos que exigías que usaran en tus encuentros, en tus sesiones dopadas de sexo abusivo y sin control. Aullás de dolor. Agonizás. Rogás que se termine. 

María se acerca con su zapato. Tiene un taco de 15 centímetros, extremadamente fino, afilado como ella, como el odio que juntó durante tanto tiempo en la clínica. Eleva el zapato y con la violencia de quien estuvo encerrada, privada de una vida, te clava el último tacón en el corazón, y aunque parezca que no tenés uno, enseguida queda demostrado que sí. Cuando de pronto deja de latir.

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) – Todos los derechos reservados 2017