sábado, 27 de julio de 2013

Leyenda de amor: luz y oscuridad




Cuenta la leyenda que hace mucho pero muchos años, quizás antes de que el día fuera día y la noche fuera noche, había un lugar maravilloso llamado Tierra. En ese entonces, la Tierra era un sitio acogedor y casi mágico que apenas se diferenciaba del cielo y el resto del universo. En la Tierra tal cual era entonces, convivían dos pequeñas aldeas y cada una de ellas se encontraba rodeada de espesa y hermosa vegetación.
En una de las aldeas, la del Sol, convivían un grupo de mujeres, que vivían en armonía y en paz. En la otra, llamada Oscuridad, vivía un grupo de hombres, que también convivían aunque resguardando ciertas cuestiones que en la aldea del Sol desconocían.
En esos tiempos remotos, las bellas mujeres de la aldea del Sol eran las portadoras de luz. Esa luz era dadora de vida y amor y donde ellas iban, iluminaban todo a su alrededor. Eran poseedoras de una luminosidad blanca y casi angelical que brotaba a través de los poros de su piel. El lugar donde moraban las mujeres era bastante pintoresco. Conformado por pequeñas y acogedoras casitas, de techos rojos y ventanas decoradas con cortinas llenas de flores. Cada una con un pequeño jardín al frente. Toda la aldea estaba cobijada por numerosos árboles, frondosos de un verde intenso y brillante. Siempre era primavera. El lugar estaba lleno de pájaros y pequeños animales que convivían plácidamente y por supuesto, todo se encontraba iluminado permanentemente. Había flores de miles de colores por doquier que ornaban la aldea, donde cientos de hamacas se convertían en el entretenimiento de las bellas doncellas que pasaban allí sus ratos libres. La intensidad de la luz de cada mujer delataba el estado de ánimo de ellas con sólo mirarlas, por ello cuanto más felices estaban, más intensamente brillaban.
Los hombres se encontraban a una gran distancia de allí. Es más, entre ellos y las mujeres de la aldea del Sol, no había contacto. Ni siquiera se conocían y como sus vidas no tenían ni principio ni fin, no había necesidad de interacción alguna. No había necesidad de nada entre ellos.
Los hombres eran los portadores de la oscuridad. Una oscuridad romántica y muy necesaria para abrigar lo secreto e íntimo del cosmos. Una oscuridad que daba refugio y protección al que lo necesitase. Más no a las portadoras de luz. La aldea donde ellos vivían era oscura aunque bella a su manera. Ellos eran ingeniosos, ya que la necesidad les había provocado buscar maneras de poder ver a su alrededor. Habían diseñado unos interesantes dispositivos que les brindaban luz utilizando a numerosas luciérnagas, también se las habían ingeniado para atrapar rayos en las tormentas y luego los utilizaban depositados en pequeños frascos para ver en las distintas casitas. Sin embargo, normalmente dejaban que la luna y las estrellas se encargaran de darles luz ya que les hacía valorar su propia e insignificante existencia respecto del infinito.  
Entre ellos y las mujeres de luz, había un enorme y mágico bosque que los separaba convenientemente. Era como si algo o alguien hubiera decidido que no tuvieran relación entre estas dos razas.
En la aldea del Sol, Ágata era la mujer de luz más hermosa y brillante. Ella era la soberana de allí y por ello se encargaba de llevar adelante la aldea. Cada jornada solucionaba los pequeños conflictos surgidos entre las doncellas, se encargaba de encontrar los alimentos más sanos para el resto de las mujeres de Luz y presidía el concilio que una vez por semana se reunía para tratar los temas de importancia para la aldea. Con todo, su vida estaba bastante ocupada.
Sin embargo, últimamente, se sentía bastante aburrida. Todo estaba muy en orden y le sobraba el tiempo para ella sin saber cómo utilizarlo. O en realidad, algo faltaba en su vida y no sabía que podría ser.
En este hastío que se acrecentaba cotidianamente, Ágata fue en busca de provisiones a un prado cercano que lindaba al bosque mágico, como siempre hacía. Allí podía encontrar deliciosas frutas, exquisitas verduras y agua cristalina para beber. En aquel momento el bosque se revelaba perfecto, estaba radiante, de un verde intenso, brillante y con una vitalidad extraordinaria. La realidad era que cuando ella se acercaba con su luz, todo a su alrededor se embellecía tomando un color distinto, una intensidad renovada. Todo con su luz era más hermoso, más exótico, más vivo. Ágata disfrutaba enormemente ver ese cambio de la naturaleza cada vez que ella iluminaba el lugar. Sin embargo, esta vez no era suficiente. Su luz no era tan intensa como de costumbre y su falta de “algo” la hacía opacarse más y más. Pero en el momento en que ella cuestionaba lo que sucedía con la intensidad de su luz, sintió una especie de presencia que le provocó mirar más allá de lo permitido, muy dentro del bosque. Allí había una intensa penumbra y Ágata lo notó inmediatamente. Una oscuridad a la que nunca se había expuesto. Primero se asustó, pues algo tan sombrío no podía ser bueno. La realidad era que nunca se había animado a ir más allá de los límites conocidos por su raza. Sabía que era peligroso avanzar y jamás se había atrevido a desafiar las leyes establecidas. Sin embargo, esa penumbra, esa presencia la invitaba a desafiar lo determinado. Y ella tenía la necesidad de aventuras.
Muy dentro del bosque se encontraba Caleb. Un joven proveniente de la aldea de la Oscuridad. Como cotidianamente hacía, había ido a buscar suministros para los habitantes de su aldea y se había adentrado demasiado en el bosque mágico. Él sabía que no debía estar allí, pero una luz intensa muy a lo lejos, había llamado su atención. Nunca había visto algo tan iluminado y perfecto en toda su existencia. Por lo que decidió quebrantar las leyes de su aldea para ir a investigar. “Tal vez esa fuente de luz nos sea útil”, pensó para autorizarse a romper las reglas. Y avanzó. Se internó más y más en el bosque atraído por la luz. Entonces la vio.
Caleb sintió que algo en su pecho golpeaba rápidamente, en forma alocada aunque con cierto ritmo. Nunca le había sucedido eso. Su vida había sido medida y controlada siempre, pero ahora su corazón estaba desbocado por la visión que tenía frente a él. Ese ser era una aparición, una deidad a la que jamás pensó encontrar. Ella era más bella que todas y cada una de las estrellas del firmamento. Era tan brillante como la luna plena en una noche cálida y despejada. Su rostro era perfecto. Su piel era pálida y casi translúcida como la porcelana, hermosa y delicada. Sus ojos verdes como las hojas de los árboles jóvenes, tenían una sinceridad y transparencia tanto que él supo cómo era su alma con tan sólo observarlos. Su cabello, dorado como los rayos de sol, caía enmarcando el rostro y resaltando sus preciosos rasgos. Sus manos eran delicadas a diferencia de la de él o sus compañeros de aldea. ¿Quién era ella? ¿De dónde había salido semejante aparición? Caleb se sintió mareado y confundido. ¿Cómo jamás había sabido de semejante criatura? Estaba absorto en estos pensamientos cuando Ágata lo vio.
Los ojos de Ágata y Caleb se cruzaron brevemente y el universo explotó en miles de millones de luces de colores. La Tierra tembló bajo sus pies y algo en la tela del espacio-tiempo, se fracturó. Tan intenso fue lo que sucedió en esos minutos, que ya nada en el universo sería igual. Ágata avanzó unos pasos sin poder creer lo que sus ojos veían. Un hombre, eso era una leyenda, un mito. Ella sabía que la existencia de hombres en su mundo era una historia inventada y contada por sus ancestros mucho tiempo atrás. Pero no, allí estaba él. Hermoso y alto. Pero oscuro como la negrura misma. Jamás había visto tanta oscuridad junta. Se acercaron lentamente uno al otro. Caleb extendió tímidamente su mano, como pidiendo permiso para tocarla y Ágata hizo lo mismo. Ella sintió su piel erizarse ante el contacto con él y su corazón galopó desbocado. Sus ojos brillaron haciéndose más verdes, más vivos; y su luz se hizo tan intensa que podría haber enceguecido a la mismísima madre naturaleza. Pero no a él. Caleb estaba deslumbrado por Ágata y la amó en ese instante.
-¿Cómo te llamás?- preguntó él ansiosamente.
-Ágata, vivo en la aldea del Sol ¿y vos?
-Caleb. Soy de la aldea de la Oscuridad… No sabía que existía otra aldea además de la nuestra…Si me permitís decirte, sos hermosa
-Gracias…vos también…- Ágata se sonrojó y brilló aún más – Pero… ¿cómo es que no nos conocíamos…?
Pero en ese momento Ágata se sintió desfallecer. Su luz empalideció bruscamente y comenzó a agonizar. Al ver semejante cuadro Caleb se desesperó. ¿Qué sucedía con ella? Intentó ayudarla pero cada vez que la tocaba ella se apagaba más. Entonces la dejó sentada en un claro y se apartó de ella unos metros para observar lo que sucedía, para pensar que hacer. Ágata se quedó callada, sumida en sus pensamientos. Sentía que su vitalidad se evaporaba, si es que eso era posible. Jamás en su larga historia, le había sucedido algo similar. Sin embargo, intentó controlarse y se quedó quieta, allí sentada un instante y así su luz comenzó a brillar nuevamente con intensidad. Ella lo miró con tristeza, con agonía en la mirada y ambos entendieron que jamás podrían estar juntos. No al menos como deseaban, cada instante, piel con piel. La realidad era angustia, era abatimiento. Esa realidad se llamaba distancia.
Entonces, luego de semejante descubrimiento, cada uno se fue a su aldea con un pesar en el corazón. Habían sentido por primera vez el amor y éste les era prohibido. La vida de Ágata corría serio riesgo si seguían adelante. Caleb se despidió de Ágata y en su mirada le dio su corazón: “Llevátelo, es tuyo de ahora en más. Cuidalo mucho, porque ya estoy muriendo sabiendo que jamás volveré a ver ni acariciar tu hermoso rostro”, y se fue. Ágata derramó una lágrima y así nació el rocío de la mañana.
Ambos continuaron con sus vidas en las aldeas. Cada día que pasaba, Caleb sentía un abismo en su pecho que crecía y con nada podía llenar. Era una angustia que el resto de los habitantes de la aldea de la Oscuridad no podían entender. Ágata, por otra parte, comenzó a perder paulatinamente su brillo natural. Sus ojos mostraban una tristeza inmensa y su alma se estaba marchitando como una flor en plena sequía. Las mujeres de la aldea del Sol no entendían que le ocurría a su soberana y aunque deseaban, no podían ayudarla. Entonces, una de ellas se sentó junto a Ágata y le pidió por favor que  le explicara que sucedía. Y así, ésta le contó su historia de amor y desesperación, aunque sin esperar que entendiese. Sin embargo, la joven entendió y organizó una búsqueda. Junto a otras mujeres se internó en el bosque mágico y luego de mucho andar encontró la aldea de la Oscuridad. Las mujeres se sorprendieron de lo extraño y a la vez lo similar de aquel lugar con su aldea. Era como si estuviesen viendo un sitio paralelo y aun así, totalmente opuesto a su realidad. Eso era extraño.
Ella les relató a los hombres que la miraban maravillados ante tanta belleza, lo que sucedía con su soberana y de entre todos los oyentes, uno dio un paso adelante:
-Ella y yo no podemos estar juntos… ¡Mi amor la mataría!
-¡Pero ella está muriendo igualmente!- le contestó la joven.
Un silencio sepulcral reinó en la aldea. ¿Qué hacer con semejante realidad? Pensaron durante varios minutos, incluso horas si es que existían en ese tiempo. Entonces, entre todos idearon una forma para que Ágata y Caleb estuviesen juntos y pudieran vivir con su amor, en paz y armonía.
Las mujeres volvieron a su aldea y sin mediar demasiadas palabras, llevaron a Ágata al borde del bosque. Construyeron una pequeña cabaña allí para que pudiera refugiarse si lo necesitaba y del otro lado hicieron lo mismo para Caleb. Cuando ella vio a su amor, comenzó a brillar como nunca. Su brillo era amor puro. Sus compañeras la sentaron en un claro donde el césped estaba de un verde intenso y allí la dejaron observando a Caleb. Mientras tanto Caleb, a unos metros de distancia, también se sentó y la observó. Ambos crearon una burbuja que el resto no llegaba a comprender del todo, pero que a ellos dos los conectaba de una manera cósmica. Cuando Ágata se sintió lo suficientemente fuerte se levantó y se acercó a él, lo tocó y lo besó con ardiente deseo. Él la amó con pasión y fueron felices durante un instante. Pero luego de ese momento, él notó que la luz de Ágata comenzaba a declinar. Entonces la apartó suavemente y se sentaron otra vez a distancia. Mientras se recuperaba, ella le contó a Caleb historias de su vida en la aldea, de sus anhelos, de sus deseos. Cuando su luz se recuperó y su vitalidad estaba al máximo, se acercaron nuevamente y se amaron hasta que la luz comenzó a declinar. Entonces, esta vez, en el descanso fue él quien le contó cómo era la vida en el lado oscuro del mundo, sus ideales y sus más íntimos deseos.
Así pudieron vivir. Cuando ella se recuperaba, podían estar juntos, cuando su luz se agotaba, conversaban y se contaban miles de historias, prometiéndose la tierra y el cielo. Habían logrado un equilibrio y en la eternidad de su conocimiento y amor mutuo nació lo que conocemos como el atardecer y el amanecer.
La leyenda dice que el nombre de ellos fue cambiando con los siglos, que ella finalmente se llamó Día y él Noche. Día y Noche jamás podrán estar juntos ya que el Día muere cuando la Noche aparece. Sin embargo, hay pequeños instantes en donde el Día y la Noche parecen fusionarse. Es en esos breves minutos cuando se producen destellos con miles de colores: naranja, rojo, amarillo y el cielo muestra su máximo esplendor. Es en esos momentos cuando sus almas hacen contacto por un instante. De esa manera, el mundo obtuvo el Día y Noche. En el día la luz del sol alumbra la vida, embelleciéndola. Durante la noche, el firmamento aparece en su plenitud con miles de estrellas y la luna como faro, con la oscuridad como refugio. Y entre ellos, dos breves momentos para vivir lo intenso y lo mágico, el amor puro y eterno, el Amanecer y el Atardecer.



Autor: Miscelaneas de la oscuridad

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