miércoles, 5 de junio de 2013

Roberto y la planta (nueva versión)



Roberto era un hombre pacífico. Amante de sus costumbres, tanto que para muchos, era un ser aburrido. Incluso para su esposa.
Cada mañana se despertaba a la misma hora: 5 y 55. Unos 5 minutos antes de que su reloj despertador sonara, evitando así, despertar a su mujer. Tras varios años junto a ella, había aprendido que cuanta menos interacción tenía con esa persona y su neurosis, su mundo tenía mucha más armonía y paz. Y al fin y al cabo, era lo único que él anhelaba. Luego de desayunar y de besarla en la frente, Roberto tomaba el micro de las 6 y 55 de la mañana y llegaba a su trabajo a las 7 y 55.
A las 8 comenzaba su tarea de llevar y traer el correo en un edificio del Ministerio de Asuntos Agrarios de la ciudad donde vivía. Eran 14 pisos, con 5 oficinas en cada uno de ellos. Así que apenas si tenía tiempo de comer al mediodía. Era eficiente en su trabajo: golpeaba la puerta de la oficina, saludaba con un correcto “buen día”, entregaba los sobres a la secretaria y en algunos casos le daban otros tantos para que fueran enviados desde el correo central. Luego de esta interacción y sin mediar otro discurso, se despedía con un escueto “hasta mañana”.

Así transcurrían los días. Iba de piso en piso con su carrito, sin prestar demasiada atención a lo que ocurría a su alrededor. A las 16 y 55 llegaba a su casa, tomaba unos mates con su esposa y escuchaba las quejas que esta tenía para él. Generalmente terminaba en alguna tarea para realizar el fin de semana: “y no te olvides de podar esa planta maldita que está llena de espinas que ayer me pinché y ¡se me hinchó el dedo! ¡Mira!”, y le mostraba un minúsculo puntito rojo en el dedo índice. “Si querida”, le decía Roberto y se sumergía en sus propios pensamientos, que no eran muchos, pero que en más de una ocasión incluían el asesinato de su mujer, generalmente ahorcándola con sus manos. Pero como eso implicaba un gasto de energía importante y se salía de la rutina, no lo llevaba adelante…al menos por ahora.

Un viernes, como tantos otros, la jornada comenzaba exactamente de la misma forma que el día anterior. Se despertó a las 5 y 55 antes de que su alarma sonara y la apagó para que su mujer siguiera durmiendo. Luego de desayunar, la besó, tomó el micro a las 6 y 55 y llegó al trabajo a las 7 y 55. Recorrió los pisos del edificio llevando y trayendo el correo y volvió a su casa a las 16 y 55. Tomó unos mates con su esposa y ésta nuevamente vomitó su neurosis en él. “Si querida” volvió a responder ante el reclamo de que podara las plantas del jardín porque “¡Mirá como me arañó la cara! ¡Y viste que soy alérgica!”

El sábado, luego de meses de escuchar el mismo reclamo día tras día, Roberto decidió ir a podar la bendita planta espinada. Tomó unas tijeras, se colocó una gorra para protegerse del sol y se fue al jardín. A lo lejos escuchó a su mujer que le decía “¡Voy a lo de mi mamá!”. “¡Está bien!”, le contestó sin preocuparse por si ella había escuchado la respuesta y suspiró aliviado por tener que pasar el día solo, junto a su monotonía.
Llegó al jardín y no pudo evitar pensar que su mujer tenía razón. “Esto es una selva”, pensó. Miró la planta de espinas y se dirigió a ella. La observó un largo rato, como si con eso le pidiera permiso para avanzar, como si esperara que ese vegetal, allí inmóvil, lo autorizara a proseguir. Se sorprendió de sus propios pensamientos y una sonrisa se le escapó. “Estoy un poco loco” pensó y tomó las herramientas del caso.
Vio una de las ramas llena de espinas, extendida como si fuese ofrecida para un sacrificio. Como cuando las personas ofrecen su brazo para que le extraigan sangre. Colocó la tijera y con tímido esfuerzo intentó cortarla. Sintió un rugido tenue, lejano, suave, como si un animal hubiera sido herido a la distancia. Miró hacia el jardín. Nada. Miró la planta como esperando que ésta dijera algo. Silencio. Sacó la tijera y vio que la rama estaba a medio cortar. Sin embargo, del pequeño corte provocado, salía un líquido verde. Extendió su mano para tocarlo y mientras lo hacía, una espina atravesó la palma de su mano con una violencia inusitada para provenir de una simple planta. El pinchazo y más que eso, el apuñalamiento de ese espécimen de savia y madera, le provocó a Roberto un dolor inmenso. “¡Maldita planta!”, gritó y sacó la mano de la espina que aún pendía de la rama. Mientras la mano se alejaba casi como en cámara lenta del lugar del accidente, una gota enorme de sangre se mezcló con la esencia derramada por aquel vegetal lesionado.
Roberto se sintió mareado, aturdido, algo nauseoso. Se sentó un momento al pie de aquella bendita planta y con visión borrosa le pareció notar que ésta se hacía más frondosa de lo que ya era. Como si con su gota de sangre Roberto le hubiera cedido la fuerza vital de la humanidad y se la hubiera traspasado a ella, a la enamorada del muro. Se intentó parar, pero el mareo era intenso. Mientras trataba de sostenerse, observó que la planta extendía –si es que eso era posible- un par de fuertes ramas hacia él, como si con eso quisiera abrazarlo y así ayudarlo a levantarse. “Estoy alucinando”, pensó, pero finalmente pudo agarrarse de esos brazos de madera y hojas, y así se mantuvo en pie. Quiso apartarse de ella, pero una de las ramas se había enroscado en su brazo. Intentó salir corriendo de allí, pero otra extremidad trepó por su espalda y lo tomó por el cuello cual liana de la selva tropical.

En un minuto ya estaba totalmente atrapado por aquel arbusto, casi árbol, de su jardín. “¿Por qué no la habré podado antes?”, se preguntó. Miró a todos lados, no podía pedir auxilio, ¿quién lo escucharía? En su aburrida vida nunca había intentado hacer amistad con los vecinos, y su mujer no volvería hasta muy tarde. Mientras su mente divagaba en decisiones que no tomaría jamás, sintió como miles de espinas lo pinchaban y le inyectaban el líquido verde, la savia vital de la enamorada del muro. La esencia natural penetró sus venas y luchó con los componentes de su sangre y como en una batalla cuerpo a cuerpo, ganó derribando a cada uno de sus glóbulos rojos. Una vez ganada esta cruzada, el líquido verde comenzó a invadir con una fuerza tremenda cada célula del cuerpo de Roberto. Transformó su carne, sus huesos, cada parte de su ser, en madera. Cada centímetro que avanzaba, la savia era terreno ganado que automáticamente y con dolor, se convertía en tronco. Las manos se inmovilizaron en pequeñas y largas ramas y en el extremo, las uñas fueron doloridamente reemplazadas por brotes. A pesar del sufrimiento, en cada centímetro de piel y carne perdidos, él sintió como brotaba una energía inusitada en su nuevo ser. Una energía y vitalidad que jamás en su vida había podido siquiera imaginar.
Mientras la transformación evolucionaba, bajó la mirada y notó que había comenzado a echar raíces y que además, pequeñas espinas comenzaban a brotar de la madera que ahora era su cuerpo. Y brotes y hojas. Miles de años de naturaleza, batallas ganadas y sufrimientos padecidos, fueron absorbidos por él. Los pequeños brotes y las nuevas flores vieron el sol por primera vez. Una pareja de gorriones hizo nido en su cabeza y comenzaron su vida allí. Mariposas revoloteaban a su alrededor y se sintió en comunión con la naturaleza.

De repente notó que tenía sed y sus pies, ahora raíces, cavaron profundo en busca de agua. En su camino se toparon con lombrices, sapos, arañas y cuanto animal subterráneo había por allí. Y llegó al agua y su sed se vio saciada.

El día se transformó en noche. Roberto era una planta en su totalidad. Las gotas de rocío comenzaron a caer sobre sus hojas y se sintió bien. Sus flores se cerraron para descansar y la pareja de gorriones fue al nido de su cabeza a refugiarse se la intemperie. La paz reinaba. Sin horarios, sin esposas quejosas, sin trabajo monótono. La vida tenía sentido ahora. Estaba completo.

“¡Roberto!”, se escuchó a lo lejos. “¡Roberto! ¿Donde está el inútil ese?” su esposa lo buscaba. Salió de la casa y se dirigió al jardín.  “Como es posible… ¿Dejó todo tirado y se fue? Y la planta ¡sigue ahí!”. La mujer enojada al no obtener resultados con su berrinche, dio media vuelta y se fue adentro.
Roberto admiró la noche en silencio y en soledad acompañada. Disfrutó de la luna, las estrellas y del universo todo. Luego se durmió plácidamente. La mañana llegó y Roberto hecho planta despertó. Eran más de las 7. Nunca había dormido tan bien. Entonces, vio a su mujer y se alegró de ya no formar más parte de su vida humana. Pero notó que ella no estaba sola. Ella hablaba con otro hombre y señalaba el jardín. Más precisamente a Roberto hecho planta. Entonces, el hombre con el que su mujer hablaba, se dio vuelta, tomó un hacha y se dirigió directamente hacia él. 




Autor: Miscelaneas de la oscuridad


Silenciosa e inmaterial.

Dicen que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen. ¿Será verdad?, me pregunto. ¿Será posible que esté aquí mismo, jun...