Ella abrió sus ojos y suspiró. Un día más que se
sumaba a la larga cantidad de semanas que constituían su vida. Se preguntó por
qué había despertado. ¿Por qué el sueño no se transformó en su manto eterno de
oscuridad? Al parecer sus ruegos de descanso perpetuo no serían contestados. Al
menos no ese día.
Levantó su humanidad con dificultad. En la cama reposaba
quien, muchos años atrás, había sido su felicidad. Hacía tiempo ya, él se había
convertido en un extraño, en un témpano de nieve. Lo miró brevemente y se fue
al baño. Pasó por delante del espejo y casi desconoció su rostro lleno de
marcas provocadas por la vida. Profundas decepciones, preocupaciones, pérdidas,
todas estaban allí representadas en su rostro que otrora mostrara belleza y
juventud. Una juventud que ese hombre, durmiendo en la misma habitación que
ella, más en otra cama, se había llevado. Abrió la ducha y sin dudar entró. El
agua helada lavó sus supuestos pecados, como cada día por la mañana. Pecados
que él le hizo creer que existían, que eran de ella. Ese ser la obligaba a concebirlo
así y para ella la situación se había hecho parte del paisaje cotidiano.
Se dirigió al único lugar de la casa que le
pertenecía, la cocina. Y no por opción. Miró sus ollas y recordó que durante
mucho tiempo las detestó. Ya que representaron a la mujer que no pudo ser. Sin
embargo, cuando en su hogar apareció por primera vez el llanto de un niño, no
sólo fue feliz, sino que miró sus utensilios con cariño. Sus manos hacían magia
y había quienes disfrutaban de lo mágico que ella tenía para brindar.
Puso la pava y tomó unos mates. Calientes y dulces
como siempre le gustaba. Ya no importaban los quilos de más, entonces el azúcar
se convirtió en su amiga. Pero aunque intentaba relajarse en esos instantes
breves de paz, la atormentaba lo que vendría después. Un recuerdo llegó a su
cansada mente. Tal vez distorsionado por los años, tal vez demasiado vívido,
tal vez sólo era el recuerdo de un vago sueño. Pero siempre se venía a su mente,
sobre todo en días cómo ese, domingo. Los ojos claros de alguien a quien ella
había amado intensamente…
Se sentó un rato en una de las sillas. En breve, el
captor de sus mejores años despertaría de su sueño y la abrumaría con alguna
queja. Se aferró a los ojos de su amor de antaño. Un amor que no pudo ser, como
todo en su vida. Un flash con su rostro la golpeo en las entrañas. “Después de
tantos años…”, pensó. El hombre era poseedor de una belleza única y de una caballerosidad
a la cual ella no estaba acostumbrada. El maltrato siempre había estado
presente en su vida, pero este joven nunca le levantó el tono. Siempre la trató
con deferencia y amabilidad. Ella recordó hasta el lugar preciso de sus
encuentros, efímeros por cierto, pero cargados de sentimiento. Lo veía a
escondidas unos breves instantes a la salida del jardín de infantes de su hijo,
en la plaza del barrio. Sólo se miraban. Una vez se tocaron la mano. Otra,
cruzaron alguna palabra. Pero ese anhelo, ese deseo la ayudaba a levantarse
cada día y soportar los insultos de su marido. En ocasiones hasta se arrepintió
de su maternidad temprana. Se sentía atada y sofocada. Pero continuaba.
Una tarde, mientras ella se perdía en la mirada de su
amor, el niño que era su hijo desapareció de su vista. Lo busco y no lo
encontró por largos minutos “Los más largos de mi vida”, recordó. La angustia y
terror que sintió ese día, esos minutos eternos, la obligaron a olvidarse del
hombre de su vida. Su hijo era la prioridad y ella debía estar ahí para él.
Luego de intensa y solitaria búsqueda, encontró a su hijito. El niño estaba
bien y a salvo, y ella nunca más se encontró con su amor.
Seguía sentada con el mate frío. Una lágrima recorrió
su mejilla y también se congeló. Su mente se sentía divagar aún más de lo
habitual, pero “es domingo”, se recordó. Luego de aquel día, y a pesar de que su
marido nunca supo en detalle su desventura, el carácter de éste se endureció
aún más, si es que eso era posible. Pequeñas batallas le libraba cada día, como
forzándola a flaquear, a confesar, a renunciar. Pero ella se aferró a lo que
siempre amó. A lo único que amó más que a su vida, más que a ese hombre que la
hizo brevemente feliz. Se aferró a su hijo. A ese ser maravilloso que en más de
una ocasión la puso en jaque, pero que como nadie más en su vida, fue
incondicional.
Miró el reloj, las 9 y media. En un instante más
comenzaría a preparar el almuerzo ya que “algo hay que comer” y la mañana
pasaría en un suspiro. Luego de la comida y de lavar todo con la lentitud del
peso de los años, terminaría exhausta y se recostaría. Daría así la bienvenida
a la tarde que daba paso a la noche y el deseo de dormir para siempre otra vez.
“Tantos años que he soportado aquí…a veces me pregunto ¿Por qué?... ¿valió la
pena?”, pensó. Escuchó un ruido que la distrajo de sus pensamientos. Levantó la
mirada creyendo que lo había imaginado. Sin embargo, el ruido repiqueteó otra
vez. Se levantó rápidamente y corrió hasta la puerta.
-¿Quién es?- dijo mirando a través de la mirilla de
la puerta.
-¡Abuelita! Soy yo ¡Te vine a visitar!
Y la felicidad invadió su corazón otra vez, por un
ratito nomás dándole sentido a todas sus preguntas.
Autor: Miscelaneas de la oscuridad
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