martes, 18 de junio de 2013

Locura de amor



La cena se había servido con gran prestancia. Ella estaba hermosa y con un leve sonrojo en sus mejillas. Facundo suspiró en el momento en que Geraldine desvió la mirada hacia otro lado. Miraba hacia su marido que, junto a ella, comía como si fuese la última vez. Y hablaba del progreso. A Facundo no le importaba el progreso. Le importaba Geraldine. La había soñado cientos de veces, siempre en sus brazos. Siempre amándola. Siempre suya.

Debía liberarla de su yugo. El sentía esa responsabilidad en sus hombros. Lo tenía todo planeado con detalle. Esa era la noche indicada y sólo tendría una oportunidad. Entonces, cuando el momento propicio llegó, se levantó de la mesa e invitó a Don Ocampo, que sólo había hablado de él mismo durante toda la velada, para que lo acompañase a la biblioteca. Le dijo que quería mostrarle una nueva adquisición y el hombre increíblemente le siguió. Geraldine se quedó en el comedor con alguien más. El plan marchaba a la perfección.

Don Ocampo se acercó a los libros depositados en numerosos estantes. Realmente la biblioteca era algo para admirar. Cuando el hombre le dio la espalda, Facundo tomó el revolver que su padre le había regalado unos años atrás. Un arma hermosamente decorada en plata y madera pulida a mano. La sacó del cajón del escritorio, silenciosamente y luego de respirar hondo, le apuntó. Don Ocampo se dio vuelta y lo miró con asombro. Ese chiquillo que aún tenía acné en el rostro le estaba apuntando descaradamente. “¿Quien se cree que es?”, pensó. Pero entonces Facundo dijo:

-Esto es por Geraldine…y por Greta…y por tu hijo no reconocido
Don Ocampo entendió que la situación era seria y quiso disuadirlo, pero Facundo ya había tomado la decisión. Nuevamente inspiró aire y disparó sin piedad.

Don Ocampo cayó desplomado en un charco de sangre. La muerte sobrevino casi inmediatamente. Facundo se quedó quieto, observando. Nunca había visto a un muerto y la sensación se le antojó poderosa. Finalmente, el plan había sido llevado adelante. El hombre estaba muerto. En aquel momento, tras escuchar el disparo llegó Geraldine.

El quiso abrazarla. Hacerla entender que lo que se había hecho era lo que debía hacerse. Pero al entrar ella gritó horrorizada. Nunca en su breve vida se había encontrado con un cuadro semejante. Ni siquiera en sus peores sueños. Sin embargo, Geraldine se acercó al asesino, le miró con tristeza en el rostro y en el instante en que él creyó que diría algo, nada. Solo le arrebató el arma y se disparó.

Facundo miró al hombre con el que hablaba hacía unas horas ya y le dijo:
-¿Y que pasó después? ¿Además de que perdí todo? Ella fue mi amante y consorte, mi sueño y mi peor pesadilla. Ella sigue conmigo. ¿No la ves allí? Allí…sentada, observando, con calma. Si mi vida, ya nos vamos a casa.
El hombre miró a Facundo horrorizado, pero éste siguió hablando
-No importa…ya no importa si no entendés. Ella es mía ahora y con eso me basta…

Y se fue hablando solo...con Geraldine.




Autor: Miscelaneas de la oscuridad

Silenciosa e inmaterial.

Dicen que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen. ¿Será verdad?, me pregunto. ¿Será posible que esté aquí mismo, jun...