Él se dirigió a ese lugar sin saber
que le esperaba allí. Una frase le rondaba en su mente: “Hay un asesino
viviendo dentro tuyo y necesito que aflore”. Eso le asombró bastante. “¡Un
asesino!”, se repetía Gabriel, una y otra vez. Un asesino, algo con poca lógica
en él que se regodeaba con saber que nunca había matado ni siquiera a una
simple mosca. Pero ese hombre desconocido y hasta sombrío, había observado algo
en él que le provocó decirle eso. Esa afirmación lo había puesto de un humor
que no podía definir. Podría decirse que era un mal humor, pero no. Era una rara
sensación, casi confusa que le hacía repetirse una y otra vez “¿Yo, un asesino?”
Al parecer esa idea era la cosa más ridícula que había escuchado y sin embargo,
le daba curiosidad toda la cuestión.
Comenzó su recorrido para llegar a
donde, según ese hombre, él hallaría todas sus respuestas.
-¿Respuestas a qué?- Gabriel había
preguntado ante semejante afirmación.
-Cuando llegues al lugar, lo sabrás-
fue la sentenciosa respuesta dada por el desconocido mientras le deslizaba un
papelito con unos números garabateados en él.
Hizo unas cuantas cuadras a pie en
el medio de la noche. Mientras caminaba, en más de una oportunidad se cuestionó
lo que estaba haciendo. ¿A dónde iba? ¿A qué iba a ese lugar?
“Ya sé, ¡a convertirme en asesino,
ja!”, se dijo a sí mismo en voz alta. Parecía un loco interrumpiendo el
silencio con esa frase. Nada se escuchaba allí, ni siquiera el canto de algún
pájaro. Incluso los insectos nocturnos parecían haber renunciado a expresar sus
cadencias.
Avanzó unos metros más y se encontró
con un sitio que sólo una mente retorcida y trastocada hubiera sido capaz de
inventar. Era el vivo reflejo de un mal sueño, de una pesadilla de esas que te
dejan con el corazón latiendo vertiginosamente y que, aun despierto, éste tarda
en volver a su lento galope. Primero pensó que le estaban haciendo una broma de
mal gusto. Pero no había nadie allí como para que ese pensamiento tuviera un
correlato real.
Cruzó la calle y se dirigió a una
construcción que si bien se levantaba en medio de la urbe, al parecer nadie se
percataba de ella. Se erigía impoluta en una manzana entera, de tal forma que daba
la impresión de absorber toda la oscuridad de la mismísima ciudad. Era un edificio
centenario, con ladrillos sin revestir, amplio y lleno de humedad. El follaje
que lo rodeaba parecía acompañar lo macabro del entorno, donde raquíticos
árboles, con sus ramas retorcidas y despojadas de hojas ornaban los laterales
de la puerta. En conjunto parecía una vieja pérgola venida a menos. Una
parpadeante luz se encontraba solitaria alumbrando la entrada y esa era toda la
iluminación reinante en el lugar. Se acercó y tocó al antiguo llamador de
aquella puerta herrumbrosa. El sonido que emanó de allí denotaba la inmovilidad
padecida durante décadas. Esperó pacientemente, o eso quería hacer sin
lograrlo, pero nadie respondió. Es más, la oscuridad y silencios reinantes lo
invitaban a que se fuese cuanto antes de allí. Sin embargo, una fuerza poderosa
lo hacía permanecer en ese lugar que al menos podría definirse como lóbrego. “Una
vez más y me voy”, se dijo y en ese preciso instante la puerta se abrió como si
una fuerza oscura la estuviese manipulando. Y peor aún, como si fuese puesto a
prueba por el lugar…
Gabriel meditó unos segundos
preguntándose si seguiría o no. Pero la curiosidad en su interior se había
disparado y estaba en la expresión máxima. Por el contrario, una pequeña voz,
la de autoprotección, le gritaba que debía abandonar ese lugar si no quería
confirmar la sentencia dada por aquel hombre o peor, que alguien se
transformase en su verdugo.
Desoyó todas las señales de alerta
de su cerebro y dio un paso hacia el interior del edificio. Su corazón pugnaba
por salirse del pecho y eso le provocó una excitación desmesurada. Otro paso,
ya estaba dentro de aquel lugar y seguía con vida. Eso era importante. Se
relajó un instante tomado una bocanada de aire y en ese momento, la puerta se
cerró bruscamente tras de sí y la oscuridad se hizo dueña de aquel lugar. El
pánico se apoderó brevemente de él y quiso abrir la puerta. Pero ésta ya se
encontraba trabada. Intentó no perder la calma y se asombró de ese poder suyo y
recientemente descubierto para no desesperar. Entonces se dio cuenta de que ya
era tarde. Ya formaba parte de aquel juego desconocido y horroroso. ¿A dónde iría
ahora? Esperó unos instantes a que sus ojos se acostumbrasen a la falta de luz
y cuando pudo divisar bultos en la penumbra, avanzó a lo que le pareció un
resplandor a lo lejos.
Caminó a lo largo de un pasillo
ancho. El olor a humedad se hizo intenso y casi asfixiante. Una enorme telaraña
que colgaba del techo se enredó en su rostro haciéndolo desesperar. Con ambas
manos trató de quitárselas de su cara, haciéndolo a medias. Se frenó y se llamó
a la serenidad una vez más. Meditó y se dio cuenta del significado de esas
telarañas allí colgando. Eso le mostraba algo preocupante: nadie había caminado
por allí en mucho tiempo. Y sin embargo, la puerta se había abierto. Semejante
cuestión lo descolocaba y lo excitaba aún más. Siguió caminando y notó que el
resplandor observado metros atrás, se había expandido y provenía de un hueco
por debajo de una gran puerta. Él apuró el paso y la traspasó. Allí se encontró
con un cuadro que no hubiera imaginado jamás: en un amplio salón tenuemente
iluminado, una bella mujer se encontraba maniatada y amordazada. Ella estaba
vestida íntegramente de blanco y podía verse cómo las lágrimas rodaban por su hermoso
rostro. Frente a ella se encontraba el hombre que horas antes le había
increpado llamándolo asesino. Ese hombre, que ahora se percató entrado en años
y de una palidez extraordinaria, le estaba apuntando a la joven con un arma. Cuando
Gabriel se hizo visible, el hombre que estaba sentado tranquilamente, lo miró
con un gesto de triunfo. Ese ser amenazante sabía que el asesino dentro de
Gabriel había sido despertado y pugnaba por salir. Se lo podía ver en el
rostro, en sus ojos, en su respiración entrecortada y vacilante. Todo en su
cuerpo era una metamorfosis: un simple joven que escondía algo más. Y él lo
había visto. El sería su creador. Sólo se necesitaba una frase para activar
toda la maquinaria que llevaría a la sucesión de eventos previstos por ese
hombre.
Gabriel observó como la joven se
sacudía en su inmovilidad y se desesperó por liberarla. Quería ser su héroe. De
una extraña forma se adelantaba a los hechos imaginándola en sus brazos
agradecida. Sin embargo, el arma de aquel hombre lo intimidaba. ¿Cómo hacer
para liberarla?
-Agarrá el arma que está frente a vos-
le dijo el hombre y Gabriel se asombró con semejante pedido.
-¡No!- le contestó -¡Hay otras
formas de arreglar esto!- mintió Gabriel.
-No me decepciones amigo mío, tengo
toda la fe en vos.
Gabriel se debatía entre irse de
aquel juego macabro o tomar el arma y dispararle. Él se dio cuenta de que, muy
adentro de su corazón, deseaba tomar aquel revólver y disparar. Sabía que la
sensación de poder que conllevaría tal acción sería el propio éxtasis, sería
puro placer. Él quería sentir eso, quería sentir placer y éxtasis y lujuria.
Aunque no sabía de dónde provenía todo ese deseo, él se debatía entre dejarse
llevar o seguir siendo ese hombre común y corriente que había sido hasta ese
momento. Ese ser de perfil bajo que no atraía a nadie, que no se arriesgaba por
nada. Un hombre chato y mediocre del que muchas veces se arrepentía ser.
-Vamos amigo, mi mano se está
acalambrando. Es ella o yo.
El hombre insistía para que Gabriel
tomase el arma. Lo desafiaba a liberar al monstruo que moraba dentro de él. La
chica se agitaba cada vez más y el hombre, que por un minuto se estaba
arrepintiendo de su elección, cambió de objetivo y le apuntó a Gabriel. Redoblando
la apuesta.
-Muy bien, entonces. Primero te mato
a vos y luego a ella.
Entonces Gabriel tomó el arma y le
apuntó al desconocido. Un río de adrenalina se esparció por todo su cuerpo. Adrenalina
en cada rincón de su ser. Miles de sensaciones se dispararon en cada milímetro
de su piel. Era algo mejor inclusive, que el pobre sexo que ocasionalmente
tenía.
El arma en su mano se sentía bien.
El poder se iba incrementando así como la determinación de su destino. Él era
eso, muy en un rincón de su persona, muy escondido en su alma achicharrada, él
se estaba convirtiendo en el asesino que ese hombre necesitaba. Miró a aquel
que lo seguía desafiando. A ese que lo tentaba en su orgullo de hombre renegado
con el mundo y con la vida. Gabriel lo contemplo un rato. Vio una palanca a su
lado y asumió que así le había abierto la puerta. Miró que en realidad ese ser
era frágil y estaba exhausto. Observó que movía sus labios, que algo le decía.
-Lo vas a hacer o….
Pero ya no lo escuchó. El asesino ya
se había apoderado de él a pesar de entender lo que estaba sucediendo. Un
disparo. El hombre cayó desplomado en el piso sucio, con un tiro en el pecho.
Gabriel corrió hacia él para comprobar lo que había dispuesto su mano. Su Dios
y hacedor, agonizante sobre un charco de su propia sangre lo miró y le dijo
“Gracias…por un momento dudé de vos, pero no…me…defraudaste”, y murió.
Gabriel fue a desatar a la joven que
seguía con los ojos hinchados de tanto llorar y había observado aterrorizada
toda la escena. Pero cuando él la desató, ella lo empujó y lo insultó mientras
corría hacia el muerto. Entonces, él se quedó perplejo, sin entender nada de lo
sucedido.
-¡Asesino!- le gritó ella en un
llanto de dolor -¡Mataste a mi padre! ¿Cómo pudiste aceptar esa apuesta? ¡Él jamás
me hubiera hecho daño! Sólo estaba enfermo…
Entonces Gabriel terminó de
entender.
Ella lloraba desconsolada mientras abrazaba
el cadáver de su padre.
-Pero…yo no sabía… ¿apuesta?- dijo
Gabriel haciéndose ahora el sorprendido y el enojado, aunque alejándose
lentamente del cuadro. Sin embargo, ella se levantó con los ojos desorbitados
por el dolor y la ira, sosteniendo el arma de su padre y apuntándole a Gabriel
sin dudarlo ni un minuto.
Otro disparo.
“Hay un asesino dentro mío, él tenía
razón”
Gabriel salió por la misma puerta
que minutos atrás su creador había entrado. Si bien había sido preso del artilugio
mental de un viejo loco y enfermo, le estaba profundamente agradecido. Eso lo
había liberado de su prisión mental. De su miedo a enfrentar el destino, su
destino. Miró el horizonte y el sol se asomaba tímida pero inexorablemente. Un
nuevo día estaba naciendo y una nueva persona había sido parida…el Asesino de
su interior.
Autor: Miscelaneas de la oscuridad
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