viernes, 3 de mayo de 2013

Roberto y la planta



Roberto era un hombre pacífico. Amante de sus costumbres, tanto que para muchos, era un ser aburrido. Incluso para su esposa.
Cada mañana se despertaba a la misma hora: 5 y 55. Unos 5 minutos antes de que su reloj despertador sonara y con ello lograba no despertar a su mujer. Luego de varios años junto a ella, había aprendido que cuanta menos interacción tenía con esa persona y su neurosis, su mundo tenía mucha más armonía y paz. Y al fin y al cabo, era lo único que él anhelaba.
Luego de desayunar y de darle un beso en la frente a su esposa, Roberto tomaba el micro de las 6 y 55 de la mañana y llegaba a su trabajo a las 7 y 55.
Su trabajo consistía en llevar y traer el correo en un edificio del Ministerio Público de la Ciudad donde vivía. Eran 14 pisos, con 5 oficinas en cada uno de ellos. Así que apenas si tenía tiempo de comer al mediodía. Era eficiente en su trabajo:  golpeaba la puerta de la oficina, saludaba con un correcto “buen día”, entregaba los sobres a la secretaria y en algunos casos le daban otros tantos para que sean enviados desde el correo central. Luego de esta interacción y sin mediar otro discurso, se despedía con un escueto “hasta mañana”.

Así transcurrían los días. Iba de piso en piso con su carrito, sin prestar demasiada atención a lo que ocurría a su alrededor. A las 16 y 55 llegaba a su casa, tomaba unos mates con su esposa y escuchaba las quejas que esta tenía para él. Generalmente terminaba en alguna tarea para realizar el fin de semana: “y no te olvides de podar esa planta maldita que está llena de espinas que ayer me pinché y ¡se me hinchó el dedo! ¡Mira!”, y le mostraba un minúsculo eritema en el dedo índice. “Si querida”, le decía Roberto y se sumergía en sus propios pensamientos, que no eran muchos, pero que en más de una ocasión incluían el asesinato de su mujer. Generalmente ahorcándola con sus manos. Pero como eso implicaba un gasto de energía importante y se salía de la rutina, no lo llevaba adelante…al menos por ahora.

Al día siguiente, comenzaba la jornada exactamente de la misma forma que el día anterior. Se despertaba a las 5 y 55 antes de que su alarma sonara y la apagaba para que su mejer siguiera durmiendo. Luego de ello desayunó. Besó a su mujer. Tomó el micro a las 6 y 55 y llegó al trabajo a las 7 y 55. Recorrió los pisos del edificio llevando y trayendo el correo y volvió a su casa a las 16 y 55. Tomó unos mates con su mujer y esta nuevamente vomitó su neurosis en él. “Si querida” volvió a responder ante el reclamo de que podara las plantas del jardín porque “Mirá como me arañó la cara! ¡Y viste que soy alérgica!”

Al día siguiente era sábado. Entonces luego de meses de escuchar el mismo reclamo día tras día, Roberto decidió ir a podar la bendita planta espinada. Tomó unas tijeras de podar, se colocó una gorra para protegerse del sol y se fue al jardín. A lo lejos escuchó a su mujer que le decía “¡Voy a lo de mi mamá!”. “¡Está bien!”, le contestó sin preocuparse por si ella había escuchado la respuesta y suspiró aliviado por tener que pasar el día solo, junto a su monotonía.
Llegó al jardín y no pudo evitar pensar que su mujer tenía razón. “Esto es una selva”, pensó. Miró la planta de espinas y se dirigió a ella. Vio una de las ramas llena de espinas, colocó la tijera y con esfuerzo moderado intentó cortarla. Sintió un rugido tenue, como si un animal hubiera sido herido a la distancia. Miró hacia el jardín al que estaba dando la espalda. Nada. Sacó la tijera y vio que la rama estaba a medio cortar. Del pequeño corte que su tijera había provocado, salía un líquido verde. Lo tocó, pero mientras lo hacía una espina atravesó la palma de su mano con una violencia inusitada para una planta. El pinchazo y más que eso, el apuñalamiento de la planta, le provocó a Roberto un dolor inmenso. “¡Maldita planta!”, gritó y sacó la mano de la espina que aún estaba agarrada a la rama. Cuando hizo esto, una gota enorme de sangre se mezcló con el líquido verde que emanaba de aquel vegetal lesionado.

Roberto se sintió mareado, aturdido y algo nauseoso. Se sentó un momento al pie de aquella bendita planta y con visión borrosa le pareció notar que esta se hacía más frondosa de lo que ya era. Como si su gota de sangre hubiera tomado la fuerza vital de la humanidad y se la hubiera traspasado a la planta. Se intentó parar, pero el mareo era intenso. Mientras intentaba sostenerse, observó que la planta extendía –si es que eso era posible- un par de fuertes ramas hacia él, como si con eso quisiera abrazarlo y así ayudarlo a levantarse. “Estoy alucinando”, pensó Roberto, pero al final pudo agarrarse de aquellas ramas y mantenerse en pie. Quiso apartarse de aquella planta pero una de las ramas se había enroscado en su brazo. Se dio vuelta para salir corriendo de allí. Sin embargo otra rama trepó por su espalda y lo tomó por el cuello.

Ya estaba totalmente atrapado por aquel arbusto, casi árbol, de su jardín. “¿Por qué no la habré podado antes?”, se preguntó. Miró a todos lados, no podía pedir auxilio, ¿quién lo escucharía? En su aburrida vida nunca había intentado hacer amistad con los vecinos, y su mujer no volvería hasta muy tarde.
De repente, sintió que miles de espinas lo pinchaban y le inyectaban el líquido verde, la savia vital de la planta trepadora. Sintió una energía inusitada en su ser. Miles de años de naturaleza, batallas ganadas y sufrimientos, fueron absorbidos por él.
Bajó la mirada y notó que había comenzado a echar raíces. Su piel se fue transformando en madera. Miles de pequeñas espinas comenzaron a brotar en su cuerpo y luego hojas. Pequeños brotes y flores vieron el sol por primera vez. Una pareja de gorriones hizo nido en su cabeza y comenzaron su vida allí. Mariposas revoloteaban a su alrededor y se sintió en comunión con la naturaleza.

De repente notó que tenía sed y sus pies, ahora raíces, cavaron profundo en busca de agua. En su camino se toparon con lombrices, sapos, arañas y cuanto animal subterráneo había por allí. Y llegó al agua y su sed se vio saciada.

El día se transformó en noche. Roberto era una planta en su totalidad. Las gotas de rocío comenzaron a caer sobre sus hojas y se sintió bien. Sus flores se cerraron para descansar y la pareja de gorriones fue al nido de su cabeza a dormir. La paz reinaba. Sin horarios, sin esposas quejosas, sin trabajo monótono. La vida tenía sentido ahora. Estaba completo.

“¡Roberto!”, se escuchó a lo lejos. “¡Roberto! ¿Donde está el inútil ese?” su esposa lo buscaba. “Como es posible… ¿Dejó todo tirado y se fue? Y la planta ¡sigue ahí!”. La mujer enojada se fue adentro. Roberto admiró la noche. Disfrutó de la luna, las estrellas y del universo todo. Luego se durmió plácidamente. La mañana llegó y Roberto hecho planta despertó. Eran más de las 7. Nunca había dormido tan bien. Entonces, vio a su mujer y se alegró de ya no formar más parte de su vida humana. Pero notó que ella no estaba sola. Ella hablaba con otro hombre y señalaba el jardín. Mas precisamente lo señalaba a él hecho planta. Entonces, el hombre con el que su mujer hablaba, se dio vuelta, tomó un hacha y se dirigió directamente a él. 





Autor: Miscelaneas de la oscuridad


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