sábado, 11 de julio de 2015

El mejor de tus días







Esperaste este día durante meses. Pensaste que iba a ser grandioso. Un día feliz. Pero ¿qué felicidad te pueden brindar los otros?  ¿Qué esperabas de ellos? Ahora entendés que nada. Que ninguna felicidad es posible para vos. Esa palabra, ese sentimiento está vedado para tu ser marchito y agotado de un vida vivida a medias. 

Entendés que tu existencia está vacía. Rodeada de ellos, pero solitaria como una tumba en un cementerio. Una de esas descuidadas, jamás visitada por los familiares que ya olvidaron el significado del recuerdo. Ya ni eso sos. Ni un recuerdo dulce como fuiste antes. 

En este día negro, árido y desesperanzado te preguntás si alguna vez conociste la felicidad. Buscás entre tus recuerdos, los dulces, los cálidos. Exploras tu memoria cansada, agotada de tanto malo y amargo. Caminás por recovecos de sinsabores, de melancolías, de amores truncos. Doblás en la esquina del desamor y te encontrás con la agonía de la desesperanza. Seguís intentando porque “algún buen recuerdo debe haber”. Pero el camino entre tus memorias se hace denso y doloroso. Un abandono inesperado, una tarde gris a pesar del sol, una pérdida irreparable y la distancia. 

Una distancia con los otros que aunque no entiendas, construiste. Un muro que te separa de ese mundo exterior. Entre falsas sonrisas y extrema predisposición, por querer sentirte necesitada, siempre estuviste para los otros. ¿Será que esos otros se dieron cuenta de que lo hacías por interés? Al parecer es así. Un interés que no era otro que sentirte necesitada, sentir la desesperación del otro por lo que vos pudieras darle. Una sonrisa, una palabra. Su desesperación es tu alimento. Pero ahora vos sos la que querés, la que necesita algo: compañía. Una compañía real, una presencia. Necesitás que esos otros sean genuinos como vos no fuiste. Necesitás que la distancia sea eliminada, suprimida. Necesitás el calor de otra piel, la caricia de una mano suave. Necesitás una palabra real y no esa escrita que aparece por todos lados. “En este día tan especial te deseo lo mejor”. Estás llena de palabritas escritas, de conceptos huecos. Pero estás sola. 

Tu corazón late agónicamente. Esperabas que este día especial lo fuera de verdad. Pero ¿qué tiene de especial un día más que te acerca a tu muerte? Una hora menos de vida, una hora que se resta a lo que falta. ¿Y si lo acelerás? Se te ocurre que el dolor puede terminar. Puede acabar esta eterna agonía de días sin sentido, de amargas distancias. Está en tus manos y lo sabés. Sabés que podés terminar con todo, con los otros, con las distancias. Sabés que tenés el poder de eliminar la tristeza infinita que te invade desde hace tiempo. Pero como siempre sos una cobarde. Te quedás ahí, sentada, mirando la pantalla llena de mensajes de buen augurio. Te llenas de palabras vacías, de gestos automáticos, de frases hechas. Lo hacés porque seguís pensando en esos otros. Porque crees que en los otros está tu felicidad. Pensás en qué pasará si no existís ya nunca más. 

Te imaginás el momento en que ellos te encuentren tirada. ¿Qué harán? Pensás que te llorarían en el mejor de los casos. ¿Se sentirían culpables? En tu mente egoísta y enferma lo deseás. Deseás que ellos sientan la culpa de tu destino trunco. Porque en tus pensamientos, ellos son responsables de no verte. De estar encerrados en sus cositas y de esconderse de la vida, de la tuya. Pensás que por eso no te ven, no te dan nada. Son una pared en blanco, un témpano de hielo: ven tu sufrimiento y no hacen nada. Sus días son iguales uno al otro y vos morís cada día y a ellos no les importa. Entonces entendés que jamás van a sentir culpa si hoy dejás de existir. Sabés que se van a sentir liberados. Que la luz va a llegar a sus vidas en el momento en que las tinieblas se apoderen de la tuya. Que tu agonía, tu desaparición será el comienzo de una nueva vida para ellos. Quizás una mejor. ¿Se lo merecen? Los odiás por esa futura e inexistente vida. Por esa posibilidad que vos no tenés. Porque estás tan sumergida en tus miserias que ni siquiera ves las posibilidades. 

Entonces te preguntás cuál fue el momento. En qué instante de tu vida perdiste la chance, la posibilidad de elegir. Buscás otra vez entre esos recuerdos y te sentís morbosa como quien hurga en un cadáver, entre sus tripas, solo para sentir un placer carroñero. Te sentís así porque tus recuerdos están tan o más muertos que vos. Rastreas pensamientos, recuerdos y buscás el momento de tu última posibilidad. Y el camino se te hace largo, demasiado. Te das cuenta de que aunque toda la vida descreíste del destino, vos no tenías otra chance. Entendés que nunca hubo posibilidades para vos. Lo entendés porque treinta años atrás tomaste una decisión que te marcó para el resto de tu vida. Esa decisión tomada  a corta edad, determinó tu futuro y tu realidad actual y no hubo desde entonces otra posibilidad que este, tu presente. 

Te desesperás. Buscás de nuevo los mensajes de buen augurio en la pantalla. Los releés. Los saboreás como si se tratase de una exquisitez. Te empapas de esas frases. Porque este nuevo hallazgo en tu vida, este sin futuro, te aterra. Te estremece pensar que tu vida fue escrita por esta única decisión. Que este vacío que hoy sentís, esta desgracia que vivís es un castigo por una única decisión. “No era consciente, entonces”, llorás en un intento de redimirte. Llorás mientras lees: “Te deseo en este día lo mejor”. ¿Qué es lo mejor en tu caso? ¿Lo mejor del mundo? ¿Lo mejor que se pueda esperar? ¿O lo mejor que lo puedas pasar? Y sabés que lo que va con tu día y tu vida es lo último; que esto que vivís es lo mejor que podés hacer con tu día especial. 

Lo mejor que te sale es sentirte sola, triste, amargada. Lo mejor que podés en un día como hoy es pensar en tus decisiones, en esas que te llevaron al hoy que te deprime, al futuro que te agobia. Tu mejor versión del día de hoy es la oscuridad que te envuelve y el deseo de no ser. Porque cada consecuencia de aquella decisión fue el aislamiento, la pena, el desamor. 

Entonces suena el teléfono. Es él que te habla al oído aunque esté lejos y el rencor de minutos antes se disipa. Te sentís brevemente acompañada y una promesa nace en el horizonte. Se te escapa una sonrisa efímera y se te llenan los ojos de lágrimas. Colgás. Te levantas y apagás la maldita pantalla. Vas al baño, mirás el reflejo que te devuelve el espejo. Secás tus lágrimas y te maquillás. Te dibujás una sonrisa de labial rojo y unos ojos amistosos de rímel negro. Te ponés lo mejor que encontrás y esperás. “En quince minutos te paso a buscar”, fue la mejor frase del día. Sabés que a él, después de todo, algo le importás. “Vamos a salir a comer, ¿te parece? Así festejamos tu día” y sonreís otra vez. Sabés que lo que te hace falta es el contacto humano, con ese humano. Que los otros ya no importan. Que tu vida no puede ni quiere regirse por esos otros. Entendés que ya no vas a estar tan presente para ellos, que ya no te va a importar lo que esos otros necesiten. Que vas a empezar a decir que NO. Y que aunque te cueste y te duela, no vas a estar tan disponible para ellos y si más para vos. Que al fin de cuentas sos la importante de tu vida, porque sin vos nada existe, solo oscuridad.
Y lo esperás y deseás que este momento no termine nunca y que quede almacenado en un rincón de tu mente, entre todos los recuerdos oscuros, iluminando tus días. 

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2015

viernes, 3 de julio de 2015

Trascendencia (Cuento de mi antología Relatos de la Parca)





Como cada mañana, Marlene recorría el andén cinco de la Estación de trenes de Retiro. Como cada mañana, extendía su mano sucia para que algún ser piadoso le depositase unas cuantas monedas. Luego de eso, y tras juntar algunos pesos, como cada mañana, se disponía a desayunar. Generalmente no se apartaba demasiado de aquella zona, porque luego del accidente sufrido a sus quince años tenía tendencia a perderse con facilidad.

Entonces buscaba restos de comida en el tacho del andén cuatro, o a veces del tres. Allí, con cierta frecuencia, encontraba algún alfajor a medio terminar o un sándwich enmohecido.
Con eso le bastaba. Al menos hasta la cena, donde usaba las monedas en algún quiosco de la estación.
Durante el día y, para pasar las horas entre el desayuno y la cena, deambulaba casi sin rumbo fijo, de andén en andén, intentando que los guardias no la vieran merodear. Porque, eso estaba prohibido, y ya la habían mandado a guardar un par de veces. No sólo por merodear. La gente a veces se asustaba de ella. Y no era únicamente porque estaba sucia o mal vestida, ya que se vestía con lo que encontraba. No, le temían a la expresión de retardo de su rostro. A sus labios torcidos, a su comisura babeante.

Y sí. El accidente había hecho estragos con ella. Por fortuna aquel evento trágico estaba bien  guardado en los confines de su memoria, aunque en ocasiones, pugnaba por salir en forma de dolorosas alucinaciones. Pero luego de esos episodios, la amnesia la acompañaba y todo volvía a la normalidad, a su normalidad. Aunque si realmente supiera cuánto tiempo la estuvo buscando su mamá quizás moriría, como ella, de dolor. O si supiera cómo aquél auto, que corriendo picadas, apenas la rozó y la hizo volar veinte metros haciendo que su frágil cabeza se estrellase contra el asfalto, eso la devastaría. O tal vez, los meses que estuvo en coma como NN en la terapia intensiva del hospital de la ciudad. No, si su cerebro recordase todo eso ella moriría simplemente de recuerdos.

Pero en su amnesia retardada, ella caminaba sin cesar. Y eso la mantenía escuálida en extremo. Horas de caminatas de un lado para otro habían hecho que su flaqueza extrema provocase asomar unos cuantos relieves óseos. Que en alguna modelo hubiera sido digno de admiración, aunque en ella demostraba su desnutrición. Sus metas inalcanzadas. Haciendo más grotesco su aspecto de abandono.

Al llegar la noche, y si ningún guardia la había pescado infraganti, Marlene volvía a su refugio del andén cinco, allí en un rincón donde nadie podía verla. Donde los enormes hierros que constituyen el freno hidráulico del andén, donde el tren tiene su última chance si todo falla, allí mismo, en ese hueco
ella había logrado poner un colchón y unas mantas. Y en ese tremendo y oscuro y sucio lugar, Marlene descansaba cada noche, como lo había hecho durante los últimos diez años. Y lo podía hacer de esa manera porque el servicio de trenes durante la noche se suspendía. Entonces nadie la encontraba allí. Y durante el día, ella misma lo cubría con una bolsa negra y grande evitando de esa manera ser descubierta.

Al día siguiente, todo comenzaba otra vez. Madrugaba muy temprano para que nadie encontrase su escondite. Desayunaba lo que podía y luego vagaba por la estación.
Sin embargo, una mañana de domingo lluviosa, se encontró con que la estación estaba desértica. Al parecer todos habían decidido quedarse en sus cómodas casas, mirando la televisión, idiotizándose con los programas de moda. Y ella sin tener nada que comer.

Marlene miró cada rincón de la estación. Era particularmente extraño que no hubiese ni un alma. Los tachos, vacíos. La cabina de la policía, desértica. Y lo mismo sucedía con los negocios, que normalmente vendían golosinas, o con la casilla donde se expendían los boletos. Se hubiese preguntado ¿qué sucede aquí? Pero su retardo sólo la hizo quedarse parada en el medio de la nada, con gesto idiota. No se animó a decir nada. No se animó a salir de allí. Sólo decidió volver a su refugio, ese que prolijamente había construido para sí misma. Caminó mientras sus pisadas solo devolvían un eco sordo, cerrado, lejano. El viento, que horas antes había arreciado, estaba
detenido. El frío había cesado y ahora todo tenía una particular calidez. La calma circundaba y aunque eso podría aterrorizarla, sólo se sintió bien, pacífica.

Continuó con su paso, ahora más ligero. Notó, como alguien de su estado pudiese notar, que ya no le costaba moverse tanto. Sus piernas se movían con más libertad y hasta con un poco más de gracia. Entonces se apuró, ahora que podía. La lluvia se había detenido así tan bruscamente como ella había mejorado y entonces observó las gotas suspendidas en el aire, redondas, perfectas como ella. Y una luz atravesó su cráneo: el entendimiento llegó a sus neuronas. Y pudo preguntarse ¿Qué está pasando acá? Porque no era normal que las gotas estuviesen suspendidas en el aire, sin caer. No, eso no era para nada normal. Pero era bello, impactante. Y aunque no hubo respuesta para esa pregunta que ella lanzó al aire, no le importó.
Y disfrutó del espectáculo que tenía ante sus ojos.

Las nubes se separaron y un rayo de sol se filtró haciendo que las gotas despidieran miles de colores. Marlene sonrió de pura felicidad y una lágrima rodó por aquella mejilla sucia. Extendió su mano y con su delgado dedo índice tocó una de las gotas suspendidas que se desplazó colisionando con otra y otra y otra y de repente, todas las gotas danzaban con un ritmo mágico y maravilloso. Y ya no era tan importante saber qué sucedía, sino lo realmente importante era disfrutar ese instante breve y único
que la vida le ofrecía.

Pero la soledad era pronunciada y el temor de siempre afloró. Entonces, continuó en la búsqueda de su lugar seguro, tan sólo para constatar que seguía allí y que podía recurrir a él, en caso de necesitarlo. Caminó, casi corrió y al llegar solo había un bulto. Un bulto envuelto en mantas mugrientas y mojadas. Era aterrador y desagradable, en contraste con lo que había visto minutos antes.

Miró las gotas danzantes, el sol que seguía asomando. Se miró a sí misma, su túnica blanca brillante y decidió que danzar con las gotas era mucho más agradable y seguro. Sí, ese día, en ese minuto, en ese lugar donde trascendió sin saber cómo ni porqué, Marlene decidió ser feliz, sin dolor, sin hambre y sin frío.

A la mañana siguiente, el policía que cuidaba el andén cinco de Retiro, se encontró con la imagen del horror: en el escondrijo de Marlene, ese que él sabía bien que ella usaba por las noches, había un bulto envuelto, húmedo, sucio. Enseguida sintió un dolor en su pecho, una angustia que subió y le conmovió hasta las lágrimas. Dudó si tocar el bulto. Dudó. Entonces, llamó a uno de sus compañeros y juntos lo quitaron, con cuidado y mucho respeto. No se atrevían a abrirlo, no se atrevían a ver aquello. Pero debieron hacerlo. Suspiraron al unísono y capa tras capa quitaron las mantas. Finalmente, al destapar el bulto, miles de mariposas multicolores salieron volando al ver la luz y en el fondo de las frazadas, un rayo de sol, una gota de lluvia y la nada misma.

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015

lunes, 22 de junio de 2015

Gotty






De repente mis pupilas se dilataron. No estaba el todo seguro si era terror o placer por lo que veía, pero lo cierto fue que no podía dejar de observar la escena desatada frente a mí. “¡¿Por qué carajos estoy acá?!”, pensé con desesperación y mi respiración se entrecortó. Un mareo. Un crujido. Ella clavó sus ojos en mí y supe que era el final. 

La casa de los Rotemberg era magnífica. Se trataba de una mansión de cinco pisos, con pileta olímpica y un parque de ensueño. O al menos eso me habían dicho las benditas malas lenguas. Una vez la fui a visitar, solo para sacarme la duda. Necesitaba saber si era cierto o no lo que había escuchado aquella noche entre copas. Luego de semanas de pensar, de imaginar con qué me encontraría, lo decidí y me encaminé hasta el lugar. Estaba escondido como todo lo bueno. Se encontraba en medio de un bosque y tardé más de una hora a pie en llegar. Era invierno y hacía mucho frío, pero la luna estaba omnipresente, clara y llena. La iluminación natural y el silencio reinante, le daban cierto aire majestuoso y macabro a la vez. Fue extraño lo que me provocó, aunque sí puedo jurar que me llevó a este destino que hoy vivo, sin remedio, pero buscado por supuesto. 

Esa noche, ahí parado entre los árboles, supe que en su seno se encerraban grandes riquezas. Se rumoreaba que de las paredes colgaban magníficos cuadros y que dentro de un alhajero de oro, había una estupenda joya: el diamante Gott. Le habían puesto ese nombre por la joven esposa del señor Rotemberg a la que él le llamaba cariñosamente Gotty. 

Gotty era de origen humilde, aunque desconocido. Las mismas malas lenguas que me habían contado de la mansión, decían que ella era una belleza rusa, secuestrada y vendida a su esposo, coleccionista de bellas mujeres. Mientras pensaba en ella, volé a las heladas tierras del norte europeo y la imaginé en su tranquila vida. Imaginé que era feliz junto a su familia hasta que unos rufianes, mandados por su actual marido, se la llevaron y la alejaron de todo lo bueno y puro. Triste como mínimo. Y lo peor era que ella no había sido la única en la vida de Don Rotemberg. 

Antes de Gotty estuvo Ariadna, Celina, Carmín y Sonya. Todas extranjeras. Todas blancas y delgadas. Y todas fueron desapareciendo del pueblo. Algunos decían que le habían logrado escapar, otros que la suerte no había sido tal. Pero Gotty, ella era diferente. Ella hacía ya cinco años que vivía ahí y soportaba. Él era un hombre obeso y malhumorado por sobre todas las cosas. Medía cerca de un metro noventa, pero apenas si se movía. Las malas lenguas también decían que sus mujeres le hacían el amor mientras él reposaba entre almohadones en el piso del living y que él casi no podía gemir.
“Espantoso”, pensé. Esa mañana, luego de pensar toda la noche en las riquezas que me esperaban allí dentro, diseñé el atraco. Y mientras ideaba el plan, pensaba no sólo en mi recompensa. Pensaba en ella. ¿Qué haría semejante mujer en ese lugar? Porque si Gotty fuese mi esposa la adoraría, porque ella era hermosísima. Era delgada, pero con gracia, como las modelos europeas. Sus ojos eran dos gotas de agua y sus labios dos pétalos de rosa. Rojos y aterciopelados. 

“¿Por qué sigue con él?”, me dije una vez que la crucé en la calle principal del pueblo. Ella iba en uno de los tantos coches de la familia. Gotty no manejaba. Creo que ni siquiera hablaba bien el idioma, aunque recuerdo que esa vez obligó a su chofer a que se detuviese ni bien me vio. Me observó de arriba abajo y me sonrió con una dulzura exótica, casi sensual. Me sentí halagado en una forma tonta e infantil. Y esa sensación me aturdió bastante. En ese estado me encontraba cuando ella sacó su mano, portadora del magnífico diamante, y me la extendió. No sé qué miré primero. Pero tanto su mano blanca como la nieve, como ese diamante enorme rematando su dedo anular, competían en belleza. Ella entonces, me clavó los ojos como ahora lo hacía en el living de su mansión. 

“¿Y si me voy?”, pensé. “No. Ya me vio, ahora tengo que esperar…”

Esa mañana lo decidí. Entraría por la noche y robaría el diamante. Lo vendería y luego, ya con mucho dinero en mis bolsillos, le ofrecería a Gotty una mejor vida. Ella seguro accedería porque su vida era de por sí terrible. Si ella me lo pedía nos iríamos a Europa, a su país o al que quisiese. Formaríamos una familia luego de unos cuantos años de viajar  y de divertirnos a lo grande. Ese diamante valía millones y el riesgo era aceptable. ¿Qué me podría pasar? Nada según mis planes. 

Cuando llegó la hora, me escabullí por entre los árboles del frente. Esperé a que las luces estuviesen apagadas y con una ganzúa me hice de una de las puertas de servicio. Entré con suma facilidad. Demasiada a la luz de los hechos. Y caminé sobre el mármol lujoso de la casa. Era más imponente de lo que imaginaba. Los cuadros y esculturas eran grandiosos. Pero yo sólo buscaba el diamante. Supuse que estaría en la habitación de Gotty, pero ¿cuál sería?

Caminé en círculos durante unos minutos y me regañé por no haber pensado en este dilema antes. Sin embargo, mis pensamientos se vieron interrumpidos por ruidos que venían de la escalera. Miré a mí alrededor y noté la puerta del ropero entreabierta y allí me metí. Dejé la puerta entornada y observé el cuadro que se iba desarrollando en el living. El mayordomo, un esbelto y bronceado joven, apareció de pronto y junto a varias mucamas, esparcieron por el piso muchos almohadones. “¡Era verdad!”, pensé con asco. Entonces, el obeso hombre de casa, sin una prenda, con su humanidad desagradable a la vista de todos se recostó con gran dificultad. 

Luego de aquella preparación, todo el personal se retiró y las luces se bajaron a una intensidad leve, casi de penumbra. Un perfume me invadió de pronto y una deidad descendió por las escaleras. Era ella, con un salto de cama transparente. Su cuerpo era escultural, blanco como aquella mano de la que me había enamorado. Y su rostro; lujurioso. ¿Sería que ella era parte de ese ritual? Me sentí celoso y asqueado. Pero no pude parar de mirar lo que ella hacía. 

Se movía como un animal en celo. Con sensual movimiento trepó al obeso hombre, tocó su piel y meneó su cintura sobre él. El gordo y feo hombre gritaba de placer y resoplaba como un toro, mientras yo sentía un calor subir por mi cuerpo.  Tuve que frenarme más de una vez porque la deseaba tanto que hubiese salido de allí solo para poseerla. No me hubiese importado nada. Pero no podía. Debía seguir el plan. Ella continuó con su danza erótica sobre su hombre hasta que al parecer con resoplido, él acabó y quedó tendido seminconsciente. Ella se levantó, se colocó el salto de cama y se dirigió hasta una mesa a unos pasos de la improvisada cama. Seguí cada uno de sus movimientos al son del ronquido de aquel hombre. Por un breve instante ella se quedó parada dándome la espalda.
Sentí la agonía de la espera. Debía salir de ahí, buscar el diamante e irme de esa casa. Pero todo se demoraba más de la cuenta y no podía quitarme de la cabeza la visión de mi futura mujer sobre ese hombre fingiendo un orgasmo inexistente. Me imaginé que el que estaba entre esas almohadas era yo y que ese baile exótico lo hacía sobre mí. El calor subió otra vez y me debatí en salir y tomarla por la espalda. Acariciar su cuello, buscar su boca, besarla. Tocar esa piel maravillosa. Hacerla mía.

Pero entonces ella se dio vuelta y un destello proveniente de su mano me sacó del ensueño en el que me había sumido. Se dirigió con calma hasta los almohadones, se posó nuevamente sobre él y sin más clavó el puñal una y otra vez en el obeso hombre, que jamás se la vio venir. La sangre salpicó para todos lados.

Sentí ganas de vomitar pero me contuve. Pude sentir el olor de la sangre fresca mezclado con las heces provenientes de los intestinos perforados. Miré a mi deidad y parecía un demonio ensangrentado con cara de ángel, uno rebelde y desobediente. La amé aún más, aunque también le temí porque ella sería capaz de cualquier cosa… Un mareo se apoderó de mi cabeza y tuve que agarrarme de la puerta que se movió. Por desgracia rechinó y ella de inmediato, como un animal que ubica a su presa clavó sus ojos en mí.

¿Y qué pasó?

Ella caminó como una loba hasta donde me encontraba. Su cuerpo escultural y desnudo, manchado de la sangre de su difunto esposo me deslumbró. Era una amazona que volvía de su batalla. Mi corazón explotó solo por la anticipación. ¿Me mataría? ¿Me amaría? ¡No! Ella se limpió las manos a solo centímetros de mí y pude sentir su aroma. Rozó con sus labios los míos y tomó mi mano que se dejó conducir dócilmente a donde ella la guió. Se colocó de espaldas de mí, y condujo mi mano y mi brazo alrededor de su cuello. Me entregó el cuchillo y pegó un alarido de puta madre.

Y acá estoy. Tras rejas luego de haber sido inculpado por el asesinato del señor Rotemberg y el intento de asesinato de su bella esposa Gotty. El juicio fue rápido, enseguida me encontraron culpable y no hubo forma de que alguien creyese mi versión. Hoy que lo pienso, a veces imagino que el cuchillo estaba en mi mano y que luego de asesinar a aquel hombre ella se entregó a mí, a mi carne sedienta. Pero lo cierto fue que Gotty heredó los millones, el diamante y al joven mayordomo.

De tanto en tanto me viene a visitar, solo para demostrarme que ella es indomable y que ningún ser humano en la tierra la poseerá… si es que ella no lo desea. Y aún sigo esperando en convertirme en el objeto de su deseo…

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015