jueves, 11 de abril de 2013

Mi peor pecado (precuela de El Pecado)


Confesión:

Me casé a los 16 años. En parte creo que fué “enamorada”, pero lo hice fundamentalmente, para huir de la casa de mi padre. Mamá ya había muerto años atrás y una nueva mujer ocupó su lugar queriendo ser mi madre y sin lograrlo. Tampoco pudo lograr ser su mujer, ya que las necesidades de mi padre tuvieron que ser satisfechas de otra manera… Cada vez que pienso en esos años llega la angustia a mi corazón. Afortunadamente, mi querido hermano Juan era el que me salvaba cuando mi padre se propasaba. Pero hubo momentos en que eso no era suficiente…y luego… ya nadie velaba por mí…
El matrimonio no fue exactamente lo que esperaba. Lo que mi padre hizo, mi esposo lo continuó. Al parecer necesitaba demostrar que yo era de su propiedad, y sus actitudes estaban amparadas por la ley. Cuando llegaba ebrio, no solo me golpeaba, sino que me obligaba a realizar cosas horrendas. Generalmente, luego de las golpizas, las más duras, él salía de “viaje” por unas semanas y la paz llegaba a mi ser.
En esos momentos de paz, comencé a planificar mi libertad. Pero esto no era simple, ya que se podrían abrir sospechas si él partía de forma brusca. Tenía varias alternativas pero muchas involucraban a terceros, lo que hubiera significado la presencia de un testigo. Debía ser algo sutil.
¿Qué fue lo que me hizo llevarlo a la práctica? Una vez quedé embarazada…sólo el recordarlo me provoca un dolor en el corazón que nunca ha cerrado del todo. Una noche volvió más ebrio que nunca y la golpiza fue tremenda, tanto que esa noche se fueron todas las ilusiones de ser madre algún día…
Mientras yacía en mi lecho, tras semanas de hemorragia y dolor, juré que sería la última vez que ese ser pondría un dedo sobre mí. Esto era no solo por mí, sino por mi hijo….por el niño no nacido...
¿Como lo hice? Utilicé una planta de origen brasilero que creció en mi jardín. Destino le dicen. Como su sabor es muy desagradable, tuve que incluirla en los alimentos. Fue duro ver el efecto de tal mezcla. Ese día, terminó su comida y a la media hora observé como el hombre comenzó a palidecer, a llenarse de un sudor frío que lo empapó al instante. Sus ojos desorbitados no sabían a donde mirar, tal vez buscando la ayuda que no iba a encontrar, al menos no en mí. Cuando atinó a levantarse intentó agarrarse de una silla, pero esta cedió ante el propio peso, haciéndolo caer y golpear su cabeza contra la mesa. Mientras esto sucedía, un vómito intenso salió desde sus entrañas eliminando todo lo que había ingerido en el día. Como si esto fuera poco, el cuerpo seguía arqueándose en arcadas y sacudidas violentas, mientras caía al suelo como en cámara lenta, quedando tendido en su propia inmundicia. El golpe sufrido en su cabeza le agregó a la descarga emética, un charco considerable de sangre roja rutilante, creando una extraña mezcla de colores que luchaban entre si por dominar el cuadro.
Mi corazón latía enérgicamente, mi respiración agitada apenas era contenible…el terror tenía gusto de venganza. Ver a ese ser desplomarse y vomitar una y otra vez, aún en el suelo, era duro y desgarrador. Pero también era ver tendido al enemigo.
Me acerqué a su sucio rostro, intentaba ver si respiraba. Una sacudida se hizo presente, lo cual me aterrorizó aun más y me hizo sacar la mano inmediatamente. Lo miré unos segundos e intenté encontrar un pulso, ver un respiro. Lo encontré, entonces proclamé un grito desesperado y llamé al encargado de la casa para que me ayudara. Rápidamente lo llevamos a su cama.
El golpe en la cabeza había sido importante. Una herida profunda, deformada en la frente, aún emanaba sangre. La vendé haciendo compresión para parar la hemorragia. El me miraba sin emitir palabra. ¿Sospecharía de mí? Tal vez, pero nada se podía probar.
Una vez aseado, llamamos al médico y yo me encargue de relatar lo sucedido, ya que además de verdugo era testigo. Como mi esposo no emitiera palabra, se debía esperar y ver si el golpe había sido tan fuerte que hubiera producido una lesión en el cerebro. Pasé la noche en vigilia, aunque a la mañana siguiente la espera había sido en vano. Al parecer, el golpe provocó que se acumulase sangre dentro de su cráneo, la cual no tenía por donde salir y eso eventualmente lo mató…
Murió y sin embargo éste, no fue mi peor pecado…





Autor: Misccelaneas de la oscuridad







Silenciosa e inmaterial.

Dicen que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen. ¿Será verdad?, me pregunto. ¿Será posible que esté aquí mismo, jun...