Pero quizás debería comenzar por el principio de las cosas. Como
deberían ser ¿No? Aunque en este caso no sabría precisar con certeza cuál fue
el principio…
Hace unas semanas atrás, las horas de mi día estaban
dedicadas casi exclusivamente a la organización de mi boda. Casi sola he de
decir, porque mi prometido pensaba que eso era cuestión de mujeres. Y a mí la
verdad, no me disgustaba decidir cosas por mi cuenta: cómo se verían las
flores, de qué color serían los manteles de la mesa. Esas eran cuestiones que
me interesaban sólo a mí, así que ¿por qué él arruinaría mi diseño mental con
cosas que desconocía o no le importaban? Mi vida de adulta había sido decidir
por mí. Desde aquel día…siempre había sido así y jamás dejaría de serlo. En ese
entonces no me parecía mal.
Sin embargo, esa mañana, la que cambió el rumbo de mi
existencia, me encontró yendo a retirar las tarjetas de invitación del
casamiento. Las había diseñado yo en mi laptop y las había dejado, dos semanas
atrás, en una imprenta en el centro de la ciudad. Una ciudad enorme, populosa y
plagada de autos, donde siempre preferí manejarme en taxi y ocasionalmente en colectivo.
Pero ese día, justo ese día era el día del taxista o algo por el estilo, por lo
que no tuve más remedio que subir a un colectivo.
Era el coche número 017.
Tendría que haberlo visto venir. ¡17! ¡La desgracia! Pero uno ¿qué sabe del
destino? Para mí esa cosa no existía. Yo lo inventaba cada día. En mi trabajo y
en mi vida. Entonces, ¿para qué creer?
Al margen del número del coche, subí y me senté en el
anteúltimo asiento. Me senté sola porque me gustaba disfrutar del viaje en
compañía de mi misma. Y de mi música, por supuesto. Al sentarme noté que
alguien estaba allí sentado en el último asiento. Pero en ese instante, ese
alguien no era nadie que pudiera llamar mi atención.
Avanzamos varias cuadras y tuve una rara sensación. Esa que
aparece en el momento en que alguien te mira con insistencia, con una mirada
cargada de mucho por decir, de sentimiento diría yo. Es inexplicable pero ese
día, en ese minuto me sucedió. Creo que a todos nos ha pasado alguna vez:
cuando alguien te mira con mucha intensidad, dicen que se percibe por el sexto
sentido y sin explicación volteamos la mirada. Bueno, ese día yo sentí algo así
aunque luche para no mirar.
Minutos después de esa sensación, una suave mano tocó mi nuca.
Y lo hizo de una forma familiar, conocida y donde, el dueño de esa mano, tenía
muy en claro que esa forma, esa caricia, ese contacto era algo que me
hacía…sentir. Y hacía tiempo que mi persona estaba apagada. Y de eso me di
cuenta con ese contacto. Fue breve, tan solo un segundo o menos. Apenas rozó mi
cuello con una delicadeza y suavidad que nadie, ni siquiera mi prometido, había
usado en toda nuestra relación. Y fue una sensación que me transportó a miles
de otros mundos, a otras vidas, a otro universo. Esa mano tibia y conocida me
había hecho sentir lo que nunca nadie en años había podido. Pero ¿quién era el
dueño de esa mano? Me di vuelta de inmediato y encontré a esta persona casi
desquiciada que me sonrió desde lo más profundo de su alma. Como si me
conociera de toda la vida y más. Y lo noté. Lo vi. Y aunque endurecí mi rostro,
muy adentro mío algo pasó al verlo. Su piel, su cabello, sus ojos me
transportaron casi de la misma manera que su caricia. Aun así, despeje esa
sensación y le dije muy seriamente:
“¿Qué haces?”, se lo dije con cara de pocos amigos,
intentando amedrentarlo, a lo que él me respondió con los ojos más sinceros y
honestos que podría haber visto en toda mi vida: “¿Y si te digo que somos almas
gemelas y que deberíamos estar juntos?”
Me levanté inmediatamente sin decir una palabra. No iba a
entrar en una controversia con un loco por más sincero que me pareciese en ese
momento. Me acerqué al chofer y le pedí por favor que me dejase bajar.
Una vez en la calle caminé aceleradamente. No quería mirar
atrás porque sabía que él estaba detrás de mí caminando, aunque pacientemente.
“No podes huir de nuestro destino, mi amor”, me dijo con una
voz bella que llegó a todos mis sentidos. Yo pensé que estaba loco. Ni me
conocía, ni sabía quién era yo. ¿O sí? No, eso no era posible. Yo lo
recordaría…aunque, tal vez era una de esas personas que acosaban a las mujeres
y por eso sabía todo de mí… “¿Por qué me llamás amor si no nos conocemos?”, le
dije sin para de caminar.
“Te conozco de siempre, sos mi amor y no importa cómo te
llames en esta vida, sos mi alma gemela”. Él estaba calmado como un estanque de
agua. Ni una sombra de duda tenía su voz o su ser, y yo, que me encontraba más
que desesperada, no sabía cómo ahuyentarlo. Entonces, me dije a mi misma: “¡No
te dejes vencer por el miedo!” y me di vuelta y lo enfrenté como había
enfrentado todo en mi vida. Como había afrontado a ese vil ser aquel día en la
plaza. “¡Alejate de mí!”, le grité con determinación, pero él me miró con la
misma tranquilidad que mostraba minutos antes y siguió caminando, lenta pero
definitivamente hacia mí. Mi corazón latía como un caballo desbocado golpeando
mi pecho a demasiadas revoluciones por minuto, aunque no podría decir que se
debiera solo al miedo. Algo en todo esto calaba en mi curiosidad recientemente
despierta por él, pero también estaba el temor. Temor sobre todo a las
posibilidades. Y ¿si todo cambiaba para siempre? En ese desasosiego, saqué el celular del
bolso, pero las manos me temblaban tanto que no pude marcar el número de
emergencias.
“No me toques”, le dije a punto de llorar de los nervios y él,
al darse cuenta de mi terror, se frenó en seco. “No pretendo lastimarte ni
atormentarte. Por favor, sólo te pido que me escuches…nada más”. Entonces,
viendo que la cuestión no prosperaba de ninguna forma y para que todo eso
terminase de una buena vez, me sequé las lágrimas y accedí a escuchar su loca
historia. Pero le pedí que fuese en un lugar público y concurrido. Así, si la situación
se tornaba incómoda o peor, tendría a quien recurrir.
Hicimos unas cuantas cuadras en silencio, con prudencial
distancia y nos dirigimos a una plaza. Allí nos sentamos en un banco y mientras
yo relojeaba si había la suficiente cantidad de personas para mi eventual
rescate, él comenzó a hablar. Al principio tuve que prestar bastante atención
para seguir el relato porque mi temor era demasiado grande y no podía
concentrarme. Pero luego de a poco, me fui relajando.
El comenzó a contarme una historia, bastante fantástica por
cierto, pero más o menos decía así:
“Mi nombre en esta vida es Juan, pero eso no tiene
importancia porque nuestra historia es cósmica y tiene miles de años. Ya sé que
no entendés mucho. A mí mismo me costó entender. Pero te pido por favor, que estés
abierta a las posibilidades”. Y como viera que no salía corriendo de allí,
continuó con su ya habitual serenidad:
“Hace unos cuantos años, imagino que desde el momento en que la
fatalidad tocó a tu puerta…si, sé lo que te sucedió, como también ya sé que te
vas a casar y no, no soy un acosador. Ese día fatal debías conocerme a mí.
¿Cómo sé eso? Más adelante te lo voy a decir, no desesperes. La realidad es que
ese día debíamos toparnos de casualidad en esta misma plaza. Yo estaría en mi
bici camino al trabajo, como cada mañana y vos irías a una entrevista de
trabajo. Alguien intentó robarte y yo al ver ese evento, debería haberte
rescatado y evitado lo que sucedió después. Yo debería haber estado allí para
salvarte y evitarte el mal trago que tuviste que pasar. Luego de ese momento, y
en agradecimiento, vos me invitarías a tomar algo y así comenzaría nuestra
relación que sería perfecta, porque nuestro amor es perfecto….”
Yo escuchaba su relato y en realidad, no sabía qué hacer.
Todo era tan inverosímil, pero sus datos no eran del todo erróneos. Yo había
cruzado esa misma plaza años atrás y me habían robado y golpeado muy mal efectivamente,
pero nadie había estado allí para socorrerme. Yo misma me defendí de un
atacante, yo misma recuperé mi dignidad…todo yo.
Él continuó…
“Esa mañana en la que supuestamente debía salvarte, algo pasó….y
una serie de eventos que se desencadenaron por un embotellamiento de autos, me
hicieron llegar tarde…muy tarde”
Pero no le creí. “Vos seguís diciendo que no debía ser así…
¿cómo sabés que ese no debía ser nuestro destino, que yo en breve me tendría
que casar con alguien más?”, le dije con la convicción de quien no quiere creer
porque muy en el fondo estaba decepcionada de su mala suerte. “¿Cómo podes
saber que estábamos predestinados, mejor aún, que somos almas gemelas?”,
insistí para que, si todo esto tenía un trasfondo de verdad, me lo confirmara.
Yo necesitaba saber en qué basaba todo ese delirio.
Me miró y respiró hondo por lo que imaginé que su fundamento
sería más que débil, pero así y todo, escuché cada palabra:
“Ese día, luego de pasar por esta plaza y no encontrarte ni
conocerte, en teoría nada debería haber pasado. Mi vida debería haber
continuado como si nada, hubiera llegado tarde al trabajo ese día, pero nada
más. Sin embargo, en el instante en que pase por este mismísimo lugar, se
produjo un vacío en mi corazón. Algo me faltaba, algo profundo, casi como si mi
propia alma hubiese abandonado mi cuerpo o se hubiese evaporado, y ese sólo fue
el comienzo. Una tristeza infinita se apoderó de mí, como cuando uno pierde al
ser más querido de tu vida, a un amigo, a tu madre, pero todo junto. Creí que
iba a morir de dolor. Cada mañana despertaba esperando, rogando que esa
necesidad de algo desconocido y a la vez perdido, se fuera y no volviese más.
Pero no, cada día el sentimiento era peor. Fui a cuanto médico pude porque la realidad
era que deseaba morir. Morir sería mejor que esa agonía permanente.
Nadie pudo darme una respuesta. Y ya estaba por rendirme a la
necesidad de dejar de ser, de renunciar a la vida, mi vida cuando el amigo de
un amigo me dio una tarjetita. Una poderosa tarjetita. Era una tal doctora
Weis.
Deliberé si ir o no. Porque ya tanta gente me había dicho que
no tenía nada, que darme la cabeza contra la pared una vez más…no sabía si mi
cuerpo, mi mente, mi alma marchita, lo aguantarían. Pero una mañana de desesperación
la llamé. Me juré que sería la última, ya no más luego de ella. Y fui. Le conté
mi angustia, mi deseo de morir por dolor, por un dolor anónimo. Y ella me dijo
que yo adolecía de amor. Por supuesto me reí porque ¿de amor por quién? Estaba
más solo que loco malo…Entonces me explicó que lo síntomas encajaban
perfectamente y que el tratamiento que ella proponía en sus sesiones, tenían
que ver con la regresión. ¿A la infancia? Pregunté con inocencia pensando en
algún trauma oculto. Y ella sonrió y respondió “No…a tus vidas pasadas”.
Yo me levante del sillón en el que me había acomodado y salí
de ahí. Era obvio que me estaba timando, que era una charlatana que solo
quitaba el dinero. Pero una frase de ella me frenó en la puerta de su
consultorio: “Lo que sufrís es una pena de amor, porque el universo se
equivocó…”
¿El universo se equivocó? Me pregunté. ¿Cómo sería eso
posible? ¿Cómo algo que está compuesto solo de estrellas y planetas y cometas,
tendría que ver con el amor, con mi amor frustrado o inconcluso? En un segundo
me hice todas esas preguntas y unas cuantas más. Te preguntaras si le creí…
¿qué más podía hacer? Volví y me senté. ¿Cómo explicarte que te conocí en miles
de vidas? ¿Qué te vi por primera vez hace más de mil años y que nos fugamos a
pesar de tus padres? Porque vos eras de la realeza y yo un simple guardia…que
en otra vida fui piloto y vos azafata y a miles de metros de altura nos amamos.
Que yo fui rey de una cultura lejana y quedé perdido por tus ojos y evité tu
muerte…pero siempre, siempre terminábamos siendo vos y yo. En miles de vidas en
miles de universos…
Cuando desperté de ese viaje cósmico, mi corazón estaba más
sereno y el hueco del corazón ya era más pequeño. Lo único que hice luego, fue
buscarte y después de años te encontré…y espero que no sea muy tarde porque voy
a morir si es así”
Yo me quedé sin palabras. ¿Qué hacer? Y ¿si era verdad? ¿Tiraría
mi vida a la basura? Le pedí que me dejara pensar tranquila en mi casa, con mis
cosas, con mi vida y que en una semana volveríamos a encontrarnos allí y le
diría que había decidido. Él lo pensó mientras no despegaba sus ojos de mí y,
aunque supe que una batalla se libraba en su pecho, accedió no sin antes
tomarme la mano suavemente. Y otra vez esa sensación, cada una de mis
terminales nerviosas fueron disparadas por un extraño que conocía hacía una
hora. Por un loco que inventó una historia milenaria de nuestro supuesto amor.
Pero mi corazón palpitó como nunca y sus ojos entraron en los míos y vi su vida
y la mía y las anteriores y las futuras.
Entonces lo miré rendida a lo eventual, a lo que pudiera
suceder y él se acercó más, me tomó de la cara y me besó con la ansiedad de
miles de vidas juntas. Y yo lo bese con mis labios, con mi corazón y mi cuerpo.
Y volamos por miles de años, por cientos de encuentros y desatinos. Por besos y
abrazos y vidas juntos y por venir. El universo en ese instante explotó y
corrigió su destino y nosotros dos compusimos nuestras almas atormentadas por
estar lejos, por no haberse encontrado. Pude ver cada estrella en el cielo,
cada nuevo sol y nueva luna y supe, supe que él tenía razón. Supe que no
necesitaba más para completar mi vida.
Y te preguntarás ¿porque mi vida se está desmoronando? …porque
la que fui no soy más. Porque cambié todo por Juan y hoy me caso con él, con mi
alma gemela, con mi compañero de vida, de miles de vidas y estoy nerviosa
porque sé que voy a ser inmensamente feliz y que a pesar de que el universo se
equivocó, él hizo todo para corregirlo. Y siempre, pero siempre lo hará en esta
vida y en las que están por venir.
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