viernes, 18 de octubre de 2013

La fotografía



Una noche como cualquier otra en la vida de cualquiera, Genoveva recibió algo bastante perturbador. Al menos, así le pareció a ella que transcurría sus días sin demasiadas preocupaciones. Esa noche, estaba en la cocina de su casa pensando porqué se le hacía tan difícil dormir. Ese pensamiento la trastornaba, y bastante. Tal vez sería alguna preocupación, pero la realidad era que de repente había dejado de dormir. Dormitaba o hacía como, para no pensar si tendría algo malo. Genoveva había sido una persona relativamente sana así que el dejar repentinamente de dormir era algo preocupante.

En fin, esa noche se había encontrado con los ojos abiertos como cada noche de los últimos meses, cuando sintió que alguien estaba merodeando en la puerta. Primero se asustó aunque, su corazón no se aceleró, sino que su pecho estaba calmo, en silencio. Tal vez serían las píldoras que tomaba para mantener su arritmia a raya, aunque no recordaba con exactitud la última vez que había tomado alguna píldora. A pesar de ello y del susto, se asomó para ver primero a través de la ventana. Pero sólo vio, además de la luna llena y el cielo despejado, el parque delantero. Al hacerlo notó que, extrañamente, su jardín estaba descuidado. El pasto largo y las flores marchitas. “¡Qué extraño!”, pensó. Le parecía que lo había arreglado solo unos cuantos días atrás. Pero mirando la realidad, lo mismo le ocurría a su cocina que estaba llena de telarañas colgando y polvo en el suelo y los muebles. Sin embargo, ella limpiaba cuidadosamente todo, día a día. ¿Podría ser que las semanas y los días se pasaran muy rápido y ella se olvidase de los quehaceres de su hogar? En este caso, y dado su distracción e insomnio eso parecía ser. Tal vez ese cansancio que había sentido antes y que últimamente había disminuido, hasta hacerse nulo, le provocaba no prestar atención a otras cosas.

Miró de nuevo su jardín maltrecho y nadie había allí. “Tal vez, se escondieron”, pensó preocupada por su seguridad personal. Estar sola le preocupaba, aunque no le disgustaba. Y le preocupaba porque si alguien entraba a su casa, ¿quién la protegería?

Entonces, se dirigió lentamente y en silencio hasta la puerta. No quería alertar a su posible visitante por lo que intentó acercarse sin hacer ruido. Se asomó al pasillo. Estaba oscuro y también con telarañas por doquier. Al final se veía la puerta que tantas veces había abierto y por el que tanta gente habías pasado. Ahora, extrañamente, ya nadie pasaba por allí. Ni siquiera sus amigas. No tenía muchas pero alguna que otra vivía cerca. ¿Por qué habrían dejado de visitarla? Pero en ese momento le ocurrió algo que no podía explicar y que la sacó por completo de sus pensamientos. En un abrir y cerrar de ojos y sin siquiera hacer un esfuerzo, estaba frente a la mirilla del picaporte. “¿Cómo puede ser?”, se dijo. Pero así fue. En lo que dura un pestañeo, milisegundos hasta incluso menos, ella había avanzado como mínimo diez metros. Y no sólo sin darse cuenta, sino que sin llevarse nada por delante.

Eso era extraño. Nunca antes en toda su existencia había padecido algo así. Pero Genoveva creía que se debía a la falta de sueño.  ¿Qué otra cosa podría ser? Tal vez era como esos zombis de las películas y no se daba cuenta de ciertas cosas. No pudo que reírse de semejante ocurrencia. Eso la tranquilizó un momento. Al asomarse observó que alguien dejaba algo en el suelo, cerca del tapete que decía bienvenidos, y salía corriendo rápidamente. Pensó que se trataba de alguna de esas bromas que hacían los chicos a mujeres que vivían solas. Eso era sobre todo con las mujeres viudas. Y esa cuestión era motivo de burlas “¡Ahí vive la bruja!”, decían. Ella no les hacía caso porque a fin de cuentas, algún día serían grandes y se darían cuenta del yugo del matrimonio. Genoveva hizo una mueca, una media sonrisa. Algo se le venía a su cabeza y le causaba gracia. Ella sabía que tarde o temprano esos pequeños serían unos adultos infelices y mecanizados y el sólo imaginarlo era para ella suficiente venganza. Los veía renegando por la responsabilidad de mantener una familia, por la falta o el exceso de dinero. Los veía y no podía menos que disfrutar el supuesto anhelo que esos seres tendrían una vez metidos en ese contrato: ellos mismos desearían la tan codiciada soltería y la soledad que ella tenía ahora. A veces deseaba muchos años para poder ver eso.

Abrió la puerta luego de observar que ya nadie había afuera y se encontró con un sobre. Lo tomó y notó que no tenía remitente. Ningún dato acerca de su dueño. ¿Quién dejaría un sobre en su puerta? Pero lo peor no era eso. Genoveva abrió el sobre y dentro de él se encontró con algo terrible: una foto donde podía verse a sí misma muerta, descansando en un ataúd.

Un grito se le quiso salir de la garganta. Pero lo único que sucedió es que la bombilla de luz de la entrada explotó asustando a la propia Genoveva. Entonces, se metió rápidamente adentro. Ya en el interior de la casa, volvió a mirar la foto mientras temblaba como una hoja ¿Cómo habían hecho eso? La observó detenidamente y un estremecimiento la recorrió. Era ella misma, con su cabello oscuro y enrulado. Con su pequeña cicatriz en la mejilla derecha y ese lunar que tanto amaba, justo sobre su labio superior. Pero blanca y tétrica como la muerte misma. Avanzó por el hall de entrada para ir a la cocina y recordó que había dejado la puerta de la calle abierta. Sin embargo en cuanto la miró, un estruendo hizo temblar la casa. La puerta se cerró sola.

Genoveva se sintió desvanecer. Le preocupaba que la estuvieran timando. Era asombroso el parecido con la persona de la foto y sobre todo era perturbador imaginarse así, muerta. La miró más de cerca. Ahora no necesitaba los lentes que antes usaba. Al parecer el insomnio le había quitado la necesidad de gafas que utilizaba para leer, a pesar de no contar aún con medio siglo de vida. Pero a pesar de no necesitar lentes, si necesitaba luz. Miró el interruptor y sin siquiera tocarlo se encendió automáticamente. ¿Qué pasaba con todo? No era solo la foto. Su casa se estaba comportando de forma extraña. La vida estaba como en una nube. Y ¿si esa foto era verdadera? Genoveva quiso llorar pero solo un aullido lejano se escuchó. Entonces, todo comenzó a girar como en un torbellino. Vio pasar recuerdos de su vida que creyó olvidados. A su madre, a su padre. Se vio a si misma de joven. Era hermosa y delgada. Y sobre todo, no tenía arrugas en su rostro.

“¿Qué es ese olor?”, pensó. Pero los recuerdos la invadían una y otra vez atravesándola como espadas afiladas e implacables. Se vio frente a un espejo vestida de blanco. Era el día de su boda. Estaba hermosa y aterrorizada. Recordó a su marido. ¡Qué bello que era él! Se habían casado por contrato familiar. Pero siempre admiró su belleza. Era un hombre alto, de cabellos oscuros y ojos claros como el agua. Recuerdó su primera vez, recordó todas sus veces y sintió un calor en todo su cuerpo.

“¡Algo se está descomponiendo!”, se dijo pero el recuerdo de sus encuentros con el hombre que se había convertido en el dueño de su vida, la sacó de ese pensamiento. Recordó que nunca pudo tener hijos y eso le trajo pena a su corazón. “No quiero recordar eso”, dijo bajito. Como si con eso pudiera detener algo de todo lo que estaba sucediendo. Recordó la pena y la oscuridad en la que se había sumido cuando los años pasaron porque su cuerpo marchitado ya no le iba a dar frutos en su vientre.

Miró nuevamente la fotografía. El causal de tanto recuerdo de antaño. El motivo de que su mente hurgase en los despojos de su pasado. ¿Qué era eso? Toda esta parafernalia de eventos vividos recientemente y con poco sentido, la trastornaba. Entonces un rayo cayó en se mente e iluminó la oscuridad en la que estaba viviendo. Sintió como si un vendaval hubiese barrido con la nube que la rodeaba y en ese momento vio todo con claridad.

Un recuerdo cayó de la nada y se instaló en cerebro: el cumpleaños de su esposo. Ese día Genoveva había vuelto del trabajo más temprano que lo usual porque quería sorprenderlo. Ni bien entró a la casa, escuchó ruidos de lucha. Inmediatamente pensó que alguien había entrado y temió por la vida de su esposo. Corrió desde la puerta hasta el living desde donde provenían los gemidos y para su horror vio algo que jamás hubiese deseado ver. Su marido se retorcía, desnudo sobre el cuerpo joven y bien formado de una mujer. Genoveva se quedó petrificada allí, en silencio observando mientras su corazón latía desbocado de ira. Estuvo en ese lugar, amparada por la penumbra, minuto tras minuto presenciando ese acto de desprecio hacia su persona. Vio como ambos explotaban de pasión, friccionando sus cuerpos, piel con piel. Entonces, sin hacer ruido, sigilosamente, buscó la escopeta de su amado esposo y disparó sin piedad.

¡Bum! Primero cayó él. ¡Bum! Alcanzó con un balazo a la mujer que corría desnuda gritando, como si eso le fuese a ayudar. Ambos murieron en el acto y ella los enterró en el fondo de su casa. Eso le llevó tiempo pero no desesperó. Hizo todo el esfuerzo del mundo: cavó dos profundas tumbas utilizando la pala de su amado cónyuge, depositó los cuerpos cuidadosamente envueltos en plástico y luego rellenó con tierra los huecos que quedaban. Ya en el comedor de la casa y respirando libertad, limpió cada uno de los rincones ensangrentados de su casa. En cierto momento se le revolvió el estómago al ver trozos de la mujer incrustados en la pared, pero aun así continuó. Sin embargo, antes de terminar, un dolor en el pecho se hizo presente y luego de ello, oscuridad.

Entonces, Genoveva miró nuevamente la foto y ya no lo hizo con horror. A diferencia de ello, se rió. “Soy libre”, pensó sintiendo que su poder aumentaba y la transformaba en algo terrible y peligroso. Y una carcajada violenta que sonó casi como un trueno desgarrando el cielo, en el pueblo se escuchó.



Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados

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