domingo, 19 de mayo de 2013

Inés


Inés se levantó de la cama sabiendo con exactitud que debía hacer. Los detalles que quedaban por organizar eran insignificantes y los iría ultimando a medida que los eventos se fueran desarrollando. Pero la base del plan, el nudo crítico de lo que debía llevarse adelante y cómo, estaba diagramado en su cerebro. Las órdenes se encontraban depositadas en un lugar profundo entre las miles de neuronas que conformaban su psique. Y así, como se organiza un archivo en una computadora, esas directivas estaban bien guardadas en su disco rígido mental.  

La información acerca de las acciones a seguir, era bastante detallada y había sido cargada en su inconsciente durante la noche. Sólo una noche fue necesaria para recibir tanto detalle. Solo una noche que ella pasó en ese departamento amenamente amueblado. Miró la luz y le pareció extrañamente intensa y hasta le provocó cierto dolor en los ojos. Pero no hizo caso, no estaba entre sus directivas cuestionar la iluminación del lugar. Luego de salir de la cama, caminó descalza sobre la alfombra y lo disfrutó. Y aunque esta acción, no formaba parte del plan, ella se lo permitió igual so pena de que el plan se viniera abajo en su totalidad. Aún así se arriesgó. Nunca lo había hecho antes y siempre lo había anhelado. Ese deseo estaba muy bien guardado en un lugar profundo en su corazón. ¿Alguna frustración en su infancia? Tal vez. Sin embargo, ¿Quién era ella para analizar su pasado?

Luego de ese momento de autosatisfacción, se dio un baño porque eso era parte de lo que debía hacerse. Las directivas involucraban un baño largo y reparador, e inmediatamente después de salir de la ducha debía mirarse al espejo, y así lo hizo. Luego, tomó una tijera, bastante grande por cierto y cortó su larga cabellera. Su pelo, lacio y hermoso, era de un negro azabache, profundo, oscuro como su mente. Y sin embargo, a pesar de la belleza y la suavidad de ese hermoso cabello y de los años, décadas que llevaba con ella, allí, en su mente, estaba la orden de que debía ser cortado. Y lo hizo, al ras del mentón. Lo emparejó para que no quedara desprolijo, recogió el pelo caído en el suelo, lo tiró y fue a vestirse. Eligió un vestido del bolso que llevaba consigo. Tomó uno rojo, bastante ajustado, que remarcaba su estructura ósea de una forma un tanto exagerada. Notó entonces, que debía comer algo y aunque no formaba parte de la información recibida, se dio cuenta de que estaba hambrienta, casi famélica.
Meditó seriamente si era o no apropiado comer, aún sin la autorización previa, pero no recordaba con exactitud cuando había sido la última vez que había ingerido algo y al juzgar por su estado físico, habían pasado varios días. Sin embargo, no estaba muy segura de porqué ni que había hecho durante el tiempo durante el cual no se había alimentado.
No le importó esta cuestión y se dirigió a la cocina, previo colocarse unos enormes tacones negros. El resultado, a pesar de la delgadez extrema, era impactante y ella lo sabía, porque así debía ser.
Comió algo mientras esperaba llevar adelante el resto de sus objetivos: preparar un desayuno para alguien más. Puso el agua para el café. Miró el reloj y notó que aún tenía un poco más de tiempo, por lo que escribió una nota y la dejó a mano para después. Agarró la bandeja de desayuno, colocó una taza, mermelada, una servilleta y pan.
Mientras realizaba esto, sintió el ruido de la puerta y supo que él había llegado a casa. Entonces, se regocijó de cómo todo estaba marchando según el plan. Lo extrañaba porque no recordaba cuando había sido la última vez que lo había visto y además, lo que sentía por él era intenso, casi de otro mundo. Era su hombre y le estaba preparando el desayuno.
-¡Ya voy, cariño!- le dijo entusiastamente aunque no escuchó respuesta alguna.
Preparó el café, se dirigió a la alacena, tomó el veneno para ratas y le colocó unas cuantas cucharadas. Lo disolvió bien y le llevó el desayuno a su hombre. Se escuchó un leve forcejeo durante el momento en que ella lo ató a una silla y lo forzó a beber la taza de café, pero nada que los vecinos pudieran notar.
El muchacho la miraba con asombro y terror en los ojos, pero ella iba realizando todo según dictaba el plan.

Unos minutos después de esto y luego de haberlo dejado atado y amordazado para que no hiciera demasiado ruido, volvió a la cocina con la taza vacía. Sus órdenes mentales le indicaron que debía limpiar todo y esperar. Y así lo hizo. Fue al living y encendió el televisor. Busco en varios canales y encontró una película romántica. Tenía tiempo de verla entera y la comenzó a mirar. Mientras el programa hacía una pausa para los comerciales, ella intentó recordar que había sucedido los días anteriores. Sólo tenía flashes en su memoria fragmentada. Y realmente le preocupaba cual era el motivo por el que no había comido. Estaba demasiado delgada y no quería enfermarse. Dentro de esos flashes recordó a su hombre, ese que había elegido para compartir los días de su vida. Sólo hacía unos meses que se habían conocido pero él la había hechizado con su dulzura y amabilidad. Era tan atento con ella que no pudo más que apasionarse por él. Sin embargo, últimamente estaba muy distanciado.

De repente, como si un rayo le partiera el cráneo recordó porque no había comido esos días. Una mañana no muy distinta a la que estaba viviendo en ese momento, se había levantado y también en ese instante supo lo que tenía que hacer. También durante el sueño recibió las instrucciones de cómo cumplir con el objetivo. Entre las indicaciones descargadas en su cabeza se encontraba la de esperar afuera del departamento al hombre del que ella estaba locamente enamorada, y cuando éste se marchara, ella debía seguirlo. Lo siguió y lo siguió sin que él lo notara y allí lo vio con una bella mujer. Era hermosa, alta, interesante, atractiva. Y así supo, supo que esa era la mujer por la que el amor de su vida ya no le prestaba la atención que debía prestarle.

Inés siguió a esa mujer una vez que dejó de hablar con el hombre. Fue detrás de ella hasta que ingresó a un departamento. Ya era oscuro y entrada la noche. La mujer no se había percatado de que Inés la había seguido hasta ese lugar, por lo que fue tomada por sorpresa ni bien abrió la puerta de su hogar. En el momento en que vio esa figura femenina y esquelética acercarse, ya era demasiado tarde, porque estaba encima de ella. La empujó hacia dentro del living y en ese instante, sin darle tiempo a que reaccionara y sin mediar palabra alguna, le clavó un cuchillo de cazador certeramente en el corazón. La mujer cayó al suelo y aunque luchó por su vida, ésta la abandonó como si nada la atase al cuerpo.
Inés la miró mientras la vida se le extinguía. Miró como el espíritu y la vitalidad de esa mujer se escapaban y la dejaban, como si éste esa figura humana se estuviera vaciando. El color perfecto de su piel se extinguió dándole paso a un tono blanco grisáceo. Lo mismo ocurrió con sus labios, que habían sido de un rojo carmín intenso. Esos labios que seguramente besaron a cuanto hombre se le cruzó por el camino, a su hombre, eran ya de un color violáceo. La sangre, roja y rutilante, se había esparcido por el piso de cerámico y formaba un contraste exótico con el blanco pálido de la ahora mujer muerta. Era impactante. Pero ella sabía que tenía que continuar con el plan dictado en su cabeza. Debía limpiar todo. Arrastró a la mujer al baño, tomó una bolsa de consorcio que llevaba en su bolso y la guardó allí en pequeños pedazos. Luego, cerró la bolsa, limpió todo el lugar y la depositó en el freezer. Todo eso le habían ordenado hacer, todo eso estaba depositado en su cabeza y a pesar de que le llevó tiempo y energía hacerlo, nada de lo hecho fue cuestionado por Inés. Terminó de limpiar el resto del departamento y se fue a su casa a descansar.

Miró nuevamente el reloj. La película que estaba mirando ya finalizaba, sólo le quedaban unos minutos más por delante. Había elegido una comedia romántica que la emocionó hasta las lágrimas. Una vez que finalizó, se levantó y fue a la cocina. Allí estaba él, su hombre, retorciéndose del dolor en plena agonía. Ella se conmovió, tal vez por la película que había visto unos minutos antes. Agarró una cuchilla y terminó con su vida terrenal. Se agachó y le sacó la venda de la boca ya que él parecía querer decirle algo.
-¿Qué mal te hice?
-Me engañaste con esa otra…cariño
-Pero…si apenas te conozco…
Y murió. Inés sonrió a medias y se preguntó porque él no admitió que la engañaba con otra. “Debe haber sido el veneno que no le dejó pensar con claridad”, se dijo, “¡cómo si fuera cierto que no me conoce!”. Lo terminó de desatar y lo acomodó en el suelo cuidadosamente, con el cuchillo en la mano, para no alterar nada de la escena, ya que así debía de hacerse. Arregló todo el lugar, dejó la nota que había escrito antes y se fue a su casa. Cuando cruzó la puerta se estremeció, cierta sensación de tristeza se le vino al corazón y hasta una lágrima quiso asomar. Realmente la película había llegado a su corazón. 





Autor: Miscelaneas de la oscuridad.

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