Eran alrededor de las 7 de la mañana y el día prometía
ser hermoso. Un perfecto y bello amanecer de octubre. El cielo estaba de un
azul impactante, sin una nube que estropeara la perfección del firmamento. Los
pájaros cantaban de manera desenfrenada anunciando un apacible día primaveral.
Un tenue rayo de sol, tímidamente se filtró por
la ventana y acarició el rostro cálido de Claudia. Ella abrió sus ojos y se
levantó de la cama tratando de no hacer ruido para que su hijito no se
despertase. Lo miró descansando, bello, algo parecido a ella y hasta sintió
cierta envidia de esa apacibilidad con la que Zequielito, así se llamaba su
bebé, dormía. Con esa inocencia que le permitía dormir de esa manera; una
inocencia de quien no entiende que en el mundo pudiera existir maldad o
personas que perjudiquen a otras intencionalmente. Al mirarlo allí dormido
sintió que la entristecía el tener conciencia de ese mundo desesperante y
agotador, ese mundo egoísta y poco solidario en el que había crecido ella y en
el que lamentablemente, también crecería él. Si bien quería ser como una niña y
estar en paz, se daba cuenta de que la adultez era eso: ser consiente de todo
pero a la vez intentar cambiar lo que estuviera a su alcance. Ese sería su lado
optimista.
Trató de despejar su mente de pensamientos
negativos para no arruinar ese momento matinal, ya que ese horario de la mañana
era “su” momento.
Ese momento, significaba tranquilidad, silencio
y sobre todo paz, ese tipo de paz que se siente previa a la tormenta motivada
por la presencia de un niño de un año de vida. Una vez que éste se despertara,
la vorágine del día se la comería entera y cuando se diera cuenta, ya el día
habría finalizado como así también las semanas y los meses. Cuando un niño
llega a tu vida, esta cambia no sólo en calidad, porque se hace más intensa,
rica en emociones y agotadora sino que, también el tiempo tiende a ser
extrañamente acelerado. Y Claudia ya había experimentado esta sensación de paso
rápido del tiempo, así que sus momentos eran sagrados. Eran momentos de
“desaceleración” de su vida.
Como era domingo no tenía motivos para apurarse.
Su semana laboral terminaba los viernes y siempre intentaba disfrutar al máximo
el fin de semana junto a su familia. Se puso la pava para tomar unos mates, fue
al baño a asearse y mientras tanto, el agua se ponía en el punto ideal para sus
ricos mates. Se cebó unos cuantos y los saboreó extensamente. Caminó mientras
tomaba los mates, descalza, sintiendo el frío del piso en las plantas de sus
pies. Esto era relajante y la conectaba consigo misma. Esa era una costumbre
que llevaba años en su vida. Le encantaba caminar descalza y sobre todo en esa
época del año que el calor era moderado, pero lo suficientemente intenso como
para requerir la acción de sacarse los zapatos. Esto la conectaba también con
la madre tierra, o eso creía ella e intentaba de alguna manera que esta acción
diera, entre otras cosas, sentido a su vida.
Una vida plena pero que, en más de una ocasión, ella definiría no vacía
pero si incompleta.
Si le preguntaban porque era incompleta, ella
no podía entender o definir desde donde provenía esa extraña sensación, ya que
según la propia Claudia, tenía todo: una profesión que llevaba adelante con
orgullo y dedicación, un marido amoroso que daría la vida por ella, un hijito
que era la luz de su vida y la música de su alma, y además un buen pasar que
acompañado de buena salud cerraban un círculo perfecto. Pero la sensación
estaba allí, presente como así el interrogante de porqué sentía eso. A pesar de
todo, en este “su” momento, se sentía plena y con el corazón alegre.
Ella creía que nada podía arruinar un día que
comenzaba de esa manera. Hasta en un instante pensó en llamar a su amigo
Guillermo para terminar con la discusión, una de las tantas que siempre tenían,
y a la que varias veces había tenido intención de llamarlo para saldar la
diferencia. Esta cuestión que los distanciaba llevaba varias semanas, aunque ya
ni recordaba porque. Sin embargo por alguna misteriosa razón, postergaba la
situación. Lo que sentía por él era extraño y no quería averiguar más acerca de
ese sentimiento. Ella sabía que si no lo quisiera tanto, ya hubiera terminado
con esa relación que en algunos momentos era peor que un matrimonio venido a
menos.
Se conocían prácticamente de toda la vida,
tanto que Claudia no podría precisar cuándo fue que comenzaron a relacionarse.
Ella no recuerda un momento en el que él no hubiera estado presente. Y se lo
agradecía. Era tan positivo lo que transmitían en el pasado que, todos los
allegados a ambos, pensaron que en algún momento, terminarían juntos. Pero las idas
y venidas de la vida habían decidido que no fuera así y ella continuó con su
vida. Aunque él no. Y aunque Claudia disfrutaba mucho estar con él, aun cuando
se llevaban mal, lo pensó nuevamente y decidió que luego por la noche lo
llamaría. Ahora necesitaba seguir disfrutándose a sí misma.
Con todo, en pocos minutos se daría cuenta que
hasta los días más negros podían empezar apaciblemente.
A unas veinte cuadras, Guillermo, su amigo y
confidente, estaba en su departamento recapitulando acerca de cómo estaba su
vida. Y su conclusión fue que no le estaba yendo muy bien. Pensaba en como la
vida lo había dejado en el lugar en el que estaba hoy. Solo, sin hijos, sin la
compañía de una mujer, ya que la mujer que él amaba, estaba en brazos de otro.
Y para colmo de todo, el sentía que su hora había pasado y que una discusión
más lo alejaba de ella. ¿Cómo podía pretender que Claudia lo perdonara? ¿Cómo,
si ni siquiera pudo brindarle una escucha, un hombro para llorar cuando ella lo
necesitó?
Un apoyo emocional, un marido supuestamente
infiel, un perdón que Guillermo no dejó pasar. Él había perdido una vez más y
esta realidad lo abrumaba. Lo sumía en una tristeza infinita. Claramente había
dejado pasar su momento con ella. Había sido su gran amor y él la había
perdido.
Se sentó en la cama. En la misma cama donde
había imaginado tantas veces estar con ella, acariciando su piel, sintiéndola
respirar cerca de su cara, prometiéndole el cielo y las estrellas. Esa cama
donde la soñó como la madre de sus hijos, como la compañera de su vida, como la
mujer que lo completaría. Ese lugar donde alguna vez la suplantó por tantas
otras sin nombre, queriendo apagar el dolor del rechazo. El dolor de la
soledad. Allí mismo, en esa cama, como una ironía del destino, estaba su final.
Una calibre 22.
La había adquirido unas semanas atrás viendo
como su porvenir se cerraba. En el momento en que la tuvo en sus manos, su
pecho se cerró y selló así un final predicho. No quiso hablar con nadie. No
quiso dar explicaciones de nada. Solo se la llevo a su casa, como si fuera una
prostituta a la cual se oculta por vergüenza al qué dirán, y la ocultó en la
mesita de luz de su habitación. Esperando al momento necesario para dejarla
actuar.
Y ese día había llegado.
Sus lágrimas caían por ambas mejillas. El dolor
era muy grande e inmanejable. Su corazón tenía una angustia profunda que no le
dejaba ver luz en el camino. Pensó en Claudia y su corazón se aceleró. ¿Y si
hablara con ella?...No. Se sacó terminantemente el pensamiento de la cabeza. Su
obrar ya había sido suficiente como para que fuera llorando igual que un niño,
a su regazo. Debía ser hombre y comportarse como tal. Sin embargo, quería ser
nuevamente un niño, volver a su infancia cargada de afecto, de sus seres más
queridos. Deseó nunca haber crecido, nunca haber salido de su pueblo. Deseó
haberse detenido en el tiempo, haberse quedado congelado, jugando incansablemente,
trepándose a cuanto árbol encontrase. Pero tuvo que crecer…
Lucha una vez más para no agarrar el teléfono y
llamarla, entonces abrió su notebook y le escribió un mail al amor de su vida:
“Querida Claudia, amor eternamente mío, te
pido que busques en tu corazón una gota de amor, si es que alguna vez la hubo,
y con esa pequeña gota me perdones, por todo el mal que pude haberte causado
con mis acciones…yo por mi parte siempre te voy a amar. Guillermo”
Miró el arma, como tratando de amigarse con ella.
Como tratando de hacer las pases con la que sellaría su destino. La tomó. No
recordaba que fuera tan pesada, pero así le pareció en ese momento. Tal vez lo
que pesaba, era el destino reservado para ambos. La levanto hacia su corazón,
ese que estaba roto en mil pedazos. Intentó jalar del gatillo una vez, pero sus
manos temblaban tanto que no pudo. Se intentó serenar y convencerse de que eso era lo único que quedaba por hacer
y esta vez lo hizo, terminó con su vida.
Claudia sintió un sobresalto en el corazón
mientras tomaba su desayuno. Corrió a ver a su hijo, pero este descansaba
plácidamente junto a su papá. Se preguntó que sería esa sensación. Puso sus
labios en la frente del niño para ver si tenía fiebre. No. Estaba tibio y
sonrosado. Se fue a la cocina para no despertarlo.
Tomó unos mates más tratando de pensar en otra
cosa, pero la angustia no se le iba. Era como un presentimiento, esos que te
dicen que algo anda mal. Pero no podía definir de dónde provenía tan extraña
sensación. Decidió mirar los correos para entretenerse un rato. Y fue en ese
momento cuando se dio cuenta de que es lo que le pasaba, de que se trataba la
sensación de angustia en su pecho. Allí vio el mensaje de Guillermo y supo.
Supo que el sobresalto era por él.
Salió corriendo de su casa. Él vivía a unas
cuadras de allí, en los departamentos que daban a la calle principal. Si bien
eran confidentes, ese algo no resuelto siempre había sobrevolado entre ellos y
en más de una ocasión había pasado por ahí luchando para no subir por las escaleras
y decirle lo tonto que había sido por dejarla ir. Pero nunca lo hizo. Ni
siquiera cuando se enteró de sus tantas amantes. Ni siquiera para pedir
explicaciones o gritarle por ello y hacerle entrar en razón de que la vida se
les estaba yendo a ambos.
Tomo su bicicleta y fue a toda marcha en esa
dirección. Su corazón se aceleraba con cada cuadra. Cada pedalear era un
incremento en su angustia y una imagen de los momentos vividos con él, como si
miles de fotos estuvieran pasando rápidamente. Unos metros avanzados, una
imagen que se evaporaba en el éter. Pasó varios autos y varios semáforos en
rojo poniendo en riesgo su vida. No importaba. Quería llegar y frenarlo. Evitar
el desenlace fatal. Claudia sabía de la fragilidad de Guillermo. Que esa
fragilidad lo llevaría en algún momento, a cometer una estupidez. Ella tenía
que evitar que cometiera esa estupidez a como diera lugar.
Pero para cuando llegó era tarde. Al dar vuelta
a la esquina vio un patrullero, una ambulancia y varios vecinos merodeando en
la puerta del edificio. Se acercó desesperada, pero no la dejaban pasar a
través de la barrera hecha por los oficiales de policía. Sin embargo, en un
arranque de odio hacia estos, los apartó violentamente y pasó. Corrió los
metros que la llevaban a la escalera y las subió aceleradamente. Llegó a la
puerta del departamento y vio como sacaban el cuerpo sin vida de Guillermo en
una camilla.
Gritó desde lo más profundo del alma, llorando.
Le tomó la mano inerte y le dijo:
-Te perdono…por supuesto que te perdono…yo
también siempre te amé y te voy a amar…- y le besó la frente.
En ese momento, los oficiales la sacaron y la
llevaron afuera. Claudia veía como todo se hacía borroso y lejano. Un dolor
lacerante se hizo presente en su pecho. No pudo mantenerse más en pie y cayó
desvanecida.
-¡Hola amor!- le dice él.
Guillermo la mira con esos ojos bondadosos,
llenos de ternura. Claudia le devuelve la mirada y se siente perdida en él.
Tiene esa sensación de paz y de entendimiento, ese sentir de que “estoy en lo
correcto, esto es lo que tiene que pasar en mi vida. Así tiene que ser”. Un
sentir como nunca antes lo había hecho. Lo abraza fuertemente, como temiendo
que se le fuera a escapar otra vez. Como si se hubiera ido muchas veces y en
cada vez lo encontrara en otra vida, haciéndola despertar de un letargo profundo.
Como si esa sensación de vacío y agonía permanente, por un momento se hubiera
llenado con solo mirarse y reconocerse en los ojos el otro. Ella le sonríe,
pero no emite sonido. El silencio es el compañero perfecto de ambos. Se besan
largamente, dulcemente. Se aman una y otra vez y se sienten completos, uno
junto al otro, sin necesidad de decir nada. El tiempo parece detenido y
extrañamente acelerado a la vez. Como si no existiera en realidad. Una luz
tenue e intensa al mismo tiempo, los rodea como en una bruma. La paz es lo que
reina entre ellos. Pasan minutos, horas y años en ese mirar mutuo. Se tocan sin
tocarse. Se hablan sin palabras. El amor infinito es su vocabulario y sólo ellos
dos conocen el idioma.
Sin embargo, ella siente ese presentimiento feo
en el pecho otra vez ¿Qué sucede ahora? Si todo está perfecto, ¿qué puede
arruinar esta perfección?
Claudia siente que la sacuden, y ve como todo
se desvanece a su alrededor, como todo se desdibuja. Ve como Guillermo empieza
a volatilizarse, llevándose esa sonrisa apacible con él…siente el llanto de un
niño pequeño, su hijito. A la distancia, como en una bruma ve el momento que
tuvo a su niño por primera vez en brazos. La primera vez que sintió su olor y
se da cuenta de que la angustia es la lucha entre dos universos. Pero ¿cuál
elegir? Cierra fuerte los ojos y su corazón se acelera, se deja caer y se da
cuenta de que ya decidió…
Cuando se despertó miró a su alrededor y notó
que estaba en una clínica. David, su marido y padre de su hijito, estaba a su
lado dormido. Ella sintió que había dormido una semana entera. Intentó
incorporarse y notó que unos cables estaban adosados a su pecho. Un pip rítmico
se sentía provenir desde unos monitores que se encontraban a su lado. Él se
despertó, la miró con amor infinito, le tomó la mano y le dijo:
-Por un minuto te me fuiste y pensé que te
perdía para siempre
Ella lo
miró intentando entender lo sucedido
-Estuviste muerta por un minuto…- le dijo David
con los ojos llenos de lágrimas.
Claudia le acarició el rostro y él que no sabía
si debía continuar le terminó diciendo
-Lo siento mucho Claudia, sé que eran amigos
En ese instante, ella cayó en la realidad y en
cual había sido la elección de “su” realidad. Hubiese querido que todo fuera un
mal sueño, pero no. Su amor se había ido, pero ella ya no sentía ese vacío. No
entendía porque, pero se sentía completa…
Nueve meses después nacería su segundo hijo, al
que llamaría Guillermo.
Autor: Miscelaneas de la oscuridad (Soledad Fernandez)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario