El se sentó en la cama. En
la misma cama donde había imaginado tantas veces estar con ella, acariciando su
piel, sintiéndola respirar cerca de su cara, prometiéndole el cielo y las
estrellas. Esa cama donde la soñó como la madre de sus hijos, como la compañera
de su vida, como la mujer que lo completaría. Ese lugar donde alguna vez la
suplantó por tantas otras sin nombre, queriendo apagar el dolor del rechazo. El
dolor de la soledad. Allí mismo, en esa cama, como una ironía del destino,
estaba su final. Una calibre 22.
La había adquirido unas
semanas atrás viendo como su porvenir se cerraba. En el momento en que la tuvo
en sus manos, su pecho se cerró y selló así un final predicho. No quiso hablar
con nadie. No quiso dar explicaciones de nada. Solo se la llevo a su casa, como
si fuera una prostituta a la cual se oculta por vergüenza al que dirán, y la
ocultó en la mesita de luz de su habitación. Esperando al momento necesario
para dejarla actuar.
Y ese día había
llegado.
Sus lágrimas caían por
ambas mejillas. El dolor era muy grande e inmanejable. Su corazón tenía una
angustia profunda que no le dejaba ver luz en el camino. Pensó en ella y su
corazón se aceleró. ¿Y si le hablara?...No. Se sacó terminantemente el
pensamiento de la cabeza. Su obrar ya había sido suficiente como para que fuera
llorando igual que un niño, a su regazo. Debía ser hombre y comportarse como
tal. Sin embargo, quería ser nuevamente un niño, volver a su infancia cargada
de afecto, de sus seres más queridos. Deseó nunca haber crecido, nunca haber
salido de su pueblo. Deseó haberse detenido en el tiempo, haberse quedado
congelado, jugando incansablemente, trepándose a cuanto árbol encontrase. Pero
tuvo que crecer…
Miró el arma, como
tratando de amigarse con ella. Como tratando de hacer las pases con la que
sellaría su destino. La tomó. No recordaba que fuera tan pesada, pero así le
pareció en ese momento. Tal vez lo que pesaba, era el destino reservado para
ambos. La levanto hacia su corazón, ese que estaba roto en mil pedazos. Intentó
jalar del gatillo una vez, pero sus manos temblaban tanto que no pudo. Se
intentó serenar y convencerse de que eso
era lo único que quedaba por hacer y esta vez lo hizo, terminó con su vida.
(...)
Pero para cuando ella llegó
era tarde. Al dar vuelta a la esquina vio un patrullero, una ambulancia y
varios vecinos merodeando en la puerta del edificio. Se acercó desesperada,
pero no la dejaban pasar a través de la barrera hecha por los oficiales de
policía. Sin embargo, en un arranque de odio hacia estos, los apartó
violentamente y pasó. Corrió los metros que la llevaban a la escalera y las
subió aceleradamente. Llegó a la puerta del departamento y vio como sacaban el
cuerpo sin vida de él, en una camilla.
Gritó desde lo más
profundo del alma, llorando. Le tomó la mano inerte y le dijo:
-Te perdono…por
supuesto que te perdono…yo también siempre te amé y te voy a amar…- y le besó
la frente.
En ese momento, los
oficiales la sacaron y la llevaron afuera. Ella veía como todo se hacía
borroso y lejano. Un dolor lacerante se hizo presente en su pecho. No pudo
mantenerse más en pie y cayó desvanecida.
-¡Hola amor!- él
la mira con esos ojos bondadosos, llenos de ternura. Ella lo mira
profundamente y se siente perdida en él. Tiene esa sensación de paz y de
entendimiento, ese sentir de que “estoy en lo correcto, esto es lo que tiene
que pasar en mi vida. Así tiene que ser”. Un sentir como nunca antes lo había
hecho. Lo abraza fuertemente, como temiendo que se le fuera a escapar otra vez.
Como si se hubiera ido muchas veces y en cada vez lo encontrara en otra vida,
haciéndola despertar de un letargo profundo. Como si esa sensación de vacío y
agonía permanente, por un momento se hubiera llenado con solo mirarse y
reconocerse en los ojos el otro. Ella le sonríe, pero no emite sonido. El silencio
es el compañero perfecto de ambos. Se besan largamente, dulcemente. Se aman una
y otra vez y se sienten completos, uno junto al otro, sin necesidad de decir
nada. El tiempo parece detenido y extrañamente acelerado a la vez. Como si no
existiera en realidad. Una luz tenue e intensa al mismo tiempo, los rodea como
en una bruma. La paz es lo que reina entre ellos. Pasan minutos, horas y años
en ese mirar mutuo. Se tocan sin tocarse. Se hablan sin palabras. El amor
infinito es su vocabulario y sólo ellos dos conocen el idioma.
Sin embargo, ella
siente un presentimiento, una fea sensación en el pecho otra vez ¿Qué sucede ahora? Si todo
es perfecto, ¿que puede arruinar esta perfección?
Ella siente que la
sacuden, y ve como todo se desvanece a su alrededor, como todo se desdibuja. Ve
como él empieza a volatilizarse, llevándose esa sonrisa apacible…siente el llanto de un niño pequeño, su hijito. A la distancia, como en una
bruma, ve el momento que tuvo a su niño por primera vez en brazos. La primera vez
que sintió su olor y se da cuenta de que la angustia es la lucha entre dos
universos. Pero ¿cual elegir? Cierra fuerte los ojos y su corazón se acelera,
se deja caer y se da cuenta de que ya decidió…
Autor: Miscelaneas de la oscuridad
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