domingo, 4 de junio de 2017

Recuerdos







―Mirá esta foto, Carmen.

No puedo creer que la haya encontrado después de tantos años. No quiero ver fotos viejas, mucho menos de mi familia. Ya no. Me corrí de ese lugar hace mucho. Le hago un gesto de “Ah, qué lindo”, pero no puedo disimular. Los recuerdos de mi infancia no son magníficos. Él tuvo una infancia buena, feliz. Yo no tanto.

―Qué pasa, ¿no querés conservar esta foto familiar? Ya sé que no te gusta recordar, pero está tu viejo…

Agarro la foto y la observo. Otra vez, como antes, me siento succionada por aquella situación, por la cara de mamá. ¡Estaba tan triste el día de la foto! Su forma melancólica de ver la vida fue durante mucho tiempo, mía. Su tristeza, su vacío casi existencial son una carga que aún me acompañan. Y a pesar de eso la extraño. Y la foto cobra ese particular peso en mi vida, en mi historia.

―Papá murió a los pocos días de esa foto, Jorge.
―Sí, sabía. Vos me contaste.
―Sí, pero no te conté toda la historia.

Hago una pausa sin despegar los ojos de la imagen. Sé que Jorge hace el gesto, ese de “no sé si quiero saber” o tal vez de: “¿Para qué le mostré?”. Quizás en realidad está interesado y lo demás corre por mi cuenta. Lo cierto es que no sé si quiero contarle. Pero es mi esposo y merece que lo haga. Una historia que quizás le de pistas de mis enrosques, como él le dice a ciertas reacciones que tengo y que no puede entender. Quizás si le cuento, la foto no sea tan pesada para mí.

Respiro hondo. Las manos me tiemblan un poco, pero me doy coraje. Sé que si saco esto de mi sistema, quizás la vida cambie para mí, aunque me conformo con que no empeore.

―Siempre me pregunté―comienzo con cierta duda ―, el porqué de la tristeza de mamá en esta foto. Es tan manifiesto su sentir, en el rostro, en la actitud… el recuerdo de aquella tarde fue el de risas, de papá con su pipa dando órdenes al chico que sacaba la foto. Mi hermano haciendo gestos estúpidos. Y mamá que parecía una estatua. Ausente.
―Por ahí no quería sacarse la foto
―¡Pero fue idea de ella! Ella insistió durante meses que debíamos tener un recuerdo familiar. Una foto para después, decía. Para cuando miremos atrás, el pasado, y veamos que éramos felices juntos. Vos pensá que en esa época no teníamos cámara de fotos y esa producción salió bastante cara. Mamá ahorró mucho para esa banalidad.

Toco la foto una y otra vez. Siento las risas de mi hermano e incluso puedo sentir el olor a humo que sale de la pipa de papá. Trato de sacudirme de los recuerdos, pero es difícil.

―Durante bastante tiempo pensé en esa tarde ―sigo―, en cómo fueron las cosas y las consecuencias de los días posteriores. Me tomó mucho tiempo entender que pasó. Sobre todo porque el día en que papá murió, mamá hizo todo lo posible para que mi hermano y yo no estuviéramos en la casa.
―No me vas a decir que tu vieja mató a tu viejo ¿no?
―¡No! Solo digo que a veces siento que mamá sabe las cosas antes de que sucedan.
―No entiendo…
―Mirá, cuando me escapé con mi primer novio, mamá estuvo rara los días previos. Alterada. Ansiosa. Puedo decir con seguridad que yo misma no sabía que me fugaría. Porque fue decisión del momento. Y lo más extraño fue que supo dónde encontrarme…o esperarme en realidad. Esa madrugada, ella estaba en el bar donde me encontraría con el pibe para irnos. Cuando entré y la vi en la barra con un vaso de agua se me heló la sangre. Te lo juro. Por supuesto mi novio al verla ahí huyó como rata por tirante. Y yo volví a casa con mamá.
―Pudo haberte seguido…
―Puede ser. Pero no es lo único…cuando quedé embarazada de Rodrigo ella se comportó más amable, más dulce de lo habitual aun antes de que yo supiera del embarazo…
―Intuición…
―No me creés, ya sé…lo único que digo es que con esta foto fue igual. Ella sabía que papá moriría aquel sábado, por un asalto en la casa. Por eso preparó lo de la foto. Para tener un recuerdo. Por eso ese día nos llevó al parque a pesar de que era invierno y hacía mucho frío…
―Pero, si ella sabía lo que iba a pasar, ¿por qué no alertó a tu papá?
―Eso me pregunté siempre y por eso estamos distanciadas. Ella niega todo por supuesto y yo no le perdono eso. No le perdono que no me diga si papá murió en un asalto, si le dijo, si lo alertó o…
―¿O qué?
―O lo dejó morir. Solo. Quizás ya no lo amaba. Quizás estaba harta de él y no le avisó y yo perdí a mi papá ¿entendés?
Un llanto me impide seguir hablando. Jorge me acaricia el rostro y me abraza. “Tranquila” me murmura. Yo me repongo, seco mis lágrimas y le sonrío. Las sensaciones y la foto se hacen más lejanas. “Quizás ahora”, pienso, “las cosas se acomoden”.
―Creo que te preocupás demasiado. Eras muy chica. Hay cosas que se te habrán pasado por alto. Es que me suena a demasiado fantástico todo…no me malinterpretes. No creo que estés loca. Solo que estás saltando en conclusiones que no tienen una base muy sólida, amor…
―Tenés razón. Recuerdos son recuerdos y son del color de quien los trae a la memoria.

Llega la tarde y voy al geriátrico a ver a mamá. Han pasado varios años desde la última vez que vine a verla. Un escalofrío me recorre al traspasar la puerta. Recuerdo cómo mamá lloró luego de saber que papá estaba muerto. “¿Por qué lo hizo?” no paraba de decir entre lágrimas. Saco la foto de mi bolsillo. Su poder sobre mí es menor, me doy cuenta. Entonces algunas cosas se clarean como cuando sale el sol luego de una lluvia copiosa. Y sin querer entiendo que nunca se trató de un robo. Que ella jamás habló del asesino, sino de papá. Él había decidido morir. Solo él.

Cuando llego al cuarto de mamá el enfermero me cuenta que estuvo agitada estos días previos. Que tuvieron que sedarla y que repetía mi nombre una y otra vez.

―No se preocupe ―le digo ―ella sabía que iba a venir. No pregunte como, pero lo sabía.


Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) – Todos los derechos reservados 2017

domingo, 21 de mayo de 2017

En el albur de la fatalidad





¡Cómo me habría gustado ver, conocer a aquella mujer que había elegido este objeto exquisito y raro! ¡Pero está muerta! ¡Estoy poseído por el deseo…desde lejos…que han amado! La historia…me llena el corazón de pesar. ¡Oh, la belleza! ¿No debería ser eterno todo esto?

David cerró el diario con cuidado y se quedó con ese párrafo. Ni siquiera pensó en el origen de aquellas páginas o porqué habían llegado a sus manos. Quizás había sido pura casualidad. Pero David no creía en las casualidades. Tampoco cuestionaba las situaciones, ni ahondaba en las cuestiones existenciales del universo o la vida. “Destino”, respondía cada vez que algo trascendental sucedía. Trascendental y fortuito. Generalmente iban de la mano.  “Karma” era su otra respuesta ante los reveces de la vida. Algo habré hecho para que esto venga, se decía. Efectivamente era una persona de pensamiento simple.

Y esta vez no había pensado nada respecto de ese diario cuando lo adquirió en la feria de pulgas de la ciudad. O las sensaciones que le había provocado al tocarlo en ese puestito de antigüedades. Como tampoco pensó mucho acerca del párrafo que aparecía legible entre el resto garabateado e indescifrable. Borroneado en algunas partes. Tachado adrede en otras. ¿Por qué ese párrafo? ¿Por qué en sus mano? Destino. Uno quizás retorcido. 

Se fue a dormir y de inmediato las palabras del diario empezaron a resonar, a hacerse fuertes. A medida que el sueño se hacía profundo y viscoso, esa mujer anhelada por el otro anónimo comenzó a tomar forma. Una cabellera larga y roja, una palidez extrema. Unos ojos velados por el manto mortuorio del destino y la distancia. Ella tenía algo entre sus manos, destellante, azulino, que parecía mantenerla imperturbable en su féretro a pesar de los siglos. Quizás el origen de todo, incluso del sueño, era divino.

David se sintió preso de la belleza mortífera de la mujer y se acercó a ella. Acarició aquel rostro maravillosamente sostenido a pesar de la naturaleza, de los siglos. Era perfecta como lo son los ángeles. “Quizás sea un Ángel”, se dijo mientras su mano recorría la cabellera enrulada que llegaba hasta la cintura. Cada mechón de pelo rojo tenía una luz propia, particular que contrastaba con el resto de ese ser. David sintió que parte de ella se metía en su piel, en forma de energía cósmica de color rubí. Pudo sentir el corazón detenido, los anhelos congelados en el tiempo. Pudo sentirla.

Continuó recorriendo su pelo hasta llegar a las manos de ella. Y ahí estaba esa roca extraña. Hermosa como su portadora. Tentándolo con su mera presencia. Sí, era imposible no tocarla y él ni se cuestionó el origen del cristal. Aunque si pensó en la relación que surgía entre la mujer y la piedra. Se preguntó si la piedra brillaba por ella o viceversa. Imaginó que si la joven se mantenía de aquella forma impactante, el objeto debía ser algo bueno ¿no? Y mientras pensaba, imaginaba, maquinaba, puso su mano sobre el cristal. 

De inmediato sintió que su alma era succionada hacia un infinito, hacia un hoyo oscuro y vertiginoso. Una carrera hacia otra dimensión o al mismísimo infierno. Un alarido penetró su cerebro y lo atravesó como un rayo dejándolo tirado e inválido. Atontado. Y ella, imperturbable.

Despertó en la mitad de la noche afiebrado. Su cuerpo tembloroso estaba cubierto de sudor frío y un aroma a muerte mezclado con perfume de mujer. La remera de dormir estaba adherida a su cuerpo y la cama tenía impregnada su figura. Dibujada de sudor. Oscura como su sueño. Viscosa como las palabras del diario. 

Se levantó y caminó en la penumbra. De la cama, la sombra de su transpiración tomó forma y también se levantó. Siguió a David sin que éste se diera cuenta y desde un rincón lo observó tomar agua. La sombra fue hasta el diario y ahí se perdió entre las páginas ilegibles y borroneadas. David ajeno a todo, se enjuagó la cara y se volvió a dormir. No sin antes mirar a la distancia el diario que parecía resplandeciente y lo invitaba a tocarlo. Como ella, como la piedra. “Es la fiebre”, pensó y cerró sus ojos. 

La mañana y el mediodía llegaron. David se sentía pesado, enfermo. Pensó que explorar los párrafos de su hallazgo (ahora lo veía de esa manera) sería un divertimento que lo ayudaría a transcurrir la enfermedad. Una sensación que amenazaba con empujarlo a consultar con un médico. Terrible situación porque odiaba a los médicos. A los hospitales y su jeringas llenas de líquidos sospechosos que podían matar tanto gérmenes como personas. Definitivamente no iría al hospital. “Si me distraigo un poco tal vez esto pase solo. Quizás sea una gripe fuerte y nada más”. 

Abrió el diario y ahí estaba el único párrafo legible. Presente, titilante. Aunque las páginas estaban más refulgentes si eso era posible y lo era en el estado de David ¿Quién sería esa dama que provocaba un amor a la distancia? ¿La provocadora de un deseo incontrolable como para escribir un diario y luego velarlo a cualquiera que quisiera entender esa pasión? Le dio vuelta a la página. Sus ojos se posaron en un enorme borrón de tinta negra. Imaginó que con el suficiente esfuerzo mental podría desenmarañar cada letra como si se tratara de una madeja de lana enredada. Quizás tironeando de aquí y reacomodando por allá la clarividencia llegaría. 

Con mucho esfuerzo notó que algunas palabras sobresalían. ELLA. PELIGRO. AUXILIO. ¿Ella corría peligro? ¿Pedía auxilio? El cansancio y la enfermedad hicieron lo suyo y David cayó en un sueño profundo y febril. 

Ella apareció nuevamente. Esta vez, sus ojos del color del mar estaban abiertos. Brillaban como su larga cabellera roja. Como ella en su totalidad. La joven dama poseía ahora un brillo propio, atrayente. Hipnótico. David se acercó como si estuviera poseído por una fuerza superior, la fuerza de un deseo extraño y de otra dimensión. Ella provocaba un impulso en él que no podía dominar. Aunque tampoco quería hacerlo. “Es un sueño”, se repitió al tocar aquel rostro de mármol. Ella de inmediato lo observó. Atravesó con sus ojos cristalinos el alma atormentada de David que ya no quiso despertar. “Me quedo acá con vos”, murmuró y ella lo invitó a recostarse en el féretro a su lado. Sería su mortaja también.

Un trueno retumbó en los rincones. Las ventanas vibraron con violencia y David despertó desorientado. Suspiró extrañando a la mujer de la cabellera roja brillante, sus ojos, lo que ella le provocaba. Sentía un gran vacío ahora que ella se había disipado. “no puedo estar enamorado de un sueño”, se dijo pero su espíritu sentía un dolor, una agonía jamás sentida hasta ese momento. Aunque eso no era lo preocupante. La enfermedad avanzaba implacable. 

Nuevamente la transpiración pegajosa brotó de cada uno de sus poros humedeciendo por completo su ropa y sus sábanas. La sed desgarró su garganta y de inmediato fue en busca de agua. Detrás de él una nueva sombra fue hasta el diario y se depositó ahí, dejándolo incandescente. 

Tambaleando David volvió a la cama. Se asombró que las sábanas estuvieran secas, aunque cuestionó su cordura debido al mal estado de su salud. Lo mismo pensó al mirar el diario que brillaba en la oscuridad compitiendo con los relámpagos de una tormenta repentina y violenta como la enfermedad que lo atacaba. 

Con mano temblorosa agarró el diario y observó que nuevas palabras sobresalían. ¿Sería su imaginación delirante y febril o realmente los párrafos se iban aclarando? Cualquiera de las opciones era preocupante para David y no supo cuál elegir. “Su belleza hipnotizante…peligroso…deseo…sucumbir…” ella estaba en peligro, ahora era claro como el agua. No podía permitir que el amor de su vida, la razón de que su espíritu se sintiera completo cuando estaba con ella, pereciera o sufriera de alguna manera. Entendió que de alguna forma debía salvarla.
Intentó dormir ya que era la única forma de verla y por lo tanto de salvarla. Pero afuera la tormenta se había vuelto salvaje tanto como su fiebre que ahora no lo dejaba descansar o pensar con claridad. Se sentó en su cama con el diario en sus manos. Rogando respuestas, invocando a la mismísima oscuridad por ayuda. “Vendería mi alma a las Tinieblas solo por verla una vez más, por poseerla.”, pensó con desesperación.

Su corazón se disparó por la temperatura y su cabeza sintió que uno de los rayos que afuera iluminaba el cielo, partía sus neuronas. El cuerpo tembló en convulsiones y la nada se hizo presente.
Una nueva sombra se levantó de aquella cama mientras David se volvía pálido y moribundo. “Te necesito”, murmuró. Clamó por ella, por su belleza anónima y mortuoria que latía en aquel diario, pugnando por emerger y apoderarse del espíritu de David. Y él lloró por ese amor imposible. Y las lágrimas volaron a las páginas que comenzaron a aclararse y a contar una historia de locura y de muerte. 

David escuchó entre truenos y ráfagas huracanadas una historia. La de Moriana, una amazona pelirroja que fue castigada por los dioses. Porque ella se alimentaba del espíritu de los hombres. Con el poder de su belleza y con ese artefacto mágico que colgaba de su cuello, heredado de una bruja, colonizaba el alma de desdichados y solitarios jóvenes. Las palabras del diario contaron que ese artefacto mágico era parte de una estrella fugaz que miles de años atrás había caído en la selva. También afirmaba que aquella mujer que lo poseyera jamás envejecería y sería amada por cada hombre que llegara a conocerla. 

Hasta que un hechicero enamorado y maltratado se vengó de ella y la aprisionó en aquel diario permaneciendo allí durante demasiadas centurias. Y el karma o el destino hicieron que David lo encontrara. Y se entregara a ella. 

Aquella noche David cerró sus ojos una última vez. De inmediato, ella emergió del ataúd y le cedió el lugar. Desesperado David besó los labios de Moriana y recorrió con sus manos cada rincón de la piel pálida de su amada. David la deseaba con la violencia de la espera y la separación forzada. La cabellera de ella envolvió a David que buscaba hacerla suya sin pensar en las consecuencias de su alma, y en el momento en que finalmente ella se abría hacia él para unirse en carne, con sus manos transformadas en garras, arrancó el alma del joven muchacho. Horrorizado, David entendió que las palabras del diario no eran de ella, sino de quien advertía el mal que ahí se encerraba. De esa forma, el último aliento de David fue a parar a Moriana que emergió del diario, hermosa y única con su cabellera encendida como lengua de fuego, iluminando la habitación cual bosque en llamas mientras que David yacía en la cama, sin vida, consumido e irreconocible. 

Moriana lo observó con desdén mientras que en su cuello, la porción de estrella azul destelló como el sol en verano. Entonces sonrió libre, capaz de cualquier cosa por ser venerada otra vez. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017