Él abrió el baúl de su auto y
encontró un cuerpo sin vida allí. Estaba prolijamente envuelto en plástico. Tanto
que ni siquiera podría saberse si era hombre o mujer. Tal vez se presumiría que
era una mujer por la delgadez y hasta por algún contorno que asomaba, pero todo
era una suposición. Solo lo confirmaba la pequeña tarjetita. Esa que recibía
cada semana. Se quedó un instante observando y preguntándose qué habría hecho
esa persona para terminar así. Él sólo se encargaba de eliminar la evidencia.
Sólo eso. Para esa tarea le pagaban. Nada de preguntas. Solo recibía tres datos
para completar su labor: una dirección, un nombre y un cadáver. Pero estaba
cansado de ese trabajo. Deseaba dejarlo, tal vez formar una familia. Acallar su
alma inquieta de tanta muerte. Se encogió de hombros y cerró el baúl sin más.
Lo roció con gasolina, lo prendió fuego y luego de observar como todo se
consumía en las violentas llamas, reduciendo todo a cenizas, echó a andar.
Eleonor…
El despertó de un sueño agitado, completamente
empapado en sudor y con la boca seca de desesperación. Por un minuto había
creído tener a su Eleonor entre sus brazos, que sus manos pudieran acariciar la
piel suave y el rostro dulce de ella. Por un instante, su sueño fue más vívido
que nunca. Eleonor era el motivo por el que sus noches eran soportables. Era la
mujer que desde hacía un tiempo soñaba y hasta amaba en silencio. Una mujer que
no conocía, pero que deseaba desde el rincón más profundo de su alma, si es que
aún poseía una.
Cuando la vio por primera vez en un
sueño intranquilo, quedó perdido por su belleza gótica y casi tétrica. En ese
sueño ella lo salvaba de un mundo horroroso y hostil, de su infierno. Lo
salvaba de su inquietante destino. Ella era hermosa. Su piel, de un color blanco
casi transparente, estaba acompañada de una larga cabellera: brillante como el
azabache, negra como una noche sin luna. Desde esa primera vez, nunca más la
dejó de soñar.
Durante la noche, la observaba, la
amaba, la llenaba de pasión. En el día pasaba horas buscándola en una ciudad
llena de gente anónima e ingrata. Y no la hallaba jamás.
Su temor más profundo era que ella
sólo fuese un invento de su mente que día a día enfermaba debido a la
naturaleza de su trabajo. Trabajo heredado por su padre y que odiaba
profundamente. Sin embargo, y por más que ya había intentado dejarlo, no podía.
Le costaría la vida. Y no sólo a él. Mucha gente inocente estaba involucrada y
él no quería ser responsable de sus muertes.
Pero Eleonor no aparecía y eso
confirmaba su sospecha.
Cada semana él desaparecía un
cadáver, esa era su tarea desde hacía muchos años, tantos que ya no recordaba
cuantos, y le pesaban en el corazón. Sabía que el infierno era su destino
final, pero no podía evitarlo. Jamás podría.
Luego de ese acto, en los días
subsiguientes, él encontraba consuelo visitando el cementerio. Ese cementerio,
cuna de miles de almas perdidas y de familias encontradas, era el lugar donde
encontraba cierta paz. Imaginaba que muchas de las personas que estaban allí enterrando
a sus muertos, lo hacían con cajones vacíos. Porque él los había desaparecido. Él
no dejaba rastros, no dejaba qué enterrar. Pero también, él se apiadaba de esas
familias y cada semana mandaba una corona de flores a ese grupo de personas a
las que había quebrado violentamente y para siempre. Lo hacía para que al menos,
tuvieran la certeza de que ya no era necesario seguir buscando fantasmas.
Una tarde de otoño en la que él
recorría el cementerio, de la misma forma que en uno de sus sueños vio una cabellera
negra como el azabache. Larga y lacia y bella. Apuró el paso abriéndose camino
entre lápidas viejas y cruces torcidas. La imagen del rostro de Eleonor se
esfumaba en el éter y él quería tocarla y decirle que la conocía de siempre,
que la había amado cientos de veces, que su carne estaba desesperada por ella. Extremó
la marcha. Allá a lo lejos, detrás del álamo que hacía sombra a un mausoleo
enorme, allá estaba su Eleonor.
El corazón de él estaba desbocado. Sí,
era ella. ¿Quién más podría ser? Tropezó violentamente con una cruz y casi la
arrancó de cuajo. No le importó. Quedaban unos pocos metros para alcanzarla, no
quería perderla, no otra vez. Ella se movía. Su cabellera se agitaba con el
viento. Su cuerpo esbelto y poco más que escultural, cubierto con un hermoso
vestido negro, se desplazaba casi como flotando, como si sus pies no tocasen el
suelo. Era una aparición casi angelical. Ella dio vuelta suavemente, como
buscando algo o a alguien. Sus ojos, negros y profundos, recorrieron el lugar y
se cruzaron con los de él. Pero como era de esperarse, no lo reconoció. Sin
embargo él confirmó que ella era su Eleonor. Y se estaba marchando de allí…
Caminó más rápido. Una y otra se
lápida se sucedían a ambos lados de su camino. A cada paso muerte por doquier.
Sin embargo, nada importaba, debía alcanzarla. En este frenético paseo, él no vio
que se dirigía derecho a una tumba abierta. Sólo cuando prácticamente estaba
por caer en ella, la notó y se frenó en seco. Dos metros de nada se extendía
ante él. Una nada como la que habitualmente lo perseguía en sus sueños y en la
vida. Una nada llena de muerte y destrucción. Tomó una bocanada de aire y miró
hacia el mausoleo. Una enorme construcción de más de tres metros de alto y unos
cuantos de ancho. Con ángeles tallados en mármol en su puerta y el álamo
gigantesco a su lado. Tan enorme, que parecía tomar la fuerza de los muertos de
allí para erigirse. Y nadie más... Su Eleonor se había esfumado en el aire.
Su corazón se contrajo. Se hizo
pequeño y quiso morir allí mismo. Sintió que esa tumba abierta y vacía estaba
hecha a su medida. Que la serie de eventos en lo que su vida se había
convertido lo habían llevado a que muriera en ese momento y lugar. Pensando en
su Eleonor. ¿Qué otra cosa le quedaría por hacer? Obviamente aquello había sido
una alucinación de su mente loca y enferma.
Trató de serenarse, de pensar con
claridad. Alguien allí había estado, alguien al menos muy parecido a la mujer
de sus sueños. Una mujer real que lo había contemplado aun sin conocerlo y a pesar
de eso, él pudo sentir el peso de su mirada en el corazón ¿Y si era ella de
verdad? ¿Si existía su Eleonor?
Luego de darle vueltas al asunto,
concluyó que era más que posible que ella fuese Eleonor. Sí, sus ojos no lo engañarían
de esa manera. Entonces, caminó hasta el mausoleo y miró a quien pertenecía.
Familia Rosales, decía una chapa metálica y desgastada, colocada a un costado
de la puerta de roble. Tal vez ella sería pariente de esa familia o quizás una
amiga. Se contentó porque ahora al menos, sabía algo de ella. Un dato. Un
apellido, tal vez.
La tarde ya había caído y estaba
dándole paso a una noche oscura y fría, preámbulo del invierno que se acercaba.
Luego de sentir un estremecimiento en su cuerpo, se fue a su casa. Decidió que
volvería al día siguiente a esperarla. Decidió que iría cada día de su vida si
era necesario, a esperar a su Eleonor.
Esa noche por primera vez en mucho
tiempo, no la soñó. A cambio, el infierno con sus lenguas de llama envolventes
y demonios que se disputaban por su alma, fue lo que reemplazó a la calmada y
hermosa Eleonor. Y peor aún, ella no estaba allí para salvarlo de su destino. Él
sabía que su suerte estaba echada, que la providencia no estaba de su lado,
sino que era su enemiga. Sabía que esas llamas estaban inquietas por él.
Clamaban por su carne desesperada. Una carne desesperada por el cuerpo de
Eleonor.
A la mañana siguiente, se dirigió al
cementerio sin siquiera desayunar. Debía encontrarla, necesitaba encontrarla.
Fue directamente al mausoleo y allí, al pie del álamo gigante la esperó. Los
minutos y las horas se sucedían una tras otra sin que ella apareciese. Miró el
cielo y vio que las nubes se hacían cada vez más negras. Entonces, un fuerte
vendaval se desató y él buscó refugio en el mausoleo. Abrió la enorme y pesada
puerta con fuerza. El aire allí adentro estaba viciado. Al parecer, la familia
Rosales no recibía visitas desde hacía un largo tiempo. Entonces, ¿a quién
visitaba Eleonor? Miró al interior de la estructura de granito y mármol y notó
que era de una inquietante y tétrica belleza. Un espacio amplio se abría con
una tumba de mármol. Su dueño era un hombre entrado en años. En una pequeña
chapita se podía leer “Facundo Rosales, amado esposo y padre. QPD. 1879-1917”
“¡Qué joven murió!”, pensó él y se
sintió reflejado en esos despojos abandonados. Más allá había otro, una mujer nacida
en 1950 que había muerto no hacía muchos años. Se llamaba Ernestina Rosales.
Muy hacia el fondo casi a oscuras,
había una especie de mesada con un cartel donde se leía: “Aquí debería yacer Eleonor
Rosales, más el destino hizo que su carne se evaporase en el éter…”.
Un grito quiso salir, pero él lo
ahogó inmediatamente. ¡No podía ser! ¿Ella estaba muerta? Imposible, él la
había visto. El día anterior ella estaba allí.
Salió corriendo del lugar. El
cementerio estaba casi desierto debido a la lluvia torrencial que se había
desatado minutos antes. El viento golpeaba su cara pero él ya no lo sentía. No
sentía nada. Debía encontrar a Eleonor Rosales a como diera lugar.
Entró desesperado a su apartamento. Se
dirigió atontadamente a su habitación. Mientras recorría el lugar, mojaba todo
cuanto tocaba. Estaba empapado y sin embargo no le importaba. La pulcritud que
tanto había atesorado y cuidado en todos estos años, la que le permitía no
dejar rastros en su trabajo, se había interrumpido. Pero eso ya no era esencial.
Una preocupación lo había asaltado y necesitaba confirmar. Necesitaba saber si
ella se encontraba en su lista. Su lista, la carga mortal y angustiante que
llevaba. Su cruz. El interminable registro de nombres, de almas desaparecidas
entre sus manos.
Metió la mano en el cajoncito de la
mesa de luz. Revolvió entre la cantidad innumerable de objetos que había allí
dentro. Cuanto más revolvía, más nervioso se sentía. Su corazón quería
explotar. No podría ser ella. No debería estar en su lista. Lo recordaría. Un
nombre como ese estaría guardado en su memoria. ¿Y eso era lo que estaba
realmente sucediendo? ¿Y si su memoria le estaba jugando una mala pasada? Solo
estaría soñando con uno de sus pecados. Una y otra vez sin darse cuenta…
¡Allí estaba! Encontró una libreta
negra con aspecto de insignificante, aunque con poderosa información. Se sentó
en la cama sin importarle su estado y comenzó a leer uno por uno los nombres.
Había cientos y cientos de ellos. Cada nombre que leía era un golpe a su
corazón y a su alma casi muerta por tanto pecado.
Leyó la primera página. No estaba su
nombre. Torres, Giménez, Hernández. Muchos hombres y algunas mujeres. Continuó
leyendo. Llegó a la página 10 y aun nada. Melo, Dupuy, Carrizo. Un recuerdo se
le cae junto a una lágrima. Una familia con niños pequeños llorando por su papá
desaparecido. Contreras, Pérez, Molinari. Se sucedían las hojas y aún nada. Su
corazón estaba perturbado, debatiéndose entre la exaltación de no encontrar a
su Eleonor y el peso de tantos muertos. Un anciano. Recordó que una de las
personas muertas era un anciano decrépito. Tal vez se lo merecía. Que podría
saber él. Las páginas se sucedían una detrás de otra. Nombres y más nombres.
Mujeres, hombres, familias destrozadas. Llegó a la última página, al último
nombre. No estaba allí. Suspiró aliviado.
Un sopor se apoderó de él. Un mareo
y unas ganas terribles de desaparecer del mundo. Repentinamente cayó al suelo y
yació allí durante horas y horas.
Despertó de su sueño atormentado.
Recordó que no había encontrado el nombre de su amor en la libreta. Se sintió
revivir. El mundo volvía a tener sentido para él. Ese día sería grandioso y lo
disfrutaría. Intentaría encontrarla pero sabiendo que no estaba en su lista.
Se bañó, desayunó y cuando estaba
por salir, un sobre debajo de la puerta fue deslizado. Recordó que era día de
trabajo. Intentó serenarse y se juró que ese sería su último trabajo. No le
importarían ya las consecuencias. Ese sería el último a como diera lugar.
Abrió el sobre y vio con horror la
sentencia que jamás quiso encontrar: Eleonor Rosales, calle Rivadavia al 1000.
Sin embargo, nunca terminó de leerlo. Murió en el acto. Su corazón se destrozó
en mil pedazos por la pena.
Una blanca y delicada mano acarició
su rostro. Una luz, una imagen…Eleonor, su salvadora, estaba allí para él. Desde
ahora y para siempre.
Autor: Miscelaneas de la oscuridad
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