Roberto era un hombre pacífico. Amante de
sus costumbres, tanto que para muchos, era un ser aburrido. Incluso para su
esposa.
Cada mañana se despertaba a la misma hora:
5 y 55. Unos 5 minutos antes de que su reloj despertador sonara y con ello
lograba no despertar a su mujer. Luego de varios años junto a ella, había
aprendido que cuanta menos interacción tenía con esa persona y su neurosis, su
mundo tenía mucha más armonía y paz. Y al fin y al cabo, era lo único que él
anhelaba.
Luego de desayunar y de darle un beso en
la frente a su esposa, Roberto tomaba el micro de las 6 y 55 de la mañana y
llegaba a su trabajo a las 7 y 55.
Su trabajo consistía en llevar y traer el
correo en un edificio del Ministerio Público de la Ciudad donde vivía. Eran 14
pisos, con 5 oficinas en cada uno de ellos. Así que apenas si tenía tiempo de
comer al mediodía. Era eficiente en su trabajo: golpeaba la puerta de la oficina, saludaba con
un correcto “buen día”, entregaba los sobres a la secretaria y en algunos casos
le daban otros tantos para que sean enviados desde el correo central. Luego de
esta interacción y sin mediar otro discurso, se despedía con un escueto “hasta
mañana”.
Así transcurrían los días. Iba de piso en
piso con su carrito, sin prestar demasiada atención a lo que ocurría a su
alrededor. A las 16 y 55 llegaba a su casa, tomaba unos mates con su esposa y
escuchaba las quejas que esta tenía para él. Generalmente terminaba en alguna
tarea para realizar el fin de semana: “y no te olvides de podar esa planta
maldita que está llena de espinas que ayer me pinché y ¡se me hinchó el dedo! ¡Mira!”,
y le mostraba un minúsculo eritema en el dedo índice. “Si querida”, le decía
Roberto y se sumergía en sus propios pensamientos, que no eran muchos, pero que
en más de una ocasión incluían el asesinato de su mujer. Generalmente
ahorcándola con sus manos. Pero como eso implicaba un gasto de energía
importante y se salía de la rutina, no lo llevaba adelante…al menos por ahora.
Al día siguiente, comenzaba la jornada
exactamente de la misma forma que el día anterior. Se despertaba a las 5 y 55
antes de que su alarma sonara y la apagaba para que su mejer siguiera durmiendo.
Luego de ello desayunó. Besó a su mujer. Tomó el micro a las 6 y 55 y llegó al
trabajo a las 7 y 55. Recorrió los pisos del edificio llevando y trayendo el
correo y volvió a su casa a las 16 y 55. Tomó unos mates con su mujer y esta
nuevamente vomitó su neurosis en él. “Si querida” volvió a responder ante el
reclamo de que podara las plantas del jardín porque “Mirá como me arañó la
cara! ¡Y viste que soy alérgica!”
Al día siguiente era sábado. Entonces
luego de meses de escuchar el mismo reclamo día tras día, Roberto decidió ir a
podar la bendita planta espinada. Tomó unas tijeras de podar, se colocó una
gorra para protegerse del sol y se fue al jardín. A lo lejos escuchó a su mujer
que le decía “¡Voy a lo de mi mamá!”. “¡Está bien!”, le contestó sin
preocuparse por si ella había escuchado la respuesta y suspiró aliviado por
tener que pasar el día solo, junto a su monotonía.
Llegó al jardín y no pudo evitar pensar
que su mujer tenía razón. “Esto es una selva”, pensó. Miró la planta de espinas
y se dirigió a ella. Vio una de las ramas llena de espinas, colocó la tijera y
con esfuerzo moderado intentó cortarla. Sintió un rugido tenue, como si un
animal hubiera sido herido a la distancia. Miró hacia el jardín al que estaba
dando la espalda. Nada. Sacó la tijera y vio que la rama estaba a medio cortar.
Del pequeño corte que su tijera había provocado, salía un líquido verde. Lo
tocó, pero mientras lo hacía una espina atravesó la palma de su mano con una
violencia inusitada para una planta. El pinchazo y más que eso, el
apuñalamiento de la planta, le provocó a Roberto un dolor inmenso. “¡Maldita
planta!”, gritó y sacó la mano de la espina que aún estaba agarrada a la rama.
Cuando hizo esto, una gota enorme de sangre se mezcló con el líquido verde que
emanaba de aquel vegetal lesionado.
Roberto se sintió mareado, aturdido y algo
nauseoso. Se sentó un momento al pie de aquella bendita planta y con visión
borrosa le pareció notar que esta se hacía más frondosa de lo que ya era. Como
si su gota de sangre hubiera tomado la fuerza vital de la humanidad y se la
hubiera traspasado a la planta. Se intentó parar, pero el mareo era intenso.
Mientras intentaba sostenerse, observó que la planta extendía –si es que eso
era posible- un par de fuertes ramas hacia él, como si con eso quisiera
abrazarlo y así ayudarlo a levantarse. “Estoy alucinando”, pensó Roberto, pero
al final pudo agarrarse de aquellas ramas y mantenerse en pie. Quiso apartarse de
aquella planta pero una de las ramas se había enroscado en su brazo. Se dio
vuelta para salir corriendo de allí. Sin embargo otra rama trepó por su espalda
y lo tomó por el cuello.
Ya estaba totalmente atrapado por aquel
arbusto, casi árbol, de su jardín. “¿Por qué no la habré podado antes?”, se
preguntó. Miró a todos lados, no podía pedir auxilio, ¿quién lo escucharía? En
su aburrida vida nunca había intentado hacer amistad con los vecinos, y su
mujer no volvería hasta muy tarde.
De repente, sintió que miles de espinas lo
pinchaban y le inyectaban el líquido verde, la savia vital de la planta
trepadora. Sintió una energía inusitada en su ser. Miles de años de naturaleza,
batallas ganadas y sufrimientos, fueron absorbidos por él.
Bajó la mirada y notó que había comenzado
a echar raíces. Su piel se fue transformando en madera. Miles de pequeñas
espinas comenzaron a brotar en su cuerpo y luego hojas. Pequeños brotes y
flores vieron el sol por primera vez. Una pareja de gorriones hizo nido en su
cabeza y comenzaron su vida allí. Mariposas revoloteaban a su alrededor y se
sintió en comunión con la naturaleza.
De repente notó que tenía sed y sus pies,
ahora raíces, cavaron profundo en busca de agua. En su camino se toparon con
lombrices, sapos, arañas y cuanto animal subterráneo había por allí. Y llegó al
agua y su sed se vio saciada.
El día se transformó en noche. Roberto era
una planta en su totalidad. Las gotas de rocío comenzaron a caer sobre sus
hojas y se sintió bien. Sus flores se cerraron para descansar y la pareja de
gorriones fue al nido de su cabeza a dormir. La paz reinaba. Sin horarios, sin
esposas quejosas, sin trabajo monótono. La vida tenía sentido ahora. Estaba
completo.
“¡Roberto!”, se escuchó a lo lejos.
“¡Roberto! ¿Donde está el inútil ese?” su esposa lo buscaba. “Como es posible… ¿Dejó
todo tirado y se fue? Y la planta ¡sigue ahí!”. La mujer enojada se fue
adentro. Roberto admiró la noche. Disfrutó de la luna, las estrellas y del
universo todo. Luego se durmió plácidamente. La mañana llegó y Roberto hecho
planta despertó. Eran más de las 7. Nunca había dormido tan bien. Entonces, vio
a su mujer y se alegró de ya no formar más parte de su vida humana. Pero notó
que ella no estaba sola. Ella hablaba con otro hombre y señalaba el jardín. Mas
precisamente lo señalaba a él hecho planta. Entonces, el hombre con el que su
mujer hablaba, se dio vuelta, tomó un hacha y se dirigió directamente a él.
Autor: Miscelaneas de la oscuridad
Inspirado en la lucha de Guille con la enamorada del muro!!!
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