sábado, 10 de agosto de 2013

El asesino interior


Él se dirigió a ese lugar sin saber que le esperaba allí. Una frase le rondaba en su mente: “Hay un asesino viviendo dentro tuyo y necesito que aflore”. Eso le asombró bastante. “¡Un asesino!”, se repetía Gabriel, una y otra vez. Un asesino, algo con poca lógica en él que se regodeaba con saber que nunca había matado ni siquiera a una simple mosca. Pero ese hombre desconocido y hasta sombrío, había observado algo en él que le provocó decirle eso. Esa afirmación lo había puesto de un humor que no podía definir. Podría decirse que era un mal humor, pero no. Era una rara sensación, casi confusa que le hacía repetirse una y otra vez “¿Yo, un asesino?” Al parecer esa idea era la cosa más ridícula que había escuchado y sin embargo, le daba curiosidad toda la cuestión.

Comenzó su recorrido para llegar a donde, según ese hombre, él hallaría todas sus respuestas.
-¿Respuestas a qué?- Gabriel había preguntado ante semejante afirmación.
-Cuando llegues al lugar, lo sabrás- fue la sentenciosa respuesta dada por el desconocido mientras le deslizaba un papelito con unos números garabateados en él.

Hizo unas cuantas cuadras a pie en el medio de la noche. Mientras caminaba, en más de una oportunidad se cuestionó lo que estaba haciendo. ¿A dónde iba? ¿A qué iba a ese lugar?
“Ya sé, ¡a convertirme en asesino, ja!”, se dijo a sí mismo en voz alta. Parecía un loco interrumpiendo el silencio con esa frase. Nada se escuchaba allí, ni siquiera el canto de algún pájaro. Incluso los insectos nocturnos parecían haber renunciado a expresar sus cadencias.
Avanzó unos metros más y se encontró con un sitio que sólo una mente retorcida y trastocada hubiera sido capaz de inventar. Era el vivo reflejo de un mal sueño, de una pesadilla de esas que te dejan con el corazón latiendo vertiginosamente y que, aun despierto, éste tarda en volver a su lento galope. Primero pensó que le estaban haciendo una broma de mal gusto. Pero no había nadie allí como para que ese pensamiento tuviera un correlato real.

Cruzó la calle y se dirigió a una construcción que si bien se levantaba en medio de la urbe, al parecer nadie se percataba de ella. Se erigía impoluta en una manzana entera, de tal forma que daba la impresión de absorber toda la oscuridad de la mismísima ciudad. Era un edificio centenario, con ladrillos sin revestir, amplio y lleno de humedad. El follaje que lo rodeaba parecía acompañar lo macabro del entorno, donde raquíticos árboles, con sus ramas retorcidas y despojadas de hojas ornaban los laterales de la puerta. En conjunto parecía una vieja pérgola venida a menos. Una parpadeante luz se encontraba solitaria alumbrando la entrada y esa era toda la iluminación reinante en el lugar. Se acercó y tocó al antiguo llamador de aquella puerta herrumbrosa. El sonido que emanó de allí denotaba la inmovilidad padecida durante décadas. Esperó pacientemente, o eso quería hacer sin lograrlo, pero nadie respondió. Es más, la oscuridad y silencios reinantes lo invitaban a que se fuese cuanto antes de allí. Sin embargo, una fuerza poderosa lo hacía permanecer en ese lugar que al menos podría definirse como lóbrego. “Una vez más y me voy”, se dijo y en ese preciso instante la puerta se abrió como si una fuerza oscura la estuviese manipulando. Y peor aún, como si fuese puesto a prueba por el lugar…

Gabriel meditó unos segundos preguntándose si seguiría o no. Pero la curiosidad en su interior se había disparado y estaba en la expresión máxima. Por el contrario, una pequeña voz, la de autoprotección, le gritaba que debía abandonar ese lugar si no quería confirmar la sentencia dada por aquel hombre o peor, que alguien se transformase en su verdugo.
Desoyó todas las señales de alerta de su cerebro y dio un paso hacia el interior del edificio. Su corazón pugnaba por salirse del pecho y eso le provocó una excitación desmesurada. Otro paso, ya estaba dentro de aquel lugar y seguía con vida. Eso era importante. Se relajó un instante tomado una bocanada de aire y en ese momento, la puerta se cerró bruscamente tras de sí y la oscuridad se hizo dueña de aquel lugar. El pánico se apoderó brevemente de él y quiso abrir la puerta. Pero ésta ya se encontraba trabada. Intentó no perder la calma y se asombró de ese poder suyo y recientemente descubierto para no desesperar. Entonces se dio cuenta de que ya era tarde. Ya formaba parte de aquel juego desconocido y horroroso. ¿A dónde iría ahora? Esperó unos instantes a que sus ojos se acostumbrasen a la falta de luz y cuando pudo divisar bultos en la penumbra, avanzó a lo que le pareció un resplandor a lo lejos.

Caminó a lo largo de un pasillo ancho. El olor a humedad se hizo intenso y casi asfixiante. Una enorme telaraña que colgaba del techo se enredó en su rostro haciéndolo desesperar. Con ambas manos trató de quitárselas de su cara, haciéndolo a medias. Se frenó y se llamó a la serenidad una vez más. Meditó y se dio cuenta del significado de esas telarañas allí colgando. Eso le mostraba algo preocupante: nadie había caminado por allí en mucho tiempo. Y sin embargo, la puerta se había abierto. Semejante cuestión lo descolocaba y lo excitaba aún más. Siguió caminando y notó que el resplandor observado metros atrás, se había expandido y provenía de un hueco por debajo de una gran puerta. Él apuró el paso y la traspasó. Allí se encontró con un cuadro que no hubiera imaginado jamás: en un amplio salón tenuemente iluminado, una bella mujer se encontraba maniatada y amordazada. Ella estaba vestida íntegramente de blanco y podía verse cómo las lágrimas rodaban por su hermoso rostro. Frente a ella se encontraba el hombre que horas antes le había increpado llamándolo asesino. Ese hombre, que ahora se percató entrado en años y de una palidez extraordinaria, le estaba apuntando a la joven con un arma. Cuando Gabriel se hizo visible, el hombre que estaba sentado tranquilamente, lo miró con un gesto de triunfo. Ese ser amenazante sabía que el asesino dentro de Gabriel había sido despertado y pugnaba por salir. Se lo podía ver en el rostro, en sus ojos, en su respiración entrecortada y vacilante. Todo en su cuerpo era una metamorfosis: un simple joven que escondía algo más. Y él lo había visto. El sería su creador. Sólo se necesitaba una frase para activar toda la maquinaria que llevaría a la sucesión de eventos previstos por ese hombre.

Gabriel observó como la joven se sacudía en su inmovilidad y se desesperó por liberarla. Quería ser su héroe. De una extraña forma se adelantaba a los hechos imaginándola en sus brazos agradecida. Sin embargo, el arma de aquel hombre lo intimidaba. ¿Cómo hacer para liberarla?

-Agarrá el arma que está frente a vos- le dijo el hombre y Gabriel se asombró con semejante pedido.
-¡No!- le contestó -¡Hay otras formas de arreglar esto!- mintió Gabriel.
-No me decepciones amigo mío, tengo toda la fe en vos.
Gabriel se debatía entre irse de aquel juego macabro o tomar el arma y dispararle. Él se dio cuenta de que, muy adentro de su corazón, deseaba tomar aquel revólver y disparar. Sabía que la sensación de poder que conllevaría tal acción sería el propio éxtasis, sería puro placer. Él quería sentir eso, quería sentir placer y éxtasis y lujuria. Aunque no sabía de dónde provenía todo ese deseo, él se debatía entre dejarse llevar o seguir siendo ese hombre común y corriente que había sido hasta ese momento. Ese ser de perfil bajo que no atraía a nadie, que no se arriesgaba por nada. Un hombre chato y mediocre del que muchas veces se arrepentía ser.
-Vamos amigo, mi mano se está acalambrando. Es ella o yo.
El hombre insistía para que Gabriel tomase el arma. Lo desafiaba a liberar al monstruo que moraba dentro de él. La chica se agitaba cada vez más y el hombre, que por un minuto se estaba arrepintiendo de su elección, cambió de objetivo y le apuntó a Gabriel. Redoblando la apuesta.
-Muy bien, entonces. Primero te mato a vos y luego a ella.
Entonces Gabriel tomó el arma y le apuntó al desconocido. Un río de adrenalina se esparció por todo su cuerpo. Adrenalina en cada rincón de su ser. Miles de sensaciones se dispararon en cada milímetro de su piel. Era algo mejor inclusive, que el pobre sexo que ocasionalmente tenía.
El arma en su mano se sentía bien. El poder se iba incrementando así como la determinación de su destino. Él era eso, muy en un rincón de su persona, muy escondido en su alma achicharrada, él se estaba convirtiendo en el asesino que ese hombre necesitaba. Miró a aquel que lo seguía desafiando. A ese que lo tentaba en su orgullo de hombre renegado con el mundo y con la vida. Gabriel lo contemplo un rato. Vio una palanca a su lado y asumió que así le había abierto la puerta. Miró que en realidad ese ser era frágil y estaba exhausto. Observó que movía sus labios, que algo le decía.
-Lo vas a hacer o….

Pero ya no lo escuchó. El asesino ya se había apoderado de él a pesar de entender lo que estaba sucediendo. Un disparo. El hombre cayó desplomado en el piso sucio, con un tiro en el pecho. Gabriel corrió hacia él para comprobar lo que había dispuesto su mano. Su Dios y hacedor, agonizante sobre un charco de su propia sangre lo miró y le dijo “Gracias…por un momento dudé de vos, pero no…me…defraudaste”, y murió.

Gabriel fue a desatar a la joven que seguía con los ojos hinchados de tanto llorar y había observado aterrorizada toda la escena. Pero cuando él la desató, ella lo empujó y lo insultó mientras corría hacia el muerto. Entonces, él se quedó perplejo, sin entender nada de lo sucedido.
-¡Asesino!- le gritó ella en un llanto de dolor -¡Mataste a mi padre! ¿Cómo pudiste aceptar esa apuesta? ¡Él jamás me hubiera hecho daño! Sólo estaba enfermo…
Entonces Gabriel terminó de entender.
Ella lloraba desconsolada mientras abrazaba el cadáver de su padre.
-Pero…yo no sabía… ¿apuesta?- dijo Gabriel haciéndose ahora el sorprendido y el enojado, aunque alejándose lentamente del cuadro. Sin embargo, ella se levantó con los ojos desorbitados por el dolor y la ira, sosteniendo el arma de su padre y apuntándole a Gabriel sin dudarlo ni un minuto.

Otro disparo.

“Hay un asesino dentro mío, él tenía razón”
Gabriel salió por la misma puerta que minutos atrás su creador había entrado. Si bien había sido preso del artilugio mental de un viejo loco y enfermo, le estaba profundamente agradecido. Eso lo había liberado de su prisión mental. De su miedo a enfrentar el destino, su destino. Miró el horizonte y el sol se asomaba tímida pero inexorablemente. Un nuevo día estaba naciendo y una nueva persona había sido parida…el Asesino de su interior.



Autor: Miscelaneas de la oscuridad

No hay comentarios.:

Publicar un comentario